“Los perros hambrientos” de Alegría | Fernando Endara I.

Por Fernando Endara I.

En el mundo andino los seres humanos se reconocen tejidos de la misma sustancia que los animales y las plantas, se saben continuidades cósmicas, flujos y movimientos esparcidos por la lluvia, la noche, la luna y el sol. En el mundo andino se establecen correspondencias entre los seres vivos e inertes, se concatenan los instintos y resuenan en común como arpegios de una bella melodía. El ser humano se sabe sumergido en un conjunto de fuerzas que lo superan, impotente y agradecido ante la tierra que le da sus frutos, ante el sol y la lluvia que los hace germinar. Un fantasma, sin embargo, recorre silencioso los campos, las alturas y los valles: el hambre, que tarde o temprano surge a cobrar sus tributos. Ciro Alegría, novelista peruano, nos lleva al norte de la cordillera peruana, nos integra a un sitio subordinado a la naturaleza, en donde las historias, los sueños y la desesperanza convergen en un apetito insaciable de justicia. Los Perros Hambrientos, publicada en 1939 es una novela que compendia historias, que, como relatos orales, se despliegan en una conversa al fogón. El hilo conductor de la novela son los perros, eternos compañeros de los goces y miserias de los hombres y mujeres del Ande. Canes y humanos son más que hermanos, son simbiosis, son almas separadas de un mismo cuerpo. El Simón Robles es un campesino que junto a su familia: su warmi, su hijo, sus hijas, su hierno y sus perros, cultivan los sembríos y cuidan las ovejas, inmersos en el tiempo detenido de los Andes. Aquí los gamonales dirigen los trabajos maltratando indios; los indios se refugian en el calor hogareño de sus bohíos, en sus anécdotas y fiestas, en la dicha de sus hijos y el cariño infinito de sus perros; mientras ellos, moviendo la cola, ladrando o persiguiendo las sombras embusteras de la noche que acechan como el puma, pastan las ovejas o cuidan los hogares rabiosos o juguetones esperando su ración: trigo para comer y huesos que roer. Ciro Alegría junta lo mejor de las tendencias literarias “indianista” e “indigenista” para ofrecer un cuadro de costumbres que es a la vez, denuncia social, un retrato ameno y pintoresco de la vida cotidiana del hombre y la mujer andina, con un comprometido sentido de la justicia.

La novela abre con una descripción soberbia de los Andes poderosos y sublimes, bañándolo todo con su esplendor, la Antuca, hija del Simón Robles, y sus perros: Wanka, Zambo, Güeso y Pellejo, pastan las ovejas cantando yaravíes y huaynos, con la alegre inocencia de la niña, los vientos, las nubes y los canes. A partir de aquí, cada capítulo podría leerse como un cuento independiente, son historias protagonizadas por la familia del Simón y/o por sus perros, la mirada del narrador pasa constantemente del drama humano al drama canino, dando el mismo tratamiento a hombres y animales. La naturaleza cobra vida y atraviesa las páginas expresando sus sentires y temores, sus sueños y pesares. La familia Robles se especializa en la cría de perros ovejeros que venden o intercambian, tomando para ellos los más prometedores en el oficio; cuando son cachorros, se los retira de la madre y se los coloca en el rebaño, allí aprenderán a lactar de las ovejas, serán parte del rebaño, cachorros primero, guardianes después. El Julián Caledonio y su banda: los caledonios, ladrones de ganado, se roban al Güeso, que intentará escapar de su destino, antes que un par de golpes lo convenzan de sus nuevas labores, alejado de la Antuca y las ovejas. Güeso será entonces perro de bandoleros, fiel hasta la muerte, cariñoso con el hombre alejado de la ley y la moral. Los caledonios, sin embargo, son ladrones de poca monta, cholos casi obligados por las circunstancias de un entorno hostil e inhumano. El oficial “culebrón” dará caza a los bandidos hasta las últimas consecuencias, los acecha, los persigue y envenena a través de papayas deliciosas, cuando el hambre pegada más fuerte en los estómagos. Después acierta un tiro al can entre los ojos, al perro más fiel que tuvo un bandolero.

Más historias atraviesan estas páginas signadas por el hambre, contadas desde la visión de los canes. La lluvia no llega al momento esperado, no llega nunca, arrecia la sequía, la tierra se reseca, los árboles pierden su verdor, flaquean los ganados, aúllan taciturnos los perros que recuerdan sus instintos lobeznos ancestrales, se levantan los hombres en busca del patrón, pidiendo clemencia y absolución, un grano de trigo, unas semillitas, algo para comer; lloran las mujeres viendo morir de hambre a sus retoños. El gamonal furioso arremete con balas y pistola frenando a la turba embravecida, envenenando a los canes que traidores se meten en la hacienda a devorar lo que encuentren a su paso. Es que el hambre no espera, Wanza, Pellejo y Zambo se revelan, furibundos atacan al ganado, a sus ovejas que eran su familia. Los Robles los expulsan de la familia por el crimen cometido, es que la necesidad subvierte hasta las más profundas relaciones, el hambre convierte en enemigos a los aliados, revuelve las tripas hasta obnubilar el juicio, hasta conducirse primitivos en busca de alimento. El Mateo Tampu es esposo de la Martina Robles, hija del Simón Robles, será secuestrado y llevado a la conscripción, dejando sola a su hijo, su perro y su mujer, tres criaturas que hallarán la muerte con hambre en soledad. Bandadas de carroñeros recorren las alturas precipitándose sobre sabrosos bocados de carne putrefacta, los pocos sobrevivientes no tienen fuerzas ni para enterrar a sus muertos, las miserias de los hombres son las miserias de la tierra, reseca, marchita, yerta. Al final, el milagro siempre antiguo y siempre nuevo de la lluvia reaparece, los campos cobran su verdor, crece la cimiente, sonríen los hombres y mujeres de los Andes, reciben de regreso a sus perritos que, aunque convertidos en lobos por momentos, precisan de vuelta el calor de humanidad.

Los perros hambrientos es una obra maestra de la narrativa peruana y del indigenismo. Una obra conmovedora y vigente que recuerda la importancia de los cultivos, los campos y los campesinos en la subsistencia de la especie humana. Una novela que reflexiona sobre los horrores del hambre y la injusticia, que muestra el enfrentamiento de la indigencia absoluta del aborigen, con la opulencia y dureza del blanco, un choque sangriento y desigual, en donde siempre, o casi siempre, los ricos tendrán más, y a los pobres, hasta lo que tienen se les quitará. Una novela que recuerda el minúsculo lugar que le corresponde a la humanidad: una parcela de tierra y su trabajo cotidiano. Los perros hambrientos muestra la unidad y el conflicto de la naturaleza y de la sociedad andina, mientras los hombres y los perros luchan por sobrevivir. “El mundo es ancho pero ajeno” dirá Alegría en el futuro, pasaría a convertirse en un imprescindible de las letras escritas en español.


Fernando Endara I. Comunicador social. Magíster en Investigación en Antropología por la FLACSO-Ecuador. Director, libretista y productor del programa radial “Antropología en 35 mm” emitido por http://www.flacsoradio.ec

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