García Lorca, llanto por un torero | Fabricio Guerra Salgado

Por Fabricio Guerra Salgado 

Federico Garcia Lorca adolescente Color by @Eugenio_R_ (Fuente: https://bit.ly/3BISwaq)

En la poética de García Lorca se hallan plasmadas el sentimiento y la conciencia de Andalucía. Aquella región que palpita con el flamenco, que narra con orgullo viejas leyendas de bandolerismo, se conmueve ante la teología y se emociona en una plaza de toros. 

El paisaje, el clima, los trasiegos étnicos, la noción sur-sur, han determinado, más allá de los inevitables tópicos, una especificidad cultural. Entre otros elementos, las notas desgarradas del cante jondo, la devoción por cristos y vírgenes o la sangre del toro, articulan el ethos andaluz, construido como antítesis al logos del centro y del norte peninsulares. 

Por su geografía, Andalucía fue siempre lugar de paso y conquista, emplazamiento estratégico, codiciado botín de guerra. Carlos Caba, estudioso del tema, afirma que, en la comunidad andaluza, confluyen la desesperación filosófica del islam, la desesperación religiosa del hebreo y la desesperación social del gitano. Menuda argamasa. 

Lo gitano y lo andaluz no tardaron en establecer atávicas empatías, integrándose en una singular simbiosis. Para García Lorca, la gitanería representa la marginación, la persecución, el desarraigo, condiciones que él mismo sufrió por su orientación sexual y su ideario. Los vasos comunicantes resultan entonces naturales. El romancero gitano, una de sus obras importantes, refleja tales afinidades.

Gitanos han sido algunos de los mejores toreros de la historia. Gitanos y andaluces, por cierto. Como Joselito el Gallo, rey absoluto del toreo. También Curro Puya, Gitanillo de Triana, Joaquín Rodríguez Cagancho, o Rafael de Paula. Consumados artistas que interpretaron la lidia en toda su dimensión estética.

Ignacio Sánchez Mejías, no fue gitano, pero sí muy cercano a Lorca. Torero famoso y hombre de inquietudes literarias, componía obras de teatro, disertaba en foros académicos y hasta llegó a presidir el club de fútbol Betis.

Corre el año de 1927, y para recordar a Luis de Góngora, dramaturgo esencial de las letras hispanas del siglo XVII, en el salón El Ateneo de Sevilla, se congrega un nutrido grupo de escritores. Amigo de ellos, Sánchez Mejías, aporta para el financiamiento del acto, e invita luego a los asistentes, a Pino Montano, cortijo de su propiedad, ubicado a corta distancia. 

Las veladas en la finca Pino Montano se repiten con frecuencia, surgiendo así, la Generación del 27, notable corriente poética en la que sobresalen Rafael Alberti, Vicente Aleixandre, José Bergamín, Fernando Villalón, Gerardo Diego, García Lorca. 

Sensibles a las tradiciones populares, varios de los poetas del 27 hallaron en el ritual táurico otra fuente de inspiración. Nunca antes ni después, tauromaquia e intelectualidad caminaron tan juntos. Según Lorca “La de los toros es la fiesta más culta que hay hoy en el mundo”. “El toreo posee la mayor riqueza poética y vital de España”. 

Matizando las cosas, cabe señalar que, si bien García Lorca no acudía con demasiada frecuencia a presenciar corridas, sí que conocía a cabalidad las claves simbólicas de la lidia, comprendiendo y ponderando su geometría, belleza, plasticidad. En definitiva, su relación con la fiesta brava fue tanto de índole intelectual como emocional. 

Ya en la década del treinta, en la época de la Segunda República, poeta y torero fortalecieron la amistad, llegando a coincidir ambos en Nueva York, en donde, se dice, Ignacio acompañó a Federico durante un periodo de profunda depresión de este último. 

Hasta que, en agosto del 34, en la localidad castellana de Manzanares, un toro de nombre Granadino, perteneciente a la ganadería de Ayala, corneó mortalmente al diestro, quien falleció de una gangrena gaseosa tras dos días de agonía. Conmovido, Lorca escribió una elegía sobrecogedora, “El llanto por Sánchez Mejías”. 

¡Que no quiero verla! 

Dile a la luna que venga, 

que no quiero ver la sangre 

de Ignacio sobre la arena. 

Dos años después, en el 36, García Lorca fue asesinado por los falangistas en las afueras de Granada. De lo que se sabe, sus restos reposan en una fosa clandestina, junto a un profesor de escuela y a dos modestos banderilleros anarquistas, a quienes quizás no muchos lloraron. Pocos sospechaban que, España toda, estaba a punto de sumirse en el más copioso de los llantos. 

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