El cuerpo biotecnológico: ¿Quién me puebla? | Iván Rodrigo Mendizábal

Por Iván Rodrigo Mendizábal

Inmunitas (2005) de Roberto Esposito, en el capítulo “El implante”, en su primera parte, aborda un tópico complejo: el del objeto extraño que, por causa determinante, ha pasado a ser parte del cuerpo propio. La discusión sobre este hecho lo realiza alrededor de las ideas de Donna Haraway –Ciencia, cyborgs y mujeres: la reinvención de la naturaleza (1995)– y Jean-LucNancy –El intruso (1996)–. El presupuesto que deja planteado es que, en el contexto de la biotecnología, ya no se puede hablar de relación entre cuerpo y suplemento técnico, sino del carácter suplementario del cuerpo con relación a la tecnología (Esposito 2005, 212). La fórmula aparece cambiada: si antes las tecnologías sometían o disciplinaban al cuerpo, ahora las tecnologías extreman al cuerpo, se inscriben en este, cobran vida –si cabe el término– cuando el cuerpo lo activa. El tema de lo inmunitario aparece incluso refuncionalizado, resemantizado.

Esposito al inicio de su libro nos dice que por inmunidad se debe entender como “la condición de refractariedad del organismo ante el peligro de contraer una enfermedad contagiosa” (16). Esta condición, aunque obvia, es problemática porque lo que hace el cuerpo frente a otro, en situaciones de tensión, es justamente su retracción, su propio cuidado. El orden orgánico funciona aislando lo ajeno y reduciéndolo hasta acabarlo. Basta con pensar en el sistema inmunológico humano ante una herida. En condiciones “normales”, este sistema aísla y fagocita para restablecer el orden. En términos sociales esta condición de “normalidad” es contradictoria, pues aísla y reduce o elimina lo “malo” para restituir la normalidad al orden social. Los planteamientos de Michel Foucault –El nacimiento de la clínica: una arqueología de la mirada médica (2001) y Enfermedad mental y personalidad (1984)–, que también retoma Esposito sobre la sociedad disciplinaria se refieren justamente a los sistemas ordenadores e inmunológicos que tiene la sociedad para alejar de su normalidad societaria, de su aparente equilibrio, lo que podría causar alteración. Es conocido el rol del hospital y, particularmente, del centro psiquiátrico, así como de la cárcel, para quitar de en medio al sujeto peligroso, al sujeto que causa desorden, a la anomalía de la sociedad. El cuerpo social entonces reclama la inmunización. Los bioquímicos comúnmente ilustran el rol de los leucocitos equiparándolos con la policía. Entonces, no se trata solo de disciplinar el cuerpo sino también que desde su seno surja la necesidad de su protección, de su estabilidad. ¿No es acaso esto lo que estamos ahora viviendo por causa del covid-19, la pandemia mundial generada, hecho que ha llevado a que se constituya un régimen, una política inmunitaria policial? Es un hecho que no basta la cédula de identidad para transitar, sino además el certificado o carnet de vacunación o de haber sido inmunizado. Activado el miedo a la enfermedad y a la muerte inminente en un gran segmento de la población ha nacido la necesidad o el deseo de la inmunización mediante vacunas.

Así, la inmunidad policial en el cuerpo social operaría como una forma de diferenciación, de segregación y de exclusión. Eso es lo que plantea Donna Haraway y lo recoge Esposito: “el sistema inmunitario es un mapa dibujado para guiar el reconocimiento y el desconocimiento de sí mismo y del otro en la dialéctica de la política occidental” (205). Este modo de operación es el que de alguna manera ha operado desde que el capitalismo ha ido cobrando hegemonía justamente en la sociedad occidental. En la tesis de Haraway claramente se puede encontrar la idea de que la diferencia inmunitaria establece con más determinación la diferencia también de clase, de una que detenta y organiza el orden económico, frente a otra de la que se sirve y que no debe alterar dicho orden, sino más bien dinamizarlo, apropiarlo, afianzarlo; pero habría que decir que el verdadero extraño, el verdadero otro peligroso, quizá monstruoso, en los términos de Negri (“El monstruo biopolítico: vida desnuda y potencia” 2007), como amenaza requiere ser aislado, no porque impugne directamente al poder, sino porque más bien su impugnación al propio orden social amenaza a la propia estabilidad del poder. Al inicio de la pandemia hubo una marcada exclusión y focalización al contaminado como el peligroso. Cuando ya ha pasado más del año y medio, la sociedad en sí misma se torna peligrosa. Por lo tanto, se ha empezado a acunar lo monstruoso como parte de la vida cotidiana, o quizá, mejor decirlo, lo monstruoso de todos aflora como un componente formal de la vida social. La amenaza ahora parece ser el individuo sano.

En la anterior descripción, correspondiente a la sociedad disciplinaria donde el biopoder emerge, Haraway hace un anclaje para elaborar sus propios pensamientos que exceden a los de Foucault. ¿Cuál es el punto relevante en las tesis de Haraway? Esposito señala que, si bien retoma la cuestión de la centralidad del cuerpo como objetivo del biopoder, es decir, cómo el biopoder empieza a tomar atención al cuerpo, a medicarlo, a asegurar su productividad, Haraway avanza más allá cuando el cuerpo es objeto de las tecnologías biónicas, electrónicas o informáticas, donde aparece una condición incluso contradictoria. Primero que se trata ahora no del cuerpo social, sino del cuerpo individualizado gracias al cual el cuerpo social puede ser sujeto del poder: el cuerpo es descompuesto y al mismo tiempo multiplicado en su sentido… en otras palabras, aparece la idea de que el cuerpo, aparte de sujeto de experimentación, es entidad cuya fuerza se puede duplicar, se puede perfeccionar, se puede mejorar… es lo que en términos informáticos tiene que ver con el “upgrade”. ¿Los tipos de vacuna anti covid-19 tienen esa función?

Con Haraway nos damos cuenta de que el cuerpo excede a su propia condición biológica, además del lugar de inscripción de diversas prácticas o códigos, identificando en ello al cyborg. Y no se trata de una simple tecnificación del cuerpo, porque el upgrade no quiere decir eso, es decir, de dotarle de otras funciones, sino de un ingreso al cuerpo; es decir, de una recodificación del cuerpo. Esposito entonces encuentra en esta operación de interiorizar lo exterior en el cuerpo una suerte de abolición de los límites del adentro y del afuera o de lo superficial y lo profundo. Es probable que Esposito esté leyendo además en este contexto a Marshall McLuhan el teórico de la ecología de la comunicación, sobre todo cuando este señalaba que el cuerpo al ser modificado por la tecnología, el ser humano terminaba transformándose en los genitales del mundo de la máquina (1996, 66). Esposito de este modo afirma que la técnica se instala en el cuerpo, se instala en los miembros y al mismo tiempo se vuelve un miembro. Desde ya recordaremos que con el inicio de la década del 20 del siglo XXI los cuerpos sociales, los cuerpos humanos ya han sido recodificados, y no solo con la vacuna, sino con las propias tecnologías cuyo desarrollo se ha vuelto vertiginoso –una paradoja, al respecto, es que ya cada seis meses, más o menos, los fabricantes de celulares o de televisores, anuncian los productos que por fuerza serán sacados del mercado, es decir, serán obsoletos–.

Este proceso sin duda lleva a un problema, pues el sistema inmune se quiebra, por lo menos desde su definición primaria, ya que el miembro instalado desafía y al mismo tiempo trata de superar al propio sistema inmunológico natural del cuerpo. Una cosa es claramente el tatuaje o el piercing en el cuerpo, extensiones de sensorialidad al fin, modos de reapropiación corporal, y otra es el implante. El sistema inmune, en el primer caso, reacciona y sigue protegiendo al cuerpo porque aquellos no operan en el interior del cuerpo; pero cuando se trata del implante, el cuerpo genera su propio rechazo y al mismo tiempo modos de aceptación, porque además la técnica también va modificando al propio sistema inmune. El cuerpo como Estado es transformado por el propio Estado-cuerpo para aceptar otro orden, y otro orden no significa más que un cambio radical de Estado. Pero lo que se aprende de la realidad de biotecnología hoy es que opera a nivel de los virus, es decir con la misma gramática del riesgo y de la amenaza: de este modo, modifica el código y hace que el objeto extraño termine siendo miembro de la comunidad cuerpo.

El problema que se nos presenta es, por lo tanto, un cambio sustancial, es decir, una manera de llevar a la evolución de forma violenta: el cuerpo, en palabras de Esposito, se reestructura de modo radical (210). Sin embargo, esto no implica algo a nivel solo material del cuerpo, una simple operación de cambio de corazón o de la introducción de una prótesis dentro del hueso. Hay un problema que también se relaciona con lo inmanente. La literatura y el cine quizá dan cuenta de ello con cierta precisión. Por ejemplo, pienso en Gattaca (1997), un filme de Andrew Nichols, sobre unos hermanos, el uno nacido natural y el otro modificado… el gran problema que implica conocer y llegar al límite con estas condiciones; o la novela Nunca me abandones (2010) de Kazuo Ishiguro, sobre una comunidad criada para que sus órganos sirvan para trasplantes humanos, etc. La filosofía también ha abordado con cierto interés y profundidad como es el caso de La melancolía del cyborg (2009) de Fernando Broncano. La cuestión inmanente va más allá de lo político que bien Esposito trata de apuntar.

Cuando Esposito recurre a la memoria de Jean-Luc Nancy planteada en El intruso (2000) sobre la experiencia del trasplante señala que un factor fundamental del paso de lo biopolítico a lo biotecnológico es lo referido a la técnica:

“La técnica, remitida a su estatuto originario, no es otra cosa que la separación de la existencia respecto de sí misma: más precisamente el punto en que se cruzan su sustracción a la inmanencia y su sustracción a la trascendencia. Que lo existente no coincida por entero consigo mismo, pero que al propio tiempo no presuponga ningún fundamento trascendente: esta condición es la técnica. Técnico es el modo de ser no esencial, no teleológico, no presupuesto de lo que existe” (Esposito 2005, 213).

En otras palabras, con la técnica actual el régimen biopolítico se transforma en biotecnológico: la técnica, con la fría impostura del láser, excediendo al estilete, en el cuerpo, no solo abre, sino que quema, que sutura, que supera al sistema inmune. Y no solo eso, también con la imposición, mediante jeringa, de un líquido antivírico cuyas propiedades se mantienen en reserva o secreto. Esto es que el cuerpo no siente, pero lo lleva a su transformación. ¿Qué ha pasado? El ser humano, con su cuerpo ingresa al campo de las modificaciones corporales; al principio es un modo de aceptación-no aceptación de lo externo, del objeto que se implanta, pero luego es un modo de no aceptación-de condicionamiento porque, tal como señala Nancy, el cuerpo extraño es de otro, es otro, y ese modifica a mí mismo. Nancy en su libro, este dice –y bien lo recoge Esposito–: “Soy yo mismo que devengo mi intruso, en todos estos modos que se acumulan y se oponen” (2005, 214)

Pensemos lo anterior en términos políticos. Por ejemplo, la novela de Diamela Eltit, Impuesto a la carne (2010) podría implicar el conflicto de lo inmune frente a la exterioridad: una mujer y su hija, ambas conectadas, ambas indisolublemente y corpóreamente entrelazadas, una es un cuerpo de la otra y a la inversa (aunque esto también hable de centro de maternidad). La una es Chile que tiene a sus hijos, es decir, es la nación y sus hijos, sus patricios; la inmunización opera para que haya correspondencia en este orden, en el orden político estable, pero cuando hija-madre se vuelven, en el mismo seno de la patria, anárquicas, cuando se doblan hacia otro lado, el sistema inmunitario las aísla y las opera, es decir, las tortura sin dejarlas morir. En este nivel uno es intruso de sí mismo y es un intruso doloroso y al mismo tiempo necesario. La técnica política de la tortura las ha hecho conectadas nuevamente. Su propio régimen de inmunidad las ha colocado en el orden de que ellas mismas se cuidan a sí mismas; este virus societal es necesario para sostener el poder. Por ello Esposito repetirá en su texto que la relación entre poder y tecnología es ahora más claro.

Referencias

Esposito, Roberto. 2005. Inmunitas: protección y negación de la vida. Buenos Aires: Amorrortu.

Foucault, Michel. 1984. Enfermedad mental y personalidad. Barcelona: Paidós.

Foucault, Michel. 2001. El nacimiento de la clínica: una arqueología de la mirada médica. 20a. ed. Ciudad de México: Siglo XXI.

Haraway, Donna J. 1995. Ciencia, cyborgs y mujeres: la reinvención de la naturaleza. Madrid: Cátedra y Universitat de Válencia.

McLuhan, Marshall. 1996. Comprender los medios de comunicación: las extensiones del ser humano. Barcelona: Paidós.

Nancy, Jean-Luc. 2006. El intruso. Buenos Aires: Amorrortu

Negri, Antonio. 2007. “El monstruo biopolítico: vida desnuda y potencia.” En Ensayos sobre biopolítica: excesos de vida, editado por Gabriel Giorgi y Fermín Rodríguez, 93-139. Buenos Aires: Paidós.


Iván Fernando Rodrigo Mendizábal. Doctor en Literatura Latinoamericana por la UASB-Ec. Magíster en Estudios de la Cultura por la UASB-Ec. Licenciado en Ciencias de la Comunicación Social por la Universidad Católica Boliviana San Pablo. Profesor de la UASB-Ec. Escritor de artículos científicos en diversas revistas ecuatorianas e internacionales. Columnista de El Telégrafo (Ecuador), Suridea (Ecuador) y Amazing Stories (EE.UU.). Autor (entre otros) de: Análisis del discurso social y político (junto con Teun van Dijk, 2000); Cartografías de la comunicación (2002); Máquinas de pensar: videojuegos, representaciones y simulaciones del poder (2004); Imaginando a Verne (2018); Imágenes de nómadas transnacionales: análisis crítico del discurso del cine ecuatoriano (2018), Imaginaciones científico-tecnológico letradas (2019) y Historias desde el futuro: ciencia ficción andina como antropología especulativa (2021). Capítulos de libros, entre otros: “El monstruo es del sur: más allá de la biopolítica” en Marginalia III, relecturas del canon literario (Carlos Alberto Castrillón y Juan Manuel Acevedo, comps., 2013); “YouTube y el documentalismo global: ecuatorianos en el proyecto Life in a Day” en El documental en la era de la complejidad (Christian León, ed., 2014); “Ciencia ficción ecuatoriana: las exploraciones del futuro de las nuevas generaciones” en El pez solo puede salvarse en el relámpago (Augusto Rodríguez, comp., 2020); “Análisis del discurso de lo político: notas para una metodología aplicada a Twitter” en Comunicación Política: Debates, estrategias y modelos emergentes (Sergio Rivera Magos y Bruno Carriço Reis, eds., México, 2020); “La ciencia ficción ecuatoriana (1839-1948)” en Historia de la ciencia ficción latinoamericana I. Desde los orígenes hasta la modernidad (Teresa López-Pellisa y Silvia G. Kurlat Ares, eds., España, 2020); “Political Dimension of Latin American Science Fiction” en Peter Lang Companion to Latin American Science Fiction (Silvia G. Kurlat Ares y Ezequiel De Rosso, eds. USA, 2021).

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