El tren fantasma | Mariana Falconí Samaniego

Por Mariana Falconí Samaniego

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

En un poblado pequeño de la provincia de Cotopaxi, cercano a la laguna de Yambo, vivía un joven de 15 años llamado Ángel. Este muchacho era muy alegre, soñador e imaginativo. Cada noche pedía a su madre le cuente las historias que se tejían acerca de la misteriosa laguna.

El relato que más le impresionaba era el del tren fantasma. Su madre le contaba que hace muchos, muchos años, un tren se descarriló y fue a dar en la laguna de yambo, todos sus pasajeros murieron y a partir de entonces algunas personas que han pasado cerca de la laguna ya bien entrada la noche han escuchado el pito del tren. Ella misma cuando era niña escuchó ese misterioso sonido. También le decía que su padre solía bucear al fondo de la laguna buscando tesoros pero que una de esas veces no volvió a salir, la policía se hizo cargo del asunto, varios buzos lo buscaron, pero finalmente se dieron por vencidos, nunca lo encontraron, por eso ella odiaba la laguna porque le arrebató a su compañero. Ángel en ese entonces tenía apenas cinco años y vagamente recordaba a su progenitor.

Los fines de semana el joven con su madre acudía a las inmediaciones de la laguna, donde la mujer tenía un puesto de comida con la que se ayudaba para sobrevivir. Muchos turistas visitaban el lugar que tenía un encanto misterioso.

La laguna estaba ubicada en la provincia de Cotopaxi, en una hondonada a la que se accedía por un camino secundario. Sus aguas eran negras y su profundidad se calculaba en 30 metros.

Los domingos, la mujer tenía por costumbre levantar el puesto apenas terminaba la venta de comida, para luego dirigirse a la iglesia del pueblo. El muchacho en tanto se quedaba unas horas más en el lugar y junto a otros chicos se sentaba en la orilla y lanzaba piedritas al agua compitiendo para ver quien podía lanzar más lejos. El tema de conversación de los muchachos casi siempre era acerca de las historias tétricas que los mayores contaban sobre la laguna.

Uno de aquellos días, Juan, el más inquieto del grupo dijo de pronto:

—¿Por qué no venimos a las doce de la noche a ver si es cierto lo del tren fantasma?

—¡Estás loco! Le contestó Pepe, mi mamá no me deja salir tan noche.

—No tenemos que pedir permiso, vendríamos de escapada.

—No sé si yo pueda contestó dubitativo otro de los chicos.

—¿Tú que dices Ángel? ¿Me acompañarías? No me digas que te mueres del miedo como estas gallinas —dijo Juan.

—Si, yo vendré contigo, quiero saber si es cierto lo que mi madre cuenta. ¿Para cuando? —preguntó.

—El próximo domingo nos veremos aquí a las doce de la noche.

—Estos dos están locos —comentaron los demás muchachos, mientras se dispersaban cada uno para su casa.

El resto de la semana, Ángel la pasó inquieto, tanto que su madre le preguntó que le ocurría, a lo que el chico contestaba con evasivas.

El fin de semana fue igual que los demás, solo que el domingo a las doce de la noche, dos sombras se deslizaban por el costado de la laguna. Eran Juan y Ángel, tiritando de frío, que corrían hasta ubicarse tras de un árbol. Largo rato pasaron a la espera de que algo suceda.

—No pasa nada —dijo Juan— todo lo que cuenta mi abuela no son más que puras mentiras.

—Pues yo si creo lo que dice mi madre, ella no miente, me contó que cuando era niña una vez escuchó el pito del tren.

—Ha pasado una hora y no escucho nada, será mejor que nos vayamos.

Los dos chicos salieron tras del árbol, el silencio que reinaba era extremo, solo algunas ramas de los árboles cercanos se agitaban como brazos fantasmales. De pronto, en forma instantánea una luz intensa los cegó y algo veloz pasó a su lado haciéndoles perder el equilibrio, mientras a lo lejos un sonido similar a la de una locomotora se alejaba.

—¿Qué fue eso? —gritó espantado Juan, con los ojos desorbitados por el susto recibido.

—No alcancé a mirar, una luz brillante me cegó —contestó Ángel.

—¡Vámonos de aquí, no quiero nada con fantasmas! —exclamó Juan, quien temblaba todavía, no se sabía si de frío o de miedo.

—¿Por qué te pones así? ¿No dijiste que no tienes miedo de comprobar si existe el tren fantasma? ¡Estás temblando, hasta parece que te has orinado del susto! —dijo Ángel al mirar que a los pies de su amigo se había formado un charco.

—Cuidado con que les cuentes a los demás lo ocurrido —contestó Juan mientras echaba a correr hacía su casa.

Ángel se acercó a la laguna, escudriñó en la negrura de sus aguas que se mantenían tranquilas. Ahora sé que lo que mamá me contó es cierto, regresaré apenas pueda. No te tengo miedo laguna, quiero saber si de verdad atrapaste entre tus apestosas aguas a mi padre.

Dicho esto, apretó a correr en dirección a su casa, no vaya a ser que su madre se de cuenta de su escapada.

Los días transcurrieron y Ángel ocupado en los estudios y en ayudar a su madre, pareció olvidar lo ocurrido aquel domingo en que con Juan esperaron al tren fantasma.

No se imaginaba que un suceso estaba por cambiar el rumbo de su vida. Su madre cansada de la pobreza en que vivían se dejó convencer de una pariente suya que tenía planeado viajar a los Estados Unidos de manera ilegal, pagando a una gente que les ofrecía llevarlos allá sin problema. La mujer, vendió el pequeño solar donde vivían y sin más ni más decidió emigrar.

—No te vayas mamita, no quiero que me dejes donde la tía Esther, tiene mal genio y el tío es grosero y borracho. No quiero estar de arrimado.

—Apenas llegue y encuentre trabajo mandaré por ti hijo, no te preocupes, prometió la mujer, sin conmoverse ante las lágrimas del chico.

La madre partió y el joven se quedó a vivir con sus tíos, quienes no tenían hijos y eran un par de viejos amargados. Dijeron que como eran pobres no tenían para costearle los estudios por lo que retiraron al muchacho del colegio fiscal donde asistía. El tío que era mecánico lo llevó con él al taller para que aprenda el oficio y se gane el pan que le daban. A las cinco de la mañana la tía le ordenaba levantarse de la estera donde dormía, luego de tomar como desayuno un vaso de agua de canela con pan duro, tenía que salir a la mecánica y abrirla; de igual manera en la tarde era el que salía al último, luego de asegurar las puertas del taller. Llegaba cansado a tomar el vaso de colada con pan que era la merienda para luego dejarse caer cansado de cuerpo y alma sobre la fría estera, colocada sobre el piso del corredor y que era su cama.

El carácter de Ángel cambió a partir de entonces. Ya no era el joven alegre y soñador, se volvió taciturno y serio. Su sensibilidad se alteraba ante las diarias escenas de maltrato que el tío prodigaba a quienes encontraba a su paso cuando llegaba ebrio, con palabras groseras le sacaba en cara el hecho de mantenerlo en su casa y que su madre se había olvidado de él pues nunca escribió ni dio señales de vida a pesar de haber pasado un año desde que se marchó.

Su único refugio era bajar a la laguna de Yambo, los domingos en la tarde cuando la mecánica se cerraba. Entonces, pasaba largas horas sentado a orilla de la laguna tirando piedrecillas y mirando las aguas negras y misteriosas que parecían querer decirle algo.

Un viernes por la noche, el tío llegó a la madrugada con el diablo metido en el cuerpo, empezó a golpear a la anciana. Al escuchar los gritos, Ángel despertó sobresaltado, al darse cuenta de lo que pasaba se interpuso para proteger a la tía. El hombre, agresivo, le propinó un puñetazo que lo tumbó al suelo donde empezó a patearlo con la furia que le daba el alcohol que tenía dentro. El muchacho reaccionó y empujó al viejo quien cayó sobre la cama quedando inconsciente. La tía en lugar de agradecerle por haberla defendido empezó a insultar al chico por, según ella, faltar el respeto a su tío.

Ángel no pudo más. Sin importarle que era de madrugada cogió su chompa y su gorro, se los puso y salió de la casa dirigiéndose a la laguna. Allí lloró con desesperación y empezó a gritar:

—¡Papaaaaá…! ¿Dónde estas? Te necesito… ven, llévame contigo, quiero que me cargues en brazos como cuando tenía cinco años. ¡Papaaaaaá…!

La voz del muchacho retumbaba en el muro de silencio que envolvía la laguna, las aguas empezaron a moverse agitadas por una fuerte brisa que no se sabía de donde venía.

Ángel sintió que alguien tocaba su hombro. Se puso de pie violentamente y dio la vuelta. Dos muchachos vestidos con camiseta y jean de marca lo miraban con curiosidad.

—Hola, ¿Cómo te llamas? —le preguntaron.

—Me llamo Ángel, y ¿ustedes quiénes son y que hacen aquí?

—Yo soy Santy, y mi hermano se llama Pedro —contestó uno de ellos.

—¿Por qué están aquí a esta hora? Insistió Ángel.

—Veníamos manejando el auto de nuestro padre y unos policías quisieron detenernos, escapamos y llegamos hasta aquí —dijo el otro muchacho.

—¡Ah, claro! —reflexionó Ángel. ¿Pero que piensan hacer? ¿Dónde van a dormir hasta que amanezca por completo?

—No tengas cuidado por nosotros, estamos acostumbrados, nos quedaremos entre los árboles. Nos impresionó tu angustia y quisiéramos ayudarte, veo que sufres mucho —dijo el que parecía mayor.

—Gracias por su preocupación —contestó Ángel— y animado por la mirada comprensiva de los dos chicos que parecían entender su drama les contó lo ocurrido y lo triste de su vida desde que primero desapareció su padre y luego la partida de su madre a otro país, sin volver a saber más de ella.

—No te preocupes, amigo —dijo el muchacho llamado Santy, con un tono de voz infinitamente tranquilizadora. Todo se resolverá, ya lo verás. Ahora ya está amaneciendo, es mejor que vayas a ver si tu tía está bien y acude donde el párroco de la iglesia, el te ayudará a denunciar el maltrato de tu tío. En la noche te esperamos para seguir platicando.

El muchacho llegó a casa de la tía y comprobó que los ancianos todavía dormían, por lo que apresuradamente tomó la poca ropa que tenía, la metió en una funda de plástico y salió para siempre de aquella casa. Llegó a la iglesia del pueblo, el padre Joaquín estaba preparándose para dar la misa de las seis de la mañana.

—¿Qué haces aquí, a esta hora, muchacho?

—He dejado la casa de mi tía, padre, ya no soporto tanto maltrato —contestó el chico y empezó a narrar lo ocurrido al sacerdote.

—No te preocupes hijo, luego de la misa iré a hablar con tus tíos y a la junta parroquial para denunciar tanta barbaridad y avisar que voy a llevarte a vivir en la parroquia porque eres menor de edad.

Los tíos al escuchar la reprimenda del sacerdote respondieron que Ángel era un malagradecido y que podía irse con quien quisiera pues para ellos no pasaba de ser un estorbo.

A partir de entonces, el chico se quedó a vivir en la casa parroquial y se convirtió en compañía del cura quien lo llevaba a la iglesia para que asista a cada misa en calidad de monaguillo.

No volvió a la laguna durante un buen tiempo, sin embargo, no olvidaba a los dos muchachos que encontró la noche que llegó allí luego del altercado con los tíos. ¿Qué habrá sido de ellos? Se preguntaba. Seguro que ese mismo día se fueron a su casa.

—Padre, ¿Ha escuchado hablar del tren fantasma? —preguntó al sacerdote.

—Que tonterías dices hijo, los fantasmas no existen, son supersticiones de la gente ignorante. Hay que dejar a los muertos descansar en paz —contestó categórico el padre Joaquín.

Ángel llevaba viviendo seis meses en la casa parroquial cuando el sacerdote enfermó, por lo que la orden a la que pertenecía ordenó su traslado a una casa de reposo en otra ciudad y envió como reemplazo al padre Andrés, un sacerdote de mediana edad, de mal carácter, quien desde el comienzo le cogió antipatía al muchacho. La vida del chico nuevamente estaba a la deriva. Una noche que el sacerdote lo regañó injustamente, salió del lugar y sin pensarlo se dirigió a la laguna. Una vez allí, se recostó a la orilla y al amparo de la noche, arrullado por el viento que silbaba entre los matorrales, se quedó dormido. Soñó en su madre, que hace dos años se marchó y jamás se supo de ella, su padre apareció sonriente, extendiéndole los brazos para consolarlo. Despertó sobresaltado, junto a él estaban los dos muchachos de camiseta y jean, sentados sobre la hierba.

—Santy… Pedro. ¿Qué hacen aquí?

—Vinimos a acompañarte, sentimos tu dolor y quisiéramos hacer algo por ti —dijo Santy.

—No creo que nadie pueda ayudarme —exclamó el chico. Pero no me han contestado. ¿Por qué están aquí?

—Aquí vivimos —dijo Pedro, señalando con el dedo índice a la laguna.

—No entiendo…balbuceó, Ángel, sorprendido

—Este es el mundo que habitamos ahora, sin dolor, sin miedo, donde nadie puede ya hacernos daño. Es una dimensión desconocida por el ser humano, al que accedimos solo después de la muerte.

—¿Quieres decir que ustedes son fantasmas?

—Bueno, así nos llaman y eso seremos hasta que nuestros cuerpos insepultos sean encontrados y enterrados en lugar bendito, solo entonces nuestra energía se integrará al universo.

—Entonces el tren fantasma existe

—Si —contestó Santy, todos estos años ha sido nuestro hogar, pronto llegará, como cada noche.

Como salidos de la nada, en medio de la bruma, un par de faros de potente luz empezaron a divisarse a pocos metros, acompañados de un pitazo profundo cuyas ondas de sonido se perdieron en las fauces de la noche.

Era un tren herrumbroso, oxidado pero que ostentaba una extraña hermosura. De la máquina principal salía una columna de humo que se esparcía en el viento. Por las ventanillas asomaban varios rostros de hombres, mujeres y niños, sonrientes, agitando la mano en señal de saludo. El vehículo se detuvo, el maquinista asomó el rostro quitándose la gorra en ademán amistoso.

Del singular tren, bajó un hombre que se acercó al muchacho con los brazos abiertos. Ángel contuvo la respiración, el rostro del hombre le recordaba a alguien. Los recuerdos se alborotaron en el cajón de su memoria. La imagen de un niño de cinco años riendo feliz en brazos de su padre, quien lo lanzaba al aire, fue agigantándose en su cerebro.

—¡Papá! —exclamó emocionado.

—¡Hijo mío! —exclamó el hombre, abrazando al muchacho. Ven conmigo, súbete al tren y nos iremos a donde ya nadie podrá hacerte daño.

—¡Si papá, llévame contigo!

Padre e hijo ingresaron abrazados al tren que había empezado a pitar con insistencia. Detrás subieron Santy y Pedro. Las puertas se cerraron y el tren empezó lentamente a ponerse en marcha con dirección a la laguna hasta que terminó desapareciendo en sus turbias aguas, mientras el ulular de la máquina se perdía en medio del sobrecogedor silencio.


Mariana Falconí Samaniego, Poeta y Narradora Ecuatoriana, escribe desde los 20 años en que descubrió la magia de la palabra. Tiene publicados 9 libros en poesía y 41 libros en cuento y novela infantil y juvenil. Su poesía ha sido traducida al portugués y francés y uno de sus cuentos infantiles fue traducido al chino mandarín. Pertenece a la Sociedad Ecuatoriana de Escritores y otros grupos culturales. Obtuvo el premio Nacional de Poesía Gabriela Mistral 2001.


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3FGnByd

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