El privilegio de manipular | Diana Torres Arias

Por Diana Torres Arias

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

Nunca fui de oficios, siempre he sido torpe con mi cuerpo. Nada de tocar instrumentos, mis dedos eran muy gordos; nada de pintar, mis manos eran muy rígidas; nada de carpintería, las alergias y la viruta no son amigas; nada de deportes ni baile, que a fin de cuentas son lo mismo. Pero he descubierto, a mis cincuenta y cuatro años, mi oficio: estar de luto.

Morí hace un par de años. La gente no lo entiende. Yo tampoco. Prefiero no entrar en detalles que ni ellos ni yo comprenderíamos.

No hablo de una muerte avalada. Un día ingresé al país Hospital y jamás me recuperé, jamás me permitieron abandonarlo. Aunque vivo en mi casa a veinte minutos en auto y a cuarenta y cinco si quiero ejercitarme. Es una república totalitarista.

Este ha sido un buen año, solo doce recaídas. Una por mes. Nada mal. Pastillas para el dolor o para hablar o no hablar. Nada mal.

Soy o, bueno, era una mujer simple.

—¿Con quién hablas? —ese es Richard, mi esposo.

Siempre abre la puerta del baño mientras estoy aquí. Es de esas particularidades que a él le incomodaron desde el día que nos acostamos por primera vez. Yo fui a orinar mientras él se lavaba el rostro. No lo toleró, pero con los años, ahora es él el que no me permite orinar a solas.

—A mí misma, ya sabes que me gusta hablarme por las mañanas.

—Mis manos, mis manos —puedes subirme el cierre del suéter, por favor. No lo alcanzo. Está muy arriba.

No me puedo quejar, no es su culpa, él no pidió ni tampoco creo que haya imaginado que terminaría atado a una discapacitada que solo le dio un hijo. Nuestro hijo. Él murió. Es doloroso, pero no es necesario indagar en ese dolor. Muy pocas personas no lo han experimentado. Solo debemos recordar a todas las madres que perdieron a sus hijos por falta de una vacuna, un tsunami, alguna guerra, conflicto bélico o, sin ir muy lejos, en una manifestación a la vuelta de la esquina o algún bus que se lo llevó y jamás lo trajo de regreso. Me tomó un par de años superar su muerte. Richard lo superó casi de inmediato. Ahora pinta el mismo árbol todo el tiempo.

La vida siguió. No como un mártir, solo siguió. Quizás mi instinto materno solo fue un simulacro. Mi vida continuó. El trabajo no paró, Richard seguía aquí. A fin de cuentas, yo lo escogí a Richard. Camilo solo fue el vapor que se eleva cuando se saborea con el olfato.

Yo quise adoptar, pero él no y para ese entonces ya éramos muy viejos y acostumbrados.

Mis manos, mis manos siempre fueron viejas y largas. Recuerdo que en la universidad usaba sacos de mangas largas, siempre las cubría. Mis manos parecían haber nacido antes que yo o quizás se las robé a alguien como James Randi.

Las peleas entre ambos no existían ni existen, así como el cariño. No diría amor, pero al menos cariño. Ambos nos acompañamos. Nos tenemos o bueno él me tiene a mí. Soy una egoísta, pero siempre lo he sido y traté de contárselo de a poco mientras nos conocíamos.

Yo nunca estuve segura de quererlo. Amaba o al menos quería a otra persona, pero Richard fue siempre la mejor opción. No me equivoqué. Camilo una vez quiso adoptar una mascota. Estaba en esa edad en que los niños quieren cuidar de otro individuo solo para poder desfogar toda su energía en él. Lo llevé a un pequeño refugio de animales. No había mucho de donde escoger. Un par de perros, uno incluso tenía sarna y los dientes desencajados. Era hermoso, pero Camilo escogió al más grande de todos. Muy adentro, creo que las personas queremos algo más grande que nosotros solo para oprimirlo. Por eso yo me quedé con Richard y Camilo con un Husky.

—Hoy tenemos un almuerzo con Chastity, su hija recibió un premio y quiere celebrarlo con sus amigos cercanos. Una beca o algo así, no estoy seguro. Nosotros llevamos el vino.

Nosotros.

Richard y yo no somos un nosotros. Siempre estuve en la espera de robarle el valor a alguna película, canción o libro, pero jamás encontré el suficiente en ninguno de ellos. El coraje para decirle que lo nuestro se había terminado el mismo día que comenzó. Solo estaba triste y quería besar a alguien. Sí, eso le diría. Tonta y joven, pero no hay nada más fuera de eso. Ninguna duda trascendental, ya dije que siempre fui una mujer simple.

—Tengo que calificar las tesis de doctorado de mis alumnos, no sé si me alcance el tiempo —como si me importara las aburridas, tediosas y gastadas aunque “nuevas” tesis de mis alumnos. Me había olvidado de mencionar que poseo uno de los trabajos más codiciados y aburridos del mundo. Soy profesora de Filosofía y por eso sé que estoy de luto. Me perdí a mí misma al enfermar.

Richard abre la puerta del baño desde que mis brazos dejaron de funcionar. Una mañana, así como el día en que Camilo murió, desperté sintiéndome igual que siempre. Nada extraño, ninguna premonición o sexto sentido. Otra mañana más.

Ese mito new age de que el cuerpo siempre se anticipa o que te envía señales —jodida es lo que estaba—, el cuerpo no tiene porqué molestarse en hablar.

—Podemos ir luego de que termines. No me importa. Yo tampoco quiero pasar mucho tiempo con ellos. Siempre hay alguien que habla sobre Camilo al final. No estoy de ánimo para darle apoyo moral a alguien que esté pasando por alguna pérdida familiar —está bien, Richard, déjame lavo los platos, me pongo unos pantalones formales y podemos irnos.

Mis manos, la textura del pantalón, un puñado de arena, agua helada o piedras no interesa, todas saben a lo mismo. Las manos son el sentido del gusto. Lástima que lo noté tan tarde. Me hubiese gustado observarlo antes. El cuerpo puede tratar de remplazar la sensación del tacto de las manos, pero nada se compara con el rose de las sábanas sobre las piernas, el morder los labios hasta que sangren, el oler toallas mojadas, nada, nada se compara con el color en la punta de los dedos.

Tenía una amiga, su hija mayor era retrasada mental, iba a grupos de apoyo de padres con hijos igual al de ella. Uno de esos grupos cargados de eufemismos y miedos. Eran reuniones en los que nadie contaba su verdad. Nadie quería hablar o aceptar que, pese al amor por sus hijos, todos se sentían decepcionados y frustrados con su propia vida. No la de sus hijos. La suya. Sus hijos estaban bien, el dolor físico no les era ajeno, pero esa punzante vocecita que te cala el cráneo, esa molestia, les era extraño. Ese show estaba reservado para los sanos, para sus padres.

Yo ya no tengo hijos así que puedo hablar. Por eso no voy a grupos de apoyo. No quiero que otro enfermo me mienta en la cara por miedo a sí mismo. Sin embargo, Tania y yo vivimos el luto juntas. Ninguna sabe cómo superar la pérdida de nuestra propia vida. Seguramente la veré hoy en casa de Chastity. Sonriendo, observando e imaginando algún desastre que corte el futuro prometedor de la hija de Chastity. La observaré, ella lo sabrá, se sonrojará. Se apenará, pero no por pensar en la muerte, la amputación o el cáncer que le desea a una persona que no conoce de su existencia; se sonrojará porque dentro suyo, mientras lo piensa, siente un pequeño tremor en el clítoris. El placer proviene de la imaginación, de los anhelos, del reírse cuando un niño pequeño se cae y llora en busca de su madre (no me mal entiendan, el que se divierte es el que mira al pobre niño, la contracción de su rostro, sus manos y piernas en el suelo, la faz reflejando asombro, pero la sorpresa es que no está su madre o padre cerca para rescatarlo. Eso es lo magnífico, el vacío, el abandono al que se expone, la caída no tiene nada que ver. Si nadie acude a él se levanta y sigue como si nada. El voyerismo, sí el voyerismo del que observa y del que quiere ser observado sin importar la edad. Esa necesidad está limitada en nuestras uñas de las manos y pies)

—¿Estás lista? Me gustaría llegar antes de los bocaditos, recuerda que nosotros llevamos el vino del brindis.

Me desperté esa mañana y me dirigí a mi universidad. Una doctora en filosofía ya ha tenido el tiempo para pensar sus respuestas, al menos las básicas: nada de amor, nada de poder, risas, saludos de mano o palabras. Sin embargo, siempre está el contingente. Ya nada queda, solo un poco de tristeza. No era tan aburrida. Me gustaba ejercitarme, iba al gimnasio con el afán de no compararme con otras profesoras. Sí, vanidad, sí, culpable. Daba una clase: Métodos Avanzados de la Investigación, tenía las manos frías, así que decidí dar clases en el patio, bajo el sol… decidí.

Hablé por cincuenta minutos, casi sin pausa.

—¿Qué es la Literatura? ¿Qué son los estudios literarios? ¿Qué es un autor? ¿Qué es el deseo?

—Hegel, el arte y la dialéctica; Marx y el materialismo económico y social; Williams y el sistema cultural; Althusser y la ideología; Jakobson y la búsqueda de la función poética; Saussure y la lingüística; Freud y el inconsciente; Lacan y la construcción de yo y el otro; Kristeva y la construcción estructuralista y postestructuralista del tiempo; Eliot y el formalismo; Bakhtin y la heteroglosia; Gubart y Gilbert, feminismo y la presencia de lo ausente…

Una mezcla casi indigerible para mis alumnos. Sus rostros, sus apuntes, sus manos. He sido profesora por varios años y no es que no les tenga aprecio o que no crea en ellos, es simplemente el terror de no poder gritarles y decirles que se vayan, que corran tan rápido como puedan, que regresen a sus casas y se dediquen a la carpintería, la ganadería, la taxidermia o cualquier otra cosa, que escriban desde ahí. Luego de un largo día. No desde mi aula, no desde mis palabras, no desde mi garganta reseca, no desde mi papel de profesora, no. Si supieran lo que yo quiero no pagarían por escucharme y así yo me dejaría de sentir como un mono encadenado. Tapando y destapando un marcador que ni siquiera uso, pero que siempre está en mis manos.

La clase terminó, moví mi brazo para tapar el marcador antes de que se secara, “Súper Freak” sonaba a lo lejos, lo recuerdo porque no es algo que suene en la radios usualmente, pensé en Rick James y su muerte “prematura” a los cincuenta y seis años por el abuso constante drogas. Prematura, ¿a qué edad una muerte deja de serlo? Una punzada, la primera. Pensé que pasaría, quizás era fatiga muscular, el ejercicio repetitivo de escribir o el salto de algún tendón que necesita más colágeno. Caminé a mi oficina, traté de ignorar el dolor, como siempre. Llegué a casa y Richard no notó nada durante todo el fin de semana.

Cada uno se dedicó a su hobby. Richard pinta el árbol del patio trasero desde la muerte de Camilo, siempre desde un nuevo ángulo, una y otra vez. Yo juego con piezas en miniatura, construyo una ciudad de mentira para gente inexistente. Me recuerda a los legos de Camilo. Solía crear imperios y destruirlos para construir un baño. Las hojas o los insectos eran sus ciudadanos, odiaba a las mariquitas porque siempre se iban volando, sus ciudadanos favoritos eran los gusanos y los catzos, eran lentos, vivían poco y los conservaba luego de que morían. Me tocaba recogerlos por la noche, sin que él me viera, y los tiraba en el patio. Mis piezas son de colección, de polietileno igual, pero más costosas, más definidas, más aburridas.

Richard se encontraba pintando su árbol y yo limpiaba mis piezas miniatura —si algún día decido huir, es lo único que llevaré conmigo—, dejé caer uno de los pequeños edificios, mis dedos no se cerraron. Se rompió.

Richard entró a la casa y me encontró contemplando el objeto.

—Ayúdame a amarrarme los cordones, estoy casi lista.

Me preguntó que sucedía y decidí contarle sobre el dolor de mi brazo, que había empezado hace un par de días, que pensé que se iría, pero solo seguía empeorando. Ahora me dolían ambos brazos. Su única respuesta fue: “¿Por qué no me avisaste antes?” ¿Por qué? Creo que su pregunta debió ser ¿para qué me avisas ahora sino me avisaste cuando ocurrió? No lo sé, pensé que se iría. Ahora que lo pienso, no se lo dije por orgullo, no quería su ayuda, no quería sentirme impotente así que hice lo más lógico, ignoré el problema. Solía pensar que el dolor solo existía si se lo nombraba, se hablaba o se expresaba de alguna forma. De lo contrario este goteaba hacia dentro creando cráteres propios e impenetrables. Figurando el espacio para las lágrimas tragadas.

— Vámonos, de seguro todos están esperando tu vino, Richard. Estoy lista.


Diana Torres Arias (Quito, 1994) Editora e investigadora. Licenciada en Comunicación con mención en Literatura por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y maestrante en Literatura Comparada por Florida Atlantic University. Su relación con la literatura ha girado en torno a la corrección y edición. Se desempeña como editora en la editorial independiente Doble Rostro. Redactora y editora en la revista literaria Elipsis. Sus textos, académicos y literarios, han sido publicados en Ecuador, Colombia y Perú. Ha participado en la antología La flecha de Xenón. Dieciséis ensayos sobre Kafka (2017).


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3HpJNgu

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