Miodesopsias | L. Miguel Aucatoma

Por L. Miguel Aucatoma

Foto: L. Miguel Aucatoma

Se preguntaba por qué le gustaba tanto su radio de ocho transistores Sanyo, posiblemente porque podía darle la vuelta y abrir su tapa que tenía dos seguros con broche de botón y contarlos, o porque imaginaba cada uno de esos componentes soldados en la placa como diminutas representaciones de los edificios del futuro o de esas otras ciudades con suerte y progreso, aunque todos estaban desordenados e indescifrables, esos cuadrados y cilindros le parecían magníficos. Se veía a sí mismo más diminuto aún de pie en medio de las vías aleatorias y coloridas de los componentes y se imaginaba a esa barra oscura que don Hilario le había dicho se llama o es de algún material conocido como ferrita, y que aparecía como un tubo de tren veloz que algún momento quisiera conocer.

La textura del radio de cuero que lo recubría todo con un color marrón le hacía sentir la durabilidad de su artefacto y, además, el cosido en los extremos mostraba un aparato que nunca dejaría de ser imponente, las letras y números grabados indicaban que venía de esa tierra de aquellos futuros imaginados, 704 Japón, el modelo, el lugar. Hasta conservaba con cuidado el sello de papel con el número final de inspección, sentía que lo habían creado con cuidado y que lo habían hecho para él exclusivamente.

Extendía con cuidado su antena y empezaba a mover el dial dejándolo reposar sobre sus patitas negras, colocaba el switch en la posición MW porque antes de ir a dormir hallaba canciones que le hacían olvidar las largas horas que pasaba trabajando en el taller, o en caminatas de las entregas del viejo zapatero Ochoa, era la joya de su cuartito de dos por dos y su alegría.

Nunca olvidaba cómo lo recuperó de la demolición de la casa Juan Del Ciervo cuando empezaron con quitar las vías del tren y la ampliación de las avenidas. Ahí lo vio cuando regresaba de una de las entregas y sin pensarlo mucho se acercó y lo metió entre su sobaco y corrió calle arriba, más y más arriba, dejándolo escondido en un matorral, donde lo recogió en la noche para antes de partir a su cuartito.

Otro día, con Don Hilario lo pudo reparar porque al principio le dio limpieza nada más y lo tenía ahí en la repisa, hasta que reunió valor económico y emocional para pedirle que le dé una chequeadita. Ventajosamente no fue una reparación muy elaborada, no le cambió muchas piezas más que algo que Don Hilario llamaba condensador —siempre le sonaban curiosos todos esos nombres electrónicos—, al recuperarlo se mantuvo mirando su interior y apreciando su parlante que mostraba la marca original. Le dijo que volvería cuando reuniese el dinero para el cambio del switch de frecuencias SW-MW que también necesitaba. Como supuso que eso iba a despatarrarle al aparato otra vez prefirió evitarse el dolor, además que tenía que reservar sus exiguos ingresos para comprarle las dos baterías que necesitaba para ponerlo a sonar.

Se acostumbró a los ecos que ahí se emitían y a su programa de las siete cuando movía la perilla hasta que llegue a la posición 1000 del MW y un pelito más abajo. Escuchaba su música por exactamente treinta minutos cuando estaba a cargo ese locutor que parlaba poco y la gran parte del tiempo era todo melodías, pero ya solo suyas sin el ruido del taller de don Ochoa, o de la calle, lo hacía para que su batería le durase más tiempo y aprovecharla el domingo donde, antes de sus caminatas por la ciudad, si dedicaba su escucha de más tiempo.

Nunca cambió la posición del switch dañado, ni se pasaba de la media hora de su programa musical de las noches. Debía levantarse a las cuatro para ir al Mercado de San Patricio y ayudar con las cargas así sacaba por trueque su comida que siempre era fresca y abundante, y le daba ánimo para seguir a las ocho en el taller, a sus veinticuatro años ya había formado hábito y a pesar de las estrecheces sentía que no era necesario cambiar nada.

Pero tal como el día que decidió ir a ver el derrumbe de la casa Juan Del Ciervo y halló a su compañero musical, en medio de otra de las entregas de zapatos, decidió inesperadamente virar y comprarse esas golosinas del Arco de San Lacayo antes que lo tumben también. Aquella implacable ampliación de la avenida cruzaba el tradicional sitio y a doña Gertrudis debían reubicarla. El pan de miel que hacía en su horno de años posiblemente no tendría el mismo sabor en esos otros industriales que le pusieron sus hijos, ella arraigada a su lugar no se retiraría hasta que sea el último momento, aunque la zona del Arco se tornaba desolada e inaccesible.

Cuando uno altera su camino habitual recibe también un cambio de suerte, apenas a pocos pasos del giro, otro desdichado le asestó un golpe y le quitó el dinero que debía llevar a don Ochoa, quisiera decir que salió ileso pero este acto fue así: el asaltante que por cierto era ciego de un ojo, paso horas rondando las esquinas, porque los alrededores del Arco de San Lacayo se convirtieron en sitio en el que se podía hallar refugio aprovechando los lugares abandonados. Ahí podía quedarse a su antojo y empezó a recoger cosas para lamer, cualquier resto que ahí se hubiese quedado y aplacar su hambre —esa hambre que nunca la cubrían los sitios abandonados—. Ya harto de esas miserias se detuvo en una esquina, esa esquina del giro del inesperado del buscador de pan de miel y casi sin proponérselo el lamelatas solo reacciono y en segundos decidió asestar un golpe al primero que asome y aprovechar el descuido para llevarse cualquier cosa que resulte del acto. El agredido caminante a la tienda de doña Gertrudis muy quedó maltrecho de su ojo derecho tras ese infortunio, replicando el asaltante su desgracia en otro, podría decirse que de manera coincidente perpetró su mismo fallo ocular en otro. El ayudante de don Ochoa quedó en el callejón mucho tiempo inconsciente y es la versión que supo.

Semanas pasaron, el ayudante de don Ochoa llevaba una tela que cubría su ojo, aquel que sufrió por el malhechor. Don Ochoa le obligó a que trabaje ese mes y el siguiente solo para que recupere lo que le quitaron y sin nada para su minúscula economía; en el mercado le resultaba complicado adaptarse con la pérdida de la profundidad lo que hacía que cayese varias veces en las rampas y decidió no ir porque no quería terminar con alguna fractura de pie o peor. Debía adaptarse es seguro. Su herida no curaba bien y a ratos soltaba gotitas de sangre por la cavidad del ojo ausente y manchaba la tela, posiblemente porque los cuidados iniciales no fueron lo suficientemente precisos o buenos y solo actuaron de emergencia.

Aun así, tenía su consuelo, su radio con baterías, mismas que no podía cambiar por un tiempo, pero aun lo tenía, y también dispuso de la comprensión de doña Inés, su casera —la que siempre llevaba ese collar con una esferita voluminosa y dorada como colgante—, la que llevaba también ese orgullo de época, que también creía se demolería como las casas antiguas, o eso esperaba en secreto. Pero la comprensión de doña Inés le resulto inesperada cuando le dijo que iba a esperar la renta por aquellos dos meses, pero “que quede clarito” solo sean dos meses. El cuarto era pequeño, él nunca se había retrasado y le llevaba frutas frescas cuando le convidaban del mercado, los sábados, gesto que después se tornó tributo obligatorio ante los ojos de doña Inés, pero supuso ahora le valía para que no todo sean desgracias.

Moderado fue ese tiempo, esas gotas sanguinolentas le hicieron que más tarde se tuviese que acercar a un nuevo tratamiento, pero una infección hizo que sea preferible cerrar su párpado derecho lo que sin el paño le daba un aspecto como si tuviese un borrón en ese lado, un sitio en su rostro ya sin vestigios de que ahí hubo una cavidad, o un ojo, solo un poco de plana piel asomaba en la posición. Aceptable aspecto se decía a sí mismo.

Ya repuesto de estas situaciones la rutina pugnaba por volver a establecerse, las baterías de su preciado radio aguantaron hasta donde pudieron y después de eso se resignó a la perdida de muchas horas musicales, pero en esta nueva época se sentía otra vez extrañamente calmo, y a las siete de aquel martes de septiembre, tras la cara de asco de Don Ochoa de su recuperada jornada en la zapatería, regresaba pasando por la tienda de abastos con un paquete de pilas Rayovac con premura para alimentar a su compañero que aguantó su recuperación en el encierro de los meses previos y luego perdió su voz.

El rito de retorno estaba servido, abrió la tapita de cuero, sacó el contenedor y soltó una a una las pilas, lo tapó, movió la perilla de encendido y se recostó, algo que antes no hacía por miedo a quedarse dormido y que el radio se quede encendido acabando la preciada, y para su caso costosa, carga de energía en tubitos, pero esa sensación de saber que ha pasado lo peor le hizo relajarse, era su premio aquel de escuchar algo que salía de su pequeño y preciado bien.

Ahí recostado mirando al techo reconocía las manchas de humedad de las gruesas vigas de madera que en realidad sostenían el amplio piso de la casera, el cuartucho era un subterráneo concebido como bodeguita y que tenía entrada independiente fuera de la casa, pero rentarlo no le pareció mal negocio a la dueña ante las suplicas por ese espacio suficiente.

Al quedarse mirando en esa pose relajada, notó algo que nunca antes se hubiese detenido a contemplar cuando tenía sus dos ojos, pero ahora y posiblemente en esta condición de visión unifocal pensó sea una consecuencia. Eso que vio, no era algo de su entorno que ya lo conocía de memoria, sino algo que se movía entre las imágenes reales y su interior, entre el mundo físico y su propia percepción, una especie de hilos danzarines o manchitas que parecían huir cuando intentaba mirarlos directamente.

Le pareció gracioso, tal vez siempre estuvieron ahí pero nunca se dio tiempo para solo mirar sin sentido y apreciar esos hilitos que flotaban en su ojo, pero ahí estaban, aleatorios, inalcanzables de un solo vistazo. La música sonaba fuertemente, se convenció que esas pilas si le daban más carga al radiecito, aunque en realidad era esa sensación de volver luego de mucho tiempo haciendo nuevo a lo cotidiano. Ahí sonaba armoniosamente durante ese trance, ahí recostado él mirando al techo sin concentrarse en el lugar. Hacía danzar a los hilitos en su ojo mirando hacia los lados persistentemente para tratar de atraparlos.

Parecían manchas, parecían puntos o parecían filamentos siempre móviles, a menudo tomaban la forma de telarañas, suspendidos, flotando en el campo visual.

Frotó su ojo para saber si desaparecían, pero volvieron y eran más diversos, oscuros, alargados, interesantes, como caminos sobre un mapa irreal, fantasmal.

Había dado con un pasatiempo inocente, pero tal cual su naturaleza, eso hizo que se extendiera de su media hora musical y del trance lo sacó el fin de esa programación, sabía que debía apagar su radio y disponerse para enfrentar al siguiente día de trabajo.

Repitió esporádicamente al inicio, y luego con hábito este juego, pensaba acerca del significado de esos filamentos y dejaba libre su imaginación en esos ejercicios, a veces se sentía estúpido por darles sentido y aceptó que servían mejor solo para acompañar o aderezar otros pensamientos del cotidiano, pero regresaba en sus ensoñaciones de conocer las ciudades que formaban mapas en su radio.

Un día de lluvia estando en esa pose de descanso, le ganó su cansancio y la radio quedó encendida, tuvo un sueño: Se hallaba en la casa Juan Del Ciervo recogiendo su radio sobre una pila de escombros, al levantarlo y esconderlo en secuencia similar a lo que recordaba de su encuentro inicial, ahora pudo ver como una mano arrugada pero familiar recogía algo que bien se mostraba como su ojo perdido del sitio antes ocupado por el aparato electrónico y aquella arrugada mano lo guardaba en una esfera dorada pero por el apuro el corría calle arriba más arriba dejando una nube oscura compuesta de millones de filamentos muy apretados como los que jugaba en su ojo pero más tupidos y entretejidos y un susurro…

Despertó varias horas más tarde, en el radio sonaba estática y en la calle la lluvia se acompasaba en ese ruido, limpió la comisura de su boca y el costado derecho del mentón que tenía saliva, acercó la mano a la radio y sea por el estado somnoliento o por esa nueva cualidad de su unitaria visión, con una sensación de tener enredado algo en su ojo, dio un manotazo que hizo que el radio cayese de su ubicación. Un trueno imponente sonó acompasando la caída lo que le dio mayor dramatismo al acto.

Don Hilario, en la mañana inmediata a la caída, le dijo que no pasaba nada, que no se prendía porque solo se le acabaron las pilas, el golpe, por más orquestado que fue, no era el causante de daños, excepto porque fue sostenido con mucha presión de un lado dejando una marca de pulgar en el aluminio de su parlante, marca que sería permanente, pero ya que lo llevó aprovechó el evento don Hilario y cambió el switch SW-MW y no le cobró nada.

Foto: L. Miguel Aucatoma

Reconfortado de la breve intervención de su fiel compañero electrónico, volvió esa noche a su hábito y miraba al techo al compás de la música del dial MW, jugando con los hilitos en el campo visual y la lluvia de fondo una vez más, pero no le importaba, tenía su tesoro y sus pensamientos. Miraba los puntitos en el interior de su ojo y los sobreponía al entorno, recordó en medio del trance, lo que Don Hilario le dijo acerca del switch SW-MW y se levantó con la idea de probar ese otro rango de números que se activaban en SW, no sabía que significaban exactamente, tampoco le daba relevancia sino hasta ese día, solo empezó a mover el dial y ahora ya no se fijaba en los números de la fila MW que iban desde 540 a 1600 en el lado derecho sino a los del lado izquierdo que estaban más estilizados y con una marca m/MC en su fondo y que siempre le intrigaron. Empezó a captar estática y al ir moviendo el dial de pronto notó que los hilitos de su visión con los que jugaba boca arriba también estaban siempre ahí y parecían brincar con el cambio del dial, dejó que uno de esos filamentos le apunte a algún lugar del dial para su nuevo descubrimiento en SW. Se sobresaltó después de que la estática cesara en un punto que marcaba 49 con un 6 un poco desplazado, y la voz que no era de un locutor, talvez una mujer en un tono familiar parecía que le hablaba: «Yzzza váyase de aquí,zzzzz ezzztá apezzztando zzz», apartó el radio, la sensación era despedirlo por los aires porque aún con estática la voz era realmente tétrica, pero igual muy conocida; aun en su asombro procuró no lanzarlo, ya no podía permitirse más reparaciones. Frotó con arrebato su ojo porque esas manchas, con las que antes jugueteaba, se habían acumulado y estorbaban la visión, y se acurrucó diciéndose que es mejor apagar el radio y evitar los cambios, dejando el switch en su clásico 1000 y en su posición de MW. No quería volver a tentar su cotidianidad. Se dijo que mañana podía seguir.

Se recostó dando poca importancia a esa voz del radio, se decía que a nadie se le debía ocurrir dejar de hacer lo que siempre hacía, y volvió a mirar al techo, ahí imagino que sobreponía a las gotas de lluvia los puntitos del campo visual de su único ojo, que el techo era el cielo y los hilos que aparecían en su mirada interna coincidían con las gotas y otros bailoteaban y giraban talvez empujados por las partículas acuosas, de pronto rezó un padrenuestro, restregó compulsivamente su único ojo, esto producía más y más puntos, hilitos, manchitas pero ahora esta vez diferentes, estaban tornándose rojizas entre su mirada y el mundo arriba de si, eran tantas como las gotas esa noche.

Parpadeó y los largos hilillos fantasmales se posaron en la dorada esfera.

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—¡Que interesante, prima! Perfecta ubicación de esta bodega, siempre ordenada, ya sabes cómo era nuestra abuela, nunca le gustaba que extraños le toquen sus cosas por eso tenía este espacio casi exclusivo, ¡Qué bueno que al fin decidieron abrirla!

—¡Mira que si tenía cosas chéveres!

—¿Qué es eso?

—Parece un radio, ya sabes que la abuela tenía muchos, ese de ahí en particular creo es de los más modernos (Risas).

—Déjame ver, lo voy a llevar a limpiar a mi casa, quién no asegura que todavía sirva, capaz y obtengo provecho.

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Al limpiarlo recorrí con mis dedos el cuero de su cubierta, “es un gran trabajo” miré su peculiar agarradera —«al menos el exterior está cuidado», me dije—, y seguí a los broches que aun servían, aunque más adelante me percaté que una tirita ya estaba rota.

—¿Qué es esto?, pura basura. ¡Ah mira un envuelto! ¿Será que ahí hay piezas? Veamos.

Dos notas en papel amarillento sobrepuestas una sobre otra:

Un ojo…os meses… radio…otr…ojo ¿cuántos? y no les…contado…

La reacción de este modo fue …ediata llevé la mano que sost… una lata que el vaga… acababa de pasarle lengua y la elevé… dir…to al ojo derecho.

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Arroj´ la nota que no pude leerla completa por lo arrugada y manchada, abrí con cuidado la tapita de esa antigüedad que tenía tres hileras de huequitos, no hallé ningún circuito que mostrase un equipo electrónico funcional, solo un espacio lleno de más basuritas y algo detrás. Soplé y creo que algo de ese polvo se metió en mi ojo izquierdo, lo froté compulsivamente y solté, se dio vuelta la caja de cuero de lo que fue un equipo de radio, hasta dejar colgando la tapa

Dos esferas doradas con finos filamentos desordenados cayeron al piso y una fotografía, ahí estaba mi abuela desayunando, ya le habían retirado su apreciada taza de café y dejaron solo el huevo en su copa, pero el desgaste de la foto le daba una visión tétrica en el contenido de la cuchara que veía oscuro y más aún en su boca de la cual parecía que salían hilos como filamentos, rasgué un poco pensando se había adherido alguna suciedad en una posición que daba esa extraña impresión, pero falle y la mancha se anteponía a la imagen como una capa, algo que se posaba entre la fotografía y mi propia percepción, una especie de hilos danzarines o manchitas que se mantenían cuando intentaba limpiarlos directamente y no se quitaban con restregar “¡Bahh!” no sé por qué sentí escalofrío aun con el sol que pegaba fuerte en ese pórtico del departamento ocho de los Condominios Del Ciervo —“¡Qué descuido, como se arruinó esta foto!” casi grité en solitario para exorcizar el momento—, arrugué ese retrato y decidí no conservarla, no quería que esa imagen la vean sus bisnietos.


L. Miguel Aucatoma Quito, octubre de 1982). Ingeniero, profesor de instituto, inquieto lector, recolector de historias y aprendiz de pequeños ejercicios literarios. Si no estoy detrás de un solitario recorrido de dos ruedas soy un pasajero de colectivos y tras el cristal miro a través de las ventanillas, esperando lograr conectar ideas en la vacía ciudad y el abundante cielo.

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