Una mesa para dos | María Dolores Cabrera

Por María Dolores Cabrera

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

Natalia, mujer de baja estatura, pelo castaño y ojos verdes y Elena, un poco más alta y trigueña, entran al restaurante que han elegido para pasar una tarde amena y ponerse al día en las novedades personales que tienen para contarse. Ambas bordean los 45 años de edad. Fueron amigas desde la universidad y tienen intereses parecidos en la vida. Las actividades independientes de cada una, les han impedido el poder verse desde hace algunos meses.

Un pianista con traje de gala, piel morena y tercera edad, interpreta un “Nocturno” de Chopin, mientras un mesero joven les conduce con actitud amable y formal, hacia una mesa para dos. Está ubicada al fondo y desde ahí, pueden admirar el resto del lugar. Es amplio. La decoración combina el ladrillo y la madera. El techo es alto con vigas cruzadas y unas largas lámparas de mimbre cuelgan sobre las mesas. Los manteles son de yute color habano. En las esquinas, hay grandes maceteros con variedades de helechos y en el frente, un bar con taburetes de tono café. Elena lee la carta del menú y elige primero:

—Quiero un Martini —dice al mesero. Luego se dirige a su amiga y le pregunta:

—Natalia, ¿te parece si pedimos una tabla de quesitos, jamones y aceitunas para picar?

La amiga afirma con un movimiento de cabeza y Elena continúa:

—¿Qué deseas tomar?

—Un Vodka Tonic, responde Natalia a la vez que mira al mozo de camisa negra y delantal blanco.

Cuando el mesero se marcha, las dos sonríen complacidas de poder estar frente a frente una vez más.

—Bueno, ahora sí, cuéntame ¿cómo van las cosas con Frank?

—No muy bien. La rutina se ha vuelto hostigosa y cansada. Los años echan a perder la ilusión. Ya sabes. Bueno, y Edgar, ¿ha vuelto a aparecer, aunque sea para ver a los hijos?

—No. En realidad, es como si le hubiera tragado la tierra.

En ese momento entra una pareja. Un hombre de más de sesenta y cinco años y una mujer de máximo cuarenta. Él bien vestido y ella un poco desgarbada. Elena los mira y dice:

—Pareja dispareja, ¿no?

—Sí, mucho. Bueno, a esta hora todo el mundo sale de los trabajos y quizás él es el jefe y ella su secretaria.

—No lo creo. Siempre se generaliza ese concepto. Más bien podría ser ella la gerente de una empresa y él un inversionista que la invitó para convencerle de hacer un muy buen negocio.

—Amiga, inventamos y suponemos sobre la vida de esos dos —ambas ríen— Podría tratarse del suegro y la nuera, que se citaron para hablar sobre un asunto de salud del hijo y del marido, respectivamente.

—O un reencuentro entre padre e hija, después de muchos años de no haberse visto.

—Ay, Natalia. Hace tanto tiempo que no jugábamos a esto de adivinar la vida de los demás según las actitudes y los gestos. ¿Te acuerdas que lo hacíamos en el comedor de la universidad?

—Sí, la verdad ya lo había olvidado.

—Aquello era solo un pasatiempo, pero lo cierto es que es parte de la vida, de nuestra estúpida sociedad, Naty. Basarse en las apariencias e inventar rumores y algunas veces regarlos como ciertos. Desprestigiar la existencia de la gente, fantasear con patrañas y difundirlas sin imaginar el dolor que esas mentiras pueden causar en la gente. Aunque mientras sea solo una inocente distracción…

Llega el mesero con el Martini, el Vodka Tonic y la tabla de picadas, todo sobre una charola metálica grande. Acomoda las cosas en la mesa. Ellas sonríen y le agradecen. Todo se ve muy tentador. El joven se va y brindan.

—Por las dos, Elena. Por nuestra amistad. Por nuestros recuerdos y…, por nuestro juego. Salud.

—Salud, querida.

—Esto se ve delicioso. Moría de hambre.

—Yo igual. Natalia, ¿ves aquella mesa del fondo? Ahí está una mujer sola. Mira, la de pelo cortito. Le han traído un café y un pedazo de torta —Las dos se miran con picardía— ¿Seguimos con el juego?

—Tú lo acabas de decir. Mientras sea solo un juego de las dos… Empieza tú. ¿Por qué crees que está sola?

—Pues, porque el marido la dejó y ella quiere probarse a sí misma que ya no lo necesita. Que la soledad es una libertad y una bendición.

—No, no. Yo creo que ella vive en otra ciudad y tuvo que viajar para una conferencia y pues, no le queda más remedio que salir sola porque aquí no conoce a nadie —dice jocosa.

—No me convence tu apreciación. Mírala, es muy seria. Se nota que lleva una tristeza en el alma. Fíjate en sus ojos, hay un vacío insondable y eso no te lo digo en broma.

—Quizás solo trabaja cerca y salió a tomar un café.

—Tal vez. Salud, Natalia. Este Martini está muy bueno.

Entra un par de chicos jóvenes con pantalones de jean, zapatos deportivos y gestos de preocupación. Natalia comenta:

—Apostaría a que han discutido.      

—No. Más bien la chica está inquieta porque sabe que él va a pedirle que se casen y ella no está preparada para el matrimonio.

(Ríen)

—¡Qué ocurrencia! No, Elena. Creo que él la citó porque quiere terminar la relación. O quizás van a decidir sobre el embarazo de ella —Vuelven a reír— Elena, ¿notaste que hay dos hombres en la barra que nos miran desde hace rato?

—No. Pero ahora que lo dices… Los veo. Los dos usan terno y corbata. Tienen una pinta interesante y una edad parecida a la nuestra. Deben haber salido a hablar de los problemas que tienen con sus mujeres y tal vez coquetear con alguien más.

—No dejan de observarnos.

—Pues ¿qué pensarán ellos de nosotras?

—De pronto, creen que somos dos mujeres solas que buscamos liar con alguien. Que no somos felices en nuestras vidas y que salimos a probar suerte o simplemente que queremos una noche apasionada para escapar de nuestra rutina.

—Podríamos ser dos mamás que hablamos de nuestros hijos.

—O yo una vendedora que trata de engancharte un seguro de salud.

El pianista termina su set de interpretaciones. Hace una pausa, se levanta y abandona el brillante piano negro. Ellas también detienen el juego y Elena pregunta:

—¿Qué somos en realidad, Natalia? Es posible que cualquier cosa. Lo que ese par de hombres cree que somos. Lo que la mujer sola piensa al vernos. Lo que aquella pareja dispareja inventa de nosotras. O lo que los muchachos imaginan. Yo puedo ser lo que tú crees que yo soy y tú puedes ser lo que yo creo que eres.

—Todo es tan relativo, Elena. Salud —En ese instante, los ojos verdes de Natalia se humedecen y toca nerviosa con la mano, el pendiente azul de cuelga de su cadena— Venimos a conversar de Edgar y Frank, ¿verdad?

—¿Qué pasa Natalia? ¿Tan mal están las cosas? —dice Elena acomodándose en la silla para escucharla mejor.

—Sí. No solo es la rutina, Elena. Es mucho más complicado y doloroso que eso.

—¿Otra mujer?

En este momento el pianista retoma su show y ahora con la melodía de un bolero popular.

—No precisamente. Necesito otro trago para poder hablar.

De inmediato, Elena llama al mesero y pide otro Vodka Tonic y otro Martini. Los hombres de la barra beben whisky. Detrás de ellos hay una inmensa variedad de botellas iluminadas con llamativos reflectores. Miran de manera constante a las mujeres y ellas deciden comer algo más, Natalia pide pasta y Elena, un soufflé de camarón.

Hace un poco de calor. Elena se retira la chaqueta blanca y la cuelga en el espaldar de la silla. Natalia tiembla y le confiesa un secreto aterrador acerca de Frank, su marido. Se le quiebra la voz. Es un hecho escalofriante y espantoso, que aun habiéndolo contado en aquel lugar, jamás sabrán los clientes del restaurante, ni el mesero, ni el pianista, ni el lector. No deja de llorar y se va al baño que está a un costado del bar. En pocos minutos, Natalia regresa un poco más calmada. Beben el agua que Elena ha pedido en su ausencia y ella la consuela. Luego, le platica de su horrenda y angustiosa soledad:

—Tengo crisis de depresión y de ansiedad, Natalia. Insomnio. Cargo muchas responsabilidades encima y a veces no puedo respirar bien con todo ese peso. Vivo al borde de un abismo y temo caer al vacío en cualquier momento.

—¿Y tus hijos, Elena?

—Ya están grandecitos, Naty. Cada quien con su vida y sus propios intereses. Se preocupan por mí, pero yo nunca aprendí a estar sola. Hoy por hoy la juventud dice que la soledad es libertad y que hay que disfrutarla, pero, ¡cuesta tanto!

—Somos de una generación anterior en donde estar solas no se veía bien. Nos metieron en la cabeza la idea de que necesitábamos de un hombre para sentirnos completas. Y del asunto de tu cirugía oncológica, ¿no ha vuelto a crecer el tumor?

—Parece que no. En los últimos exámenes no hay nada, pero tengo miedo de que, si llega a suceder, yo esté muy sola, Naty.

—Tranquila, Elena. Primero, ten la confianza de que eso no va a pasar y segundo, tienes a tu familia, a tus amigos. Yo estoy entre ellos.

—Gracias, amiga. ¿Pedimos algo más?

—No. Creo que por hoy está bien. Elena, los tipos de la barra nos siguen mirando. Me han visto llorar, deben pensar que vivo una tragedia, que tengo un problema irremediable o que estoy enferma.

—¿Y no lo tienes?

—¿Qué cosa?

—Un problema irremediable —Elena toma la mano de Natalia— Vas a salir de esta. Verás que sí.

Piden la cuenta. Pagan y se levantan. Elena toma la chaqueta blanca del espaldar de su silla y pasan junto a los dos hombres que en ese momento se toman de la mano.

***

Al siguiente día Elena llama al teléfono de Natalia:

—Amiga, ¿viste la noticia sobre el suicidio de esta mañana?

—No. ¿Qué pasó?

—La mujer, Natalia. La mujer de pelo corto que tomó café anoche, sola en el restaurante.

—¡No puede ser! ¿Estás segura?

—Sí. La encontraron intoxicada en su cama. ¿Te das cuenta? Podemos especular diez, veinte veces sobre lo que puede estar viviendo un ser humano y sin embargo, la verdad está muy lejos.

—Pero qué coincidencia ¿Es ella misma?

—Sí. Ella misma, Naty. Mostraron fotos en el noticiero. Tenía 32 años.

—Tampoco imaginamos que aquellos dos hombres del bar eran pareja…

—Como nadie sabe la realidad de nuestras vidas por mucho que especulen, Naty. De los sentimientos, de las razones, de las ausencias, de las falsas alegrías o de nuestro gran dolor. Nadie ve las heridas abiertas. Tu tristeza o mi brutal soledad. No saben de mis culpas malditas, del demonio sonriente, de tu llanto inconcluso, de nuestros errores o de tu perdón.

—Ni de los miedos que tenemos agazapados en la piel, Elena. A veces, no somos siquiera lo que nosotras mismas creemos ser. ¿Vamos el próximo sábado por un café?

—Mmm…, prefiero otro Martini pero sí. Vamos, vamos.


María Dolores Cabrera (Quito, 1962). Estudia en su ciudad natal y en 1984, egresa de la carrera de Psicología Clínica. Posteriormente, ingresa como miembro del Taller Literario conducido por Abdón Ubidia, destacado escritor ecuatoriano. Luego, años más tarde en 1998, publica su primer libro de 12 cuentos titulado: Mas allá de la piel. En el año 2010, un segundo libro, también de 12 cuentos: De nuevo tus ojos. En 2012, presenta su primera novela: Te regalo mi cordura. En el año 2016, una nueva novela con el título: Cuando duermen los Jilgueros, y su más reciente libro, en el año 2018, la novela: Pinceladas (Bosquejo de un trastorno).


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3ljgFzy

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s