Cincuenta sombras de un escritor | Abdón Ubidia

Por Abdón Ubidia

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

1. El escritor solo debe obedecer a su propio animal poético. Busca el tuyo. Indaga hasta en lo más estúpido de tu corazón.

2. Un escritor es un artista. Es decir que debe cumplir ciertas condiciones. Tener: 1) Gusto; 2) Don (o habilidad); 3) Oficio (conocimiento o aprendizaje); 4) Emoción; y 5) Pasión. Si no las tienes, debes trabajar en ellas. Pero es bueno recordar que, si careces de oído musical, no intentes ser músico.

3. Lo más auténtico tuyo es tu gusto. Colores, sabores, aromas, sonidos, formas, estilos, conformarán tu Gusto, así con mayúscula. Pero el Gusto implica también Disgustos.

4. Si algo te suena mal en tu escrito, otro percibirá con fuerza esa disonancia.

5. Confía en el Dios de la sintaxis. Oye su música. Las oraciones conllevan una razón lógica que puedes alterar cuidando de no perder esa lógica. No importa cómo empieces o termines una oración. Ella buscará su estructura necesaria. Las palabras se eslabonan solas si te dejas llevar correctamente por su necesidad de incluir, por caso, verbos, sustantivos, adjetivos, etc., no importa cuán larga sea la oración.

6. No escribas. Reescribe. Y desescribe. Añade lo necesario y quita lo repetitivo e inútil.

7. Reescribir es el arte de encontrar sustituciones: un adjetivo por otro, una oración por otra.

8. Siempre tu inteligencia de lector y tu inteligencia de escritor serán menores que “la inteligencia” que reclama tu obra. Ella exige una “forma óptima” de expresión. Lee y relee, escribe y reescribe tu texto.

9. Si tu camino es errado, prosigue tu camino. Los grandes textos se han hecho en el afán de explicar lo inexplicable.

10. En la escritura, el error más frecuente: creer que una misma idea son dos distintas. Es la fuente de redundancias y repeticiones.

11. Otro error frecuente: creer que dos ideas distintas son una sola. Es la fuente de contradicciones, absurdos, y atolladeros.

12. No escuches ningún consejo. Ni siquiera este. La literatura, como el amor, como el odio, como el deseo, como la vida, es intransferible.

13. Lo único que puedes pedirme como escritor es que te cuente (con metáforas o sin ellas) mis más profundas experiencias vitales.

14. No creas en los decálogos de los escritores célebres: son válidos solo para ellos. “La dama del perrito” de Chejov, por caso, no tiene un final sorpresivo ni impactante, como prescriben algunos cuentistas.

15. Todos los grandes escritores fueron grandes lectores. Los libros engendran libros.

16. Los grandes escritores han cuidado un gran capital: su memoria.

17. Si no tienes una memoria fotográfica que registre todos tus recuerdos, no desperdicies ninguna nota, aunque fuera escrita en una servilleta.

18. Lleva siempre contigo una pequeña libreta. Si se te ocurre una idea, anótala en ese instante. La memoria es función de las emociones. Si no la escribes, podrás recordar la idea, pero no la emoción desde la que nació esa idea. Como todo arte, la literatura es el lenguaje de las emociones.

19. Si no alcanzaste a anotarla quizá no importe. Si la idea y la emoción son fuertes, volverán.

20. Usa tu cajón de sastre. Un texto que comenzó con fuerza, y lo guardaste, esperará en silencio quizá una década para renacer con la misma fuerza y obligarte a terminarlo.

21. Codéate con los grandes. Tolstói, Dostoievski, Kafka, Proust, Faulkner, Hemingway, Yourcenar, Borges, Rulfo, etc. Todos te enseñarán algo.

22. La literatura te da una razón para vivir: lo supieron Cervantes, Sartre, Camus, García Márquez.

23. Pero también una razón para morir. Lo supieron Poe, Dylan Thomas, Céline, Virginia Woolf, Bukowski.

24. Busca la perfección. Difícilmente, la encontrarás. No te desesperes. Otros la han logrado. Borges decía que una larga paciencia puede simular el genio. Si un escritor como Flaubert, fue capaz de demorarse en una sola página hasta un mes, pues no tienes derecho de ahorrarte los duros trabajos que te demanden el lograr “la forma óptima” de una obra.

25. “La forma óptima”. Todo arte es equivalente. Música, plástica o literatura. Pensemos en una escultura. Al creador le quedan dos caminos. Hacerla desde la nada e ir agregando arcilla sobre arcilla hasta alcanzar la forma buscada, soñada, la “forma óptima” que puede lograr. O hacerla desde el todo, desde el gran trozo de mármol e ir devastándolo, cincelada a cincelada, igual, en pos de encontrar esa “forma óptima” que anida dentro de él.

26. Nada mata al escritor dijo García Márquez. Es verdad. Si recuerdo que Faulkner escribió en un prostíbulo y Cervantes, Sade y Genet, en prisión, y Dostoievski en una buhardilla, y Kafka, por las noches, luego diez horas de cumplir un trabajo que odiaba, no tengo derecho a exigir ninguna condición especial para ejercer mi oficio de escritor.

27. Oí a Jorge Icaza decir que la literatura es una pugna entre ética y estética. Así es. Cuando Edipo mata a su padre, se casa con su madre y se arranca los ojos para no ver ese horror, y cuando Medea mata a sus hijos para vengarse de su traicionero esposo, y mil ejemplos más, uno comprende que el sueño de la estética es la destrucción de la ética.

28. Solo pregunta a tu corazón, cuál es tu tristeza. Escribe sobre ella. Y pregunta a tu corazón: cuál es tu inquietud. Y escribe sobre ella. Y pregunta a tu corazón cuál es tu deseo inconfesable. Y escribe sobre él.

29. Hay autores grandiosos que te invitan a copiarlos. No lo hagas. Se notará tu fraude. Escribe lo que puedas. Con tu voz. Que te reconozcan por ella, aunque sea débil. Tampoco atiendas a la moda. Nunca abandones tus temas, tu espacio, tu estilo. No hay nada más triste que ver a un escritor que ya ha logrado lo suyo, cuando trata de inmiscuirse en una temática que le es ajena, solo por ponerse al día.

30. Si quieres solo exponer tu posición política o ideológica, haz un artículo o un ensayo valiente y claro. O, si puedes, una obra de genio como las de Brecht. Quiero decir que no escribas nunca una pobre literatura de cartel.

31. «Tomo mi desayuno de angustia». La frase es de Henrich Boll. Cuando despiertas, en el amanecer, despiertan también tus fantasmas. Preocupaciones grandes y pequeñas. Pero acuciantes. Son los dolores pendientes de la vida los que atacan con saña. Para conjurarlos, no hay nada mejor que ponerte escribir, continuar con tu texto en curso, anotar uno nuevo; así la angustia se transforma en alivio o terapia y, muchas veces, en placer. Por suerte el sueño ha reparado tu cerebro y la lucidez viene también con el despertar.

32. No temas al insomnio. Míralo como un regalo no pedido que te da la vida: un tiempo libre que puedes aprovechar pensando en tus escritos o mejor escribiéndolos. Es tal caso, procura sí ─y el consejo es de Hemingway─ dejar algo pendiente para el nuevo día.

33. Nulla dies sine línea. Ningún día sin una línea, decían los latinos. Es una máxima sabia. Cuando la practicas, tienes la dulce sensación de que tus escritos avanzan solos.

34. La procrastinación. Es el mayor peligro para el creador. Es la pereza de hacer lo que tienes que hacer, la neurosis perfecta: postergar un texto, a veces es matarlo. El remedio es fácil. No huyas. Quédate, a la fuerza, unos minutos, enfrentando tu trabajo, sus problemas y dudas. Así tú desgano se irá.

35. No temas a la página en blanco. Mírala como una invitación. Acéptala. Siempre tendrás muchas cosas que decir. Y puedes ayudarte con recursos como el de la escritura automática.

36. La escritura automática. La inventó André Breton. Es una práctica surrealista. Consiste en escribir si ningún plan lo que te venga a la cabeza, de modo que tu inconsciente se manifieste con entera libertad y sin presiones. Pero podemos alterar su receta: porque una pequeña presión si ayuda. Y una frase de arranque también. A lo largo de los años, yo he propuesto, a los miembros de los talleres de escritura, textos que partan de una frase escogida al azar: “Hoy he pensado que…”, por ejemplo. El ejercicio consiste en escribir, sin parar, y sin atender a ortografía ni sintaxis, y dejando un espacio para la palabra que no se nos ocurre en ese momento, hasta que luego de cinco o quince minutos, ya tienes un texto que, casi siempre nos sorprende por su coherencia. Entonces recordamos la máxima de Lacan: El inconsciente se estructura como un lenguaje.

37. La heurística. Es la vieja sabiduría de los griegos que los rusos como V. N. Pushkin, dos mil cuatrocientos años después, convirtieron en “la ciencia del pensamiento creador”. Consiste en aceptar que tu inconsciente nunca descansa: cuando un problema de física, matemáticas, de ajedrez, artístico o literario, te parece difícil o imposible; de pronto –no sabes cómo– llega la solución en el momento o lugar menos pensado; mientras estás paseando o en el cine, o en un estadio. No es por arte de magia, ni por pura intuición que la luz viene a tu cerebro. Sucede que tu inconsciente, sin que lo supieras, siguió trabajando en tu problema y lo resolvió. Pero eso solo ocurrirá si has pasado muchas horas buscando “conscientemente” y, a veces, inútilmente, alguna solución.

38. Hay dos compañías incómodas que tendrás que aceptar: la soledad y la duda. Siempre serán las fieles compañeras inevitables del escritor.

39. Hay una cabeza de narrador y otra de poeta. La una cuenta y la otra canta. Hay grandes novelistas que no escribieron grandes poemas. Y grandes poetas que no lograron escribir una novela que estuviese a su altura. Hay excepciones por supuesto: Hugo y Rilke. Pero son excepciones. Busca tu cabeza.

40. La figura mayor del poeta es la metáfora. La del novelista, la metonimia. Hay textos posmodernos que quieren borrar las fronteras entre los géneros. Todo eso está bien. Pero un autor, siempre sabrá lo que se le viene con mayor facilidad. La metáfora o la metonimia, el poema o el relato, lo discontinuo o lo continuo, la asociación o el discurso.

41. Los novelistas y poetas se encuentran en el cuento. El cuento es el poema del novelista y la novela del poeta.

42. ¿Cuál es tu medida? Balzac hizo 146 novelas y Rulfo dos libros. Faulkner escribía torrencialmente y Hemingway lograba, con mucho trabajo, apenas una página al día. Recuerda a Musset: «Mi vaso es pequeño, pero bebo en mi vaso».

43. La polisemia. Sartre dijo que escribir con menos de cuatro o cinco sentidos, no tiene sentido. Todo texto literario es polisémico. Se presta a varias interpretaciones. Algunas que el autor nunca imaginó. Todas ellas lo enriquecen.

44. En un relato, cuida el piso de verosimilitud. Es el pacto que hacen autor y lector para creer que lo narrado es lo verdadero. Dentro del relato hay reglas de verosimilitud que deben cumplirse. No importa si se trata de un texto fantástico, de ciencia ficción, mágico o realista. En Cien años de soledad, el Padre Nicanor levita cuando toma una taza de chocolate. Eso no puede pasarle al cura de una novela realista como Huasipungo: no sería verosímil. En la novela de García Márquez hay una escena fascinante: cuando liberales y conservadores se están matando, para distraerles, el padre Nicanor se pone a levitar. Ellos no le hacen caso y prosiguen su guerra. El lector esboza una sonrisa: no le sorprende que el padre Levite. Le sorprende que los combatientes no le hagan caso. Es decir, que ha aceptado, hipnóticamente, la verdad narrada, el piso de verosimilitud del realismo mágico. Sé fiel al nivel de realidad que has escogido y no lo rompas. Cada corriente literaria (romanticismo, realismo, realismo social o mágico, etc.) es una matriz de pensamiento, una episteme, e instaura, cada una, su propio piso de verosimilitud.

45. Hay temas de cuentos y temas de novelas. No te equivoques. Puede ocurrir que lo que creíste que era un cuento se alargue tanto que no puedas manejarlo. Quizá estés tratado de escribir una novela y no lo sabes. Tendrás que desarmar tu cuento en unidades de sentido, recortarlo en capítulos. Porque la novela es un mundo abierto y el cuento uno cerrado. La una tiene cabos sueltos (que solo más tarde tendrá que unirlos) y el otro no.

46. Forma y contenido. Los formalistas rusos decían que la forma no es más que la manera de expresar un contenido. El contenido es lo que tienes dentro, la idea, lo que quieres expresar. Solo puedes expresar lo que está entendido y claro, decía Descartes. Así, tu trabajo se vuelve formal. Tienes que lograr la “forma óptima” que lo exprese de la mejor manera posible, para que tú lector lo capte bien. Una perturbación en la forma perturbará el contenido. El lector no tiene como enterarse de tu contenido sino por la forma en la que lo expones. Algo tan humilde como una coma mal puesta puede distorsionar un mensaje: no es lo mismo decir: “Luis come” que “Luis, come”.

47. A un gran escritor lo reconoces por su estilo. Muchos han dicho que un estilo es el resultado de haber vencido ciertas dificultades lingüísticas de los autores. Lo vemos en Borges. En sus tres primeros libros, cuyos ejemplares trató de destruir y esconder, hasta que, de modo póstumo, María Kodama los publicó, vemos a un joven escritor inhábil, pedante, queriendo ser quien luego sería: el maravilloso Borges, dueño de un estilo inconfundible, cuando ya superó las dificultades que asoman en esos tres libros iniciales.

48. Cuando estés muy fatigado, suspende tu trabajo. Descansa o duerme. Aunque puede ocurrir que, en el momento de mayor fatiga, brote una idea buena. Anótala. Que la lucidez sea tu guía con el nuevo amanecer.

49. El escritor es un pensador muy concreto. Lo que el filósofo dice en conceptos abstractos, el escritor lo muestra con ejemplos vívidos, con historias. Por encima de un escritor hay un sistema de pensamiento que lo ampara. Filosófico, religioso o mágico. En Dostoievski y Kafka, está Kierkegaard. En Proust: Bergson. En Borges: Platón y Berkeley. Y en Cortázar: Huizinga. Cuando un escritor no pertenece a una cultura que haya asumido grandes sistemas filosóficos como la europea, busca el apoyo del saber bíblico como los norteamericanos, desde Melville hasta Faulkner. En Latinoamérica, el realismo mágico de Asturias, Rulfo, García Márquez o Jorge Amado solo fue posible gracias a las tradiciones orales de nuestra tierra, un sistema de pensamiento muy rico y complejo. A propósito, el profesor japonés Idetaro Yoshida dijo que, en los países como Japón o los latinoamericanos, que carecen de filosofías muy estructuradas, la literatura es la encargada de expresar nuestro pensamiento.

50. La posverdad. Es la falsa verdad que impera en estos tiempos dominados por la cultura mediática. Fake news, informaciones de los grandes medios de comunicación masiva, publicidad comercial engañosa, redes sociales y trolls, márquetin y encuestas políticas, conforman un mundo en donde la realidad real ha sido reemplazada por una realidad virtual que muestra lo falso o distorsionado como verdadero. Así, la verdad deviene posverdad. Uno podría decir que (más allá de su connotación posmoderna) tal cambio siempre fue privilegio de la literatura. Que ella parte de una realidad real que la cambia en ficción. Es cierto, pero con una gran diferencia. La posverdad conlleva, implícito, un propósito perverso. Está al servicio de una mala fe deliberada hecha para afirmar el statu quo, las falacias del poder político y económico que ahora son los mismos. En cambio, la literatura odia el poder. Lo combate desde la ficción. Desde la creación. Es rebelde y subversiva. Dice lo no dicho. O escondido por el sistema. Entonces lo falso de la ficción, está al servicio de una verdad mayor. De la verdad oculta. La verdad del autor. La verdad del mundo. Es una metáfora de él. La verdad siempre es concreta, decía Brecht. Y Machado: “La verdad es lo que es/ y sigue siendo verdad/ aunque se cuente al revés”.


Abdón Ubidia (Quito, 1944). Es narrador, ensayista, antólogo, investigador y crítico. En la década de los sesenta fue parte del grupo literario Los Tzántzicos; posteriormente fue miembro del consejo editorial de la revista La Bufanda del Sol y en los ochenta dirigió la revista cultural Palabra Suelta. Fue director general de editorial El Conejo. Sus obras han merecido numerosos premios y reconocimientos, como el Premio Nacional José Mejía Lequerica en cuento (1979) y novela (1986), el Premio Joaquín Gallegos Lara (2004), y en el año 2012 fue galardonado con el Premio Nacional Eugenio Espejo por su trayectoria literaria. Su novela Ciudad de invierno supera ya las veintidós ediciones. Algunas de sus obras han sido traducidas al inglés, francés, alemán, ruso, italiano y griego. (Tomado de: https://www.loqueleo.com/ec/autores/abdon-ubidia)


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3FtSVRa

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