“Lolita” de Vladimir Nabokov | Fabricio Guerra Salgado 

Por Fabricio Guerra Salgado 

Un cuarentón seduce a su hijastra de doce años. Sumido en una atracción fatal por las nínfulas, Humbert Humbert se obsesiona con Dolores Haze, llegando a casarse con la madre, tan solo para estar cerca de su presa. Al enviudar de modo fortuito, el flamante “padre” se encarga de la tutela de la niña, a quien no tarda en violar en un motel de medio pelo. 

El alto esteticismo literario con el que se exponen los sucesos, propone e impone, un inquietante deleite: “a las seis ya estaba despierta, y a las seis y cuarto ya éramos, técnicamente, amantes”. Ambigua, es también, la presencia fantasmal de Clare Quilty, el voyeur que aleja a la chica de su depredador, pero tan solo para hundirla más, aunque ella se enamore de él. 

En Lolita, los personajes resultan exagerados y hasta paródicos: una madre cursi que rechaza a su hija, un pedófilo que pretende poetizar sus aberraciones, un pornógrafo impotente y drogatas. Alucinante es, en particular, el desenlace de la historia, cuando Humbert, con hilarante despaciosidad, asesina a tiros al somnoliento Quilty.

Entre tanta desmesura, destaca Dick Schiller, un tipo gris que, en su medianía, es el único hombre capaz de ofrecerle a Dolores un proyecto vital verdadero, aunque por demás vulgar. Ahora, la señora Schiller, espera un bebé, sobrevive con estrecheces económicas y aspira migrar a Alaska junto a su joven y módico marido. 

El uso de la primera persona narrativa, el tono confesional del relato o el sutil humor empleado, otorgan al lector la unívoca perspectiva del protagonista, subjetivándose así los acontecimientos y desencadenándose una serie de conflictos éticos que no acaban de resolverse. 

Sin embargo, una lectura moralizante de Lolita será siempre reduccionista, debido a la multiplicidad de temas planteados. Las relaciones de poder, la soledad, la modernidad occidental, el desvarío, constituyen entre otros, los puntos de abordaje desde los que el texto puede ser interpretado. 

Lolita es también un intento dramático de comprender el hecho humano en toda su complejidad. Más aún, cuando el Humbert pederasta, viejo verde y errático, termina acogiendo el tan antiguo y eslavo ethos dostoievskiano: la única alternativa del criminal confeso, es asumir con dignidad la culpa y aceptar el castigo como último recurso de salvación.

Libro total e imprescindible. Leerlo es una tentación, una incorrección, una flagelación, una delectación. Eros y Tánatos pugnando por imponerse. El Marqués de Sade y Charles Manson disputándose a dentelladas nuestra adhesión. Y como se acostumbra en el boxeo, tal duelo arroja un improbable empate, en fallo dividido y fraudulento. 

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