“Tengo miedo torero” de Pedro Lemebel | Fabricio Guerra Salgado

Por Fabricio Guerra Salgado

Creyendo ver conspiradores en todas partes, atenazado por sus propios fantasmas, aturdido por la cantaleta incesante y frívola de la primera dama, Pinochet se aferra al poder que tomó por asalto en septiembre de 1973. Corren los años ochenta y cada vez más, se percibe en las calles el creciente rechazo de la gente hacia el régimen criminal que, a cualquier precio, es sostenido por una horda de cómplices y aduladores.

Entre tanto, la “Loca del Frente”, un maduro hombre homosexual, se vincula con Carlos, joven militante de la resistencia antipinochetista, acogiéndolo en su pintoresco domicilio del centro santiaguino, el cual se convierte en base operativa de un grupo de disidentes que planea asesinar al dictador quien, por cierto, saldrá ileso del atentado.

Surge entonces una relación entrañable, no exenta de ambigüedades. A la Loca le deslumbra la juventud y el ímpetu varonil de él, que, entre agradecido y expectante, aprecia la lealtad sin fisuras que ella le ofrece. La silente complicidad que los alienta y activa, estrecha los lazos, acercando mundos en apariencia opuestos: el del macho ideologizado de izquierdas y el del gay pintarrajeado que prefiere no meterse en política. Sus aspiraciones, tiempos y saberes son distintos, pero la mutua empatía, trasciende cualquier doctrina, revolución o asonada.

Mientras en plazas y avenidas se imponen el toque de queda, la severidad soldadesca y las grises tanquetas, en casa de la Loca, todo es un derroche de color, energía, vitalidad. Entonando a voz en cuello los boleros de moda, amando con delirio a Carlos, o aferrándose a la vida, por mala que esta pueda ser, su sola existencia resulta por demás subversiva, aunque ella misma no lo sepa.

Loca total, desmesurada y desfachatada. Personaje inolvidable. Su estética recargada ilumina el relato. Sus poses cursis y su erotismo exacerbado desafían la violencia estatal que se ejerce a punta de plomo. “Tengo miedo torero”, es en realidad el título de una antigua copla española tarareada por la protagonista, y que, además, será la contraseña que usará para reencontrarse con Carlos en medio del caos y la represión. El nombre del libro, sugestivo y teatral, alude al terror en el que permanecía sumida la sociedad chilena.

Significativo y conmovedor es también el detalle del mantel blanco que ella borda para vendérselo a una dama de los más altos estratos, esposa de uno de los milicos cercanos a la dictadura. No obstante, y pese a estar urgida de plata, a última hora se niega a entregarlo a su destinataria original, al imaginarse a los generalotes beodos y berreantes ensuciando ese mantel, sobre el que, la Loca y Carlos beberán luego el doloroso vino del adiós en una playa desierta de Viña del Mar. Y ahí, deliberadamente olvidado, quedará el albo lienzo, flameando solitario, como símbolo de esperanza y libertad.

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