Los actos lúdicos, visionarios, metacognitivos, modélicos y de resonancia lingüística en la lectura | Galo Guerrero-Jiménez

Por Galo Guerrero-Jiménez

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

Introducción

El presente trabajo de reflexión[1] plantea el tema acerca de “Los actos lúdicos, visionarios, metacognitivos, modélicos y de resonancia lingüística en la lectura” a partir de categorías estéticas, axiológicas, antropológico-simbólicas, hermenéuticas y desde la filosofía del lenguaje.

Este trabajo de investigación cualitativo-ensayístico trata de promover la lectura y la escritura en los contextos escolares, académicos, disciplinares y profesionales para propiciar un acceso a la cultura letrada desde los diversos contextos personales en los que cada lector se desenvuelve en su vida cotidiana, de manera que, metacognitivamente, esté en condiciones de entender y valorar la realidad mundana para la proyección de nuevas expresiones personales que estética y axiológicamente pueda asumir en torno a la cultura escrita en el ámbito de su especialidad o de sus gustos personales para leer con la mayor solvencia hermenéutica que le pueda brindar un texto determinado.

En consecuencia, desde el planteamiento temático abordado desde diversas concepciones teóricas de corte humanístico-literario-psicológico-filosófico-antorpológico-neuro-lingüístico, como las que abordan José Antonio Marina, Guardine, Colombero, Bialet, Collins, Adler, Tellez, Reig Viader y otros, queremos destacar que una realidad lectora razonada, emotiva, espiritual, lingüística y estéticamente sentida, participa activamente del condumio de lo vivible desde un conjunto de ideas que se fraguan en el metabolismo mental de cada lector desde la más sana convivencia textual a partir de diversos actos lúdicos, visionarios, modélicos y de resonancia metalingüística que desde la más sentida intensidad lectora los descubre y vive en el presente-histórico de lectoescritura.

El metabolismo mental de nuestra conducta lingüística

Dadas las circunstancias actuales de vida que cada ser humano lleva a cabo en el planeta, bombardeado por una cantidad desmedida de información a través de los medios sociales que en infinidad de redes internáuticas lo atosigan hasta sentirse aturdido para procesar esa información en conocimientos útiles, de manera que sea educativa, axiológica, cultural, política y hermenéuticamente incorporada y procesada analíticamente en su cotidiana existencia, para que sea asumida en la conducta antropológico-ético-cívico-ciudadana de cada individuo, de manera que le sea factible llegar a tener una buena formación lingüística y cultural que, a más de la profesión u ocupación que cada ciudadano ocupa en una comunidad determinada, le permita llegar a tener una buena competencia comunicativa para que asegure éticamente una cultura de la familia, de la educación, de la política y de la comunicación bajo los mejores parámetros que la inteligencia intelectual y, en especial, la inteligencia emotivo-espiritual, le pueda brindar nuevos criterios de conducta que vayan cargados de responsabilidad y de honor al prójimo a través de los hechos y la palabra veraz, oportuna, no calculadora ni embustera, sino fraterna y dispuesta para extender la mano a quien más lo necesita; sabedores de que, allá, afuera, tenemos realidades deplorables, pero también magníficas que nos esperan para aprender a caminar juntos en el ámbito de la gracia, y no de la discordia ni de la falacia que tanto mal nos está haciendo, porque desde ese ámbito no es posible repartir lo mejor de sí que cada ciudadano sí posee cuando se esfuerza por acomodarse lingüística y emotivamente a una realidad más humana, como aquella del amor fraterno y universal.

Pues, una realidad amorosa, es decir, comprometida con lo noble, “nos empuja hacia el gran afuera, amplía el radio de nuestras miradas y de nuestra admiración. El amor nos empuja hacia la otra persona” (Guardine, 2001, p. 67) para brindarle nuestra calidad humana: viva, creadora, decidora, bienhechora y siempre con intención recta, enclavada en lo más profundo de la subjetividad humana en cuya mirada, la misericordia y el compromiso para abolir la violencia en sus múltiples dimensiones es loable para el crecimiento de nuestra voz personal: auténtica y cargada de un lenguaje afectivo en donde se configura la realidad del sujeto que actúa con un metabolismo mental sano, armónico, actuante para el reino de la vida, en vista de que la palabra se vuelve trascendente, penetrante, tanto en el acontecer de lo sagrado, y actuante en el acontecer de lo deplorable.

Por lo tanto, una realidad amorosa lingüísticamente hablando, participa activamente del condumio de lo vivible desde un conjunto de ideas que se fraguan en el metabolismo mental desde la más sana convivencia. En este caso, “el lenguaje nos sirve como índice para emprender investigaciones sobre el Mundo de la vida, es decir, sobre la peculiar manera que tenemos de experimentar, sentir, hablar de la realidad” (Marina, 1999, p. 23) cotidiana y mundana desde la profundidad de nuestros elementos psíquicos que son los que posibilitan una serie de comportamientos lingüísticos y axiológicos que se convierten en determinados tipos de conducta, como aquel de que “una persona mejora realmente la calidad de la propia comunicación solamente bonificando la parte de sus sentimientos. (…). [Pues,] las ideas por sí solas son estériles; para animar necesitan ser animadas por un sentimiento” (Colombero, 1994, p. 90) que nos permita caminar de las palabras al diálogo de lo afectivo y humanamente realizable.

Desde esta perspectiva, “el lenguaje nos instruye sobre el modo de ver la realidad, no sobre la realidad en sí, por eso es más de fiar cuando habla de fenómenos subjetivos que cuando habla de realidades objetivas” (Marina, 1999, p. 23). Por ello, solo desde la calidad de nuestra realidad amorosa será factible que lingüísticamente podamos asumir un compromiso para una “metodología activa, colaborativa, innovadora y actualizada” (Martín Vegas,2009, p. 17) en el diario fragor de nuestra compartencia dialógica para que, en efecto, la palabra hablada, escrita, leída y escuchada sea el acontecer de lo sagrado, es decir, de lo más dignamente vivible. Pues, esta es la mejor manera de expresar nuestra competencia comunicativa.

La metáfora del juego en el ámbito lingüístico

Los juegos son apasionados porque son eso: juegos que alimentan el bienestar del alma y del cuerpo. La acción hecha a través del juego distrae, rejuvenece, oxigena el ambiente y flexibiliza “a la memoria operativa como el núcleo central del sistema de procesamiento de la información” (Téllez, 2004, p. 65) que recibimos a diario desde todos los frentes de nuestra relación socio-educativo-cultural, a la cual la procesamos (a esa información) según sean los intereses formativos para que cognitivamente sea la agilidad de nuestra mente la que construya los respectivos significados que fenomenológica, axiológica y hermenéuticamente dejan una huella de profunda fecundidad lingüística en el proceso de nuestra contextura humana.

La tesis, por lo tanto, consiste en que a nuestra habilidad lingüística la asociemos a los parámetros del juego, es decir, de los actos lúdicos que nos recrean sin ningún prejuicio que no sea el del relajamiento, la concentración, el esfuerzo permanente y la agilidad mental para que, en este caso, el lenguaje se incorpore fluidamente en la razón y en la emoción desde una lectura elásticamente corporal y mentalmente agilitada por la concentración que el cuerpo exige desde todos sus componentes psicosomáticos.

Así sucede, por ejemplo, lingüísticamente, en el acto lúdico de la lectura que, a decir de José Téllez:

“Cuando estamos leyendo, es preciso que nos centremos de manera determinada en diferentes elementos, principalmente a un nivel semántico (…). Debemos ser capaces de prestar atención a aquellas ideas que se están desarrollando, establecer las relaciones necesarias entre ellas, y ser capaces de olvidarnos y aislarnos de información distractora tanto proveniente del texto como de nuestra memoria a largo plazo” (2004, p. 117)

Pues, ese aislarse de información distractora, incluso dentro del texto, es el vivo ejemplo del juego que, para que sea fructífero, eficiente, altamente rendidor, solo se convierte en relajante, cuando nos olvidamos del resto de realidades que en calidad de pensamientos ajenos nos pueden enajenar momentáneamente, porque no nos permiten la concentración en el acto de la realización lúdica, como en este caso, cuando estamos saboreando el placer de leer un texto que sea de nuestro agrado, tal como sucede con el juego que solo lo ejercemos en calidad de actividad, al que en verdad nos gusta y, por ende, al ejercerlo, nos llena con el máximo placer que nuestra sensibilidad corporal y mental es capaz de absorber.

A este placer lúdico se debe, tomando otro ejemplo, el hecho de conversar con tanta amenidad y placidez en un grupo humano cuya amistad es evidente para compartir con el mayor relajamiento que a esas personas les es inherente en ese instante lingüístico de compartir dialógicamente con tal concentración y amenidad que se alejan, aunque sea momentáneamente, de otros asuntos o problemas que traen en mente.

Pues, este relajamiento lúdico es tan vital en el campo de nuestra fluidez mental lingüísticamente hablando, porque

“este proceso continuo de construcción de significados nos debe llegar a considerar que la actividad consciente es una actividad continua, dinámica, que se va actualizando continuamente (…). El contenido de nuestra consciencia, de nuestra memoria operativa, aquella información con la que tratamos, va modificándose, sustituyéndose de manera sorprendente” (Tellez, 2004, p. 116),

puesto que, “todo lo que sucede en el lenguaje tiene un motivo, aunque a veces lejano, oculto o sorprendente” (Marina, 1999, p. 60), tal como sucede con el juego de un ejercicio corporal determinado, que nos relaja y nos hace vivir artística y sorprendentemente; así sucede con el sabroso ejercicio de la lectura que al elevarlo a este relajamiento lúdico, aparecen “ideas que generan libertad, disenso, variedad de criterios, personas pensantes capaces de torcer el fatídico brazo de la desesperanza que emana de la ignorancia” (Bialet, 2018, p. 107).

La intensidad visionaria de un buen lector

Cuando un texto leído nos encuentra inmersos en el cosmos de su naturaleza más sentida, es porque desde el silencio y la concentración más profundos acude a nuestro intelecto una intensidad visionaria tan profunda que es posible la exuberancia creativa para adentrarnos en territorios imaginarios en que lo increíble se vuelve creíble, lo fantástico se vuelve lógico y lo científico se hace real y oportuno para el disfrute de una política y axiología del lenguaje en que la palabra filosofa airosa, abundante, analítica y prolíficamente reflexiva para la adquisición de un significado humano tan propio y exquisito en cada porción de realidad textual que el lector ha sabido crear desde su más genuina condición hermenéutica.

Cuando esta conducta lectora florece desde su más plena autonomía con esa intensidad visionaria tan profunda, es porque se ha generado una espacio espiritual único en cada lector, listo para despejar los embotamientos que obnubilan la voluntad y la agudeza mental de aquel lector poco acucioso que no ha logrado adentrarse en esa porción de realidad textual para pensar desde su única condición de ente leyente, pensante y actuante, como sí lo hace aquel que ha logrado adquirir esa intensidad profundamente visionaria.

Pues, el lector visionario enriquece su propio discurso a partir de los nuevos discursos que encuentra en el texto leído. De ahí la necesidad de que el docente y el padre de familia se conviertan en mediadores, en conductores y guías de sus alumnos e hijos respectivamente, para que puedan generar discursos específicos de acercamiento al texto literario y científico, dos géneros que son los más comunes en el campo de la educación escolarizada. Por ejemplo,

“mediante el diálogo con los niños, los cuentos clásicos pueden llevar a reflexionar acerca de estas y otras interpretaciones del texto. No es desdibujando ni cambiando finales como la literatura contribuye a generar ingeniosas ideas, sino accionando sobre ellas, meditando y debatiendo, opinando y recreando novedosos y contextualizados conceptos, sin miedo a incursionar en temas tabúes -porque de lo contrario, sobre eso, solo sientan opinión la televisión e internet-, acercando otros textos (un buen cuento siempre lleva a otro), acompañando a los chicos en su proceso de construcción como verdaderos lectores-pensadores que enriquecen y se enriquecen, y no como meros reproductores de ideas ajenas”. (Bialet, 2018, p. 113)

Que penosamente se siguen fraguando con toda desfachatez en el campo de la educación básica y secundaria, logrando con ello alumnos apáticos, aburridos y poco pensantes.

Como sabemos, esta dificultad para que el lector logre una auténtica intensidad visionaria a la hora de leer se debe, de entre tantas causas nocivas, al argumento que plantea Rosa Ana Martín Vegas:

“Una dificultad importante en el desarrollo del hábito lector [para lograr esta intensidad visionaria] es la falta de concentración de muchos niños y adolescentes que, acostumbrados a vivir en una sociedad siempre ruidosa que no deja espacio para el pensamiento individual, no logran centrarse en una tarea como la lectura, que requiere tranquilidad y aislamiento. La práctica de leer exige silencio y concentración”. (2009, p. 54)

Por lo tanto, mientras no se logre al menos estos dos motivos, es muy difícil que se desarrolle esta intensidad visionaria.

Y, a esta circunstancia educativa se suma lo que con entereza señala Rafael Flórez Ochoa:

“rara vez el maestro plantea o construye un nuevo concepto a partir de conceptos viejos, y mucho menos genera ideas nuevas para su escuela y el gremio. Ni siquiera se le ocurre que tales ideas nuevas puedan existir, y por eso su mentalidad pedagógica es tan tradicionalista. El maestro ha sido formado como un depósito de datos, como un almacén de información para transmitir desde su memoria, pero sin capacidad de procesamiento ni facilidad de autoprocesamiento ni autocreación”. (2000, p. XVII)

Pues, esta es una realidad tan nociva que dificulta el desarrollo lector para la consecución de una intensidad visionaria en el docente y, por ende, en el educando que al no tener un modelo de referencia lectora ni en el docente ni en el padre de familia, no le interesa leer ni siquiera para comprender, peor para descubrir esta intensidad visionaria profunda, analítica y reflexiva.

Vivir la lectura hacia adentro

Así como el valor supremo de la Navidad es vivirla hacia adentro para que tenga el sentido primigenio de intimidad espiritual, así sucede con la lectura de un texto que el lector debe seleccionarlo con especial cuidado para que nuestro espíritu viaje por todo el universo de nuestra naturaleza humana para que desde el ritmo de nuestra cotidiana existencia nos conduzca a la valoración de la vida desde la meditación y el silencio de las palabras que vibran en la conducta de nuestra idiosincrasia personal si es que, en verdad, queremos que el eco de cada frase, de cada enunciado leído se convierta en el gran gestor espiritual para conseguir, desde lo más profundo de nuestro ser, los logros pragmático-emotivos desde los caminos más loables que axiológicamente conducen al ser humano a la demostración de su más viva experiencia estético-cognitivo-antropológica.

Esta experiencia estético-cognitivo-antropológica que la lectura nos produce cuando la hemos canalizado hacia adentro de nuestro ser, produce una serie de reacciones y de involucramientos personales con la realidad mediata o inmediata del lector que desde su compostura hermenéutica se deja impactar asumiendo conductas muy especiales, como el caso que la escritora argentina Graciela Bialet (2018) comenta sobre la escritora y filósofa francesa Simone de Beauvoir que en la obra literaria Memorias de una joven formal evoca esta reflexión muy hacia adentro: “‘Los libros me tranquilizaban: hablaban y no disimulaban nada; en mi ausencia, callaban; yo los abría y entonces decían exactamente lo que decían’: lo que el lector necesitaba” (p. 119); circunstancia que, por supuesto, solo se da, como en el caso de esta muy bien trazada meditación, si el lector lleva la lectura hacia adentro del corazón con la ayuda de la razón. Por algo, uno de los personajes del novelista checoslovaco Milán Kundera dice: “Allí donde habla el corazón es de mala educación que la razón lo contradiga” (1993, p. 252), con lo cual se corrobora el impacto que denota vivir la lectura hacia adentro.

Por eso, según Bialet, “un libro, en el formato que tenga, no dejará nunca de ser un objeto, si no encuentra a su lector” (2018, p. 119), y este lector solo se encuentra con el texto cuando vive la lectura hacia adentro, es decir, cuando siente el condumio de su más emotiva expresión que vibra en lo más hondo de su entelequia personal. De ahí que,

“lo esencial de un libro, su continente intangible, sigue intacto: un texto, necesitado de un autor que lo elabore y de un lector que lo resignifique, porque ya sabemos que un texto (y más aún, uno polisémico como el literario) es siempre inacabado y solo se completa con los esquemas, las representaciones y los pensamientos del lector”. (Bialet, p. 119)

Desde esta óptica, otro caso de vivir la lectura hacia adentro se da en un fragmento de la novela El fuego y la sombra del escritor ecuatoriano Juan Valdano, cuando uno de sus personajes vive desde adentro de su corazón el fulgor más radiante que siente por la lectura y escritura de su diario personal. El ambiente literario se genera así:

“Estoy solo en el silencio de mi alcoba, tomo mi diario, vuelvo a él con el alma repleta de ansias y de sueños. Lo abro, lo hojeo, recorro sus páginas por las que mis letras corrieron libres, sin traspié ni fatiga, por las que mis palabras midieron, de arriba abajo, la tersa extensión de su blancura y el grato olor de las cosas familiares me acaricia el olfato. Qué bella es una página en blanco presta a ser escrita; es como una mano abierta que invita a viajar por todos los universos posibles, una mano extendida a esa aventura, tan grata a los dioses, de nombrar cada cosa nueva que en nuestro viaje encontramos”. (2012, p. 70)

Pues, sin duda alguna, vivir la lectura desde adentro, es un homenaje estético de felicidad libremente asumido desde el espacio más sentido de nuestra condición metacognitiva.

La construcción mental que la palabra engendra

Son múltiples las vaguedades, las ambigüedades, las malas interpretaciones, las dudas, las manipulaciones e incluso las mentiras y las trampas que genera el lenguaje humano en los individuos que, sea de la condición socio-educativo-cultural y económica que sean, no han podido desarrollar las habilidades de ejercicio humano-creativo-axiológico-antropológico-éticas que la lengua sí proporciona a los ciudadanos que en medio de nuestra cultura globalizada, tecnologizada y virtualizada se esfuerzan y se dedican al estudio personal libremente asumido de la lectura y la escritura, para desarrollar en su consciencia mental todo el potencial humano que la inteligencia lingüística, interpersonal, intrapersonal, emocional y espiritual nos pueden ofrecer para enfrentar nuestra realidad cotidiana de manera que las formas de vida en contacto con el prójimo sean más armónicas, más llevaderas y, ante todo, idóneas para generar ciencia, cultura, arte y humanismo con el entusiasmo y el buen talante que estas disciplinas nos brindan desde la elección de las palabras debidamente acertadas que escogemos para comunicarnos.

Como señala José Antonio Marina,

“la palabra puede convertirse en una letra de cambio, de apariencia inofensiva, pero que puede llevarnos a la quiebra en el momento de su vencimiento. (…) La lengua, advertía, no está completa en ningún sujeto ni en ningún diccionario. No existe perfectamente más que en una masa social”. (1999, pp. 30-31)

Por eso necesitamos estudiar a fondo la disciplina que cada ciudadano, por humilde que sea, ha elegido para vivir y en contacto con la masa social que siempre es diversa, heterogénea, pero de la cual se puede aprender desde el testimonio que dejan los buenos textos de aquellos humanistas y científicos que escriben para que la palabra debidamente leída nos permita comprender la naturaleza de nuestra condición humana y la naturaleza de nuestra realidad mundana.

Desde esta perspectiva, el ente que ejerce la palabra desde el estudio conscientemente asumido está preparado para ejercer un liderazgo socio-educativo-formativo-cultural, porque le es posible expresarse con entereza y con la plena convicción de que esa palabra no quiebra la grandeza de lo humano; más bien la eleva a su más alta dignidad axiológica para que influya y cale profundamente en la conciencia mental de la masa social que individual o colectivamente debe procesarla desde su más profunda concepción ético-estético-hermenéutica.

Así, un estudioso, como el caso del científico y médico genetista Francis S. Collins, tiene la suficiente autoridad académica y moral para aseverar, por ejemplo, que

“El Bin Bang exige una explicación divina. Obliga a la conclusión de que la naturaleza tuvo un inicio definido. No veo cómo la naturaleza se hubiera podido crear a sí misma. Solo una fuerza sobrenatural fuera del espacio y del tiempo podría haberlo hecho”. (2008, p. 77)

O como el caso del filósofo alemán Immanuel Kant que categóricamente afirma: “Dos cosas me llenan de creciente admiración y sobrecogimiento, cuanto con más frecuencia y dedicación reflexiono sobre ellas: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí” (Collins, 2008, p. 67).

Desde luego que, estas porciones de lenguaje certero, ordenado, pulcro, obedecen al estudio profundo de las realidades que cada ente debidamente alfabetizado ha ido creando desde la percepción de procesos mentales muy complejos que, desde el esfuerzo personal y disciplinado, hacen factible la adquisición de una mente consciente para procesar adecuadamente sus experiencias socioculturales y de lenguaje desde el más asiduo diálogo interior, profundamente intra e intersubjetivo, que son los que alimentan a la inteligencia espiritual y lingüística para que la palabra emitida se convierta en un emporio de dignidad y de vitalidad humana.

La lectura como modelo de vida

La vida intelectual y espiritual se fortalece en la medida en que tengamos una influencia externa que nos sirva de modelo para que nuestra morada interior no se derrumbe en el primer impacto nocivo que quiera atropellar nuestra condición humana, la cual debe estar hecha para que la salud, la mente y el espíritu no se deterioren en la superficialidad de nuestras bajas pasiones; por eso, un modelo de vida que en primera instancia son nuestros padres, ciertos docentes, la selección de alguna amistad muy sentida y los cientos y cientos de ideas para aprender a pensar y a ver la vida desde una perspectiva más humana que los textos escritos desde todos los campos del saber le pueden brindar a un lector que se acerca a dialogar con ellos, serán siempre un referente para aprender a realizarnos en la vida.

Por supuesto que, el modelo elegido para que sea modelo de vida debe ser superior a nuestra condición personal, porque nos favorece para fortalecer nuestra idiosincrasia personal desde la mejor expresión de la psicología y filosofía del lenguaje. Y a este modelo solo se lo descubre cuando nos damos cuenta de que nuestra vida interior nos conlleva a

“soportar con firmeza las adversidades en la vida, sabiendo que todo tiene un sentido superior. Ante todo, busquemos el encuentro personal con Dios, [porque es el mejor modelo de vida] quien no solo nos fortalece, sino que, siendo el primer gran innovador, ilumina el camino de nuestros proyectos aun en las condiciones más adversas”. (Buchwald, 2021, p. 6)

A través de la palabra escrita que encontramos en el ámbito de los estudios teológico-bíblico-antropológico-filosóficos que con tanta sabiduría muchas personas iluminadas por la ciencia que cultivan han podido redactar páginas admirables para tomarlas como modelos de vida, porque desde esas palabras tan bien sentidas en lo profundo de la vida intelectual y espiritual de quien las escribió y luego de quien las lee es factible entrar en esa relación íntima de autor-lector para pensar, repensar y reflexionar sobre esas ideas escritas como, por tomar un ejemplo, a propósito del Modelo Absoluto que sostiene Stenger: “Dios debería ser detectable por medios científicos, en virtud del hecho de que todo indica que desempeña un rol tan determinante en la operación del universo y en las vidas de los seres humanos” (2008, p. 15).

Como se puede apreciar, basta un enunciado como el anterior para darnos cuenta que ahí tenemos un modelo de vida, es decir de pensamiento de alguien que sabe lo que dice, así sea para que sea rebatido desde otras ópticas de pensamiento y desde otros modelos de vida que también pueden aportar desde otras perspectivas; solo que, cuando se lee esas ideas, entra en juego la calidad de vida lectora que tengamos frente al texto seleccionado, porque leer, ante todo, no debe ser un asunto pasivo ni aburrido, sino mentalmente activo. “Muy posiblemente sea cierto que se piensa menos cuando uno lee para informarse que cuando uno se empeña en descubrir algo” (Adler, 1983, p. 46) en ese modelo de vida escrita que el lector recibe desde una actitud interior muy especial y muy personal de hermeneuta para inferir lo leído y de poder axiológico-estético que el texto escrito le pueda brindar, como el de pensar y reflexionar al respecto de las ideas leídas cuando estas nos impactan.

Sin embargo, como señala Adler, “pensar es solo una parte de la actividad de aprender. Hay que usar también los propios sentidos y la imaginación. Hay que observar, recordar y construir con la imaginación lo que no puede ser observado” (1983, p. 46) en el texto escrito, de manera que aprendamos a construir nuestro propio modelo de pensamiento y de actuación desde la confianza que en nombre de la creación de la obra escrita podamos asumir porque sentimos indispensable y enriquecedora esa presencia de lenguaje que se fragua en modelo de vida tras cada palabra que el lector procesa como protagonista activo para una representación mental y pragmática del mundo.

La energía mental que produce la abstracción lectora

Toda acción humana que esté encaminada al gozo pleno de nuestros sentidos, siempre y cuando no se vea afectada negativamente la salud mental, física y emotivo-espiritual, es digna de llevarla a cabo como fuente inagotable de deleite, dado que, la persona que así actúa, se reviste de un sano activismo y de una enorme capacidad de energía positiva que le permite emprender en sus quehaceres cotidianos desde el desarrollo pleno de sus inteligencias, en especial la intelectual, la lingüística y la espiritual; de esta forma, genera un ambiente de armonía y de atracción personal para la puesta en ejecución de un conocimiento altamente eficiente, puesto que, es la capacidad de conciencia la que se pone en alerta para darle solución a los problemas de trabajo, de familia y socio-cultural-educativos con la mejor expresión de su actitud personal.

Como señala José Téllez, “esta capacidad del ser humano de ser consciente tanto de la sintaxis de su pensamiento como de los contenidos y de la información que maneja es lo que le permite la posibilidad de adaptación a diferentes situaciones” (2004, p. 115) para llevarlas a cabo con el mejor gozo de su expresión corporal y mental. Así, el cerebro se fortalece cognitiva y emotivamente. “Sobre todo, si tomamos en cuenta que la inteligencia no tiene nada que ver con la cantidad de conocimientos, sino con la capacidad de análisis, adaptación y respuesta a las situaciones que se nos presentan” (Reig Viader, 2019, pp. 15-16), tal como debería suceder con el estudio escolarizado y académico a través no solo de la información y experiencia profesional que ofrece un docente en el aula, sino de la que al alumno le brinda la lectura bien asumida de un documento escrito desde el plano de la información humanístico-estético-cultural y/o científico-técnica, según sea el gusto para leer un texto determinado, desde una actitud no tanto para incorporar información, sino para que le genere una serie de inquietudes cognitivas que con deleite las asume mientras lee con toda su abstracción.

Pues, desde el gozo pleno de esa información, conscientemente asumida, aparece una conducta mental que “es capaz de elevar nuestro entendimiento [porque nos] inspira, profundiza nuestra sensibilidad hacia todos los valores humanos, aumenta nuestra humanidad” (Adler, 1983, p. 122), a la cual se la siente corporal y mentalmente; se trata, en efecto, de una energía que nos conlleva a

“analizar nuestros propios sentimientos aprovechando los recursos que el lenguaje nos proporciona. Gracias a él podemos fijar la atención en nuestra propia vida consciente. Es el órgano de la reflexión. [En el fondo de nuestra psiquis] nos hablamos para comunicarnos con nosotros mismos”. (Marina, 1999, pp. 84 y 87);

y esa es la energía que nos impulsa a la promoción social del lenguaje desde la mejor posición de nuestra vida conscientemente elegida.

Por supuesto que, la conducta mental, energéticamente asumida en cada lector es única en cada caso, tan peculiar como la que asume uno de los personajes de la novela juvenil Corazón de tinta, de Cornelia Funke:

“Nunca había vacilado tanto a la hora de abrir un libro. Tenía miedo a lo que le deparaba. Era una sensación completamente nueva. Jamás había tenido miedo de lo que iba a contarle un libro; al contrario, casi siempre se sentía tan ansiosa por sumergirse en un mundo inexplorado, inédito, que empezaba a leer en las ocasiones más inoportunas. Ella y Mo acostumbraban a leer durante el desayuno, y más de una vez él la había llevado al colegio con retraso por haberse distraído con la lectura. También había leído alguna vez bajo el pupitre, en las paradas del autobús, durante las visitas de los parientes, muy tarde por la noche debajo de la manta, hasta que su padre la apartaba y la amenazaba con desterrar cualquier libro de su habitación para que durmiera lo suficiente”. (2009, pp. 113-114)

El sistema muscular y de resonancia de la lectoescritura

Empeñarse por entender el sentido de la vida desde un ambiente axiológico y hermenéutico es la mejor manera de aprender a compenetrarnos metacognitivamente para disfrutar emocional y estilísticamente de la consonancia estética que tiene todo ente viviente e inerte. Pues, la energía cognitiva que se desplaza en el cerebro humano “utiliza mecanismos homeostáticos que estabilizan el aprendizaje y los cambios en la conectividad de los circuitos neuronales equilibrando las fuerzas que actúan sobre ellos y sobre sus neuronas para mantenerlos dentro de sus límites fisiológicos” (Reig Viader, 2019, p. 65), de manera que los procesos mentales, que son los que guían nuestras decisiones, sean los más óptimos para captar la esencia que cada fenómeno tiene cuando actúa desde la más viva plasticidad de nuestra conciencia.

Pues, cuando mantenemos nuestra más alta positividad ante la vida, incluso en los momentos más difíciles ante situaciones nocivas, la comprensión del lenguaje predispone al cerebro para captar la musicalidad, el ritmo, la consonancia y la estética que, en orden a la armonía que la naturaleza engendra en cada objeto material, se desplaza en la conciencia, distinguiendo modalidades que solo pueden ser percibidas en ese objeto gracias a la tenacidad de energías positivas que se canalizan con la mejor eficacia que nuestra cognición asume semántica y pragmáticamente.

En esencia, se trata de una actitud axiológico-resonante para percibir la realidad objetual desde lo más profundo de nuestra subjetividad. Así sucede con la cantidad de lenguaje que hay en un texto escrito y con la cantidad de lenguaje que el lector puede inferir. En este caso, en el texto escrito no “vemos la realidad, sino que nos desplegamos en nuestra subjetividad, y allí no hay más que reflejos, sobresaltos, interpretaciones (…)” (Marina, 1999, p. 50) con las cuales el lector “establece una circulación lingüística continua. El lenguaje va y viene, circula, y en ese estado dinámico cobra una estabilidad flotante” (Marina, p. 44), armónica, estética, fluida, dado el despliegue axiológico-resonante, hondamente sentido, según sea la disposición hermenéutico-contextual en la que se desplaza cada lector desde su particular modo de vida.

Esta disposición mental, resonante, que cada lector tiene para percibir la realidad del texto, si se genera desde “una mente disciplinada, instruida en el poder del pensamiento, es la que puede leer y escribir críticamente, así como realizar una tarea eficiente en lo que respecta al descubrimiento” (Adler, 1983, p. 79) hermenéutico que desde el esplendor del lenguaje puede llevar a cabo cada lector debidamente motivado desde el arte de pensar metacognitivamente con resonancia para glorificar la palabra, solo si, estéticamente, se da cuenta que

“el lenguaje es solo el gran auxiliar de la inteligencia humana, que, en una especie de bucle maravilloso, acaba construyéndose a sí misma con ese utillaje que ha inventado, como el atleta reestructura su sistema muscular de acuerdo con sus tablas de entrenamiento”. (Marina, 1999, p. 22)

De esta manera, toda la dinamia y resonancia que la palabra contiene desde el poder hermenéutico-estético de la lectoescritura, es decir, “los contenidos, la ‘calidad espiritual’, le dieron y dan razón existencial, justificación de ser a esa ‘cosa llamada libro’, ya sea que aborde reflexiones, conocimientos (géneros informativos) o ficciones (o sea arte)” (Bialet, 2018, p. 118), se convierte en un sabroso instrumento básico para vivir positivamente en armonía con la naturaleza.

Notas

[1] Ponencia presentada el 8 de abril de 2021, en la sección de Diálogos Educativos del “Canal de Asesoría y Formación Multidisciplinaria M&C”, YouTube, Guatemala/México.

Referencias bibliográficas

Adler, M. (1983). Como leer un libro. Versión castellana por Corina Acevedo Díaz. Argentina: Editorial Claridad.

Bialet, G. (2018). Prohibido leer. Reflexiones en torno a la lectura, literatura y aculturación. Buenos Aires: Aique Educación.

Buchwald, Á. (2021, enero,03). “Tres ámbitos para fortalecer: salud, mente y espíritu”. La Revista. Diario el Universo. Guayaquil.

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Martín Vegas, R. (2009). Manual de Didáctica de la Lengua y la Literatura. Madrid: Síntesis.

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Galo Guerrero Jiménez, Ph.D. Profesor Emérito de la Universidad Técnica Particular de Loja y docente invitado de posgrado en la Universidad Técnica de Ambato y en la Universidad de Cuenca, Ecuador. Ha obtenido los siguientes títulos universitarios: Profesor de Educación Media en Lengua y Literatura y Licenciado en Ciencias de la Educación mención en Lengua y Literatura, por la Universidad Nacional de Loja, Ecuador; Magíster en Administración y Gestión Universitarias y Doctor en Lengua Española y Literatura, por la Universidad Técnica Particular de Loja; Diplomado Superior como Profesor de Lengua Española y Literatura y Diplomado Superior como Investigador en Lengua Española y Literatura, en el Instituto de Cooperación Iberoamericano de Madrid, España; Máster en Filosofía y Doctor (Ph.D.) en Filosofía en un Mundo Global, en la Universidad del País Vasco, San Sebastián, España. Autor de 50 libros sobre temas educativos, literarios, lingüísticos y filosóficos, y de varios artículos publicados en revistas indizadas y de especialización en formato virtual y en físico. Periodista de temas culturales, educativos y humanísticos en general. Investigador en temas de lectura y escritura desde el punto de vista hermenéutico, antropológico, axiológico, fenomenológico, literario, lingüístico y desde la filosofía del lenguaje. Ponente en congresos locales, nacionales e internacionales en diversas ciudades de España, México, Panamá, Cuba, Costa Rica, Colombia, Perú, Argentina, Uruguay, Brasil, Chile. Asesor lingüístico y corrector de estilo en diferentes instituciones editoriales, escolares y académicas locales, nacionales e internacionales. Miembro de la Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión Núcleo de Loja, de la Asociación de Ecuatorianistas, de la Red de Carreras de Lengua y Literatura del Ecuador, de la Red Iberoamericana de Pedagogía (REDIPE), de la Asociación Iberoamericana de Comprensión Lector Jaime Cerrón Palomino (Perú) y de la Red Internacional de Lectura y Escritura en las Disciplinas de la Educación Secundaria y Superior del Ecuador. Su correo electrónico: grguerrero0812@gmail.com


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3zIIvde

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