“El Dios de las pequeñas cosas” de Arundhati Roy | Fabricio Guerra Salgado

Por Fabricio Guerra Salgado

Después de veintitrés años, Rahel regresa a Kerala, al sur de la India, para ver a Estha, su hermano gemelo, que permanece encerrado en sí mismo y sumido en la incomunicación. Unidos y complementarios durante la niñez, los hermanos fueron separados en condiciones penosas, y ahora, al reencontrarse luego de más de dos décadas, transgredirán todas las leyes y cometerán incesto.

Mucho antes, Ammu, su madre, rompió también las normativas, al convertirse en amante de Velutha, quien pertenece al más ínfimo estrato dentro del severo sistema indio de castas. A él, lo acusarán de haber violado a Ammu, secuestrado a los chicos y asesinado a la prima inglesa de los gemelos, aunque en realidad, tal pariente murió ahogada en el río de manera accidental. Velutha, hombre de ideas comunistas y perfil heroico, es entonces torturado y asesinado por la policía.

Catalizando tan desafortunados hechos, surge Bebé Kochamma, tía abuela de los niños, personaje complejo y decisivo en el devenir familiar. Frustrada por un amor no correspondido en la juventud, su existencia ha quedado vaciada, por lo que intenta llenarla mirando partidos de la NBA por televisión satelital e intrigando contra todos. Ella encarna las atávicas taras de una sociedad signada por los prejuicios, la discriminación y el rechazo a cualquier noción de avance social.

Bebé Kochamma, con su amargura y orgullo, parece ser la causante de buena parte de las calamidades. No obstante, serán los detalles menores, aquellos que se suscitan de pronto y parecen tan banales como evitables, los que terminarán desencadenando las mayores desgracias. Esas Pequeñas Cosas, en apariencia insignificantes, pero que, al amplificarse, quizás provoquen sucesos trascendentales que habrán de marcarnos ya para siempre. El llamado efecto mariposa: un simple aleteo hoy, puede causar mañana un ciclón.

Como cuando a Estha le da por fastidiar durante una película y debe abandonar por un momento la sala de cine, siendo violado en el vestíbulo por un empleado del lugar. O la ocasión en que Ammu, en un instante de aflicción, se encierra en la habitación y rechaza la presencia de sus hijos, episodio que desatará varias fatalidades que llenarán de culpa y dolor a personas inocentes.

Tras deambular por aquí y allá, Rahel y Estha, los hermanos, vuelven a juntarse. El intenso afecto que se profesaron, se ha mantenido e incrementado. Sin embargo, los dioses han modificado las reglas iniciales de modo irreversible. En tal sentido, el exceso final, la relación incestuosa que sostienen, es un corolario, una reacción ante la cruel circunstancialidad que los separó y rompió los estados naturales.

Por haber infringido “las leyes que establecían a quién debía quererse y cómo, y cuánto”, los personajes principales del relato tendrán que asumir culpabilidades y castigos. Son seres desgarrados y condenados a la infelicidad sistemática, abocados a la búsqueda errática e improbable de cualquier tipo de redención.

En El Dios de las Pequeñas Cosas se abordan temáticas como el fracaso, el miedo, la soledad, la misoginia, el racismo. En cada párrafo surge y late la India, aquella desmesurada nación que atisba con codicia a Occidente, negándose por momentos a sí misma. La que anhela subirse al tren de la modernidad olvidándose de su propia ancestralidad. La que le apuesta a la tecnología de punta y la energía nuclear, mientras sigue atada a prácticas tan anacrónicas como excluyentes. La India milenaria en la que caben todas las deidades y contradicciones posibles.

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