El color de su pelo | Rubén Darío Buitrón

Por Rubén Darío Buitrón

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

Daisy dice que me ama. Sé que es cierto y ella no sabe cuánto me sirven sus sentimientos. Por eso, cada viernes cruzo de la sierra a la costa para verla y estar con ella hasta el domingo, encerrados en un hotel y haciendo el amor sin descanso.

Soy un abogado de prestigio, director del área legal de la Policía Judicial. Mi reputación en el país me obliga a tratarme bien para mostrarme superior: buena ropa comprada en mis cursos de capacitación en Estados Unidos, buen semblante, mirada firme, rostro bien afeitado, loción amaderada de Locci, pasajes aéreos VIP.

Cuando viajo para verla, solemos caminar por las calles de Bahía, la ciudad pequeña con mar, en especial por el malecón, construido hace unos 25 años para las familias quiteñas y guayaquileñas de abolengo, con abuelos o padres nacidos aquí pero que habitan en Quito o Guayaquil.

Esa gente, por nostalgia o esnobismo, construyó edificios de apartamentos para venir y vacacionar y pasear por allí para exhibir sus cuerpos, encontrar o hacer amigos y bajar a la playa a tomar sol, nadar o jugar con la espuma que dejaban las olas.

En la piel del rostro de Daisy y en la de sus hombros desnudos era posible ver paisajes de sol. Siempre la recuerdo bronceada, la blanquísima sonrisa que contrasta con el color de sus mejillas y los ojos de color aceituna. Cada viernes por la noche me espera en el mismo sitio, en una esquina del canchón donde funciona la terminal de buses intercantonales e interprovinciales.

Viajo en avión desde Quito hasta Manta y luego tomo un bus que en una hora me lleva hasta la ciudad pequeña con mar. Los pasajeros, en su mayoría, son comerciantes que van al puerto de Guayaquil, suben a los barcos, compran diferentes artículos sin impuestos, desde camisetas y shorts hasta equipos de sonido, televisores de pantalla plana y bicicletas traídos de China.

Hay otras personas que llevan gallinas, carne de res y leche ordeñada en canecas de hojalata y otras que cargan desodorantes, jabones, papel higiénico, toallas sanitarias, perfumes baratos, frascos de shampoo y ropa ligera, en especial camisetas, shorts, sandalias, gorras, sombreros y gafas.

Como todo bus intercantonal en la Costa, este no lleva aire acondicionado y a los pasajeros no nos queda otra alternativa que buscar un asiento que dé a las ventanillas siempre abiertas para evitar la sensación de vómito que, al menos a mí, me produce aquella babélica combinación de olores y de sensaciones. Hay olfatos como el mío que solo entienden lo gourmet, lo fino, lo limpio.

En los gestos y en las actitudes de la gente que va sentada veo conformismo, malestar, cansancio, como soldados que vuelven de una derrota. Ni siquiera hacen mueca alguna cuando las llantas del bus pasan por encima de uno de los cientos de baches de la estrecha vía maltratada por el peso de los automotores y el olvido de las autoridades. Algunas personas tienen la mirada perdida, otras, más jóvenes, llevan audífonos en sus oídos con los cables conectados a los celulares. Yo leo algo, pero sin concentrarme, porque tengo otras urgencias.

Mi costumbre de llevar a la mano un libro, un resaltador, un esferográfico y mi libreta de notas es, quizás, lo que más llama la atención. En este viaje se sentó a mi lado una pasajera joven, altiva y serena, con garbo, de piel blanca y pelo rubio, vestida solo con una blusa blanca, short y zapatillas. Me preguntó si era periodista o escritor. Yo compraba dos tickets para ocupar el doble asiento sin gente molesta. Pero si veía alguien como esta chica le ofrecía el mejor puesto, el de la ventana, junto a mí. Por lo general, me dicen muchas gracias, dejan su maleta arriba, aunque llevan los documentos personales en los canguros, esos pequeños bolsos que se atan en la cintura.

Lo de periodista y escritor es una pregunta que siempre me hacen y que calza muy bien con lo que aparento ser. Llevo colgada del hombro una Canon semiprofesional que produce curiosidad en algunos pasajeros, seguramente porque para ellos es suficiente con la cámara incorporada al teléfono móvil. Llevo también una grabadora Olimpus guardada en el maletín de la Canon. Solo tengo una razón para usarlos. Es parte de mi obsesión, pero lo tengo todo bien pensado.

En los autos y en los aviones siempre escribo lo que veo y lo que siento, en especial si tengo suerte y se sienta a mi lado una chica guapa y solitaria. Las mujeres siempre tienen interesantes temas de conversación, aunque cuando deciden confiar en el otro pasajero su ingenuidad las traiciona.

Cada ser humano vive su propia leyenda, con sus mitos y sus personajes, pero lo que más me llama la atención y lo he podido confirmar es que cuando al narrador le ha sucedido algo desagradable la culpa es, siempre, de los otros protagonistas, nunca de quien lo cuenta. La humanidad ha perdido la capacidad autocrítica y el don de ponerse en los zapatos de los otros para esforzarse en entenderlos. Por eso, yo no creo en las personas cuando se victimizan si son ellas las responsables de lo que les ocurre.

Es cerca del mediodía cuando un estruendo bajo nuestros pies y un frenazo del conductor despierta a mucha gente que iba cabeceando y nos sorprende a la rubia y a mí, aunque resulta muy oportuno para mis planes. Ha estallado la llanta delantera izquierda y tendremos que bajarnos y esperar a que el chofer haga el cambio.

A unos 100 metros de allí observamos una casucha de madera de cuyo techo cuelgan un letrero de Coca-Cola y otro de cerveza Pílsener. Le pregunto a Sofía -que era el nombre de la rubia- si le gustaría que camináramos hasta la caseta y tomáramos algo para refrescarnos.

El calor era intenso y, no sé por qué, el asfalto irregular y deteriorado parece elevar la sensación térmica mientras caminamos en dirección al pequeño local. Sofía a acelera el paso para ir a mi lado y me cuenta que viene a la pequeña ciudad con mar a quedarse un tiempo en el departamento de su familia, en el edificio El Vigía, porque había terminado con su pareja, con quien vivía en Quito, había dejado el empleo y quería olvidarse de todo.

Le digo que cuando se huye es peor, que lo recordará más y que, si a mí me sucediera algo así, trataría de enfrentar la situación con alguna acción que no deje rencores ni dudas ni culpabilidades. Una acción que sepulte todo lo negativo. Claro, lo mío es el típico discurso del charlatán que aparenta saberlo todo de la vida, cuando no soy capaz ni siquiera de resolver el tema de Daisy.

Mientras caminamos por el borde izquierdo de la carretera regreso a mirar y veo a lo lejos que el bus seguía en la cuneta, con el conductor y su ayudante tratando de cambiar la enorme llanta, haciendo piruetas para cargar semejante peso. Alguien debería ayudarlos.

En un arranque de sinceridad y admiración, Sofía dice que ha tenido suerte: se sentó junto a una persona decente, educada, de buena conversación y, si le permitía decírmelo, elegante y apuesto a pesar del calor.

Yo le agradecí por sus palabras y cuando estábamos por llegar a la caseta constaté que habían pasado unos 20 minutos desde el percance y que en todo ese tiempo no había pasado ningún auto ni de ida ni de venida. Supongo que la gente de bien llega más tarde o el sábado, temprano, porque para algunos el viernes es un día duro de trabajo.

Me parece el escenario perfecto. Convenzo fácilmente a Sofía de que antes de llegar a la casucha me acompañe a mirar de cerca algo que solo he visto al paso, cuando vengo a la pequeña ciudad con mar. Es un enorme y hermoso ceibo que he observado sobre el pequeño cerro del otro lado de la carretera. Le propongo que cumplamos el ritual del abrazo al árbol porque dicen que es buena suerte hacerlo y que creo que ella va a necesitarla, aunque esta última parte me parece que no me escucha con atención porque está diciendo sí, sí, me encanta la idea.

Ella ríe mucho, se entusiasma y dice vamos, nunca lo he hecho. Observo de nuevo el paisaje y todo está en su lugar, como cuando uno monta una obra de teatro y ha cuidado que todos los elementos escenográficos estén ubicados en el lugar que corresponde.

Cuando llegamos al cerca del árbol le muestro a Sofía cómo es el ritual. Hay que cerrar los ojos, orar en voz alta, abrazar y aferrarse al árbol, agradecer a la naturaleza y hacerle la promesa de que la cuidará. He visto de ella lo suficiente como para saber que es la persona adecuada.

Mientras empieza la ceremonia yo busco una piedra lo suficientemente grande para ejecutar mi propio ritual.

Media hora después llegamos a la terminal y ahí estaba Daisy, esperándome como siempre. Pensé lo de costumbre: ¿por qué Daisy es la única mujer que me intimida o que me vuelve una bestia mansa, serena, tranquila? ¿Cómo hace para apaciguarme y pasar 48 o 72 horas junto a mí sin que suceda ningún incidente, sin que nada me altere?

Después de hacer el amor, mientras Daisy duerme plácidamente, sigo pensando en que los cuatro crímenes que he cometido han sido con gente similar a Sofía.

Supongo que, con el tiempo, la prensa me bautizará como el monstruo de las mujeres rubias con cabellos naturales, no tinturados, rostro de piel clara, ojos azules.

En la recepción del hotel di un nombre falso y mostré mi cédula con los datos cambiados. La Policía Judicial nos entrega este tipo de documento para proteger nuestra identidad porque nunca falta quien pretende culpar a nuestros agentes por algún crimen que no deja huellas. A Daisy no le pidieron sus documentos personales.

En cuando a ella, cuya abuela decrépita es la única persona que reclamaría por su desaparición, este fin de semana voy a trabajar una idea que tengo desde hace días.

Los periodistas que vienen preparando una investigación sobre el asesino de las mujeres rubias (un lugar común de la prensa cuando no tiene idea de lo que está indagando) ya no podrán calificarme con esta ridícula muletilla.

Les tocará volver a cero en sus investigaciones y de nada les servirán las pistas de los crímenes anteriores (aunque todavía no las hay) si mi siguiente asesinato fuera a esta mujer que está aquí en el hotel, a mi lado, totalmente indefensa con su piel cobriza, los ojos de color café, el cabello negro, negrísimo.

Creo que es una muy buena idea.


Rubén Darío Buitrón (Quito, 1966) es poeta, periodista y escritor. Es director-fundador de www.loscronistas.net


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3w8Ey0m

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