Los duraznos de Pimampiro | Fernando Franzetti Actis

Por Fernando Franzetti Actis

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

“Otros árboles no necesitan raíces y el podador no duda

en restituir y en confiar a la tierra las ramas más altas.

Incluso más, oh maravilla, raíces brotan

de un tallo seco escamondado del olivo”

Geórgicas, libro II (Virgilio)

“Cuanto mayor es el conocimiento inherente a una cosa,

más grande es el amor. Quien cree que todas las frutas

maduran al mismo tiempo que las frutillas, nada sabe acerca de las uvas”

Paracelso

“En verdad, en verdad os digo, que si el grano de trigo

no cae en tierra y muere, queda él solo;

pero si muere, da mucho fruto”

Juan 12, 24-26

Cada conversación es una montaña. En realidad, cada voz va trazando cadenas montañosas en el aire. A su vez, río, cielo, nubes, montañas, quebradas, barrancos, precipicios y sembrados entablan una conversación, sin misterio, pero inentendible para nosotros. En medio de esa conversación pasamos, Carlos y yo, bajo el sol fulgurante de Pimampiro que todo lo llena.

Me cuenta que hay escasez de agua, y que las estaciones ahí se reducen a una sola, mientras atravesamos el cultivo de mandarinas y naranjas.

Los cítricos ahora están descansando Fer. Tú tienes que dejarlos descansar, no darles agua demás, porque así los haces trabajar y se estresan, se alteran, se desquician. Cada planta es diferente, ya verás. Cada una necesita algo diferente, un tratamiento único, especial. Los cítricos no son lo mismo que los aguacates, o que los mangos, o los duraznos.

Yo pensaba que claro, no hay ni dos manzanas, ni dos nubes iguales en este mundo. Inclusive yo no soy igual a mí mismo. No hay dos sonidos iguales, dos gotas de lluvia, dos hojas de limonero o dos hormigas iguales, pero nuestra mente y nuestro lenguaje tienden a resumir, a abreviar, a sintetizar la caótica multiplicidad de la experiencia en este mundo. ¿Cuántos compuestos diferentes bajo el manto de un mismo nombre?

Hay tres tiempos, verás: poda, descanso y activación. Es necesario podar, ¿sabes por qué? Porque hay ramas muertas, la poda es útil para conservar los árboles en buena salud. Pero hay que saber podar, hay criterios, reglas. No se puede cortar así porque sí. Además, hay que saber identificar y reconocer los brotes nuevos, y fomentar su desarrollo, su crecimiento.

Mientras caminábamos y escuchaba a Carlos, yo iba arrastrando mis ramas, mi bosque muerto que me seguía como una sombra, la única bajo el sol tórrido del dos de noviembre. Sí, el día de los muertos, yo estaba arrastrando mi bosque muerto como una sombra, a la que quería ver reverdecer, pero no podía. Estaba cada vez más grande, más pesado, más marchito. Yo escuchaba el crujido al caminar sobre mí. Tengo que aprender a podar, pensaba. Pero necesito saber, ¿por dónde empezar? Hay tanto… Además, las herramientas no tienen filo, tendría que afilarlas, y por último, no sé en qué momento hacerlo (¿al mediodía? ¿los meses que no llevan erre? ¿y si llueve?) Este bosque macilento que arrastro es muy grande, no tiene límites, y algunas veces escucho el canto oscuro de un pájaro que me llama desde una de sus infinitas ramas caídas. Tengo que hacer jardinería, no psicoanálisis, pensaba. Mientras, Carlos me hablaba, y sus palabras se imbricaban con mis pensamientos, como escamas. Yo pensaba, yo recordaba, que alguna vez había leído algo acerca de los beneficios de la agroterapia para personas autistas. Seré autista o no, pero yo creo que sería un beneficio para todo tipo de persona. Carlos me hablaba, ya entre los mangos. Algunos crecían desaforados.

¿Ves? Si una rama tiene muchos frutos, ¿qué pasa? Se cae, se quiebra. Tú no puedes dar muchos frutos, más de los que resistes. Entonces la planta se da cuenta de eso y los aborta, para sobrevivir, claro. Y ves esta. ¿Ves como tiene la floración excesiva, descontrolada? El mango es salvaje, hace lo que quiere. Es difícil domesticarlo. En cambio, el aguacate es noble, el aguacate tú lo dejas y ya. No necesita muchos cuidados para dar frutos.

¿Y cuál es el árbol más susceptible a las plagas?, pregunté mientras me rascaba el brazo afectado por las picaduras de mosquitos.

Las mandarinas. Las mandarinas son delicadas, y son atacadas por muchas plagas. En cambio, el aguacate tú le dejas y se arregla. Negocia con las plagas, terminan trabajando para él. Es increíble.

Después de la poda, hay que suturar, hay que dejar cicatrizar para que no se infecte la herida. Luego viene el tiempo de descanso. Y después la activación. Uno no puede dar frutos todo el tiempo. A su vez, hay un tiempo para el descanso, para estar tranquilo. No se puede estar bien, feliz todo el tiempo. Eso no es natural, y es lo que te enseñan las plantas.

Los duraznos se dejan adoctrinar, mira, ahorita ya verás. Le fabricamos una realidad, una ilusión diferente a cada uno, porque tenemos que producir todo el año, todo el tiempo. Y son árboles que necesitan las cuatro estaciones, sí, el ciclo. Y aquí no tenemos eso, aquí siempre es primavera. Pero necesitamos del invierno, claro, lo necesitamos. Entonces los engañamos, claro, cada durazno vive en un engaño. Pero sin ese engaño no hay fructificación. La fabricación de esa ilusión radica en las condiciones del suelo, así es. Ahora verás, ya verás, algunas necesitan agua, otras nada, necesitan transitar por la rusticidad del invierno, por un clima inhóspito, necesitan atravesar un otoño que les arrebate el follaje, luego florecer. ¿Mira, ves estas yemas? Hay un proceso que se llama senescencia. Tiene que ver con el tiempo, con el envejecimiento de las plantas. Todo lo que alberga esta hoja tiene que pasar antes de caerse, a la yema, transfiriendo sus propiedades. Y aquí en estas yemas se concentrará todo lo que después será un durazno.

Ficción, pensaba yo. Todo es ficción. Cada ser construye y organiza su propia ficción para vivir. Arma su escenario donde luego discurrirá la obra. Acá, duraznos en el otoño. Ahí, la primavera se contonea en miles y miles de florcitas rosadas merodeadas por laboriosas abejas. El verano allá, con los árboles cargados de frutos, algunos en el piso; veo en cada uno un atardecer. Y por último, el invierno, poblado de árboles esqueléticos, como si fueran cadáveres de pie, con un suelo inexpresivo, ninguna abeja dando vueltas, un escenario desolador. Caminábamos por un sendero entre dos tiempos diferentes, la primavera y el invierno. En unos meses, la configuración rotaría y el escenario desolado sería iluminado por una suave y rosada explosión de flores. Y cada sector, un escenario diferente, cuyas coordenadas ficcionales habían sido pergeñadas en la manipulación del suelo.

Carlos habla. Y también calla. Con una dosis justa de silencios. Empiezo a tararear una melodía. No sé si Carlos la escucha, porque quizá solo la tengo en mi cabeza. Pero noto que trata de concentrarse, como si el sonido procediera del otro lado de las montañas. Me mira como diciendo ¿escuchas lo que yo escucho? Le contesto que sí, que conozco la canción, que se llama “durazno sangrando”, y percibo que su rostro se llena de asombro. Yo también me asombro, porque creo verme a mí mismo en diferentes momentos. Me diviso envejecido, sin flores, sin frutos, sin hojas. Y al mismo tiempo me veo en la infancia, cuando no era consciente del tiempo y del dolor y me escondía detrás de una enredadera para no ser atisbado por nadie. Los dos se me acercan y me miran como si se mirasen en un espejo roto. Convergen en mí, y se separan. Uno a trepar árboles y seguir aprendiendo cosas, otro a recostarse sobre la grava, como preparándose para el compostaje. Ignoran que son la misma persona, y a la vez otra.

¿En qué ficción radico yo en este momento? ¿De qué manera, con qué manos, con qué intensidad de riego manipulé el suelo? ¿Qué es este viento que aleja a las abejas y compromete la polinización? Carlos me mira raro y advierte que algunas ramas ya están muy cargadas. Hay que ralear, escucho que dice Carlos. Porque si queremos frutos de calidad, hay que desechar algunos, y dejar los que tienen mejores condiciones. Los duraznos comienzan a desprenderse, uno por uno, golpeando suavemente la tierra. Me pregunto cuánto durará el eco de las cosas que se caen, y si el recuerdo es un eco. Es tiempo de cosecha, dice Carlos. Cada árbol da aproximadamente cuarenta kilos. Pueden dar más, hasta cincuenta. Eso es el potencial. Siento la suavidad de la aterciopelada piel, me desparramo y multiplico en decenas de orbes amarillos, rosados, rojizos, envueltos en una atmósfera de pelusa grácil. Ruedo en tropel. Siento también una presencia dura, arrugada, la reciedumbre del carozo, y me acuerdo cuando era niño y me gustaba romperlos para espiar su misterioso contenido.

En medio de la conversación del paisaje, avanzábamos, cada vez más rojos y polvorientos. Yo veía la luz que tejía y entramaba los filamentos de tierra en el aire. Mi bosque sombrío me seguía, o yo lo seguía a él. No nos abandonábamos. No sé si Carlos me vio, porque me tapaban (me tapan) las ramas secas y quebradizas. Yo le decía algo, desde alguna zona casi inaccesible a su mirada. Me miraba como quien mira desaparecer a una cosa, como quien mira anochecer. Yo me sentía mirado desde múltiples ángulos y tiempos, y cada mirada me otorgaba un contexto diferente, como sucede con dos personas que ven la luna desde puntos distintos y alejados, lo que se llama paralaje.

Y en esa encrucijada de miradas me imbuyo de una pregunta (o una pregunta se imbuye de mí): ¿cómo podar este bosque, si me encariñé tanto con él, y quiero tanto sus sonidos, sus olores, el recuerdo de lo que fue? ¿Cómo podarlo, si en la impericia termino cortando todo, indiscriminadamente, y me arranco a mí mismo y los hipotéticos brotes a los que les llega una tenue luz, como un eco, como si estuvieran en el fondo del mar, bajo un cielo de lejísimas claraboyas?


Fernando Franzetti Actis. Soy profesor de lengua y literatura, argentino, de 37 años. Hace un año y medio llegué a Ecuador, manejando en auto, y quedé varado por la pandemia. Aún sigo aquí, asombrándome a cada paso por este maravilloso país. En la actualidad vivo en Galápagos, trabajando como profesor en la Unidad Educativa Tomás de Berlanga.


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3k2DZjX

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