De la vida frágil | Rubén Darío Buitrón

Por Rubén Darío Buitrón

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

¿Alguien sabe si es así? ¿Si una oración es suficiente? ¿Si los pájaros empapados o las mariposas de alas oscuras son anuncios de más dolor, de más vacío, de más tristeza? ¿Estaremos muertos ya? ¿Habrán tirado nuestros cadáveres a una fosa común por orden de las autoridades? ¿Alcanzarían nuestros parientes a despedirse de nosotros o no lo necesitaron ni lo necesitamos, porque ellos pronto estarán como nosotros, con nosotros, bajo la superficie de la tierra?

Nos habíamos convertido en protagonistas de la llegada de una nueva manera de actuar en la cotidianidad, de una nueva forma de enfrentar la comunicación interpersonal, de una nueva normalidad donde no existen los pequeños y sencillos rituales.

¿Desde cuándo nos abrazábamos los seres humanos? ¿Quién inventó el saludo con los manos o con los besos? No lo sabemos. Lo que conocemos es que ahora, no. Ya no. Nunca más los seres Humanos podrán expresar sus sentimientos con esa gestualidad. Quizás vendrán otros movimientos: las venias japonesas, el gesto de abrazarse a uno mismo en dirección a la otra persona, que también hará lo mismo.

Ya no somos lo que éramos. Somos existencias que no ya existimos. Invadidos de terror ante lo inexplicable, nada es igual, ni siquiera las que podrían ser monotonías imposibles de eludir. Podría ser hoy o mañana. O pudo ser ayer. Ya no tenemos certezas, estamos con las dudas atenazadas a nosotros, quizás esperando un milagro o, quizás, alguna fulgurante y piadosa escena divina donde podamos cobijarnos.

Pero ¿alguien sabe dónde está Dios? ¿Dónde están los ángeles y los santos? ¿Llega el peligro hasta el lugar donde habitan o el riesgo solo alcanza a los terrícolas? ¿Tendrá tiempo para bendecirnos? Somos tantos que el cielo no alcanzará a despedirnos a todos.

Escuchamos el galopar de los caballos oscuros sin saber de dónde viene el sonido. Pero sí, son los caballos oscuros, aquellos donde van montados los jinetes de capuchas negras que con sus guadañas van cortando cabezas.

Nadie sabe por qué estamos o estábamos caminando por las cornisas. ¿Buscando una última oportunidad de conseguir el equilibrio, una última oportunidad de no caer a los abismos?

Ya no sabemos cuáles son los momentos en torno a la oscuridad, en torno de la luz, en torno de los días y las noches, en torno de las muertes que el miedo produjo en el fluir de las heridas.

Tenemos más temores de los usuales porque nos sentimos desnudos, frágiles, impotentes. Porque somos incapaces de detenerlo, porque no sabemos por dónde entró, quién lo creó, porque no sabemos dónde exactamente está, cómo actúa, cómo avanza, cómo va por el planeta repartiendo sus partículas de muerte y soledad e incertidumbre y luto sin que le importen los amores que se aferran a sí mismos como la vida también se aferra a sí misma. Podría ser hoy o mañana. O pudo ser ayer. Lo que ya fue dolerá menos de lo que es o de lo que será. ¿Hay un espacio destinado a cada uno de nosotros? ¿Hay tanta tierra en el planeta donde puedan caber todos nuestros huesos? ¿Brotarán un ciprés, un roble, un pino, un árbol de mango? ¿Seremos capaces, al menos, de convertirnos en una semilla fecunda? ¿Florecerán las margaritas, las orquídeas, las hortensias y las rosas en los vastos jardines del olvido?

Vendrá el olvido a posarse sobre nuestros nidos. Vendrá el olvido y hará que renazca la tierra. Vendrá el olvido y el luto se transformará en un sinfín de acuarelas. Y alguien, un alguien -dos, quizás tres seres enamorados de los perfumes de las arboledas-, vendrá a repoblar el planeta, a cosechar la paz y la armonía, a construir las moradas y las viviendas que quedaron flotando en el vacío, todas deshabitadas, luego de la devastación.

Y entonces seremos un pájaro, un copo de nieve, un insecto, una espuma de mar, una Rama de un árbol, un pétalo de una flor.

Todos respirarán el aire sereno, el aire no amenazador, el aire que limpiará los restos del naufragio, el aire que ordenará los pedazos de luz desorientada, el aire que se repartirá en porciones iguales, el aire que traerá y llevará los maravillosos olores del desayuno definitivo.


Rubén Darío Buitrón (Quito, 1966) es poeta, periodista y escritor. Es director-fundador de www.loscronistas.net


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3Eu0oyF

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