Desencuentro y encuentro | Benjamín Román Abram y Carlos Enrique Saldívar

Por Benjamín Román Abram y Carlos Enrique Saldívar

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Perú)

Al inicio, el plan había resultado bien para el joven ladrón. Con su cómplice, algo mayor, logró evadir a la policía y esconderse con el botín en un almacén a tres cuadras del banco, refugio que estaría cerrado todo el fin de semana.

De súbito, su compinche (por los nervios) dejó escapar un tiro y lo hirió. Un pedacito del pabellón de su oreja izquierda chocó con la puerta metálica que daba hacia la calle. La laceración no era de gravedad, mas los policías oyeron ese disparo. Pronto los ubicarían.

Ambos bandidos salieron del local por rutas separadas.

El más joven huyó por los techos y terminó en un parque, agazapado detrás de un árbol.

Un policía no lo había perdido de vista, pero, por más disparos que realizó al aire, no logró que el hampón se entregara.

Ahora sus oídos le zumbaban y el sudor se metía a sus ojos. A él no puedo enfrentarlo, no puedo, se dijo el muchacho; cedió muy pronto, dejó caer el revólver y la bolsa con parte del dinero, levantó las manos, gritó con señales de culpa y agotamiento: «¡Papá, perdóname!».

El policía lo reconoció en tanto lo apuntaba con su calibre 38, no sabía cómo salvarlo. En uno o dos minutos todo ese lugar estaría cercado por el resto de los agentes del orden.

En ese momento se oyeron varios balazos. El padre se dijo que el cómplice ya debía de estar muerto o moribundo, desangrándose como un perro.

Ninguno de los dos se movía. Uno se hallaba rendido y había dejado caer su arma. El otro no dejaba de apuntarle al pecho, aunque quitó el dedo del gatillo. No quería que se le escapara un disparo contra su hijo. Ambos, en silencio.

El chico hizo un movimiento repentino, no para huir, sino para secarse el sudor de la frente.

«¡No te muevas!», exclamó su papá.

Transcurrieron uno, dos, tres, cuatro minutos. Se miraban lagrimeando, sin decirse nada. Cosa rara, los compañeros del uniformado no se hacían presentes en ese lado de la calle, donde se ubicaba el árbol, un huarango solitario. ¿Acaso no los veían? ¿Se perdieron?

El padre sabía que, si no les avisaba que ya tenía atrapado al delincuente, la falta sería tremenda, lo podrían suspender por actuar con torpeza, o denunciarlo si lo hacía a sabiendas. Por otro lado, le dolía entregar a su hijo.

El joven habló primero. «Papá, discúlpame, por favor, es la primera vez que lo hago».

«Eres un criminal», le reprochó su progenitor. «Es mi deber entregarte, pero…»

« Pero qué…?»

«Pero no quiero hacerlo»

«Escúchame, necesitaba el dinero, tengo un pago que hacer, Teresa está muy enferma, de cáncer, soy la única persona con que cuenta en el mundo. Hace dos días sufrió una convulsión, está delicada, y puede salvarse con quimioterapia». Tú no la aceptabas, porque ella no tenía familia, ni modales refinados, pero es buena y la amo.

«La quieres mucho, ¿verdad? Así como yo a tu madre. Veo la sinceridad en tus ojos. A tu mamá se le rompería el corazón de saber en qué te has metido. Hijo, amarla así no te da el derecho a delinquir, no deseo arrestarte, pero debo hacerlo…»

Sin embargo, el policía bajó su arma. Hablaron. Durante varios minutos, durante horas, se sentaron junto al árbol, se reconciliaron, pues se habían distanciado hacía dos años, luego que el joven abandonara la casa. No quería saber de su progenitor, solamente llamaba a veces a su madre, le decía que la extrañaba y que no se preocupara por él, que un día se verían de nuevo. Le contó a su papá que el revólver solo era una réplica y el de su cómplice era de fogueo, por eso solo tenía un rasguño.

El padre admitió que no le había brindado la atención debida, además cuando su vástago era niño en algunas ocasiones le pegó y lo humilló, hasta que la madre lo hizo recapacitar y no volvió a tocarle un pelo. No obstante, el daño psicológico siguió, lo gritaba por sus bajas notas en el colegio y a los diecisiete lo exhortó a buscar un trabajo en lugar de que estudiara en la universidad. Pero se puso a vagar por las calles, a llevar una vida ociosa con malas amistades, empero, conoció a su pareja, una muchacha con carácter, que lo condujo por el buen camino y lo logró durante un tiempo, incluso hizo que su resentimiento vaya cediendo hasta que ella se puso mal de salud y el muchacho se desesperó.

Se pidieron disculpas y aceptaron el perdón del otro. El papá reconoció que por su adicción al trabajo no había estado pendiente de él como se lo merecía. Que sí había pensado en lograr que su vástago accediera a estudios superiores, pero su sueldo no le alcanzaba, sabía que la vocación del chico no estaba en la policía, como en su caso. Se lamentaba el haber sido tan severo y le dijo que estaba arrepentido. Padre e hijo se abrazaron, lloraron. Siguieron hablando sentados, hasta que anocheció, recordaron los pocos buenos momentos que tuvieron como familia, como cuando fueron a Cañete a realizar canotaje, cuando Eduardo, el hijo, contaba con trece años y no tuvo miedo, pues sabía que Dardo, su papá, lo cuidaría.

Eduardo, en realidad, siempre admiró al que le dio la vida y se lo mencionó. Dardo le comentó que, aunque esperaba más de él, siempre confió en que un día triunfaría en lo que se propusiera, que todavía contaba con la oportunidad de lograrlo. Dardo sabía que en algún instante su hijo hallaría en qué era bueno, accedería a esa habilidad escondida que lo haría único e irrepetible, así como el hombre de cuarenta y cinco años encontró de adolescente su vocación policial. Al charlar, no se olvidaban de traer a colación a la madre y entristecerse porque Eduardo no tenía hermanos. La mamá sufrió una lesión al caer del segundo piso y una herida interna le impidió continuar procreando. Eso era algo que los apenaba, cuando lo seguían platicando en ese rincón de Lima, en el distrito de San Borja, en uno de esos sitios que parecían ser mágicos, que lucían como hechos para que la gente se congraciara. Había paz, nadie los interrumpía. Ni siquiera las cámaras de video vigilancia, que no funcionaban. Tras las penas, hubo sonrisas, carcajadas. Prosiguieron con su diálogo hasta la medianoche. Sintieron que era el momento de irse.

No se presentaron los demás agentes de la ley. No había otras personas en la calle. Antes de marcharse tomaron algunas decisiones. El chico devolvió lo robado a su padre, el cual lo dejaría ir con la condición de que le permitiera darle toda la ayuda que estuviera a su alcance, tenía ahorros en el banco. La enfermedad de la novia de Eduardo era curable si se trataba tiempo. Además, recurrirían a familiares y amigos, harían una colecta en el distrito. Nadie reconocería a Eduardo como el ladrón del banco, pues llevaba máscara, la cual perdió antes de recibir el proyectil de fogueo en la oreja. (Extraño: ya no le dolía).

Pasadas las doce de la madrugada, se separaron. Dardo llamó a su superior, el comisario de la zona, el cual le preguntó a gritos dónde carajos estuvo; lo llamaron, lo buscaron desde las cuatro de la tarde sin tener respuesta. Dardo le dijo que lo disculpara, que no sabía cómo explicarle, que no tenía llamadas perdidas. «Te aviso que el banco recuperó todo el dinero». El hombre se quedó pasmado. Su hijo era libre de toda culpa y él tenía una bolsa con diez mil soles. ¿Qué pasó? No quiso hacerse más preguntas, no fuera a ser que arruinara la magia. Observó con curiosidad ese precioso árbol peruano que los cobijó a él y a su hijo.

Se presentaría en la comisaría temprano con su informe, pediría nuevamente disculpas por no haberse comunicado.

Aunque aún no sabía que no sería necesario. Lo recibirían con amabilidad, cual, si fuera un día normal en la convulsiva capital, en el que habría de resolver nuevos conflictos. Nadie le reclamaría por desaparecer durante horas, por lo contrario, sería felicitado por sus camaradas, debido a que actuó con valentía en el momento en que se perpetró el asalto. Fue él quien dio la voz a sus compañeros cuando notó algo sospechoso y logró que estuvieran en el lugar a tiempo para que redujeran a uno de los ladrones, quien tenía todo el dinero, antes de que huyese o lastimara a alguien.

Pensaría en la magia por un tiempo, un tiempo breve. Y muy pronto viviría una nueva magia, una realista. Una que involucraba una renovada y apreciada vida con Eduardo, con su esposa y con la enamorada de su vástago, los cuatro juntos como familia. Sí, con Teresa, la futura mujer de Eduardo. La futura nuera de Dardo. Los hechos extraordinarios de aquel miércoles quedarían en el olvido. Lo que permanecería en la memoria sería el reencuentro con aquel a quien amó desde que lo vio nacer, a quien dejó de lado varios años, y a quien ahora rescató, alguien que también lo había salvado a él. Por ahora, dinero en mano, el hombre se fue a casa para descansar; sabía que Elena, como tantas noches, ya estaría dormida sin esperarlo.

¿Cómo explicar el capital obtenido? Muy sencillo: lo ganó en la lotería. Asunto cerrado.

Mientras llamaba por celular para pedir que lo recogieran, el huarango, que despertaba cada cierto tiempo para ver y escuchar a los humanos, volvió a sumirse en su sueño vegetal.


Benjamín Román Abram (Lima, Perú, 1970). Sus cuentos y reseñas se han publicado en diarios, antologías y revistas nacionales e internacionales como El Comercio, Correo (Huancayo), Heterocósmica, Fabulador, Umbral, Buensalvaje, Cosmocápsula, miNatura, Agujero Negro, Plesiosaurio, Zona libre, etc. Es autor de los libros de relatos En Envase Pequeño y Bioficciones. También cultiva la poesía y la ha publicado en diversos medios.

Carlos Enrique Saldívar (Lima, Perú, 1982). Es director de la revista impresa Argonautas y del fanzine físico El Horla; es miembro del comité editorial del fanzine virtual Agujero Negro, publicaciones dedicadas a la literatura fantástica. Es director de la revista Minúsculo al Cubo, dedicada a la ficción brevísima. Es administrador de la revista Babelicus (literatura general). Publicó el relato El otro engendro (2012). Publicó los libros de cuentos Historias de ciencia ficción (2008, 2018), Horizontes de fantasía (2010) y El otro engendro y algunos cuentos oscuros (2019). Compiló las selecciones: Nido de cuervos: cuentos peruanos de terror y suspenso (2011), Ciencia Ficción Peruana 2 (2016), Tenebra: muestra de cuentos peruanos de terror (2017, 2018) y Muestra de literatura peruana (2018).


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3yhd2y3

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