Yuanfen | Nicole Velásquez Quintanilla

Por Nicole Velásquez Quintanilla

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

Ahí estaba, diosa de mil ocasos, mujer de inmarcesible existencia; sentada junto a la barra, solo miraba la copa de vino que pidió. Aquella noche, la lluvia cubría nuestro perenne encuentro y antes de acercarme, la notoriedad del ambedo que recorría por su cuerpo, por sus pupilas y por su ser, dejaba en claro que ya a nadie podría poseer. Perfecto y etéreo fue el instante en el que le hablé, que par de cristales color rubí regresaron a mí. Encantadora diosa que no perdonas, solo arráncame los delirios de este pobre corazón.

Molde perfecto de un creador perfecto, jamás olvidaré aquel sutil dorado de tu tersa cabellera que posaba sobre tu descubierta y fina espalda. Digno aquel de tocarte y no romperte, de amarte y no perderte. Dejaste sin pena el rocío de una sempiterna conmoción en mí, pues el opio de las mentes y el corazón, danzantes en cada rincón, dejaban que la limerencia innata se apoderara de mis anhelos y elevándome más allá del olimpo, nos divisé: amantes y deidades de pueblos menores, amados y odiados por seres inferiores.

El cucú del reloj de aquel bar de mala muerte me devolvió a la realidad, que en un impulso deseoso pedí tu mano para salir de ese lugar; la lluvia había cesado y es posible que la noche y una larga caminata nos ayudase a entendernos mejor, a pesar de que mucho antes de nuestro “casual” encuentro, yo ya conocía ese motor latente que tienes por corazón. Preferí callar nuestros tropiezos de media tarde por el centro o aquella vez que compartimos el paraguas y nos encaminados hacia el mismo puesto de flores. Preferí ignorar cuán insignificante era entonces, para que no me notaras, para que ni me recordaras.

En medio de la adormilada muchedumbre decidimos danzar entre charcos y estrellas de inconmensurable hermosura, sabiendo que ninguna era rival para la tuya. La serendipia que fue nuestro encuentro y tu meliflua voz de aceptación a mi presencia, me demostraron del ramé finito que encontré a tu lado. Ojalá esa noche me hubieras abierto los brazos, porque ansioso hubiera caído en ellos en mil pedazos; dichoso te hubiera amado, te hubiera cuidado, y beatífico el que venga después de mí, aquel que vea lo que vales sin tener que hurgar en ti.

Diosa de besos meraki, que tras una repentina llamada decidió cambiar su templanza. Fría y cruda advertiste tu pronta despedida. Justo cuando encontré el amor, querida mía, ¿para ti solo fue diversión? Y mientras rozaba tus mejillas con dulce tacto, decidiste alejarte meciendo formalmente la mano en la lejanía, mientras yo con saudade y después de un ósculo al aire te dije: “hasta siempre amor”.


Nicole Velásquez Quintanilla (Latacunga, 2001) es estudiante de Comunicación de la Universidad Técnica de Ambato. Actualmente, es colaboradora y desarrolladora de contenido en revistas y proyectos digitales como Reflejos Ec y Asla. Lectora empedernida y amante de la literatura y poesía, cuenta con una página en la red social de Instagram en la que publica periódicamente sus escritos. Sus intereses son la producción visual, radial y fotográfica.


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3HtHysV

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