El laberinto de Julia | María Dolores Cabrera

Por María Dolores Cabrera

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

La música suena como única evidencia de la realidad. Escuchar, en especial a Chopin, es la mejor manera de constatar que están vivos, que aún pertenecen al mundo, que sus corazones laten, que pueden respirar. Julia y Agustín, tomados de las manos, miran el horizonte desde el umbral de la puerta de vidrio que separa el balcón de la sala. Hace un poco de calor y los muebles huelen a madera antigua. En el centro de una alfombra de lana gruesa, descansa una mesita rústica con un jarrón azul. Debajo duerme acurrucada, la gata de los dos. Las margaritas del florero empiezan a marchitarse por el paso de los días, pero aún tienen vida. Respiran. Sienten y quizás sufren por su deterioro, por su decadencia, por la cercanía del final.

De rato en rato, Julia aprieta la mano de Agustín como una forma de afianzar su seguridad, como la manera más fácil de comunicarse. Es el mejor modo de transmitirle sin palabras, sus sentimientos, sus ideas, su añoranza. Él siente el apretón, pero no volteaba para mirarla, no es necesario. Conoce de memoria ese rostro marcado por el tiempo, los ojos grises de su mujer achicados por la edad. Su pelo reseco y canoso. Sabe que su mente está vacía, que ella busca ansiosa en el horizonte que mira, a sus pensamientos perdidos. Los recuerdos se han extraviado en la lejanía de algún ocaso o en cualquier nefasto amanecer, da igual. De pronto, se cansan de aquella posición. Cierran el balcón y se sientan en un sillón con cuatro cojines blancos. Julia arrima su cabeza sobre el hombro de Agustín y él rodea con su brazo la espalda de la mujer.

Cuánta nostalgia hay en aquellas dos almas que dejaron atrás historias aciagas. Cada uno batalló con tragedias propias. Con anécdotas que marcaron un pasado difícil. Cada quien con hijos de otros matrimonios. Con divorcios. Con ansiedades y congojas que se enredaron unas con otras dentro de sus cuerpos. Julia se quedó sola cuando aún era joven. Agustín perdió un hijo de 17 años en un accidente del que su exmujer lo culpó por el resto de la existencia. Él había ingerido licor en una reunión familiar y en el camino de regreso a casa, un carro fantasma embistió su coche. Agustín no tuvo la culpa, pero la madre del chico prefirió responsabilizarlo a él. Era más fácil que acusar a la ingratitud de la vida, al destino, a un dios, a la mala suerte o a cualquier cosa que no se puede ver, que no tiene materia ante la cual gritar y blasfemar, a la cual odiar. Tenía que haber un ser de carne y hueso contra el que se pudiera descargar toda la furia en la que se transformó el dolor. El camino de Agustín se truncó y su vida se apagó.

Un día, un amigo invitó a este hombre a la presentación de la novela que había escrito, evento al que Agustín asistió por compromiso. Vio a Julia sentada en un rincón. Sostenía una copa de vino en la mano y el libro recién adquirido, sobre su regazo. Tenía una pañoleta roja que la envolvía con sobriedad. Estaba sola. Era el vivo retrato de la elegancia, de la distinción. Él se acercó y ella le sonrió con unos labios del mismo color de su mantón.

—Parece un buen libro ¿verdad? —le dijo él.

—Sí. Historias tardías. Las memorias de un grupo de ancianos de un geriátrico en el que, de alguna manera, entrelazan sus recuerdos.

—¿Le gusta leer?

—Mucho. Emilio, el autor del libro es un primo al que estimo mucho.

—Ah, ¡qué bien! Emilio también es un buen amigo mío desde la época de universidad.

En aquel momento pasó junto a ellos un mesero y ofreció una copa de vino a Agustín. Él aceptó y la chocó con suavidad con la de Julia para brindar. Ese sería el pacto que uniría sus vidas de ahí en adelante.

Ahora, comparten sus últimos años, pero todo es diferente. Ella ya no puede contar dónde conoció a aquel hombre que sería su compañero, su apoyo.

Suena Spring Waltz y se adormecen. Samia, la gata blanca de enormes ojos azules, ronronea y se trepa sobre las piernas de ella. Julia sonríe y la acaricia.

Agustín recuerda. Él sí puede hacerlo con claridad. Piensa en todos estos últimos años que pasaron juntos. Al principio la alegría de encontrarse el uno al otro para aliviar sus soledades, el peso de sus respectivos pasados. La primera etapa fue gratificante. Aún gozaban de una relativa juventud. Aprendieron a amarse. Cocinaban juntos. Paseaban por el parque del barrio. Les gustaba planear picnics para los domingos y por las noches, escuchar Le Tristesse y mirar asombrados las estrellas desde el balcón.

Una mañana mientras desayunaban, Agustín percibió un olor a quemado y cuando lo comentó con Julia, ella se sobresaltó y dijo: “Perdón, olvidé apagar el horno”. Desde aquel momento, la palabra olvido perseveró y fue cada vez más frecuente y constante.

Julia comenzó a extraviar su mirada por largos períodos de tiempo. Solía fijar la vista en cualquier punto de la habitación, en algún mueble, en el techo, en la cocina o hasta en un plato o utensilio. Agustín sabía que cuando eso pasaba, ella se había ido. Salía de su cuerpo y lo dejaba vacío. Su mente en blanco. Las pupilas de sus ojos, desorientadas. La consciencia y los pensamientos, ausentes. Al regresar, ella se sobresaltaba y no reconocía a su yo. Volvía a un cuerpo que no aceptaba como suyo y preguntaba sobre muchas cosas que no reconocía. Cuando aquella duda fue sobre su marido, Agustín sintió como si un rayo le atravesara por la mitad. Ella le preguntó, por primera vez, quién era él.

Se sometió a exámenes y el diagnóstico fue el que temían. Al principio, la desubicación y los olvidos eran esporádicos, pero siempre, en algún momento regresaba a la normalidad. Sin embargo, poco a poco su consciencia se escapaba con más frecuencia a otra dimensión. La demencia invadía su mente con velocidad.

Julia dejaba cosas en lugares equivocados. Una manzana dentro del anaquel del baño y las llaves de la casa dentro del refrigerador. Mariela y Javier, los dos hijos de su primer matrimonio, llegaron a la casa un sábado por la tarde con sus cónyuges y sus niños. Julia se incomodó porque no supo quién era ese grupo de personas que llegaba con tanta confianza y familiaridad. Ellos se sintieron devastados por la realidad.

Una noche el marido la encontró dormida en la cocina. Supo que no había podido encontrar el camino hacia su habitación.

Ha pasado algún tiempo y las cosas en vez de mejorar han empeorado. La medicación ayuda muy poco y lo único que funciona es la tranquilidad que ella adquiere al sentirse amada por un desconocido que la cuida y la protege. Camina con dificultad. Se arrima en la pared cuando disminuye su estabilidad. Prefiere permanecer sentada el mayor tiempo para no perder el equilibrio. Hay asombrosos momentos de lucidez en los que mira a su esposo con amor, con agradecimiento, con felicidad y también etapas de ofuscación total en las que parecería pertenecer a un mundo del que acaba de llegar y se descubre de pronto, en un espacio desconocido y hostil que le produce terror, ansiedad. A veces, incluso la presencia de Agustín es una amenaza para ella e intenta huir. Ve en él la figura del marido agresor del pasado. Las frases que pronuncia se quedan sin terminar y la angustia se dibuja en el temblor de las comisuras de los labios. Súbitamente, para ella las personas son solo bosquejos. Sombras. Ánimas sin sentido, sin ninguna razón para existir. Siente miedo de las brumas y de las oscuridades que la envuelven por las noches, de las neblinas que danzan dentro de su cabeza, que le hurtan gloriosas las ideas, que evaporan su juicio con placer, que succionan complacidas sus conceptos y absorben satisfechas su sensatez.

Julia tiene una conexión especial con Samia. Se reconocen. Se aman con complicidad. La gata parece entender dónde queda con exactitud aquel sitio que la mente de Julia visita cuando se aleja. Muchas veces, Julia tiene pesadillas. Despierta a media noche con gritos que la estremecen y pide al padre de sus hijos que ya no la agreda, que la deje en paz. Agustín la abraza hasta que ella sienta protección. Enciende la música. Sabe que eso la apacigua. La calma.

Julia camina por un laberinto oscuro y tenebroso. Busca la salida con sus manos. Tantea las paredes para avanzar hacia una posible salida y cuando llega al final, la puerta está bloqueada con un muro infranqueable. Es entonces cuando aparece Agustín, la toma de la mano y la regresa al punto de partida. Eso es lo que ella siente, esa es la experiencia que vive cada día al levantarse y cada noche antes de dormir. Anhela encontrar en el horizonte que mira, lo que ha perdido. En el confín de los límites perversos capaces de robarle los mejores recuerdos, la cordura. Hurga en el infinito. O tal vez en el más allá donde quizás pueda reconocer al hombre que la ama, abrazarlo y recobrar la libertad del alma.

En una tarde oscurecida por el mal tiempo, mientras la lluvia resbala por el cristal del balcón similar a un llanto fantasmal, Julia despierta como de un sueño, mira al marido y le dice:

—Amor, ¿puedes pasarme el libro Recuerdos tardíos? Lo voy a leer. Ah… y una copa de vino de la botella que está sobre el bar.

El hombre se sorprende de aquel fugaz e inesperado destello de discernimiento y va por la novela. Se la entrega con entusiasmo y le sirve el vino. Ella observa los ojos de su marido. Bebe de un solo trago el contenido de la copa y en unos segundos desvía la mirada hacia la portada del libro. Lee el título y le dice:

—Gracias, querido. Compartiré mis recuerdos tardíos con estos personajes.

Julia estira la mano y entrega a Agustín la copa vacía. Aprieta el libro entre sus brazos. Lo sujeta con fuerza sobre el pecho como si quisiera protegerlo, evitar que se lo quiten o quizás incorporarlo a sí misma, a su ser. Se acuesta desnuda en la cama y se duerme. La gata se acomoda a su lado. Agustín enciende el equipo de música y elige Joy of Living, la cubre con su manta a cuadros y la deja dormir. La frescura del alba, la libera envuelta en una tenue brisa que la eleva. La puerta del final del laberinto se abre. No hay bloqueo ni muro y consigue trascender.

Agustín, esta vez, regresa solo al principio del juego y ahora es él quien camina a tientas. Lento, decidido hasta encontrar su propia salida mientras Samia, blanquísima, maúlla incansable por su soledad.


María Dolores Cabrera (Quito, 1962). Estudia en su ciudad natal y en 1984, egresa de la carrera de Psicología Clínica. Posteriormente, ingresa como miembro del Taller Literario conducido por Abdón Ubidia, destacado escritor ecuatoriano. Luego, años más tarde en 1998, publica su primer libro de 12 cuentos titulado: Mas allá de la piel. En el año 2010, un segundo libro, también de 12 cuentos: De nuevo tus ojos. En 2012, presenta su primera novela: Te regalo mi cordura. En el año 2016, una nueva novela con el título: Cuando duermen los Jilgueros, y su más reciente libro, en el año 2018, la novela: Pinceladas (Bosquejo de un trastorno).


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3y8X9ts

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s