“El amante japonés” de Allende | Lorena Almeida Saona

Por Lorena Almeida Saona

Al leer un título como este muchos suponemos que se trata de una historia más, de un amor, lleno de fantasías, un amor lleno de poses de amantes y un final tan predecible, que se perdería en lo monótono del plano amor, pero esta novela nos da un barquinazo total al iniciar la narrativa.

“Detente, sombra de mi amor esquivo,

imagen del hechizo que más quiero,

bella ilusión por quién alegre muero,

dulce ficción por quién penosa vivo” (Sor Juana Inés de la Cruz).

Con este verso se inicia la narrativa de El Amante Japonés de la tan reconocida escritora Isabel Allende. Se conoce que ella da comienzo a sus novelas cada 8 de enero, desde hace muchos años, homenajeando con ese día a su abuelo chileno exiliado en Venezuela en los años 70.

Este título, basado en un romance clandestino, no solamente nos detalla ese tan perenne y lúbrico amor, entre un hombre y una mujer, ambos de distintas clases sociales y orígenes tan lejanos, que va más allá del entendimiento de una sociedad tan conservadora y dogmática de los años 50, como lo era la de San Francisco-California.

Desde el inicio sabemos de la nueva vida de la protagonista, Alma Mendel (la niña polaca), la cual sería exiliada de su tierra natal, por sus propios padres, para protegerla de aquel nazismo efervescente de los años 40, y enviada al otro lado del mundo, a San Francisco. Allá ella comienza una nueva vida, bajo el amparo y tutela de sus tíos y primos Belasco. Con el pasar de los años ella empieza a transfigurarse en Alma Belasco, la cual sufre una metamorfosis.

De hecho, esos momentos de cambio son muy álgidos para ella: experimenta una mudanza de continente, de cultura, de idioma, de familia, y de sensaciones. Según la novela, Alma pasa la mayoría del tiempo sola en la casa de su nueva familia, soportando las indiferencias de sus primas hermanas y con la única y sincera atención de su primo Nathaniel Belasco, el cual se había perfilado en su compañero de juegos, su confidente, su fiel receptor de sus lágrimas y de sus momentos más felices. Sin él no habría soportado tal cambio drástico en su niñez y adolescencia en la preciosa mansión de Sea Cliff.

Fue su primo quien le presentaría, para responder a su brote inicial de sus sensaciones de atracción e ilusión de niña, aquel personaje nacido en Estados Unidos, proveniente de una familia migrante japonesa de primera generación, radicada en San Francisco, el hijo del jardinero, que servía a la familia Belasco: Ichimei Fukuda.

Luego de empezar a superar ese silencio ensordecedor de no volver a ver ni saber nada de sus padres, los cuales tuvieron un final desconocido en un campo de concentración de Varsovia, Nathaniel fue como un sosiego para todos aquellos años de transición que Alma vivió. Alma creció con apegos tan arraigados hacia sus mejores amigos (Nathaniel e Ichimei), para luego sufrir nuevamente la separación temporal de Ichimei.

Este acontecimiento se debió al ataque sorpresivo en 1941 de la fuerza aérea japonesa a la base naval norteamericana, ubicada en el Puerto de Perlas en el pacífico, Pearl Harbor, como advertencia a la intervención de la flota del Pacífico, ante las maniobras planeadas por los japoneses.

De este acontecimiento histórico, del que muy poco o casi nada se conoce, en el cual los migrantes asiáticos de primera generación (Isei), al igual que la familia Fukuda, fueron despojados de sus casas, trabajos y pertenencias, al igual de algo así como de 120.000 japoneses. Aquellas personas que tuvieron que ejercer trabajos muy fuertes como la pesca, agricultura, ganadería, de incluso se hicieron comerciantes, pasaron de ser la clase trabajadora, sin riesgo de amenaza, “a ser personas peligrosas, posibles espías que colaboraban con el país enemigo”. Padecieron xenofobia, amenazas, allanamientos, todo esto formó parte de una campaña de difamación de la llamada “invasión amarilla” y llevados a distintos campos de concentración, en diferentes Estados de Norteamérica.

A pesar de todo el padecimiento y humillación que muchos japoneses y asiáticos vivieron, en un pequeño terreno dividido en barracas de espacios reducidos en donde fueron privados de su libertad, tales migrantes aprendieron a convivir en uno de estos lugares llamado “joya del desierto”. Supieron aprovechar la organización y disciplina que caracteriza a los japoneses.

Después de muchos años, Ichimei apareció en la vida de Alma, para no desprenderse nunca más. Y aunque la vida da la opción de elegir a quienes creemos que forman parte del resto de nuestras vidas, como un amor definitivo, Alma eligió a su primo Nathaniel, para unir sus vidas en “matrimonio por conveniencia”, aunque sus pensamientos, sus más profundos deseos, y su fidelidad, estarían siempre con Ichimei.

Alrededor de esta historia giran una serie de pequeños relatos, de varios personajes, como la vida de Nathaniel Belasco, el cual, desde su temprana edad, trató de sepultar su personalidad y atracción hacia las personas de su mismo sexo, demostrando que muchos matrimonios por conveniencia eran antifaces para escoltar el estatus quo y que finalmente su naturaleza es más vigorosa que las apariencias. Su primo fue para Alma “el compañero ideal de un prototipo de vida en la alta sociedad de San Francisco”. A pesar de saber sus más íntimos secretos, él siempre la amó y resguardó sus sentimientos.

El conmovedor relato de Irina Bazili (Elisabeta nacida en Moldavia) está inmerso en esta gran obra. Ella emigró a Dallas después de vivir en una extrema pobreza a cargo de sus abuelos. Elisabeta, quien a sus 12 años sería llevada a Dallas por su alcohólica madre, padeció una vida de abusos por parte del abyecto de su padrastro, hasta que fue rescatada de esta terrible realidad.

Finalmente, Irina inició una nueva vida en América y fue la asistente de Alma en aquella residencia para adultos mayores, llamada Lark House, donde se encontraban hombres y mujeres que convivían con sus diferentes filosofías nihilistas hasta buscadores espirituales, todos compartiendo el mismo lugar.

Irina y Alma iniciaron una gran relación de philia. Ambas se convirtieron en buenas amigas y confidentes. Incluso fueron como una hija para Alma. Irina, aquella inteligente, bella y tímida chica, quien, con Seth, el nieto de Alma, descubrieron y entendieron la existencia de ese excelso amor, más sublime que las etiquetas de las clases sociales, más intenso que el pasar del tiempo, más ardiente que los deseos, más exuberante y alborotado que el universo, aquel amor que a pesar de la edad contempló fascinación desde el cuerpo y espíritu, y confirmaron que su enigmático y apasionado amor siempre fue su pequeño Ichimei.

Y aquellos que digan “que todo fuego se apaga tarde o temprano, se equivoca: hay pasiones que son incendios hasta que las ahoga el destino de un zarpazo y aún así quedan brasas calientes listas para arder apenas se les da oxigeno”.

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