El apocalipsis de Rogelio | Rubén Darío Buitrón

Por Rubén Darío Buitrón

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

El auto corre por la autopista mientras los faros de los coches que vienen en dirección contraria obligan a Rogelio a desviar la mirada y a observar, asido al volante, el firmamento perlado de estrellas tan luminosas y tan intensas como aquella noche en el planetario, bajo esa oscuridad cósmica donde Rogelio niño era un astronauta asombrado que flotaba en el espacio recorriendo las galaxias a la velocidad de la luz y fue entonces cuando pensó, por primera vez en su vida, que las estrellas también podrían desvanecerse como copos de algodón, que los demás planetas podrían temblar como gelatina al mínimo cambio del eje del sistema solar, que hasta el mismo sol podría fundirse el día en que, pero Rogelio evita pensar en ello ahora y disfruta con el rápido paso de las luces de neón y de mercurio.

Cambia de marcha, acelera, acomoda sus lentes y observa a través del parabrisas mientras enciende el radio y busca al tacto las teclas que le lleven a su emisora favorita.

Detiene el auto, sale de allí y se sienta sobre la hierba húmeda y suave. Con un pañuelo seca su frente. A su alrededor solo escucha la música de los grillos y las ranas.

La oficina, el jefe, las secretarias, Isabel. Todo va quedando allá, abajo, en la ciudad nocturna. Guarda sus lentes en espera de que llegue el momento. Enciende un cigarrillo y absorbe el humo con erótico placer, humo que luego sale de su boca convertido en una suerte de nube que asciende en dirección al cielo como si desafiara la ley de la gravedad.

Vuelve al auto y acciona el mecanismo de las plumas del parabrisas cuando empieza a caer una fina lluvia. Tiene calculado el tiempo justo para llegar a la colina. Enciende el auto y no deja de acelerar mientras recuerda a Isabel y la imagina serena, tranquila, dormida o esperando que Rogelio llegue a casa con el desencanto de las ocasiones anteriores. Le molesta el ruido que crece y se apaga de los motores de los autos que aceleran en dirección a la ciudad.

Aumenta el volumen del radio cuando el locutor anuncia que dentro de pocos segundos más se dará una noticia de última hora y que la estación solo espera la confirmación del hecho por uno de los reporteros.

Rogelio arquea las cejas y el coche sigue dejando atrás postes, luces y autos, Todo atrás, nada en la dirección que va él.

En el radio suena una pieza de Vivaldi que a Rogelio lo emociona. Acompaña la melodía con un silbido desafinado hasta que siente que penetra en una enorme nave espacial, cómoda y con ventilación, que le da la seguridad de que hasta allí no puede llegar ninguna fuerza extraña que le haga daño.

Sale del extraño lugar y vuelve a recordar a Isabel, Isabel con su sonrisa incrédula y el auto vira la izquierda, toma una curva, Isabel repartida en pedazos de un espejo cóncavo que se va abriendo y cerrando como el cielo, aunque Rogelio sabe que si llega a tiempo a la cumbre de la colina podrá divisar todo lo que ocurra allá arriba, allá donde él siempre ha querido estar, allá arriba donde él será el hombre más feliz del mundo.

Sobre la hierba húmeda, Rogelio contempla las estrellas y murmura para sí que la noche está demasiado hermosa. Esta vez sus cálculos no fallarán. Debieron creerle y no rechazarlo. Está seguro de que todo es cuestión de esperar unos segundos, como lo anunciaron en la radio. Pero, si lo anunciaron en la radio, ¿qué pasa con la gente? ¿Por qué nadie se fascina con lo que se aproxima? ¿Por qué todos creen que es cuestión política o económica lo que se informará de última hora, si la noticia estará en el cielo, sobre todos nosotros?

Echa otra bocanada de humo al aire y se imagina que los dioses estarán ubicándose en los mejores lugares del sistema solar con un radio transistor a su lado, excitados anta lo inevitable. Hasta Jesucristo estará sentándose a la diestra de Dios Padre para observarlo todo desde un excelente ángulo y no perderse ningún detalle.

De repente, escucha una interferencia en la radio del auto, que está a poquísimos metros de él. Se acerca y se da cuenta de que todas las estaciones han apagado sus transmisores. Se arrima al auto, apaga todas las luces y el motor. Ahora quiere sentir su rostro todo el frío de la noche y la colina porque entiende que son señales de lo que se viene.

Queda un momento mirando fijamente al espacio, como buscando con cierta inquietud y apuro lo que está seguro de que pronto aparecerá. Imagina lo que ocurrirá minutos después, la gente allá abajo sin saber qué es lo que ocurre, por qué el cielo tiene ese color, qué es lo que flota entre el cielo y la ciudad, la gente angustiada y asfixiada por su propia incredulidad.

Del baúl del auto extrae todos los instrumentos que tuvo mucho cuidado en traer: el trípode, el telescopio, el paraguas. Comprueba uno por uno los mecanismos de funcionamiento. Con las herramientas sobre su espalda se aleja del auto y comienza a trepar hacia la colina.

Y ahí está, por fin, el silbido lejano que va acercándose raspando el viento y él que no puede evitar que unas gotas de sudor humedezcan su frente. Un resplandor anaranjado recorta la silueta de una montaña distante. Rogelio está satisfecho y nervioso, emocionado porque está sucediendo lo que venía advirtiendo hace mucho tiempo sin que nadie le hiciera caso.

Adiós, planeta infame, murmura al reflexionar que lo que se viene, vertiginoso, es una sucesión de partículas de masa, un imán que atraerá el globo terráqueo en pocos segundos porque el silbido ya no puede pasar indiferente, el silbido es tan agudo que herirá los oídos de millones de personas.

Escucha con nitidez la manera en que el silbido varía según la cercanía a la Tierra. Se sienta sobre la hierba, pero se levanta de inmediato, porque el resplandor ya muestra las siluetas de las montañas de al frente.

Siempre es lo mismo, espero que no pesques un resfriado allá arriba, había dicho Isabel. Camina hacia el borde del otro lado de la colina y arroja al vacío las llaves del auto. Toma uno por uno los artefactos. Saca un pañuelo y seca su frente. Apaga el cigarrillo. No entiende por qué el silbido y el extraño brillo del metal que se aproximan no movilizan ya a la gente. Ajusta el trípode para virar el telescopio en dirección a lo que se viene de manera vertiginosa. Se colocas los lentes oscuros y entrecierra los ojos para evitar que lo ciegue el fuerte resplandor.

Hace una venia en dirección a la ciudad y otra en dirección al cielo. Se sienta sobre las hierbas y enciende otro cigarrillo. Le inquieta que abajo no pase nada, no se altere nada, mientras acá arriba está la historia, está el futuro.

Entre los chirridos de los grillos y el canto de las ranas deja el paraguas a un lado, abre los brazos y deja que la fuerza poderosa lo vaya absorbiendo poco a poco.


Rubén Darío Buitrón (Quito, 1966) es poeta, periodista y escritor. Es director-fundador de www.loscronistas.net


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3gRnzti

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s