“Viejo Celio, 2000 años y más”: el arco del tiempo | Iván Rodrigo Mendizábal

Por Iván Rodrigo Mendizábal

Viejo Celio, 2000 años y más (1986) es un libro de León Vieira, narrador ecuatoriano nacido en Baños, en la provincia de Tungurahua. Contiene dieciocho cuentos escritos entre 1968 y 1969 y recién publicados en 1986 por la editorial Llanganatis en Quito. Aunque cada cual se lee por separado, sin embargo, todos dan una visión de conjunto de una realidad anclada en el mundo rural de mediados del siglo XX, cuyo final, si se quiere, es 1999. El libro, si bien tiene que ver, de modo fantástico, con la vida social y política de Ecuador, al mismo tiempo, inquiere verlo desde la ciencia ficción, particularmente con la idea de la futurización.

Celio como testigo de la vida “patria”

¿Qué es lo que muestran los cuentos? En esencia a un pueblo, Llanovientos –en referencia a un lugar de Baños– y su devenir, llamemos, “histórico”. Quien cuenta es un narrador en tercera persona o heterodiegético, quien en la mayoría de los casos se muestra omnisciente, pero en otros es testigo e inclusive protagonista. Este narrador se dirige a un viejo, Celio, a cuya memoria se apela y con quien se pretende un diálogo –esta estrategia incluso es empleada cuando el narrador se dirige al lector–. En este sentido, las historias emplean un lenguaje metafórico que rompe con el texto narrativo lineal, hecho que obliga al lector a realizar, como el mismo narrador, a hacer saltos en el tiempo y en la memoria.

La obra, concebida así, rememora al tiempo que ha pasado y a los muertos, a sus fantasmas. Una cierta proximidad con Juan Rulfo es patente en ciertos pasajes de algunos cuentos cuando el narrador habla con Celio, el cual es un difunto. Este, asimismo, es la imagen de alguien que vio nacer Llanovientos. A modo de apertura del libro se dice de él:

“Calzado de impaciencia el viejo desembarcó en los noventa años. Había nacido en Llanovientos y su voz común se había apergaminado entre fusiles y viejos, chancletas de barros, manos heridas de hambre y piedras calcinadas por los cascos de las bestias encrespadas” (Vieira, 1986, p. 7).

De acuerdo con este párrafo de introducción, Celio es un anciano, enérgico, quien ha visto y vivido el discurrir de la historia; su nombre insinúa –tomando en cuenta además a la tradición romana desde donde emerge su nombre–, a ciertas colinas. Desde este punto de vista, Celio evoca los cerros, los lugares de referencia, los enclaves donde está la memoria. En el mundo andino, los cerros son considerados deidades o referentes sagrados e inclusive son lugares fundacionales: Celio entonces es un referente. Mostrarlo como alguien con energía, gracias a su impaciencia, asimismo le hace verse como un individuo que, como el narrador, quiere mostrar lo que pasa en su suelo.

En otra parte del libro, en el cuento “Fuera del pilche”, se dice de Celio: “Tú campesino, diputado, contrabandista, mercader, mujeriego, pobre, bebedor y muerto de hambre” (p. 45). El perfil se completa señalándolo como fundador, de origen humilde, pero que luego accedió a la política. Y no solo eso, también es un traficante, negociador, ligado a aventuras, aunque finalmente termine siendo un pobre más del país.

Vieira esboza en el libro a un hombre común y, al mismo tiempo, a uno representativo. La idea del desembarco, en el enunciado introductorio nos pone, así, en el escenario de quien delimita algo. Se puede pensar en Celio, siendo cerro y alguien simbólico, como la metáfora no solo del hombre ligado a la tierra patria, sino de la vida republicana de Ecuador. En su imagen parecería evocarse –los noventa años– a quien fuera el iniciador del liberalismo, Eloy Alfaro, pero que se contrasta con el hecho que su obra, hacia el último tercio del siglo XX, se ha olvidado. Todo esto se infiere de la parte final de la Introducción donde se lee: “El viejo está recorriendo de cabo a rabo el palacio y no descansa en ninguna memoria hasta cuando le atraganta la noche (p. 7).

Por ello mismo, Celio supone una voz común, representación de un nombre y un hombre quien simbolizaría la memoria colectiva. Así, en su voz también se articularía ese Ecuador del siglo XX, de opresión, de militarismo, de injusticia social –son los fusiles y los viejos–; en sus pies –las “chancletas de barros” en alusión al mundo indígena y campesino–, sin embargo, persistiría incólume la raíz de su generación, es decir, de los viejos luchadores y labriegos quienes, no obstante, los avatares políticos, siguen siendo semilla de la tierra. Las manos –“heridas de hambre”– mostrarían a la explotación latifundista y política que ha subsumido en la miseria a los sectores rurales. Las piedras calcinadas vendrían a ser el resultado de los procesos de modernización –“las bestias encrespadas”– impuestos engañosamente sin resultados en el país.

Tal parece que en la parte introductoria del libro está inscrito su programa: mostrar la vivencia de un país –figurado como un pueblo serrano–, sus avatares y sus desencantos. Así Vieira denota a Ecuador con una descripción en el cuento “Heraldos verdes”:

“…era un país como un zurrón pequeño. Se sabía embutido líquidamente de aciertos, hallazgos, tesoros, fábulas y acuerdos. Tenía leyes; pero estaban siempre guardadas en los apolilladeros y se las sacaba furtivamente, solamente cuando era necesario; el decir[,] cuando el cliente era pobre o… después de haber investigado si su árbol genealógico ya no conservaba un [gen] de sangre azul” (p. 13).

El inicio es como el de un cuento de hadas: con los puntos suspensivos, con el verbo en pasado –en minúscula–, con la referencia a un “país”. Ecuador es asemejado, en su forma, con un bolsón; en él cabrían, como señala el autor, “aciertos, hallazgos, tesoros, fábulas y acuerdos”, al igual que leyes sacadas a conveniencia sobre todo para castigar a los pobres. El tono no es encantador sino irónico. Así, se dice que los habitantes de este país tienen un perfil de “rareza” (p. 13), son pequeños de estatura y que son llamados a “vomitar” mediante órdenes que se publican: el acto de vomitar consistiría en “votar” por esperpénticos sujetos que llegan como “caminantes aéreos” (p. 15) a ofrecer diversas promesas de algo supuestamente nuevo.

En el país de ficción de Vieira la dimensión rural es primordial: estamos ante un pueblo cuya dinámica se ve en la feria, donde hay fiesta y compartición. En ese mundo están quienes tratan de pugnar por el poder, haciéndose pasar por amigos y benefactores o por padres que adorarán a sus hijos si les dan el voto. El engaño es uno de los recurrentes temas en los cuentos: gracias a artimañas los políticos terminan dejando a sus votantes y a la gente, como se lee en el cuento “Heraldos verdes”, donde Pepito el Seráfico se hace nombrar gobernador y padre de la patria (p. 19), aunque solo para tener el título e irse sin más; o el caso de ciertos politiqueros que ofrecen una transformación social en el cuento “José Casco declara su independencia”, ocultando su intención de sofocar una rebelión indígena (p. 67).

En el mundo de Vieira la presencia indígena es clara. Usa los vocablos “indio” y “campesino” para referirse a los que dan vida a la tierra. No obstante, su astucia (p. 24) para lidiar con las trampas de la política, se declara, en tono recriminatorio, que el Estado siempre se mostró “ruin” con este mundo. En el cuento “Males necesarios”, el narrador le dice a Celio:

“Me persiguió con carabineros, chapas y militares. Cuando pedí pan al gobierno, este me envió pesquisas, impuestos, fusiles y majaderías –como perros– sobre mi trabajo. Cuando pedí trabajo, este me negó. Dijo que era ignorante, que dibujaba la firma y que un hombre así no podía servir sino para el basurero; pero cuando gritaron im-pues-tos… los agentes vinieron a cobrarme… Fueron los años trágicos de hace muchos siglos; pero fueron y serán” (p. 22).

Lo que se muestra es, en efecto, un contexto de desigualdad. El tono se entronca con la literatura indigenista, todavía cultivada en Ecuador hasta la década de 1960, en los que se mostraban que las diferencias sociales provocadas por sectores interesados eran de carácter político-racial, evidenciando al modelo del Estado latifundista. En Viejo Celio, 2000 años y más el Estado se ensaña con el indígena, le denigra, lo vuelve objeto para el funcionamiento del aparato económico. Cuando constituye una amenaza, la policía –o el ejército– le cerca: en “Credo”, Zurita, el letrado, es detenido por ser un analfabeto y un cooperativista, culposo de ser además revolucionario, fascista, anarquista…, pero, sobre todo, por publicar un periódico. Vieira irónicamente, a través del narrador, dice que el conjunto de tales denominaciones o apelativos con los que se le califica termina con la palabra “indio” (p. 28), condición que le lleva a ser aprehendido, interrogado y encarcelado ya que se dice que pretendería sublevar al pueblo (p. 29). En el entorno latifundista y colonial que muestra el autor, “indio” viene a ser la condición más baja y “campesino” vendría a aludir al sujeto astuto al que hay que mirar con atención.

La objetualización del campesino por parte del Estado también se ve en el cuento “La Calzón Verde va a la guerra”, donde una mujer, Herlinda, apodada “la calzón verde”, se alista para ir a la guerra. El cura del pueblo representa a la Iglesia oficial del Estado latifundista. En algunos cuentos esta iglesia también llena de engaños e infunde creencias falsas. Cuando los pobladores ven la amenaza de la guerra, acuden al cura y este dice:

“Si la guerra santa nos llama tenemos que ir como con las tribus enemigas de Israel. Y como somos campesinos… A Dios rogando y con el mazo dando. Si Dios nos manda las batallas de la vida iremos contra ella… Las milicias, las milicias como en tiempos de la república” (p. 57).

Es Herlinda, una mujer objeto del deseo de los pueblerinos que infunde valor asumiendo un rol masculino. Puesto que todos están temerosos por perder sus atributos de masculinidad, de fortaleza, la mediación de la iglesia hace que aquéllos se muestren convencidos de ir a la guerra, articulando milicias –como en tiempos de la república, es decir, como en los tiempos de cuando se instauraba Ecuador–, con la finalidad de emular una guerra santa. Empero, es ahí donde aparece el nacionalismo estatal pronunciado por Pepito el Seráfico: “Hemos salvado a la patria amenazada” (p. 59), frase que resalta el hecho que los pueblerinos-ecuatorianos, siempre organizados en milicias ya estarían atentos a una supuesta invasión –no se sabe de quién–: entonces, la defensa de su tierra tendría el “loable” propósito de “morir por la patria” (p. 60). Lo interesante del cuento es que la guerra toca las puertas de los llanovientinos, pero no se la ve, siendo otro fantasma que está allá y a la cual se les dispara a ciegas. Vieira, al poner en evidencia las estrategias de lenguaje y de acción nacionalistas, pareciera mostrar que, en efecto, en la segunda mitad del siglo XX, Ecuador entró en la era de los simulacros.

Mientras hay imágenes y fantasmas que crea el poder estatal, la realidad de los pueblerinos es otra. En el cuento “José Casco declara su independencia”, se advierte el descontento social que trae la injusticia, la pobreza y las representaciones falsas que trae la política. Agentes del gobierno, manipulando ciertas creencias populares, obligan a que los campesinos quemen sus maizales. Producto de ello se recrudece la tensión y empiezan los alzamientos y la toma de conciencia; José Casco, un dirigente indígena da la voz de alerta:

“Compadres y propietarios del caserío. Hemos tomado decisiones. No es el Cungo, el Ángel María o el Ushcuma. Son los años de perrasuerte que nos ha validado las manos. Hemos quemado el maizal que pertenecía a nuestros abuelos y que los curuchupas nos quitaron por amor a Dios y al prójimo. Esta es la extensión de nuestra plaza; esta fue nuestra tierra; será… Dicen que la reforma agraria…; pero esos fantasmas asoman y se van, mientras los nuestros se quedan a vivir con nosotros”.

“Mientras el mundo va a la luna, en el caserío de piedra vivimos otras pasiones. Los del concejo tienen para whisky, mientras nosotros ni para el café. El cura nos ofreció tractores que los traería en helicópteros; pero las promesas quedaron después de las visitas de las mozas. Esta noche declaramos, José Casco, nuestra independencia” (p. 66).

La voz es personal, pero se dirige a la comunidad. El narrador esta vez involucra al lector para que forme parte de ese conjunto de seres que se sacuden de años de opresión. El levantamiento no es ni individual, ni grupal, es del tiempo –los años de “perrasuerte”– y de la tierra que es también humana –“nuestra plaza”, “nuestra tierra”–. La gente sabe que las políticas de Estado –la reforma agraria– no han hecho que se cambie las condiciones de vida, salvo solo reformular linderos y propiedades, o para llenar los bolsillos de quienes se sirven del poder. Dentro del discurso indigenista de Vieira, aparece una cuestión que contrasta: en tanto el hombre universal va a la luna, el hombre del campo, el oprimido por años de explotación latifundista y Estatal, es desplazado y convertido en una imagen fantasmagórica sujeto de las políticas de modernización. Mirado como objeto de la Ley, tal hombre es perseguido y desaparecido (Zurita en “Credo”), eliminado al ser criminalizado como “guerrillero” (Casco en el cuento “José Casco declara su independencia”) e incriminado por “anarquista” (el propio Celio en el cuento “Los gigantes verdes”), es decir, como peligroso agitador al orden estatal.

Es interesante notar en Viejo Celio, 2000 años y más una especie de continuidad de las historias. Con los cuentos, se percibe un aire de cuadros estáticos donde los personajes y sus acciones muestran al país que ha ido por otros derroteros. Es evidente el camino del latifundismo que no ha sido superado aún según el narrador; asimismo es notorio el contraste que permite ver el mundo de lo rural, es decir, ese mundo de pobreza, de ilusiones no concretadas, del ímpetu por emerger con el propio esfuerzo y ser engañados por políticas estatales. El autor ironiza con ese mundo, al mostrar cómo esos pueblerinos viven y escapan de las fantasías, y exponer a ese otro mundo, el del latifundio, el del poder, el de la política, como algo que no tiene que ver con la promesa de una patria liberal para todos. Incluso el desencanto, la desesperanza es revelada como si fuera parte de ese concierto de vida en el que el indígena/campesino es sujeto y esclavo. Se puede distinguir incluso ese grado de manipulación y degradación al que es sometido el actor social cuando se le incluye como parte de la maquinaria represiva del poder. En el cuento “El tolete del chapa”, Edgardo Sánchez, renuncia a su indumentaria campesina por la de citadino, hecho que le lleva a alistarse como policía; el narrador dice entonces: “Se fue, se fue como los guarros y entonces decidió partir con todos sus documentos. De la chacra al pueblo; de la pala al fusil, de la soledad a la eme” (p. 114), donde “eme” se puede interpretar como “mierda”; en resumidas cuentas “Sánchez se va a la mierda”, expresión coloquial que implica que el personaje se arruinó. Lo mordaz del caso es que el personaje no recibe un fusil o una pistola, sino un tolete para “defender la constitución de la república” (p. 116). Nótese que Vieira no pone con mayúsculas, ni “constitución”, ni “república”, en alusión al documento que instituiría a un Estado; empero el sentido es doble: la policía defiende a lo que funda pero también a lo que organiza la vida social de la res-pública: el “cuerpo social”, llámese “real”, que sustentaría al Estado, es decir, un cuerpo social –el del latifundio, el de los políticos “cholos” (p. 117)–. Se puede, por lo tanto, adelantar una apreciación: el narrador, al contarle a Celio, al fundador, al referente, acerca de cómo su proyecto fundacional terminó siendo cooptado por otros, trata de demostrarle que el Estado se ha erigido por encima de los hombres llanos; que aquél, en manos de sectores interesados, terminaron por volverlo represivo, incapaz de dialogar con la ciudadanía.

Un futuro apocalíptico

El cuento “1999”, a diferencia de los anteriores, es futurista –más aún si se tiene en cuenta la época de escritura de los cuentos (1968-1969) y la publicación de Viejo Celio, 2000 años y más (1986)–. Los cuentos, decíamos anteriormente, demarcan noventa años de memoria colectiva. Hemos inferido que la patria liberal de Eloy Alfaro, el viejo, cuya imagen es también Celio, ya no es la misma toda vez que aún predomina la mentalidad del feudo en el siglo XX. Según este presupuesto, Ecuador sigue siendo rural y pobre. La modernización es apenas un discurso para captar votos –en el acto de “vomitar” instituido por el Estado para el efecto–. O si se quiere, los terratenientes, las autoridades, los representantes de la iglesia, los aparatos represivos del Estado tienen todo para sí, haciendo que persista la explotación de quienes son la base de la sociedad: los campesinos y los indígenas. Se constata un mundo económico que beneficia a quienes están en el poder en detrimento de quienes le temen por ser estos criminalizados.

La paradoja que plantea Casco en el cuento “José Casco declara su independencia”, acerca de que el hombre va a Luna mientras la pobreza persiste en el mundo que vive es, en su sencilla enunciación, la denuncia de que, pese a la evolución tecnológica, lo inhumano prevalece.

Hacia finales del siglo XX, de acuerdo con el libro, en 1999, el país chiquito de Ecuador parece mantener ese aire de aparente sosiego rural, pero con ciertos cambios: una vida campesina retraída, un mundo de viejos y de objetos abandonados, con el pueblo casi desmantelado. Por ejemplo, se pinta este panorama:

“La plaza principal (…) se había llenado de leyendas y monumentos de viejos próceres, unos que habían gritado por la independencia y otros que habían llorado por ella. Los políticos habían hecho el esfuerzo hasta el ombligo para levantar pedestales a sus parientes y es así como el pequeño jardín de sauces y violetas aplastadas tenían caminos cada vez más estrechos; pues se habían apurado en poner esculturas de frente, de nalga, perfil, a caballo, sedentes, genuflexos y otros altorrelieves en agonía. La estética del pueblo se perfiló hacia la historia y los volúmenes de Llanovientos se acumularon en folios viejos como palimpsestos”.

“La vieja plaza de los próceres se había convertido en un cementerio” (pp. 145–146).

En efecto, todo está “museificado”, es decir, hay monumentos para todo y para nada. Pareciera que el tiempo ha envejecido todo, solidificando a quienes fueron sus próceres o patriotas, incluso los políticos de mala laya. La plaza, lugar del encuentro, del debate, del compartir, ha sido invadido por altares y estatuas que pretenden evocar la memoria de quienes provocaron la pobreza de la población; incluso el narrador señala que dicho lugar es un cementerio. En este, también llamado “panteón”, chocan imágenes cuyo tamaño se refiere al poder que tenían en su momento. Entonces:

“Eran tiempos difíciles y duros como el metal de las gentes. Las cuerdas eléctricas entraban y salían por las ubres de las vacas y los perros eran guiados por control remoto. Las gentes habían acicalado entre los pelos unas antenas metálicas y todo sonaba a bronco, laminado y seco” (p. 145).

La referencia a los tiempos duros es, de este modo, apocalíptica. Ese rasgo además se acrecienta con los procedimientos para extraer “eléctricamente” e industrializar la leche, o que los perros sean manejados como robots; incluso los individuos tienen antenas metálicas, aludiendo a que también podrían ser comandados a través de tecnologías. Hay un resonar metálico en el ambiente. La robotización supondría la completa maquinización de la humanidad, es decir, su completa dominación quitándole su agencia social. De ahí que reina en la población un quemeimportismo, ya que todos están subsumidos por el poder de las imágenes de la televisión.

Por otro lado, Vieira nos pinta un mundo en el que existe el robo. Es así como hay grupos de pandillas que en la noche se dedican a desmantelar los monumentos –los “hombres metálicos” (Vieira, 1986, p. 149)–, a saquear el cementerio de próceres, cuyos restos son luego reusados como “ceniceros, pedestales, patas de mesa, peceras, traseros de apoyos, rescoldo de cocinas, aldabones viejos y amuletos tibios” (p. 150). Si la población está “robotizada” o atrapada en su cotidianidad, el pandillerismo ha sustituido la vida política, proveyendo de remiendos a las familias para que rearticulen las cosas que se van deteriorando. Las pandillas entonces instauran una especie de “religión” con base en los objetos que roban y que los transaccionan como bienes con cierto valor “histórico”. En el escenario apocalíptico la piratería y el bandidaje son la clave de la supervivencia donde los saqueadores, jóvenes motociclistas, se hacen nombrar como “sacerdotes de la época” (p. 151). Ellos desconocen el pasado y viven más bien del presente. Su mentalidad pragmatista supone una cierta ironía: si bien pretenden descifrar la historia del pueblo –ecuatoriano–, finalmente lo que quieren son los fierros de los próceres. La ironía radica en que, derribando a los dichos próceres, a los héroes patrios, es para mandarlos finalmente “a la mierda” (p. 154), es decir, para deshacerse de su memoria, considerándolos una lacra. Cabe decir, por lo tanto, que “1999” muestra a una generación futura que no cree ni en los fundamentos de la nación o de la patria, ni en sus gestores, ni en sus proyectos, por más problemáticos que estos sean. ¿Se puede pensar que Vieira no avizoraba un futuro para Ecuador?

Observemos que el cuento inicia con el anuncio de que Llanovientos será visitada por Pantócrator (p. 145). Tal nombre alude al Todopoderoso, pero también tal referencia se puede entender respecto a quien gobierna. El juego semántico con dicho nombre es igualmente clave en el libro. Por un lado, es Dios que parece ir a esa tierra cuyos habitantes han sufrido por décadas. Se sugiere así una especie de misión salvífica en el año 1999: Dios va a Ecuador a librarle de su destino. Pero esto parece también una ironía porque luego nos daremos cuenta de que cuando llega, Llanovientos–Ecuador “había sido aniquilado hace muchísimos años y el peregrino se encontró una vez más solitario” (p. 155). Por otro lado, pensando en la visita de quien gobierna, igualmente el texto es irónico, pues llega a encontrar un país devastado por la política, por la dictadura –también cabe mencionar al cuento “Pastor Dimitrakis”, cuyo personaje es elegido por voto como gobernador, pero que no puede posesionarse porque las autoridades policiales que resguardan la casa de gobierno, le anuncian que se está en estado de dictadura–, por el bandolerismo, donde los objetos del saqueo, que sirven como patas de mesa o rescoldos de cocina, etc., se le ríen. En ese futuro del año 1999 el apocalipsis ha llegado a Ecuador: “Era ese otro tiempo, muy cruel, muy largo, muy tempestuoso” (p. 155).

Conclusiones

El libro de León Vieira es comprensible también teniendo en cuenta el contexto. Hacia el final de la década de 1960, Latinoamérica entraba en la espiral de los golpes de Estado militares y la instauración de modelos dictatoriales. La guerra fría también tuvo sus consecuencias a nivel político en tanto la amenaza comunista estaba presente toda vez que en Cuba existía un régimen de ese tipo. En Bolivia, por ejemplo, el Che había organizado una guerrilla y pretendía que los sectores indígena y campesino se apropien de las armas. A diferencia de Cuba, en los países de Sur América los problemas derivados por la pobreza, por la diferencia de clase, por el gamonalismo que se había apropiado de los diversos aparatos de Estado, supusieron diversos reclamos sectoriales no equiparables del todo con el caso cubano: lo que más socavaba la estabilidad social eran los problemas no solucionados derivados de la mentalidad colonial prevaleciente, es decir, la marcada diferencia social que preexistía, el racismo derivado por la presencia de comunidades indígenas explotadas por siglos, desde la invasión española. El militarismo se habría propuesto, con base en el uso de la fuerza, instaurar un programa modernizador apoyado por las políticas económicas de desarrollo dictaminadas por países como EE.UU.

El liberalismo de inicios de siglo XX no habría dado frutos porque sectores conservadores la habrían hecho fracasar al impugnarla. Entonces, se trató de instaurar otro liberalismo de corte militar e imperialista que más bien se adscribiese a los requerimientos y demandas económicas y financieras de los países industrializados. Una tendencia de la literatura indigenista de la segunda mitad del XX, en efecto, expone el marcado contraste entre la mentalidad vernacular, ligada a la tierra, a los mitos ancestrales, con la mentalidad desarrollista, productivista que aspira a la industrialización de la materia prima producida en el mundo de lo rural. El problema que denunciaba esta literatura era el mantenimiento de ese sistema de explotación colonial y nuevos modos de esclavitud en base a una red de actores sociales, los unos citadinos, americanizados o europeizados, es decir, banqueros y grupos económicos que responden a intereses internacionales o mestizos que pretenden blanquearse destruyendo el lazo identitario con los lugares y las familias de donde procederían. Mucha de esta literatura hace referencia a la policía o al ejército como brazos represivos que cumplen injustamente con las premisas de quienes están en el poder. La modernización es impuesta a fuerza de la presión y represión, sin diálogo, sin respeto de los derechos humanos, sin consideración de las potencialidades de los pueblos sojuzgados. La modernización es dictaminada de forma unilateral.

Viejo Celio, 2000 años y más es un retrato de su época, pero al mismo tiempo un libro que desmitifica partiendo quizá de los propios mitos a los que parece aludir: el mito de una patria articulada, si bien con buenas intenciones, sobre todo con base en intereses de los más conocidos; el mito de que los pueblos rurales hacen a la imagen de un Ecuador que pretende mantener su imagen incólume de un país verde y siempre dotado de riqueza, pero que por el ejercicio de la política, por parte de muchos que saben aprovecharla, terminan desdiciendo lo que es el país; el mito del desarrollo que a la final, en el libro de Vieira se avizora en un Ecuador en el que ya no existe ni unidad, ni democracia, más al contrario, una tierra de rapaces que expolian lo que además se ha edificado como la representación de un progreso necesario. Vieira tiene una imagen de Ecuador futurizado que se desfuturiza en la medida que se leen los cuentos. De ahí que su libro es inquietante, es cuestionador, es un adelanto en su tiempo, el de su escritura.

Bibliografía

Vieira, L. (1986). Viejo Celio, 2000 años y más. Quito: Llanganatis.


Iván Fernando Rodrigo Mendizábal. Doctor en Literatura Latinoamericana por la UASB-Ec. Magíster en Estudios de la Cultura por la UASB-Ec. Licenciado en Ciencias de la Comunicación Social por la Universidad Católica Boliviana San Pablo. Profesor de la UASB-Ec. Escritor de artículos científicos en diversas revistas ecuatorianas e internacionales. Columnista de El Telégrafo (Ecuador), Suridea (Ecuador) y Amazing Stories (EE.UU.). Autor (entre otros) de: Análisis del discurso social y político (junto con Teun van Dijk, 2000); Cartografías de la comunicación (2002); Máquinas de pensar: videojuegos, representaciones y simulaciones del poder (2004); Imaginando a Verne (2018); Imágenes de nómadas transnacionales: análisis crítico del discurso del cine ecuatoriano (2018), Imaginaciones científico-tecnológico letradas (2019) y Historias desde el futuro: ciencia ficción andina como antropología especulativa (2021). Capítulos de libros, entre otros: “El monstruo es del sur: más allá de la biopolítica” en Marginalia III, relecturas del canon literario (Carlos Alberto Castrillón y Juan Manuel Acevedo, comps., 2013); “YouTube y el documentalismo global: ecuatorianos en el proyecto Life in a Day” en El documental en la era de la complejidad (Christian León, ed., 2014); “Ciencia ficción ecuatoriana: las exploraciones del futuro de las nuevas generaciones” en El pez solo puede salvarse en el relámpago (Augusto Rodríguez, comp., 2020); “Análisis del discurso de lo político: notas para una metodología aplicada a Twitter” en Comunicación Política: Debates, estrategias y modelos emergentes (Sergio Rivera Magos y Bruno Carriço Reis, eds., México, 2020); “La ciencia ficción ecuatoriana (1839-1948)” en Historia de la ciencia ficción latinoamericana I. Desde los orígenes hasta la modernidad (Teresa López-Pellisa y Silvia G. Kurlat Ares, eds., España, 2020); “Political Dimension of Latin American Science Fiction” en Peter Lang Companion to Latin American Science Fiction (Silvia G. Kurlat Ares y Ezequiel De Rosso, eds. USA, 2021).

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