La cabaña | María Dolores Cabrera

Por María Dolores Cabrera

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

El equipo portátil con el disco compacto de música playera suena sobre una mesita plástica en la que además hay dos vasos con cerveza. Es un jueves de verano del año 2005. La novelería de haber llegado hace pocas horas a aquella cabaña en la playa, es inevitable; de igual manera la alegría y el entusiasmo por lo que van a vivir. Aman el mar, el sonido de las olas, la brisa, el olor de la arena húmeda. Marlene, su hija Mónica de 14 años y la nuera Paola que está embarazada de su primer nieto, acomodan la ropa recién salida de las maletas, en los closets de los cuartos. Mateo y Gabriel, sus otros hijos de 20 y 18 años respectivamente, sacan los víveres para distribuir entre el refrigerador y los anaqueles de la cocina. Una semana de playa, ha sido la ilusión de todos durante el año transcurrido.

Terminan los primeros quehaceres y los cinco se reúnen en la mesita de la entrada. Gabriel sirve tres vasos más con cerveza y se refrescan del calor de la costa.

Al mar se lo ve y se lo escucha a una corta distancia. Azul brillante hacia la derecha, verdoso refulgente hacia la izquierda. Majestuoso. Los rayos del sol destellan al incrustarse en el agua que se mueve tranquila, apacible, rítmica. El día es perfecto. Entre risas, música y cerveza, el suelo se estremece.

«Temblor» —piensan y se alteran—. «Esta zona tiembla a menudo».

Pero las paredes vibran de una manera rara, diferente a cualquier movimiento sísmico. Se sacuden como si se tratara de una advertencia irascible. Cuando el movimiento se detiene, deciden ignorar lo sucedido y continuar en lo que estaban. En ese momento, sale una pareja del alojamiento vecino y al verlos, sonríen. Mateo responde con un gesto similar y comenta:

—Tembló la tierra, ¿no?

—No sentimos nada, amigo —dice el joven sin dejar de sonreír.

Se miran unos a otros y prefirieren restar importancia a lo ocurrido.

Quieren descansar temprano por el ajetreo del viaje y en cuanto están en sus camas y literas, el silencio parece ser más profundo de lo común. Marlene despierta alterada a las 04:30 horas, su nuera Paola camina a esas horas por el interior de la cabaña. La escucha hablar. Rechinan las bisagras de las puertas de madera y la muchacha sale. Debe hablar por el celular con su familia, piensa, aunque se sorprende por la hora. Se vuelve a dormir.

El viernes temprano, mientras desayunan en la misma mesita en la que habían bebido cerveza la tarde anterior, Marlene dice a la nuera:

—Paolita, a la madrugada hablabas con alguien y saliste.

—No, Marlene. En absoluto. Dormí toda la noche y bastante bien. Estaba muy cansada.

—No puede ser. Oí tus pasos al bajar las gradas, tu voz…

—No. No. Debe haberlo soñado, Marlene. Yo no me levante.

El misterio se agiganta y comienza a rondar abusivo por el ambiente; sin embargo, salen con normalidad a la playa. Se sacuden el miedo como quien intenta apartar la arena de la piel, aunque esta haya empezado a filtrarse imparable por los poros. Pasean en lancha. Miran maravillados la danza de las ballenas en el agua. Comen mariscos y regresan.

Luego de un ocaso espectacular en el que el fuego del sol pinta una flama naranja en el horizonte, llega otra noche y después de jugar cartas y beber unas copas de vino, se retiran a descansar. Las palmeras aledañas se mecen arcanas y misteriosas. Una brisa las balancea como si se tratara de un cántico místico.

En cuanto comienza a quedarse dormida, Marlene advierte un nuevo temblor. Esta vez más fuerte. Las vigas crujen como si alguna fuerza sobrenatural quisiera expulsarlos con una furia perversa. Se levantan de sus camas, todos aterrados, ahogados por el pánico y sin entender lo que sucede. Los frascos y recipientes de las estanterías del baño y de la cocina se agitan solos. La mayoría caen al piso. El temor se apodera de sus órganos, de sus huesos, de su sangre y salen despavoridos de la cabaña. Afuera, el suelo no tiembla. Las palmeras solo se mecen y la oscuridad es amenazante pero la tierra está firme, quieta. Parece que los demás turistas de la hostería, no se percatan de nada.

Vuelven inquietos. La madre traga la saliva muchas veces en intervalos cortos en los que inhala y exhala para no asfixiarse por el horror. Van a sus lechos para intentar dormir. Marlene, Mateo y Gabriel, concilian el sueño de manera intermitente. Paola y Mónica, no lo consiguen.

A las 03:00 h., Marlene escucha un grito despavorido como arrojado desde una caverna infernal. Es Mateo. Se levanta horrorizada y corre hacia la habitación de su nuera y de su hijo. Encuentra a Paola que suda e intenta calmar al marido mientras la madre grita:

—¿Qué le pasa? ¿Qué tiene?

—No sé, Marlene. Se despertó dando alaridos escalofriantes, como si tuviera una pesadilla, como si hubiera visto al diablo. Trato de despertarlo, pero no lo consigo. Está pálido y tiene los ojos abiertos pero desorbitados, como si no fuera él, como si los gritos no fueran suyos. Como si algo o alguien estuviera mofándose dentro de él.

La madre mira aquel semblante blanco similar al de un espectro y sus labios amoratados. No reconoce el rostro de Mateo como el de su hijo. Mientras tanto, los demás ya se han levantado y miran absortos, espeluznados y estremecidos desde la puerta del cuarto. Nadie comprende nada. Tratan de pedir ayuda médica con el celular, pero en medio del intento, Mateo empieza a respirar agitado como si quisiera devolverle el aliento a su propio cuerpo y recuperar, poco a poco, a su yo dentro de este. Cuando logra volver a hablar, explica que no sabe qué fue lo que sucedió. Comenta que estaba paralizado como si una fuerza demoníaca le sujetara su alma y su cuerpo. Que no podía gesticular palabra alguna y que un poder maligno lo controlaba. Tarda mucho en recobrar el color de la piel y el de los labios. En las horas venideras, no hay paz para nadie.

En la mañana del sábado y en cuánto se percata de que la recepcionista ya está atendiendo en la oficina de la hostería, Marlene va a averiguar qué es lo que pasa en aquel albergue. La empleada le responde con mucha tranquilidad, que nada. Que le parece raro que le hable de temblores y de circunstancias extrañas, que no sabe que en aquel lugar pudiera ocurrir algo sobrenatural, aunque ella en realidad trabaja desde muy poco tiempo ahí.

Marlene regresa y habla con los demás. Se plantean dudas, inquietudes. ¿Podrá ser posible que se trate de alguna mala coincidencia y que los movimientos fueran causados por cualquier barco que provoca algún tipo de vibración? En ese caso, ¿por qué solo ellos lo sentían? ¿Sería aceptable la idea de que Mateo tan solo tuvo un mal sueño que lo llevó a aquel estado de desprendimiento de su yo? ¿Y que todo esto simplemente coincidió con el hecho de que ella hubiera soñado o imaginado la voz de su nuera, el escucharla salir al amanecer, el ruido de las bisagras, sus pasos, el oírla bajar las gradas y salir de la cabaña?

Deciden creer que sí y darse una nueva oportunidad. Intentan relajarse en la playa e ignorar lo ocurrido para no arruinar más sus vacaciones. Ese día cocina Paola mientras hablan de cualquier cosa. Por la tarde, van al pueblo a comprar inciensos y Palo Santo, pues han escuchado que encenderlos ayuda a limpiar los ambientes de los malos espíritus, a alejar los espantos y a ahuyentar a las almas en pena. Rezan. Piden a los intrusos que se marchen y los dejen en paz. Aquella velada transcurre tranquila y pueden descansar sin sobresaltos ni contratiempos.

El domingo, Mónica y Gabriel juegan entre las olas del mar. Mateo bebe una cerveza en la playa. Paola y Marlene, disfrutan del sol. Todos rechazan pensamientos perturbadores para así sumar momentos agradables a sus vacaciones. Evitan mencionar o conversar de lo sucedido.

Ahora confían en que, otra vez, dormirían bien y sin percances. Mónica descansa en una litera debajo de la de su madre. Cerca de las 24H00, la hija la llama aterrorizada:

—¡Mamá…! Alguien respira en mi cuello, en mi nuca y susurra en mi oído. Arrastran algo similar al ruido de cadenas que se golpean entre sí.

Marlene baja a la cama de su hija, la abraza y trata de convencerla de que solo fue una pesadilla, pero se duerme a su lado. Cerca del amanecer, suena el celular de Marlene. La llamada no tiene un número entrante registrado. Al contestar, pregunta con quién habla, pero la misteriosa llamada se corta.

Repite para sí misma que no pasa nada, como si al hacerlo de forma reiterada, aquella realidad tenebrosa pudiera evaporarse. Quedar vencida como una neblina densa pero ya devastada por la luz de la cotidianeidad. Tal como el humo de un demonio desintegrado sin fuerza para dañar, para lacerar a los desconocidos de su averno.

El lunes amanece extrañamente nublado. La madre regresa a la recepción, mucho más molesta e inquieta y se encuentra con otra recepcionista que tiene turno aquel día.

—Señorita, no podemos quedarnos aquí. Algo ocurre. Mis hijos y mi nuera están aterrados. Ella tiene un embarazo de cinco meses y temo por su estado. Necesitamos cambiarnos de cabaña. No podemos resistir más. Las cosas se mueven solas, se caen. Hay ruidos. Voces. Susurros. Mi hijo ha sido víctima de una especie de posesión. Ayúdeme, por favor. Pero dígame: ¿Usted sabe de alguien que haya narrado algún suceso anormal o que haya experimentado algo raro ahí mismo?

—Pues, señora déjeme decirle que lo único peculiar de esa cabaña… Es la 42, ¿verdad?

—Sí. La misma.

—Pues entonces es la que ocupa don Sergio Pesantez. Él, cuando va a venir, reserva solo esa. Si no está disponible la 42, no viene hasta que haya disponibilidad de ocuparla. Es muy curioso pues pasa uno o dos meses encerrado ahí y no sale ni a la playa. Pide servicio de habitación para comer o cocina él mismo. Dicen que enciende velas como si invocada la presencia de alguien. No puedo decirle nada más sobre él, señora.

—Y la otra recepcionista, ¿no sabe de esto?

—Imagino que no. Muy pocos lo saben y además ella es nueva. Yo apenas he oído estos rumores por aquí, más no he indagado mucho. No me agrada el tema, señora. Lo siento.

Marlene investiga en internet sobre aquel nombre. Lo que encuentra deja sus pelos de punta. Halla una noticia en la que se cuenta sobre la tragedia de un hombre llamado Sergio Pesantez quién hace muchos años perdió a su esposa, ella se había ahogado en el mar mientras vacacionaban en una hostería en la playa.

Se turba por el miedo como un reptil a punto de ser cazado. La saliva se le seca en la boca y su lengua queda rígida. La transpiración le empapa el cuerpo y sus ojos se agrandan. La mirada permanece fija y no puede parpadear. Le tiembla la mano, pero toma el celular y mientras el pánico se le extiende poco a poco por la carne y por el alma, devuelve con la tecla de “redial”, la llamada sin número que recibió en la madrugada. Contesta la voz de un hombre viejo. Ella, con una notoria dificultad para hablar le pregunta: “¿Quién es?”. Y él responde: “Soy Sergio, a sus órdenes”.

(Historia basada en hechos reales. Los nombres han sido cambiados)


María Dolores Cabrera (Quito, 1962). Estudia en su ciudad natal y en 1984, egresa de la carrera de Psicología Clínica. Posteriormente, ingresa como miembro del Taller Literario conducido por Abdón Ubidia, destacado escritor ecuatoriano. Luego, años más tarde en 1998, publica su primer libro de 12 cuentos titulado: Mas allá de la piel. En el año 2010, un segundo libro, también de 12 cuentos: De nuevo tus ojos. En 2012, presenta su primera novela: Te regalo mi cordura. En el año 2016, una nueva novela con el título: Cuando duermen los Jilgueros, y su más reciente libro, en el año 2018, la novela: Pinceladas (Bosquejo de un trastorno).


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3BNMLsL

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