La playa de los Kappas | Sergio Fernández Mateo

Por Sergio Fernández Mateo

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde España)

Alpha Centauri se ha convertido en uno de los lugares con mayor afluencia turística en los últimos años por varios motivos. Uno de ellos es su cercanía a la Tierra, a tan solo 4,3 años luz, que permite la llegada continuada de los habitantes provenientes de los planetas más sobrepoblados.

Otra de las ventajas es la escasez de planetas nativos del sistema debido a que el único es un exoplaneta llamado Próxima B permitiendo así la creación de planetas artificiales sin demasiadas complicaciones vecinales. Es verdad que se valoró la demolición del único planeta nativo pero las autoridades pertinentes no lo vieron correcto ya que existe vida celular sin desarrollar. Los más cínicos creen que se podría estar usando el planeta como basurero clandestino con el fin de extinguir cualquier vida en ella y así poder facilitar la creación de un nuevo planeta en su lugar con las medidas y características deseadas.

En ese sistema hay un planeta que alberga al laboratorio de ingeniería genética más puntero del lugar y uno de sus proyectos fue el de crear representaciones vivientes de animales mitológicos con el fin de conseguir mayor atención y público. Por desgracia, en la mayoría de los casos los resultados fueron más lentos o insignificantes de lo esperado ya que, entre otros, los grifos acabaron siendo águilas de tamaño medio, pero con cuatro patas en vez de dos, las sirenas resultaron inviables a pesar de los múltiples intentos y la estrella eran los Pegasos que, aunque tenían alas no las podían usar para volar por evidentes motivos de aerodinámica.

Las creaciones de este esperpéntico lugar no atraían demasiada atención por la impresión que generaba verlas a causa de que algunos de ellos conseguían el aspecto, pero al coste de una vida digna por enfermedades genéticas horripilantes que llegaban a dejarlos impedidos o con grandes bultos a lo largo de su cuerpo en alguno de los casos.

Uno de esos lugares asemejaba ser un mar enorme repleto de islas de diferentes tamaños, palmeras y aguas cristalinas habitadas por unos niños verdes y rugosos, su piel escamosa colgaba de ellos formando surcos, su caparazón era pequeño hasta el punto en el que solo era una protección para sus espaldas y nada más; y su cabeza, adornada por un manto de pelusa, estaba deformada en la coronilla donde su cráneo se hundía dejando ahí un hueco característico que resultaba muy repulsivo para la mayoría de los humanos. Eran 5 los pequeños duendes tortuga que vivían en ese lugar: Kogo, Dangame, Enko, Kawaso y Suitengu, siendo esta última la única hembra del grupo.

Habían pasado diez años de su nacimiento y habían tenido un desarrollo fuera de lo esperado llegando a hablar, andar, nadar, bucear y relacionarse entre ellos y con los humanos sin problemas visibles. Estaban frente a algo inusual, el resto de los seres tenían que ser renovados conforme unos morían ya que apenas conseguían que se relacionaran entre ellos y ahora tenían a la posible primera especie creada artificialmente que parecía funcional y con la capacidad de interactuar con humanos y entre ellos.

Esta habilidad fue descubierta de improvisto cuando uno de los cuidadores afirmó oír protopalabras de uno de ellos cuando aún eran tan solo unos bebés y Emma, la investigadora jefa, tomó la decisión de que respecto al desarrollo verbal se les trataría como a un niño promedio esperando unos resultados que llegaron a pesar de lo que se apostaban entre el resto de los responsables del proyecto.

Este proyecto fue la comidilla de los especialistas en biología, genética y cualquier ciencia próxima a estas durante los siguientes años. Las visitas eran constantes incluso de pedagogos y logopedas interesados en el avance de sus habilidades sociales y del habla cumpliendo regularmente con los niveles medios para niños de su edad. Este interés se intensificó cuando se acercó la edad en la que surgieron los primeros indicios del celo con la primera menstruación, cambios hormonales y físicos y, por tanto, el comienzo de la primera especie artificial y autónoma.

—Suitengu, eres consciente de lo que va a pasar, ¿verdad?

—Sí, no se preocupe doctora Emma, ya me habéis hablado mucho sobre ello y la verdad que la curiosidad que tengo no es mucha

—No te puedo prometer nada, hay mucha presión externa y aunque yo no quisiera forzarte sería posible que terceros actuaran y eso no creo que mejore las cosas —colocaba su mano en la concha remarcablemente menos abombada que la del resto de sus hermanos—. Tú solo diviértete y recuerda que si nada ocurre ni será tu culpa ni pasará nada, tomáoslo como el primer mes de vacaciones después de tanto tiempo rodeados de tal ajetreo.

—Supongo que puede ser divertido si los chicos quieren jugar en el agua o con la arena —la incomodidad era perenne en su rostro y la inseguridad era la tónica en cada uno de sus gestos.

—Así me gusta y recuerda, tómate las pastillas, come, bebe agua y si sangras no te preocupes, es natural, es lo que solemos hacer las chicas—. La sonrisa no era materna, se asemejaba más a la de un profesor que intenta animar a su alumno a pesar de estar seguro de la estupidez del estudiante.

El plan era bastante sencillo, iban a estimular a las criaturas con hormonas sexuales que previamente habían dado resultados y les harían creer que se encontraban solos en el recinto para generar la sensación de intimidad, aunque ya había instaladas cámaras para registrar y monitorizar cualquier evento que sucediera. La información no sería compartida con los medios hasta que fueran analizada y estudiada al detalle para evitar que los seres se enteraran de ese engaño.

Todo estaba listo, la vigilancia preparada, les habían mostrado de dónde sacar alimento si no eran capaces de cazar ningún pez, las nuevas islas, instaladas con el fin de crear mayor intimidad, y por último cómo avisarles si cualquier cosa ocurría y necesitaban ayuda urgente.

Todo estaba minuciosamente medido para intentar conseguir lo esperado sin tener demasiados imprevistos así que se fueron sin pena ni despedidas dramáticas, innecesarias e incómodas ya que su relación con los animales era bastante distante ejerciendo de sus tutores con el único propósito de que todo funcione sin importar lo que pudiera afectar a los jóvenes kappas.

Los niños estuvieron callados durante un largo rato. En ese rato el tiempo parecía estático y solo las nubes pre renderizadas pasaban por encima de las escasas gamas de colores que se entremezclaban los unos con los otros intentando generar una sensación de realidad que fallaba de manera escandalosa. Nunca habían estado solos y nunca creyeron que eso supondría un beneficio a pesar de las pruebas, del exceso de cuidado que tenían con que no hicieran nada absurdo que les dañara y de lo distantes que eran. A pesar de todo no podían sentirse seguros si ellos no estaban.

Tras el silencio absoluto surgió un chispeo en forma de conversación entre Kawaso y Kogo lo que despertó la curiosidad de los otros tres:

—Por mucho que digas a mí me sigue pareciendo que Emma le pega una paliza a Joseff, aunque sea solo con la mirada haría que saliera corriendo y con motivo.

—Pero vamos a ver Kawaso, hay que estar loco para pensar que Emma puede hacerle nada a Joseff, él con solo dejarse caer encima suya la aplastará.

—Venga ya, como si Emma no pudiera esquivarlo cuando se eche encima, es sentido común- Se levantó muy enérgico de la arena.

—Joseff le hunde la vida a Emma de un puñetazo, no es muy rápida, ya la visteis cuando nadaba con nosotros, pero solo tiene que acertar un golpe, no más y Emma tendría que darle demasiados para poder tumbarlo- Suitengu se inmiscuyó sin avisar.

—Emma no tiene la fuerza, pero es más lista, seguro que si lucharan podría encontrar una manera de tirarlo usando su cabeza—. Dangame lo dejó caer desde el suelo donde estaba acostado.

—¿De verdad estáis peleando por eso? Si tan seguros que estáis por qué no hacéis una competición o algo, yo mientras iré a por algo de comida, paso de esa pelea tan tonta. Ya no somos niños.

Enko tenía razón, ya no eran niños, habían crecido mucho a pesar de los 10 años que tenían y eso comenzaba a crear complicaciones en el grupo debido a que más de una vez habían surgido pensamientos fuera de lugar que contaban a algún experimentador de confianza o se lo guardaban para sí mismos sin mucho éxito a la hora de ocultarlo. Las soluciones nunca eran satisfactorias y abogaban por imágenes mentales, reprimir o incluso algunas pruebas para poder entender qué es lo que realmente les atrae sexualmente. Suitengu era la que más duda dejaba en ese respecto con unos resultados bastante irregulares.

Esas palabras dejaron a todos con los pensamientos duendeando por sus cabezas hasta el punto de que ninguno de ellos quería seguir discutiendo, ni siquiera hablar. Volvieron al silencio, pero esta vez con un sabor diferente. Ninguno quería saber de ninguno ya que el que todos estuvieran ahí era lo que traía los problemas. Si solo estuviera uno no pasaría nada. Si Suitengu no estuviera no pasaría nada.

Durante horas se quedaron en ese ambiente espeso y pesado fingiendo estar solos, pero en sus mentes la bola de ansiedad crecía más y más hasta empezar a ser molesto. Nunca nada les había hecho sentir así y sus pequeñas mentes no eran del todo conscientes del porqué de toda esa presión.

Enko había sido el primero en irse, sumergiéndose en el agua y dirigiéndose hacia una de las islas de nueva fabricación. Toda la tensión que había se focalizó en el que se había marchado. Los insultos y maldiciones volaron de las bocas de los chicos rompiendo el silencio tras tanto tiempo. Solo Suitengu se mantuvo callada atónita ante la revuelta que preparaban contra el desertor. Lo más probable es que solo fueran palabras vacías pintadas con un rencor y un odio inexistente e incoloro, pero, de igual manera, doloroso para una Suitengu que ya no sentía la poca comodidad restante del ambiente, no solo con los demás, sino que también consigo misma. La inseguridad trajo el miedo, y este al pánico haciéndola correr hacia el agua en busca de algún otro sitio donde estar.

Debajo del agua Suitengu no podía ver más que oscuridad, apenas un poco de luz llegaba a sus ojos a causa de la densa capa de agua que se encontraba encima suya. El rocoso fondo era imposible de ver, aunque la distancia no era mayor de 2 metros y las pequeñas algas, hojas y diversos restos de fauna y flora de pequeño tamaño creaban una idílica escena en la que un brillo relativamente claro era machado por miles de puntos negros enanos e impedían aún más la visión del fondo. En busca de atisbar algo sacó la cabeza la chiquilla y, a lo lejos, vio una silueta de uno de sus hermanos de pie en una isla mirando al cielo de hormigón, pintura y final, algo que le resultaba muy inquietante a Enko. Tantas veces le habían hablado de lo minúsculo que era ese sitio en el que ellos vivían en comparación con todos los otros lugares de los que venían periodistas, científicos y curiosos. Si tan grande era el universo ¿por qué debería estar ahí? Estaba cansado de ver tanta agua y la poca tierra que había eran unas colinas que sobresalen del agua y las adornaban el único tipo de planta que había visto y le comenzaba a parecer que las palmeras eran insípidas e inútiles. Miraba a su alrededor y no entendía, solo quería solo quería salir, no le importaba entender.

Suitengu se encontraba a escasos metros de la isla y veía a Enko mirar al cielo constantemente. Quería preguntar, pero la vergüenza la poseía por completo al verle erguido frente a la luna que le parecía brillar más que antes y el escaso pelo de sus brazos y piernas le hacía lucir más atractivo que los demás chicos, apenas tenían unos pocos sueltos, pero a eso nadie le había dado importancia hasta que ella puso su mirada en la silueta de su hermano en aquella isla. Ahora hasta le parecían bochornosos sus senos de pequeño tamaño, pero, en un intento de taparse, movió de más el agua de esa enorme piscina de constante calma atrayendo la atención de Enko. Un sofoco que recorrió todo el cuerpo de la kappa y se sumergió enseguida por miedo a ser descubierta. Sin embargo, no consiguió pasar desapercibida. El joven comenzó poco a poco a acercarse hacia el falso mar hasta meterse dentro de él. La hembra comenzó a sentirse más ruborizada al sentir el movimiento del agua que era el anticipo de lo que iba a suceder.

Dangame, Kogo y Kawaso llevaban demasiado tiempo solos sin tener ninguna señal por parte de ninguno de sus otros hermanos, demasiado para no haber encontrado aún nada de comer que no fueran los pepinos que guardaban en sus reservas, y la preocupación comenzaba a ser compartida entre los niños tortuga.

—No se habrán perdido, ¿verdad? Esta noche la luna brilla menos de lo normal y no me extrañaría que se perdieran, poco se ve bajo el agua en un día como hoy, sería lo normal después de tomar una decisión tan tonta.

—La verdad que no sé en qué estaban pensando, ni al tonto de Kogo se le ocurriría algo así de estúpido.

—Ni siquiera he abierto la boca ahora Kawaso, ¿de verdad era necesario insultarme así y ahora? Espero que ellos hayan dado el paso, así estarían contentos todos, incluso Emma.

—¿De verdad crees que sería bueno para todos? Puede que nos consideren inútiles si no hacemos nada, puede que nos quieran encerrar para dejarlos a ellos dos solos para que hagan todos los hijos que puedan.

—A ver Dangame, me parece que estás siendo dramático, no veo motivos por los que decidieran hacernos eso.

—Creo que puede tener razón. Si funciona podrían tener a muchos como nosotros. Si eso ocurre puede que no nos encierren, sino que nos maten para no gastar el dinero en nosotros. Ya han hablado varias veces de lo caro que es mantenernos y lo importante que sería el dinero que les darían por unos cuantos bebés.

—Pero ¿cómo van a saber si es nuestro o de él, Kogo?

—Escuche a Joseff y Emma hablar sobre las cámaras que habían estado poniendo por todos lados. Las obras no eran para poner nuevas islas sino para vigilarnos.

—Kawaso, Kogo, creo que deberíamos hacer algo y a ser posible ya.

Los tres kappas se lanzaron rápidamente hacia el agua en busca de sus hermanos con el objetivo de ser lo más útiles posible para sus criadores.

Suitengu no se movía del sitio mientras las ondas del agua se intensificaban conforme Enko se quedaba más y más cerca. Llegó el momento en el que comenzaron a ver sus siluetas entre las densas capas de agua. La mano de Enko se acercó a la cara de la joven. La excitación de ella llegó hasta el punto más álgido que nunca había sentido, era la primera vez que ambos se encontraban hacia una experiencia de corte erótico y era demasiado difícil de gestionar. En la cabeza de ella pasaban las innumerables charlas sobre cómo debería ser, y lo más importante, los resultados que debía dar. Horas de teoría, prácticas y experimentos que le generaban miedo y desconfianza de que fuera peor de lo que le dijeron. Sabía que no le serían totalmente honestos para poder sacarlos resultados que querían y los experimentos anteriores eran un reflejo de ello, llegándole a rasgar trozos de piel, testear sus resistencias hacia los diferentes elementos hasta el punto de pasar semanas en cuidados intensivos, o introducirle aparatos por cualquier orificio que encontraban en búsqueda de algo que a ella nunca le explicaron. Su cabeza comenzaba a ser un detrimento para que la relación continuara, pero, cuando Enko se llegó a acercar aún más, se le olvidó cualquier duda o temor. La presencia de su hermano sujetándole la cadera con una mano y acariciando su rostro con la otra le hacía sentir segura por la confianza que desprendía. Él sabía lo que tenía que hacer. La posibilidad de que no funcionara era, aunque poca, considerable, pero las palabras de Joseff eran un peso para él. En una de sus largas conversaciones con él, el robusto doctor le contó lo fácil que sería que ellos murieran siendo los últimos de su especie y que eso podría ser un problema para ellos debido a el dinero que habían invertido y solo lo recuperarían si cumplían lo que le pedían las organizaciones a cambio de subvenciones y posibles premios monetarios. Joseff era el único que le hablaba como si fuera un adulto, nunca parecía que quisiera ocultar nada, pero eso le trajo más de un problema con Emma por contar cosas que ellos no deberían saber que, por lo general, eran noticias que salían o teorías sobre ellos que podrían ser extrañas para un kappa de inteligencia igual a la de un niño de 15 año.

Se encontraban todos los biólogos, zoólogos y variados científicos mirando a una enorme pantalla en la que se veía cómo los dos animales se comenzaban a juntar cada vez más. La perspectiva no permitía gran visión ya que, como la cámara se encontraba en lo alto de una palmera, solo podían ver cómo uno se movía encima del otro de una manera torpe.

Al principio, aunque escépticos la mayoría de ellos se encontraban expectantes, deseando que ocurriera algo en una sala llena de guirnaldas y una mesa de copiosa comida, esperando al grandioso momento en el que pudieran considerar que sus carreras ascenderían camino a un puesto fijo en una universidad, en un laboratorio privado como investigador jefe o incluso, en el caso de los más modestos y de menor rango, poder ser ellos quienes lideraran las investigaciones. Cuando se percataron de lo que estaba sucediendo dejaron de prestar mucha atención al televisor y comenzaron a abrir botellas de champán, lanzando confeti, gritos de alegría, risas de la emoción y un apasionado beso entre Emma y Joseff que sorprendió a los presentes e incluso a ellos mismos, sin separarse aún así ni un momento.

Los tres, que se encontraban nadando sigilosamente por el agua en busca de uno de sus hermanos al menos, llegaron a una de las islas que hay aleatoriamente esparcidas por su falso mar y cuando subieron se oyeron unos chapoteos y unos extraños gimoteos que se intentaban reprimir:

—Parece que no nos equivocábamos, y parece que aún llegamos a tiempo.

—Dangame, tú eras el que tenía la idea de venir aquí, ahora no estés simplemente callado, por bocazas ahora te toca hacer algo.

—A mí no me miréis, yo solo he pensado que esto no debe ser bueno para nosotros, pero eso no me hace tener un plan, pensadlo vosotros.

—Pero a ver, Kogo, Dangame ¿cuál es nuestra finalidad? ¿Queremos simplemente que él no llegue a hacer nada?

—No, entonces puede que piensen que no lo vamos a hacer y nos acaben haciendo lo mismo que si no lo hubiéramos hecho ninguno de nosotros, pero sí Enko. Creo que él se merece un castigo por intentar hacernos esto, ha hecho trampa, seguro que sabía lo que podía pasar y eso no lo podemos permitir, tenemos que enseñarle quién no debe hacer malas cosas sin avisar, yo iré por detrás de él, vosotros agarráis a Suitengu y podéis empezar en el turno que queráis, pero aseguraos de que os la lleváis de ahí. Hagámoslo bien, Kawaso y Kogo.

Suitengu se sentía extraña, aunque resultaba excelsamente placentero no dejaba de pensar que realmente no era eso lo que ella quería. Si por ella fuera quién estaría siendo su compañero ahora mismo sería Joseff. Desde hacía años que ella le contemplaba desde lejos como si fuera una entidad todopoderosa. Aunque es verdad que ella creía que Enko era atractivo no podía pensar que la barba del científico hacía que los tres pelos del niño tortuga fueran hasta ridículos. Nunca había visto a su hermano así ya que hasta ahora solo se había imaginado al robusto hombre. El recuerdo de andar escondida entre las rocas viendo como él daba paseos por la playa o bañándose probando por primera vez el placer de uno mismo que se convertiría en algo recurrente en los siguientes meses de su vida. La pequeña joven verdosa, mientras sus pechos se movían entre el agua, su escamosa piel se rozaba con la de su hermano y notaba cada impacto repetido, pensaba lo feliz que haría eso a Joseff y que al final merecerá la pena aunque fuera un poco, porque sabía que sería la única manera que podía hacerle feliz.

La monotonía de la inexperiencia fue interrumpida cuando la mando de Dangame penetró el ano de Enko y en su interior rasgó y agarró todo lo que pudo sacando al instante su puño y afiladas garras envueltos en sangre y trozos de próstata, intestinos y grasa. Enko se quedó parapléjico mirando fijamente a los ojos a Suitengu pero rápidamente se giró golpeándole con el puño en la cabeza, abalanzándose hacia Dangame, sin ser nada cuidadoso con la chica que recibió un puñetazo accidental en la cabeza dejándola algo mareada. Aprovechando la situación Kawaso y Kogo agarraron a su hermana y bajo el agua la llevaron al otro lado de la pequeña isla.

Dangame se encontraba inmovilizado. Enko tiraba de su brazo hacia abajo y el dolor comenzaba a ser insoportable. Intentando zafarse de su hermano comenzó a golpearle en la cara, pero el único resultado fue que le arrastraran hacia el fondo seguidos por más sangre y vísceras que no cesaban de salir de su interior. Ya en el suelo Enko apoyó su pie en el pecho del agresor y comenzó a tirar del brazo desgarrando las tendones y músculos muy poco a poco desesperando a Dangame que se limitaba a moverse, gritar y arañar las piernas de Enko. Este proceso comenzaba a hacerse demasiado largo y enérgico para ambos y habían gastado gran parte del oxígeno que podían almacenar. Enko se apresuró y colocó uno de sus pies en el suelo y el otro en el brazo de Dangame e hizo todo lo que pudo para arrancar el brazo de una vez por todas. Cuando se comenzó a desgarrar el tejido lo suficiente para ver los huesos, cartílagos y ligamentos la falta de sangre comenzó a afectar a Enko llevándole al último esfuerzo, con un tirón con todo lo que le quedaba arrancándole los dos brazos de cuajo a causa del peso que dejaba sobre el otro miembro. En sus últimos segundos se tragó el agua mezclada con sangre que flotaba en el ambiente dejándose morir lentamente por la falta de oxígeno y por toda la sangre que había perdido.

Sus ojos nerviosos con mirada preocupada y esquiva era lo único con lo que Suitengu mostraba señales de vida. Sus hermanos ni siquiera se molestaron en ver cómo se encontraba, solo se dedicaron a moverla de un lado para otro, levantando y bajando sus brazos, piernas y cabeza para acomodarla a su violación en la que ambos iban rotando de manera irregular con la intención clara de asegurarse que la chica acabara embarazada. La inseguridad les comía hasta el punto de que llegaron a eyacular más de tres veces cada uno.

Sabían lo que había pasado al otro lado, lo habían escuchado todo. Lo que el miedo a morir les trajo fue la pérdida de dos de sus hermanos y a una hermana catatónica a causa de su abuso. Nada había salido bien. Ya no era un juego. Ahora tenían que asegurarse de que ella viviera y en un futuro diera a luz sino todo hubiera sido solo una idiotez que habría traído más problemas de los que podían asumir. Puede que si hubiera un hijo no les preocupara tanto.

En una playa de una pequeña isla flotaban dos cadáveres, una chica se encontraba acostada en la arena y dos kappas miraban desde lejos toda la escena aterrorizados. Una cámara que captaba todo, pero nadie lo revisaba. Todo el mundo que se encontraba al otro lado del monitor tenía la cabeza en un éxito fundamentado en esperanzas y una alegría por una mejor vida que les envolvía en una burbuja de la que pronto tendrían que salir.

Suitengu en la arena, malherida, torturada y mancillada, comenzó a entender la relación distante y fría de todos los humanos con ellos: las palabras despectivas para referirse a ellos, la educación centrada en el espectáculo más en qué quieren en realidad, la imposibilidad de salir de un sitio monótono y aburrido. Todo eso les hacía insignificantes a sus ojos. Así no los veían como iguales, aunque habían demostrado ser tan inteligentes como ellos, y por eso no les importaba que acabara así mientras cumpliera su deber. Un deber que le imponen por un bien mayor del que siempre le hablan, pero nadie le ha explicado nunca. Y nunca querrá saberlo.


Sergio Fernández Mateo, español, estudia logopedia.


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3mAnmMR

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