1996 | Lucía Fernanda Páez 

Por Lucía Fernanda Páez 

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

Su mente de la nada empezó a divagar entre lo que sabía que era realidad y lo que no.

Pero ¿cuál es el verdadero significado de la palabra “real”? Cuando sin serlo el corazón afirma que ¡sí lo es! Cuando las palpitaciones son verdaderas, se las siente muy claramente. Las sensaciones también son muy vividas, y cómo no serlo si cada poro de la piel se eriza al recordar.

Dicen que las situaciones inconclusas de la vida traen consecuencias para la vida futura. De alguna manera que no se puede explicar, los primeros amores siempre están ahí y así parece ser.

Sí, han pasado los años, muchos años, pero la mente sigue lúcida y navega por ese mar incierto de los recuerdos. Pero ¿de qué recuerdos? si nunca sucedió…

Ese atrevido de la vida, llamado memoria asíncrona vuelve a tenderles una trampa, justo en estos momentos en que todo parecía estar bien encaminado en la vida real.

Estaba por iniciar el verano en un pequeño pueblito de la sierra, y los jóvenes, llenos de ilusiones lanzaban su birrete al cielo, mucho entusiasmo, muchos anhelos. ¡Claro! Había que festejar todos esos logros y esta gran etapa que terminaba para iniciar otra. ¡Cuánto lo había esperado!

Había mucha expectativa con la fiesta de graduación, todo debía ser perfecto, vestido, maquillaje, traje, corbata, corazón y alma a mil.

Mas para ellos, aunque en ese momento no lo sabían, no fue solo una fiesta, no fue solo la despedida de una época de juegos, de alegrías, de sueños, de amoríos inocentes… Hubo algo más, una promesa, sí, una promesa de sensaciones, de sentires, de descubrimiento.

A pesar de la oscuridad de la noche, la luna inundaba con su luz todo el lugar. Esa noche, parecía estar más cerca, como propiciando un ambiente perfecto para la pasión.

Él estuvo entre los primeros en llegar, junto a un par de amigos de aventuras, travesuras, juegos y risas, cómplices en el inicio de la vida. Se había preparado como no antes lo había hecho: terno oscuro, camisa blanca y corbata azul (quiso adivinar esto sería del agrado de ella), cabello corto, bien afeitado, perfume para la ocasión.

Seguro de sí mismo, aunque los nervios lo delataban en sus manos, en su sonrisa, ansioso por la espera, deseoso de tenerla en sus ojos. Sin dudar se acercaría a ella desde el primer instante, soñaba con que la primera canción fuera de los dos, al igual que la segunda, la tercera y las que la noche les brindara. No estaba dispuesto a compartirla con nadie, la quería para él… Siempre lo había deseado.

La música sonaba por todas partes, con canciones del momento que, aún hoy día, como por arte de magia, transporta a los soñadores en el tiempo y sin pensar, solo se deja sentir.

Parado en la puerta del lugar la vio llegar. Su corazón a mil. Se acercó a ella, saludó con un beso, la tomó de la mano y fue suficiente para presentir lo que vendría. Ella tenía manos pequeñas y delicadas, hombros desnudos dulcemente provocativos, aroma a melón y pepino reafirmaba la promesa de la noche.

Las palabras sobraron, las miradas hablaron por sí solas. El tomarse de las manos lo gritaba, la noche sería de los dos.

Llegó el primer baile, ella entrelazó sus dedos, sus corazones se encontraron y bailaron como si lo hubieran esperado por siempre. Sus cuerpos a pocos eternos 20 centímetros de distancia, se sentía como un desierto interminable, donde los viajeros se determinan a atravesarlo ¡ya!

Bailaron al ritmo de la música, de las risas, de las miradas, él se acercó a su oído rompiendo esa eternidad: un susurro, un recuerdo, 2 palabras… precisas y espontáneas que calarían en el ser de ella hasta estos días, a pesar de que nunca se lo dijo.

Fue un baile que no existió, cuyo recuerdo reaviva sus almas, reaviva el sentir de sus vidas. Un falso recuerdo que revivifica la existencia. Hermoso recuerdo, hermosa fantasía.

El susurro hablaba de la belleza de sus ojos pardos, de la frescura de su sonrisa, de lo exquisito de su aroma, del brillo de su cabello.

Una cómplice sonrisa fue la excusa para romper del todo la distancia.

¿Quién hubiera pensado que los susurros que se dan al oído lograrían convertirse en recuerdos tan fuertes y arraigados? pasando de ser palabras simples a sensaciones con aroma, con roces de piel, con sentimientos, dando inicio a un infinito imaginario impensable para un apático corazón.

La música, luego de un susurro, se convirtió en danza de cuerpos juntos, de cuerpos en fusión, de un solo cuerpo.

Él adivinó la forma de la cintura de ella y caminó por sus tiernas curvas. Advirtió que su brazo calzaba perfecto. Ella exploró el pecho de él, con las palmas abiertas y los dedos extendidos, buscando su cuello mientras navegaba en el glauco de los ojos de aquel muchacho al que consideraba tímido, siempre con chaqueta de jean con las mangas arremangadas.

Estos cuerpos que se buscaron para ser uno, se asentaban en el mundo por los pies. Se fundieron por sus caderas con bifurcación de abdomen solo para poder verse y unirse otra vez en sus miradas, coquetear con las sonrisas, charlar sin palabras en conversación sobreentendida, pero que los acercaba cada vez más y más…

Mágico momento, en el que él sintió en su pecho un latido, una sensación extraña que nunca la experimentó antes y la volvió enredar en sus brazos para poder sentir su aliento. Sus labios encontraron la ruta del deseo que se venía firme y sin dar tregua, bañando costas inexploradas con sabor a piel, a durazno y sal, sus lenguas se entrelazaron, en una danza etérea, que por instantes se sentía como flotar por el negro celaje de la noche, mientras sus agitadas respiraciones cantaron la canción que solo los amantes saben descifrar.

La calidez de sus cuerpos incendió todo el lugar y de pronto un aura color de rayo de luna brotó de sus cuerpos.

Fue así como fueron uno solo y se amaron como si no existiera un mañana. Aquella fue una senda inexplorada, pero su seguridad hizo que la recorrieran hasta el último rincón, y aunque la música aún se escuchaba a lo lejos, la mejor melodía estaba muy cerca de sus oídos, en sus respiraciones agitadas, en su deseo de más…

Aún hoy, cuando el recuerdo camina osado por sus sueños, se preguntan ¿por qué nunca compartieron más días, más juegos, más bailes, más recuerdos?

Y sus mentes vuelven a divagar entre lo que sabía que era realidad y lo que no.

Pero no se dejan de preguntar: ¿Cuál es el verdadero significado de la palabra “real”? Cuando sin serlo el corazón afirma que sí lo es, cuando las palpitaciones son verdaderas, se las siente muy claramente, las sensaciones también son muy claras, y ¿cómo no serlo? Si cada poro de la piel se eriza al recordar un beso fantasma que vive hasta hoy.


Lucía Fernanda Páez, tengo 42 años y vivo en la ciudad de Ambato. Soy comunicadora social de profesión, con formación en comunicación y literatura en la Universidad Católica u en la UTPL, amo la literatura, ahora he vuelto a escribir después de varios años de intermitencia y me entusiasma mucho. Mis autores favoritos y que han marcado mi vida literaria con son Mario Benedetti, Neruda, Charles Bukowski, Isabel Allende, Alfonsina Storni entre otros.


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3GNdrgv

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s