Sin nombre | Gabriel Ortiz Armas

Por Gabriel Ortiz Armas

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

No es usual que la nieve caiga donde el cuento pasó

A Lunares, que pidió este cuento hace tiempo

El árbol había crecido durante noventaiocho veranos y ni su sembrador, ni los hijos de este vieron la maravilla de su adultez. Porque los árboles maduran como los hombres deberíamos; lento, bajo lluvia y sol, viento y rayos. Era el día de cambiar, aunque donde se hallaba no pasaban las cuatro estaciones, su naturaleza le obligaba a mudar colores y mudar cabelleras.

Lo castaño de su copa dominaba, pero entre el café del follaje apareció una extraña forma, estaba naciendo una pequeña, indefensa y pálida flor. Distinta a todo lo que el árbol pudiera haber visto en su casi siglo de vida, la flor de albinos pétalos moteada por manchas semejantes a las hojas de la rama; con sus tres capas y las manchas como cráteres lunares le provocaba solo cuestiones al árbol. Él notó que su nuevo broche, insignia de su edad, se tambaleaba en la delgada rama que le había dado a luz. No sabía qué hacer, no le había pasado cosa similar, pero en su interior, desde su raíz hasta cada gota de sabia en sus ramas algo le decía que cuidase a su nueva compañera.

Siguió pues, aquel instinto inexplicable como quien obedece sin cuestiones. Movió influencias en la raíz e hizo que cuatro ramas bien pobladas evitaran que el viento azote sin impedir que no le llegara la luz del astro rey.

La pequeña permanecía cerrada hasta que, de pronto, sin previo aviso, extendió su capullo como quien estira los brazos al despertar y levantándose pronunció apaciblemente:

—Tengo sed —como si se tratase del agonizante Cristo.

El árbol sin pensarlo le pidió a una rana que fuera por un poco y se la diera, pues enviar agua desde la raíz tardaría mucho tiempo; la rana aceptó a cambio de un espacio para vivir en su tronco.

La pequeña con voz delicada charlaba cada día con el gigante enramado. Este le otorgaba todo cuanto había aprendido y ella cultivaba el arte de escuchar, cuestionar y refutar. Él pedía favores a otros animales a cambio de un espacio para hibernar, todo para el cuidado de la delicada joven que permanecía entre sus ramas.

La alimentó, la abrigó, le enseñó lo que conocía y sobre lo que desconocía. Pero no pudo advertir que una abeja se posara sobre ella y la hiciera sonreír más de lo que él había logrado. Aquella amistad no duró mucho y la abeja no volvió después de un tiempo.

Los días transcurrían con calma y en la noche la Luna se reflejaba en sus pétalos. Un día soleado la joven empezó a cerrarse sin explicación, cayendo en un extraño sueño, antes de adormilarse por completo le susurró a su compañero de charlas:

—Dime tu nombre —antes de que el gigante pudiese decir algo, ella durmió. Su voz se apagó mientras él quedó impávido.

Desde ese día se peguntaba a sí mismo cuál era su nombre, jamás había tenido la necesidad de uno, nunca antes le habían hecho tal pregunta porque nunca antes había charlado tanto. Mientras se preguntaba, el capullo que antes fuese flor permanecía cerrado y el gigante lloraba. ¿Habían visto llorar a un árbol? No hay lágrimas; el llanto, los lamentos y sollozos son un silbido insospechado al oído humano.

Seis días de interminable elegía transcurrieron sin que él cayera en cuenta de que el capullo era ahora una masa fuerte de color verde. Pasaron otras tres noches sin Luna y esa tumba donde yacía el recuerdo de la flor se tornó amarrillo hasta que cayó al suelo, oscuro y húmedo. Desde ese momento le perdió la huella, quién sabe si algún animal extraño se llevó el féretro o si tan solo se fundió en la tierra, pero ni sus hojas bajaron la mirada ni sus raíces la alzaron.

Cincuenta tormentas de invierno transcurrieron, para que, después de una nevada extraña en medio del trópico, el gigante taciturno se diese vuelta y observara que detrás de él se descubría una joven de poblada ramificación, cubierta de blancas flores como la que había visto marcharse hace mucho. De pronto, un vendaval enlazó sus ramas, cruzaron miradas, que nadie sabe dónde se encuentran; y la joven le dijo con una voz tranquila y conocida para el gigante:

—¿Y qué? ¿Me vas a decir tu nombre?

Tras años de haberlo pensado y casi olvidado, respondió con una sonrisa indefinida:

—Albura ¿el tuyo?

—Lunares —respondió, definiendo la sonrisa del gigante.


Gabriel Ortiz (Ecuador) es un joven de 20 años, estudiante de Artes Liberales, con gran gusto por la narrativa corta y la poesía. Es parte del Grupo de Teatro Durión en Ibarra, como técnico en iluminación y actor. Con interés en la fenomenología, la historia del arte y la literatura infantil. En su tiempo libre suele escribir un poco.


Foto portada tomada de: https://bit.ly/2WLEoyA

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