Empleado número dos | Lucas Migdal

Por Lucas Migdal

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Uruguay)

“I’m gonna try to make it right”

Y eso era lo que pensaba hacer, hacerlo bien. Porque ese es mi trabajo como docente, siempre tratar de hacer las cosas bien. Esa frase la extraje de un viejo blues, y es interesante como la música puede hacer del ser humano un esclavo “part time”, como yo, que por ejemplo estoy escribiendo con esa balada blusera de fondo, sentado frente a mi escritorio, por supuesto en la silla negra de cuero, mientras los vestigios de un café me hacen ojitos. A mi izquierda se encuentra mi gato, que duerme placenteramente al lado de mis papeles, los cuales no contienen nada del otro mundo, solo ideas y formas de desarrollarlas en el texto en cuestión. En fin, creo que me he ido por las ramas. Sin más preámbulo dejen que me presente, mi nombre es Eric Fernandez y soy profesor por las mañanas y las tardes. Por las noches me dedico a descansar, escribir algo que me apasione o tocar algo de blues en mi Gibson ES-335 Cherry Burst, o dicho de una forma más sencilla, una guitarra eléctrica roja.

Me permito escribir cosas como la historia que les voy a contar en el día de hoy, la cosa va así:

Un hombre que tiene grandes chances de cambiar su vida solo con decir: «Si, adelante, probemos», y estarás pensando que es una idea muy clicheada o poco original…, y es que no has escuchado la mejor parte.

Su vida es muy monótona, casa, trabajo, casa, trabajo, compras, casa, trabajo y bueno, una existencia poco interesante. Luego de volverse un poco depresivo, notaba que su paso por este mundo no era muy importante, ya que (dicho por él) nadie lo tomaba en cuenta para contarle sus problemas ni sus ventajas, tenía amigos, pero ninguno de ellos hablaba con él directamente, sino más bien en el grupo que tenían entre todos, eso lo hacía sentirse mal, pensaba que algo mal estaría haciendo para que sus amigos no lo valoraran. Pasados ya dos meses viviendo en un barranco emocional, donde en lo único que encontraba refugio era la ingesta de alucinógenos, Ramiro comenzó a aislarse aún más de lo que ya lo hacía, a nadie le llamó la atención dado que él siempre había sido un tipo solitario y que disfrutaba de ese desamparo. Poco tiempo había pasado cuando un día no se presentó a trabajar, ni al siguiente, ni al siguiente. Su jefe llamó a la casa, y nadie respondió. Casi que lo dio por muerto, hasta que, al segundo día sin la presencia de su empleado, el mandamás decidió ir hasta el hogar de Ramiro, para ver exactamente qué era lo que estaba pasando.

Al llegar a la casa toco timbre, y nadie fue a atender. Luego de haber forzado la cerradura para poder entrar, no había nadie, solo el perro fue hacia él, era un labrador y tenía un collar azul (el color favorito de Ramiro). Lo extraño es no solo que no había nadie en la casa, sino que no existía rastro visible de que en algún momento lo hubiera. La comida del perro no estaba desparramada alrededor del plato, busco por todos lados, en el dormitorio, el baño, incluso el patio, pero no encontró ningún rastro de heces; el pelo del labrador brillaba como el sol en plena luz del día.

El ahora ex jefe de Ramiro se fue del lugar, se aseguró que la mascota tuviera comida y agua y emprendió viaje hacia su hogar. A los dos días, recibió una carta de alguien que argumentaba ser su empleado número dos (el número uno pensaba que era él mismo), y he aquí la clave de todo, no había firma, podría ser cualquier persona haciéndose pasar por Ramiro, lo que el jefe no entendía, era ¿por qué no firmó? Pero antes que fijarnos en ese detalle, mejor sería analizar las últimas palabras de la carta:

Jefe, es para mi un profundo malestar tener que decir esto…, pero no puedo aguantarlo más, semanas han pasado desde que busco el hueco en su despacho para sentarme en esa elegante silla que tiene enfrente a usted y contarle lo que me pasa, pero supongo que para el momento en que esté leyendo esto será demasiado tarde. No se preocupe, yo estoy bien.

PD: Oh, y gracias por dejarme el plato servido y el agua a mi alcance.


Lucas Migdal. Tengo 23 años, soy de Montevideo, Uruguay. Algunos de mis cuentos han sido publicados en una revista digital argentina llamada “El Narratorio”.


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3ot35uY

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