Museo | Martín Torres

Por Martín Torres

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

Buenas tardes, mi nombre es José Gamboa y seré su custodio en el recorrido de hoy. Al reverso de su boleto pueden encontrar las indicaciones básicas, pero estaré gustoso de recordárselas ahora. En todo momento, los visitantes deben permanecer dentro de los límites marcados en el piso por la línea amarilla. Está prohibido tocar las piezas, con excepción de aquellas que lo indiquen de forma expresa. En caso de duda, siéntanse libres de preguntarme o interrumpir la exposición. Los baños están habilitados y debidamente señalados a la izquierda y a la derecha. Después de esta breve presentación, se dará un espacio de cinco minutos para que, quienes deseen hacerlo, puedan utilizar las instalaciones sanitarias. Después de ello, no se harán pausas por ningún motivo, así que, si se quedan detrás, tomen en cuenta que no se repetirá ninguna parte de la exposición.

Dicho esto, me permito darles la bienvenida al Museo de Arte, Ciencias y Cultura de la Ciudad. Fundada en 2003, esta institución se destaca por presentar las obras más emblemáticas para los distintos sectores de toda la población. Nuestras exposiciones son seleccionadas por expertos para poder satisfacer la demanda cultural, artística y científica de nuestros visitantes.

Como pueden ver, la infraestructura del museo es una combinación de varios periodos arquitectónicos que permite apreciar las distintas etapas históricas de la ciudad. La casa que alberga el museo fue, en su día, una hacienda que perteneció a la familia Velasco, antes de ser donada por la Dra. María Piedad Velasco Aguirre a la Arquidiócesis y, posteriormente, adquirida por la Fundación Eje Transversal.

Por esos días, todo lo que rodeaba los muros de la propiedad era bosque. No era extraño encontrarse con búhos diurnos, conejos o pequeños zorros que se acercaban con curiosidad a las margaritas del portón. Los sesenta y dos trabajadores que mantenían la propiedad eran, en su mayoría, habitantes de los alrededores: empezaban sus labores a las cinco de la mañana y las terminaban a las seis de la tarde, caminaban hasta la propiedad y no se les permitía llevarse los uniformes, gracias a la Ley de Hombros Cansados. Esta última se promulgó en la presidencia de Alfredo Carrasco, quien creía firmemente en que se debía aligerar el peso en los hombros del sector industrial y flexibilizar las condiciones en que se contrataba a la mano de obra del país. Los rumores dicen que el expresidente pasó algunos días oculto en esta casa, al final de su periodo, antes de ser reconocido y asesinado por una turba en el Mercado San José.

El salón en el que nos encontramos está adornado con detalles en yeso, tanto en las cornisas como en las barrederas, gracias al valioso aporte en renovación que la Fundación Eje Transversal invirtió en la restauración de la propiedad. Aquí podemos ver las paredes con el tapizado original, recuperado después de complejos procesos químicos, y en ellas, las partituras que la pequeña «Mariapí» —como nos gusta llamarla aquí— solía dibujar cuando era niña. Los restauradores utilizaron pinceles con cerdas especiales para resaltar y mantener el grafito sobre el papel tapiz. Es un trabajo tan detallado que sólo se puede apreciar utilizando el lente especial que tienen por este lado. Si desean, pueden mirar por la lupa, uno a la vez y hacer una fila hacia este lado, por favor. Muchas gracias.

Mientras tanto, podemos dirigir la mirada hacia esta secuencia de cuadros. El primero forma parte de la colección de obras del periodo gris de Marco González, el célebre pintor cubano. Exiliado por sus afiliaciones artísticas, completó dos de sus cinco etapas en Sevilla y las presentó en la Bienal de Tokio, en el espacio de una década. Su prolífica obra, ampliamente reconocida por la maestría técnica con la que fusiona técnicas y materiales, siempre abarcó la contextualización de un individuo en paisajes desoladores, usualmente creados por sus congéneres. Sin embargo, en esta obra en particular, el autor se desencanta por largas pinceladas y combinaciones inusuales, que evocan la nostalgia que sentía frente a la inmensidad de su patria ausente. Por eso, la obra se titula El hombre que anhela.

A su lado, tenemos el primer cuadro que pintó Jean LeFoulé, la destacada pintora de la localidad de Roussilon. Como lo explica la cédula, la artista dedicó la mayor parte de su vida a la investigación textil, en especial alrededor de fabricación de fibras y experimentación con materiales alternativos. Su larga carrera dentro de la industria se vio truncada por una enfermedad congénita que le obligó a retirarse a los cincuenta y siete años de edad. Durante los siguientes doce años, pintó siete obras y dirigió una película documental sobre su vida que nunca se llegó a estrenar. Ópalo es un lienzo cubierto con varias capas de pintura en el mismo sentido, repasadas una y otra vez hasta simular una textura uniforme. La obra de LeFoulé exploraba los efectos cognitivos y espirituales que tiene el color en el ser humano, y esta pieza no es la excepción. A partir de su estancia en Nueva Escocia, las búsquedas de la pintora bordean temas más cercanos al color, en especial a las tonalidades de los paisajes despoblados: nubes, prados, atardeceres o amaneceres y follaje.

Finalmente, el tercer cuadro pertenece al enigmático colectivo artístico Ki Don Wu, famoso por sus intervenciones artísticas a gran escala y sus manifestaciones multitudinarias en proyectos anónimos. La obra es una de las setecientas mil reproducciones anónimas de un boleto de autobús, diseñadas para poner en entredicho el valor monetario del arte y atraer la atención de los grandes medios de comunicación hacia las condiciones precarias de la migración interna en países industrializados. El número de boleto, cero-cero-cero-siete-cuatro-dos, se reproduce miles de veces para problematizar el concepto de “oportunidad” como una circunstancia única y arbitraria: quien tenga el boleto original, tendrá seiscientos noventa y nueve mil novecientos boletos iguales, ninguno de ellos válido, todos ellos idénticos, dado que son, finalmente, reproducciones de un boleto caduco. El equipo de curaduría del museo ha optado por un enmarcado simple, hecho a mano en una carpintería local, para resaltar el propósito de la obra.

Como pueden haber adivinado hasta este momento, esta parte de la exhibición revisita la pregunta por el valor intrínseco del arte, las motivaciones del autor o artista para materializar su mundo interno y la sutileza con la que la subjetividad se sugiere detrás del acto de conservar una obra artística. La elección de estos cuadros para abrir la colección del museo, aunque muestra varios contextos, técnicas, materiales y concepciones, también apunta a que el visitante cuestione el formato, lo que cree que es arte, lo que es historia, lo que es cultura y lo que es ciencia. ¿Se pueden realmente desconectar? ¿Cuál ha sido nuestro papel dentro de la construcción de nuestra sociedad?

Ahora que las últimas personas de la fila han visto a través del lente, les invito a pasar por aquí, hacia la siguiente estancia. Pasen con cuidado, por favor, y manténganse detrás de la línea. A continuación, en este cuarto oscuro podemos apreciar la exposición acerca de la vida de Zygmmunt Maldonado.

Las fotografías que ven en la mitad fueron tomadas en la década de mil novecientos cincuenta, cuando Maldonado estaba investigando el comportamiento de los metales bajo la influencia de un imán; es decir, estudiaba el magnetismo con la esperanza de entenderlo como una fuerza que reemplace la necesidad de productos derivados del petróleo, tanto en la construcción como en la movilización. Maldonado era parte de un grupo permanente de investigadores de la Universidad de Brooklyn, además de ser profesor emérito de física, sus trabajos acerca en Dinámica han sido traducidos a varios idiomas, incluidos el kichwa, el japonés y el italiano, y todavía se usan para explicar el fenómeno del movimiento en determinadas circunstancias.

En este lado podemos observar algunos de los planos que Maldonado dejó inconclusos al momento de su triste fallecimiento. Los tres primeros forman parte de los intentos tempranos por alcanzar un sustituto de los barcos que sea capaz de transportar mayor peso utilizando el movimiento de las olas. El cuarto y el quinto son manuscritos de lo que Maldonado llamaba Thundering Machine o “máquina de tronación”. Como parte de su estudio alrededor del electromagnetismo, el científico analizó la relación entre la materia y la energía, su comportamiento conjunto y las aplicaciones que se derivan de utilizarlas en procesos industriales.

Pueden utilizar los audífonos que se encuentran a su derecha para escuchar fragmentos de una entrevista hecha por Pedro José Herráez para la televisión holandesa, en mil novecientos sesenta y uno, en donde Maldonado explica de forma divertida la teoría de Hieitler-Londres para aclarar la diferencia entre la mecánica cuántica y la electrodinámica. La entrevista, famosa por su coloquialidad y camaradería, se explica por la profunda amistad entre Maldonado y Herráez, y es el inicio de lo que sería un matrimonio sólido y público hasta los últimos días de ambos. A pesar de los terribles acontecimientos de la guerra, y de la censura infructuosa por parte de algunos sectores religiosos de la época, los restos de Maldonado yacen en el Cementerio Municipal de Gualaquiza, después de ser repatriados desde España por el Gobierno de la Provincia de Morona Santiago. Así, la pareja fue separada póstuma y definitivamente, en junio de mil novecientos noventa y siete, y sus bibliotecas fueron divididas entre Ecuador, España, Estados Unidos y Holanda. En la actualidad, el Instituto Guttbrieg ofrece siete prestigiosas becas para continuar los avances en la investigación iniciada por Maldonado y es ejemplo de los prestigiosos patrocinadores de este museo.

Ahora, si son tan amables, sigamos por este pasillo, por favor. Continúen la fila. Muchas gracias. Esta siguiente exposición es una de las más visitadas. Contiene uno de los bienes más preciados y mejor resguardados del museo, como pueden darse cuenta. No se sientan intimidados por la seriedad de los guardias. Les aseguro que sólo están aquí para protegernos y proteger la colección de estatuas del Panteón Húngaro, que data del siglo X, en la etapa de Árpád y la dinastía de Esteban I, justo antes de que el país se convierta al cristianismo. El conocido patriotismo del fundador de Hungría fue tan sólo el marco de lo acontecido dentro de una villa al este del condado de Nógrád. En una sublevación popular, los habitantes de la villa dieron caza a todo aquel que tenía una posición de poder sobre otro. Después de dictarles las proclamas de todo el pueblo en voz alta, fueron amarrados y convertidos en estatuas vivas mientras una mezcla parecida al cemento, pero a base de leña y ceniza, entraba por sus bocas y narices hasta matarlos. Al secarse, la mezcla permitía remover la carne putrefacta de lo que ahora era una extraña formación parecida a un coral, pero con una base achatada.

Podemos ver algunos de los instrumentos que usaron los pobladores en esta repisa. Han sido restaurados, pero algunas partes, como el mango de madera, son todavía muy frágiles. Tan sólo tres de los cuchillos, que perdieron sus mangos y fueron prácticamente reconstruidos, pueden ser manipulados por el público. Si alguno de ustedes desea tomarse una fotografía sosteniendo uno, mi compañero Estuardo tomará sus datos y le dará la forma de cesión de derechos y responsabilidades.

Como les decía, los artesanos del lugar colocaron las estatuas completamente limpias dentro del bosque y guardaron el recordatorio secreto de lo que había sucedido, tratando al bosque como tierra sagrada. Los pobladores de la villa los usaban como altares y los cubrían de ofrendas. Cada año, rezaban como parte de un cuidadoso sistema de deidades y prácticas religiosas del que no hubo registros sino hasta después de que el pueblo desapareció. Cientos de años después, la Historía nos permitió conocer lo que fue llamado Nagy Magyar Pantheon o “El Gran Panteón Húngaro”, gracias a varias excavaciones llevadas a cabo en territorios a la baja.

El paso de las lluvias y la vegetación no ha hecho tanta mella como las guerras de expansión en estas estatuas. El detalle es exquisito. Estas pocas figuras han sobrevivido saqueos, maldiciones, subastas y traslados. Han sido parte de colecciones privadas, piezas del mercado negro, objetos de estudio, instrumentos rituales, adornos en palacios y mansiones. Muchas todavía siguen perdidas; otras, de seguro han sido destruidas en arrebatos de poder y resentimiento. Países enteros han visto su existencia, imperios cayeron, renacieron, empezaron a existir bajo el peso que las estatuas le suman al mundo. Sus surcos labrados por lo que el hombre cosechó de sí mismo son amplificados en tiempo real por estas pantallas en la esquina superior derecha de los vidrios. Si desean, pueden manipular ordenadamente el ángulo y acercar o alejar la imagen.

La tecnología nos permite imaginar cómo hemos aprendido de nuestra propia especie. Estos artefactos han sido suelo para pequeñas civilizaciones y espejo de lo que nos mira desde adentro.

Con esta pequeña reflexión, me despido. Mi nombre es José Gamboa y ha sido un placer ser su guía esta mañana. Que esta sea la antesala de su visita a nuestro museo: las salas están abiertas al público y, con su boleto, pueden entrar a las que están señaladas con este logotipo. La fundación Eje Transversal y el todos en el Museo de Artes, Ciencias y Cultura agradecemos su gentileza al elegirnos, tanto para su entretenimiento como para su educación.

Buenos días.


Martín Torres. (Quito, 1991). Músico, escritor e investigador. Licenciado en Comunicación por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y Maestro en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana de México. Ha publicado El síndrome de mi entropía (2010) y Ciudad de concreto (2015) con editorial El Conejo. Ganador del XX Concurso Nacional de Literatura Luis Félix López, género Cuento, con Pequeña enciclopedia de seres incompletos (2019). Ha participado en varias antologías como El despertar de la Hydra (2017) y Ritornello Vol. 1 (2019); Miembro de La Cofradía.


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3mxcIGS

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