Entre “Efusiva penitente” y “Ofidias”: el trayecto del cuerpo en la poesía de Valeria Guzmán | Juan C. Valdospinos

Por Juan C. Valdospinos

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

La poesía de Valeria Guzmán está hilada con serpientes y aves incautas. Con una fuerte intuición de la corporalidad, ha trabajado todos sus textos de modo que, tanto Efusiva penitente y Ofidias, termina por liberarse en el tacto de su yo poético. Su inquietud, más allá del simple discurso espiritual —de aquel fuego (alma) que diferenciaría a animales y humanos, según Aristóteles—, es el cuerpo como realidad en el tacto amoroso y el retorno o metamorfosis del cuerpo femenino donde se encuentra, otra vez, con su propia naturaleza.

Efusiva penitente: el tendón sagrado

En el primer caso, la corporalidad será tomada por el amante como un objeto sagrado, el cuerpo trasciende y también se mimetiza con los metales preciosos hasta ser profanado y, aquella ruptura, no es traumática. Por el contrario, en Efusiva penitente, «la carne de tu diosa / aguarda en sacros vinos» (Guzmán Pérez, 2010) y cuando es consumida requiere más:

«Si ya profanaste el templo,

¿qué esperas para saquearlo todo?» (Guzmán Pérez, 2010)

Fuera de la común mojigatería del campo erótico, la poeta halla un camino para tratar con su cuerpo en el diálogo con la poesía mística, ya sea guiada por Santa Teresa de Ávila u otro, donde encontrará el simbolismo y ritmo propicios. El mito de la salvación cristiana, sin precedente, se cumple en el momento de la eucaristía carnal. El yo poético se detiene; dialoga con el otro hasta bendecirlo cuando se comparte. El compañero solo perpetra para sentirse sagrado, las referencias fálicas son múltiples y el cuerpo se comparte como el cordero, como la ostia.

El libro entero oscila entre el testimonio y el deseo. Cuando afirma: «Ávida aguardo / el cáliz salvador / la gloriosa venida / la resurrección» (Guzmán Pérez, 2010), espera un reencuentro con la liberación de compartirse. La totalidad debe ser desangrada para expresarse. Pero también es la fuente inagotable que se dirige hacia lo que desea, no es herida cuando se multiplica en la explosión del acto erótico. Se opone por completo a misoginia clásica —tan cruenta. Platón afirmaría que las mujeres no tienen alma— y antropocentrista donde, en palabras de Umbral, «la mujer es derroche, la máxima ocasión de vida como derroche que conoce el hombre» (1980). Para la efusiva penitente, el hombre es mendigo, un mendigo invitado, a la múltiple gracia de la feminidad.

Ofidias: la mujer múltiple

En La metamorfosis de Kafka, Gregorio Samsa se convierte en un gigantesco escarabajo, pero no por ello lo abandonan hasta cierto punto las preocupaciones laborales. Es, de un modo confuso, todavía un vendedor de telas: un simple hombre que desea dormir por cinco o diez minutos más. En cambio, la “ofidia” —término desarrollado por la autora— es la mujer mítica que, emparentada con los reptiles (serpientes), conserva su corporalidad humana mas «sólo percibe el mundo por la lengua» (Guzmán Pérez, 2019). La invención de la ofidia es un hecho psicológico, un alter ego que susurra, si es que no se apodera, del actuar corporal.

Ofidias es un libro de libros que intencionalmente se propone redescubrir algo. Para ello, recurre al cuerpo como fortaleza y refuerza sus muros cuando utiliza la imagen mutada para presentarse. La ofidia es la nave que ha de llevarnos por los otros cuatro libros del tomo: desde Piel verbal hasta Morir de almendra amarga. La ofidia rinde tributo a sus muertos, a sus experiencias y a sí misma. Está compuesta de la memoria, también de la seducción y el tacto intencionado. La ofidia es, si se desease un término enfático, un parlamento preparándose para la batalla:

«La ofidia es una multiplicidad de sí:

pitonisas, sibilas, erinias o medusas.

La ofidia antepone la sutil seducción

a la fuerza de mandíbulas y dientes» (Guzmán Pérez, 2019)

El cuerpo de la ofidia es retador, traicionero. No espera. Corre detrás de su propio camino. Confunde a sus presas al ritmo de sus actos. Es todo menos la mujer que se comparte en Efusiva penitente, inclusive en Ofidias se insinúa la idea del final truncado y violento. Su último libro, Morir de almendra amarga, será un conjunto de poemas dedicados a las poetas suicidas. Algunas de ellas, Silvia Plath y Assia Welvil, por causa de un hombre.

La ofidia es testigo de aquello; se vuelve cínica al testificar la muerte de sus pares. Seguramente fue una efusiva penitente, pero antes. Ahora no le queda otra decisión que la más retadora libertad e independencia. No hay presencia del mito erótico en Ofidias, el contacto con el otro es una amenaza que se expresa en la inflexibilidad de entregarse a alguien que no sea ella.

Bibliografía

Guzmán Pérez, Valeria. (2010). Efusiva penitente. Ibarra: Casa de la Cultura.

Guzmán Pérez, Valeria. (2019). Ofidias. Tijuana: Instituto municipal del Arte y Cultura.

Umbral, Francisco. (1980). El arte de amar: ensayo preliminar. Barcelona: Biblioteca clásica Gredos.


Juan C. Valdospinos nació el 28 de septiembre del 2001 en Otavalo–Ecuador. Es estudiante de comunicación social en la Universidad Central del Ecuador. Ha publicado poemas y traducciones en varias revistas nacionales e internacionales. Fue finalista en el Concurso Internacional de Poesía “Paralelo Cero” 2020 y del Concurso Nacional de Poesía “Paralelo Cero” 2019.

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