Velasco Mackenzie: El rincón de los Justos y la otra cultura | Dalton Osorno

Por Dalton Osorno

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

(Recuperamos este texto originalmente publicado en Diario Expreso de Guayaquil, el 1ro. de mayo de 1983, recordando a Jorge Velasco Mackenzie)

Cronológicamente Jorge Velasco Mackenzie pertenece al grupo de escritores guayaquileños de las últimas hornadas que se agruparon alrededor de la revista Sicoseo, que en su parcela narrativa apunta-aporta al proceso de la prosa actual un profundo ejercicio de recreación, recuperación, o, si se quiere, de incorporación del lenguaje marginal (aquello que se ha dado en llamar habla popular). Su primera novela El rincón de los Justos (1983), publicada dentro de la colección Ecuador/Letras de la Editorial El Conejo, se inscribe dentro de lo enunciado, a partir de la creación de una historia verosímil, y aunque también ficticia, que ejemplifica una realidad que en nuestra literatura nunca ha sido asumida. Hasta ahora, su originalidad se determina por ser la novela de una generación –no sobre una generación– que tomó como referencia temas y hablas que pueden encasillarse dentro de lo popular marginal. La poesía de Fernando Nieto Cadena, los relatos de Edwin Ulloa, asumieron a su manera el compromiso de testimoniar a quienes viven al margen de la sociedad. Esta novela es el primer texto de largo aliento que incorpora, decididamente, esos elementos.

De la galería de personajes -actantes- que aparecen en El rincón de los Justos, hemos recogido algunos ejemplos con sus propias voces:

Sebastián. Sin profesión. Salonero del Rincón de los Justos:

“No quiero la sangre del funambulero Cristobal, así se llama el que dice Cristof no necesito la sangre de nadie, ni la del bizco atormentado ni la del Diablo Ocioso, sólo la tuya Narcisa, la tuya que por ser buena y pura me salvará de la muerte”.

Fuvio Reyes. Eventualmente vendedor de hojalatas en la feria de Pedro Pablo Gómez y Quito:

“Tienes que irte, dijo la Leopa al final de todo aquello, él la miró con la cara ligeramente desviada hacia la derecha, pudo ver claramente el rictus de los labios contrayéndose en la última palabra y caminó hacia la puerta. Volveré esta noche a la pared, musitó con una voz ronca y salió”.

Erasmo. Profesión artesano. Charolador de maletas y ex guitarrista:

“Juro que no entiendo, les decía Erasmo a las caritativas. Verán, adú es amigo y también parcero, pana y yunta, cuatro palabras para una sola cosa. Cuando quieren decir calle, dicen lleca, ronda, patín, matavilela”.

El Diablo Ocioso. Sin profesión. Vendedor de cigarrillos en la esquina del cine Lux:

“Para mí beata barata, la que está encerrada en el cajón eres tú y no la otra, la virgen pura, la noboleña. Ella se ha pasado dormida todos estos años, soñando adentro de la caja de vidrio mientras el barrio crecía, se iba estirando como dice la vieja Inés que ha estado aquí desde que esto era un manglar”.

Mañalarga. 70 años. Dueño del depósito de botellas vacías, fanático lector de revistas:

 “Allá va el santo, santito santón, santo de mi devoción, va a sorprender al Sebastián que se encuentra adentro con la Narcisa Martillo. El Sebas es el salonero del Rincón de los Justos y Narcisa la muchacha que las caritativas quieren llevarse a un convento para convertirla en virgen”.

Encarnación Sepulveda. Dueña del salón llamado El Rincón de los Justos:

“Solamente yo he quedado en el Rincón de los Justos. Yo y la imagen de la Narcisita que las caritativas dejaron aquí y no han venido a buscar. Tiene la barriguita llena de plata y estoy a punto de romperla para saber cuánto dinero existe”.

A partir de las voces se estructuran los actantes que habitan en el patio de las carretas, seres que circundan el salón, que deambulan por las cuatro cuadras que forman el barrio de Matavilela, aquella atmósfera que Velasco Mackenzie presenta así:

“Llegar a Matavilela no era solamente un cambio de barrio, era también llegar a cosas desconocidas. El ambiente se percibía al dejar la Plaza Victoria, al caminar por el parterre central de la calle Quito rumbo al Sur. Enseguida se llegaba a los portales para tomar el ritmo de los transeúntes, rápido o lento, según la hora y los motivos. Cualquier día en estas calles era un día de ocio”.

La validez de esta novela se da en la medida en que todo cuanto se presenta, personajes, lenguaje, ambiente, y en general todo su contenido, no es una simple fotografía, o folclore de la cultura popular sino la otra cultura, vivida, observada y finalmente escrita desde adentro, donde el oficio del escritor que asume su función al presentar aquello que había sido vedado, se presenta como testimonio de esa marginalidad que no necesariamente es lumpesca, sino olvidada y condenada por el sistema.

El Rincón de los Justos se presenta como texto reflejo de una cultura distinta, en razón de ello resulta una lectura obligada para quienes deseen reconocer su ciudad y a la vez, el desarrollo de una literatura con bases y resultados concretos.


Dalton Osorno (Jipijapa 1958) Poeta, narrador, critico literario y maestro universitario jubilado. Licenciado en Literatura y Castellano por la Universidad Estatal de Guayaquil y Máster en Proyectos Educativos y Sociales. Ha publicado el libro de cuentos El vuelo que me dan tus alas (1988) y los poemarios Visión de la ciudad (1996), Palíndromo (1997), Amantazgos (2000) que obtuvo Mención de Honor en la Bienal César Dávila Andrade, No hay peor calamidad, desfachatez, infatuamiento que un poeta enamorado (2003), con el que ganó el Premio Único del VII Concurso Nacional de Literatura M. I. Municipalidad de Guayaquil y Duración del esfumato (2017). El 23 de abril ganó el premio La Linares de novela breve 2020 con Crónica para jaibas y cangrejos, con edición digital e impresa bajo el sello editorial de Casa Égüez.

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