Sombra de los laberintos del olvido y el tiempo: Rosario Carrión Burneo, poeta-mujer (1843 – 1920) | Martha Susana Álvarez Galarza

Por Martha Susana Álvarez Galarza

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

Cada mujer forja su propia grandeza

en la dimensión que atrapa sus sueños.

Introducción

El siglo XIX en el Ecuador, en la primera mitad, estuvo marcado por importantes cambios sociales, políticos y económicos que determinaron la independencia de lo que hoy es Ecuador y luego su consolidación como República, procesos significativos de larga duración que alcanzaron recompensa invalorable: la libertad individual y social de la opresión conquistadora.

En esa época la relevancia de la mujer había sido ocultada por los mecanismos que ha desarrollado históricamente el patriarcado, que no solo afectó a la mujer, sino también a personas de diferente raza y posición económico–social, a más de las diferentes orientaciones sexuales. El patriarcado no abarcaba un territorio determinado; englobaba a todos los países.

En Latinoamérica, Ecuador y Loja, el prototipo de mujer era la perfecta casada, piadosa, buena, madre y esposa, y sujeta a roles fijos como los domésticos, que sirven para ser agradables a su esposo, y dedicada a la crianza de sus hijos. Una especie de fatalidad regía la percepción sobre la mujer; hasta los padres decidían con quién debía contraer matrimonio, a más de que el escogido recibía la dote (dinero). Esta sumisión contemplaba desde la Nobleza de las monarquías europeas hasta las otras clases sociales. Respondía a un discurso ideológico de la Iglesia católica, que siempre ha sido su agresiva portavoz. En Alemania, en los ensayos filosóficos de Arthur Schopenhauer (1788–1860) no se aceptaba mujeres instruidas, eran pocas las que existían. Decía: «En la frente estrecha de la mujer no cabe un gran pensamiento». Se difundió ampliamente el mensaje misógino propio de la época. No variaba en el Ecuador y, por tanto, en Loja. Se carecía de conciencia femenina para exigir sus derechos. Las relaciones patriarcales, racistas y clasistas persistieron aún cuando del colonialismo se dio paso a la Independencia. Este proceso fue lento; el rol de la mujer llegaba a la obediencia simplemente. Al remitirnos a las fuentes primarias del Archivo Histórico del Municipio de Loja, libro 19, fondo 2 – 1829, quien poseía la casa más grande y la mejor de Loja era la señora Rosa Burneo. Mujer rica, recibe órdenes de los ejércitos de Colombia de que abandone su casa a fin de alojar a los oficiales y a la tropa.

El valor de la mujer lojana ha sido impredecible. La Historia relata que, en las guerras de la Independencia, el 21 de agosto de 1821 se integraron al cuartel de Babahoyo tres jóvenes: Manuel Jurado, Manuel Jiménez y Manuel Esparza; juntos pelearon el 24 de mayo de 1822 en la Batalla del Pichincha.

Después del triunfo, los heridos fueron atendidos, se descubrió que Manuel Jurado era una mujer llamada Nicolasa Jurado, lojana. Conmovido, el general Sucre la ascendió al grado de sargento. Manuel Jiménez y Manuel Esparza salieron bien librados y continuaron hasta Ayacucho; solo después de la victoria se descubrió la verdad: se trataba de Inés Jiménez, lojana, y Gertrudis Esparza, ambateña. Tres heroínas que pelearon en los ejércitos patriotas para alcanzar la libertad de la Monarquía española. Sucre asciende a Inés al grado de capitán.

A partir de la segunda mitad del siglo XIX, en Loja se notó un cambio hacia la prosperidad; la economía se había consolidado con base en la ganadería y agricultura, cuyos productos se comerciaban con el Perú. Fue importante el desarrollo cultural e institucional: se fundó el Hospital de Loja y la Casa de Huérfanos, y asomaron benefactores de las actividades culturales y educativas, entre otras.

La provincia de Loja estaba habitada por 26 000 personas; de ellas, vivían en la ciudad 9000 sujetos al esquema feudal. Loja tenía un aspecto señorial y recoleto; sus casas eran construcciones magníficas, residencias urbanas y rurales de arquitectura española muy singular. La influencia fue notoria hasta en las ventanas enrejadas, patios con vistosas y alegres flores y traspatio para la caballeriza; el ambiente estaba dominado por la Iglesia y los fanáticos del gobierno de García Moreno. En ese contexto, llegó la Revolución Liberal en 1895, a fines del siglo, lo que trajo algo de modernidad por las ideologías más abiertas que, a la vez, provocó un enfrentamiento entre liberales y conservadores. Muy pocas mujeres, que por siglos estuvieron adormitadas entre la vida de las iglesias y las actividades domésticas, sorprendieron con sus creaciones literarias. Las reformas alfaristas establecieron una ruptura del sistema social arcaico y permitió que la mujer brille con luz propia a pesar de las grandes limitaciones que a veces no trascendían del hogar. La llegada de la primera imprenta en 1885, comprada por Juan José Peña, se motivó la actividad literaria y el periodismo. Asomó Hojitas blanquecinas (1892), fue la primera publicación femenina del país, y la revista Nuevo Horizonte (1895), en la que se publicó la primera poesía de una mujer, titulado A la Virgen de Lourdes, con el seudónimo de Elena, en medio de la religiosidad imperante de la época, que solo permitía temas religiosos.

En 1843 nació la poeta Vicenta María del Rosario Carrión Burneo, hija de Manuel Carrión y Palacio y de Rosa Burneo. Su padre tenía 47 años cuando ella nació; era dueño de la Hacienda El Tablón, situada en Cariamanga, avaluada en 8 000 pesos, y con 250 cabezas de ganado.

El acta de nacimiento se obtuvo de los archivos de El Sagrario y dice así:

«En el año del Señor a los veinte y seis días del mes de abril del año 1843 yo, el infrascripto cura rector de la iglesia La Matriz de esta ciudad de Loja, cumplí la ceremonia de la iglesia a una niña hija legítima de los señores Manuel Carrión y Palacio y Rosa Burneo. Bautizada en caso de necesidad por la señora Gertrudis Valdiviezo a quien puso por nombre Vicenta María del Rosario. Fue su madrina Doña Rosario Burneo que sabe sus obligaciones y parentesco. Testigos: Antonio Armijos y Juan María Valencia, lo certifico y firmo para su constancia.

Manuel José Jaramillo “firma y rúbrica»

Rosario Carrión Burneo, a la edad de 17 años se trasladó a vivir en Cuenca junto con su familia. A los 20 años contrajo matrimonio con el caballero Vicente María Tamariz García, quien nació en Cuenca en 1842, hijo del español Francisco Eugenio Tamariz (Sevilla, 1784 – Cuenca 1879) y amigo personal de Dolores Veintimilla, poeta quiteña que vivió en Cuenca (1829–1851). Iniciadora de la escuela romántica en el Ecuador, fue una periodista que mantuvo una polémica con fray Vicente Solano.

Rosario Carrión Burneo, en su matrimonio, procreó un hijo, Manuel María Vicente Eugenio Segundo Alberto Tamariz Carrión (Cuenca 1864). Este se casó con Julia Victoria Toral Jaramillo y tuvo 10 hijos. La primogénita, María Julia Virginia del Rosario Tamariz Toral, se casó con Manuel María Ortiz Ordóñez (1880–1976), doctor en Jurisprudencia, fundador de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Cuenca. Procreó 10 hijos. La hija menor, Carmen Rosalía Ortiz Tamariz (1929-2009), contrajo nupcias con el poeta del grupo literario ELAN, de Cuenca, magistrado de Justicia Eugenio Moreno Heredia (1926–1997). Carmen Rosalía escribió el poemario Tardes doradas y es bisnieta de Rosario Carrión Burneo, de quien he mencionado su parentesco para llegar a la fuente primaria oral de herencia familiar, facilitada por la excelente poeta y escritora de literatura infantil Susana Moreno Ortiz y su hermana Lucía, hijas de la bisnieta de Rosario Carrión, quienes han motivado mi aproximación a la poética romántica de esta lojana.

Del poemario Rosas y violetas, obtenido en la Biblioteca Nacional Eugenio Espejo, de Quito, he considerado el poema “En el campo” para realizar una aproximación a su poesía.

Se manifiesta una pasión plenamente identificada con el Romanticismo, escuela literaria que nació en Alemania y se asimiló en Inglaterra, España y los países europeos; llegó a América tardíamente. En Cuenca y el Ecuador, en aquella época, tuvo muchos devotos. Proclama el amor a la naturaleza como fuente de sabiduría y fantasía. La poeta manifiesta una supremacía de la sensibilidad en la construcción de la autonomía de su yo, es subjetivista, intimista, como se comprende en cada estrofa que comienza así:

Luz y calor desde el cenit luciente
Derrama por doquier el rey del día;
Da a los campos verdor y poesía
Y anima mi aterido corazón

Está presente la metáfora simple «rey del día» en representación del sol que cubre su estado anímico de nostalgia en el juego de la luz y el calor del bello campo.

El viento mueve la florida hierba,
Que cual océano en tempestad se agita,
Mientras adentro de mi ser palpita,
Otro océano en desecha tempestad.

Versos de una prosopopeya en símil, del viento con el océano, multiplicador de su desconsuelo. En gradación ascendente, por su desdicha patética.

Dulces las aves en el bosque umbroso,
Trinan al son de bulliciosa fuente,
Y esa música tierna y excelente,
Es himno, el himno consagrado a Dios.

Bosque umbroso, bulliciosa fuente, música tierna. Sintagmas sustantivo-adjetivales que denotan la secuencia del tono anímico que le conduce a la espiritualidad del encuentro con Dios. La pasión se desborda en reflexiones líricas profundas.

Naturaleza con sublime idioma,
Publica del Señor la omnipotencia,
La Gloria, la Bondad, la Providencia,
Derramadas en la amplia creación.

Se afirma y agudiza sus versos que configuran la creación divina y la naturaleza con su alma habitada por Dios.

Aquí en el sauz la soñolienta copa,
Sobre la onda de cristal inclina,
En donde su ala va la golondrina,
Al paso inquieta y rápida a mojar.

Avanza su visión romántica, intuye el paso fugaz de la golondrina, delicadamente asoma un árbol dormido, agua para el ala de golondrina, una ambientación con raíz renacentista que viene de fray Luis de León, el encuentro de la paz que brinda la naturaleza y el deleite espiritual.

Más allá caen del rosal silvestre,
Los pétalos desechos en la grama, 
Y los que penden de la verde rama,
Semejan las antorchas de un altar.

Para escribir versos, la poeta intuye como vuelan los pájaros, sus movimientos; es el instante contemplativo, cómo los pétalos caen al abrirse en las mañanas, asoman en la grama como un acto de dolor y consumación de la belleza y la vida, así como es la ruta del amor no comprendido que se muere.

Que concierto, el concierto de la selva!
Son sus notas el himno de la calma,
Y a su son llena de ternura el alma,
Vuelve en la dicha que perdió a soñar.

Acude al exotismo rural de la selva, pone su acento en la quietud, la visión se cristaliza en el mundo con el que se identifica, «himno de la calma» que le da la ternura con la que vuelve a soñar, es la lírica que sus afanes fraguan su nostálgico lamento.

Me contemplan las aves trinadoras,
Moviendo esquivas las cabezas bellas,
Y al mirar dulce de los ojos de ellas,
Recuerdo de mi plácida niñez.

En la retórica propuesta avanza la prosopopeya, siente que las aves de bella cabeza le contemplan es la añoranza de su infancia. Se idealiza esta etapa de la vida como la edad de oro en la que hay carencia de conflictos por la dulce protección de la madre.

Siento el calor del maternal regazo,
Do yacía, inocente, reclinada,
Vuelvo a los sueños de la edad pasada,
Y siento ardiente el corazón latir.

Los versos están construidos sobre el amor maternal vivido y su imperecedero recuerdo, en la infinitud del afecto primero al que recurre en busca de serena seguridad.

Tan pura como el último suspiro,
Y fresca cual la palma de tu gloria,
En el fondo de mi alma tu memoria,
Conservo eterna ¡madre de mi amor!

El sentimiento de pureza contempla en resonancias vitales de amor a su madre. La tristeza en el momento de éxtasis se refugia en su memoria con la certidumbre de su amor primero.

Tu tierno corazón en tu hija hallaba,
La luz primaveral de sus delicias,
Ya no puede ofrecerme sus caricias,
Cayó augusta como en su tumba el sol.

El correlato poético avanza: es el desencanto que descubre el dolor de su madre muerta, versos de símil en hipérbole magnifican su pasión perdurable bullendo en la vital querencia el dolor de su recuerdo.

Nadie en el mundo como tú me quiere,
Me ofrece su regazo a mi reposo,
Víctima de un destino borrascoso,
Ahogo en llanto mi dolor tenaz…

La poeta configura su voz con la textura íntima del vacío, la nostalgia ha calado su espíritu, guarda planos actuales gobernados por el rigor de la vida que penetran sus secretos en los dos versos últimos.

En mi funesto desamparo quise,
Un alma que a la mía comprendiera…
Creí ver despuntar la primavera
 y solo sombras en mi torno hallé.

Las resonancias versales atienden a su visión y su sentir que en la creación estética alcanza a fijar y comunicar «y solo sombras en mi torno hallé». Una realidad representada ante la inexistencia del amor no encontró un alma que le comprendiera, versos que son la condensación del sufrimiento con palabras repletas y saturadas de sinceridad como una alternancia de sus tensiones intimistas.

Cuan ligeras pasásteis, ilusiones,
Horas de dicha en las que fui querida,
Dejando a mi alma mortalmente herida
Y entregada al pasar mi juventud.

En la escuela romántica prevalece el individualismo, el “yo”; así son estos versos llenos de introspección en los que se afirma la experiencia personalísima que guía al tormento y angustia como es el clamor de la herida.

Del Zamora a la orilla deliciosa,
Se abre una flor modesta como bella,
La violeta predilecta de ella,
Que aquí veo con honda conmoción.

Evocación significativa que se traslada a los días felices de su juventud, cristaliza su ensueño en la imagen del río Zamora de Loja, en la violeta, preciosa flor, como recién nacida. Es una gran carga afectiva hacia su tierra natal.

Oh recuerdos de un bien idolatrado,
Dejadme sacudir hoy mi amargura,
Como el joven corcel en la llanura,
¡Como las aves quiero libertad!...

La fuente originaria, dolor y soledad, busca en su laberinto que le proporcione paz y esperanza. La figura (corcel) dinamiza la energía expresiva articulada en dos símiles que son las constantes de su poesía. Va encandilando su entono lírico hacia la libertad.

Quiero subir a la gigante copa,
Que alza a los cielos la gentil palmera,
Cruzar el aire, recorrer la esfera,
Posar mis plantas en la faz del sol.

El sentido de evasión hace que la poeta se encumbre con insondable sentido de libertad; va tallando el perfil ideal de la misma la naturaleza y su rey sol, que son los que le conceden la ilusión de felicidad.

Mas no: María ¡protectora sombra!
Quiero a tu gloria consagrar mi vida
Ser tuya, que tú el bálsamo en la herida
Derrames do mi inmenso corazón.

Recurre nuevamente a lo religioso bajo la tensión de la ficción literaria anterior, retoma sus miedos y conflictos al decir: «Mas no»: María busca su protección, los impulsos ideales solo encuentra asidero en la protección de María.

Quiero más, que me des seguro albergue,
De tu Hijo Sacrosanto en el costado,
Do la vida dejar me sea dado,
Reclinado en su seno paternal.

Se corta el círculo del sufrimiento por el goce supremo que brinda el espíritu cristiano. La tensión anímica adquiere una celestial profundidad conectada con la madre: María y un padre Cristo, los que se enlazan emotivamente con lo perdido al pedir una casa segura. La poeta está pidiendo la muerte y ser recibida en el seno paternal, un sentimiento noble de insatisfacción de su realidad. Albergan sus versos una notoria influencia de Dolores Veintimilla cuando decía: «Te arrancaré del pecho corazón». Vivió experiencias similares a la poeta lojana.

El poema de la escritora, en lo que respecta a la construcción versal, tiene las características de la métrica del tiempo; así en vez de «donde», anota «do». El uso repetitivo de la símil como también de la «y» polisíndeton de la retórica de la época, versos de rima asonantada en todas las estrofas del segundo con el tercer verso. El poema “En el campo”, de Rosario Carrión Burneo, ha sido tomado de la revista Mujer (Quito, julio de 1905), dirigida por la periodista y poeta Zoila Ugarte de Landívar, del archivo de la Biblioteca Nacional Eugenio Espejo, de Ecuador.

La escritora lojana Rosario Carrión Burneo se vinculaba con círculos poéticos del país, como las poetas Carolina Febres Cordero de Arévalo, Lucrecia Montalvo, Isabel D. Espinel, Dolores Sucre, Delia C. de González, Mercedes G. de Moscoso, Ana María Albornoz, María Natalia Vaca y Clorinda M. Chiriboga, distinguidas poetas y narradoras que se reunían para publicar sus obras. Estas actividades constituían la vida intelectual de la mujer ecuatoriana, que alcanzaban a publicar periódicos y revistas de corta duración en esa época, en un estado de religiosidad imperante que solo se permitía temas vinculados a la religión católica por ser considerados no aptos para la mujer.

La investigación sobre la poeta Rosario Carrión Burneo analiza las estructuras sociales–ideológicas dentro del proceso de su ubicación tempo–espacial que corresponde a un grupo de mujeres que por sus planteamientos generales se insertaron en el panorama generacional romántico, del cual fue su precursora Dolores Veintimilla de Galindo con su poesía altiva frente a la injusticia y el poder; bastó a su poesía ser sincera para ser grande. Rosario Carrión Burneo nació poco después de la muerte de Dolores y vivió en Cuenca en la misma época de los escritores románticos Luis Cordero, César Borja, Pablo Hannibal Vela, Juan Abel Echeverría, Quintiliano Sánchez, Mercedes González Moscoso, Miguel Ángel Albornoz, Dolores Sucre, Félix Valencia, Julio Matovelle, José Modesto Espinoza, Luis Cordero Dávila y Antonio Toledo, por mencionar algunos en el contexto ecuatoriano de la lírica romántica.

La poesía romántica de Rosario Carrión Burneo, de corte intimista, se construye al interactuar su intelecto y sentimiento, como compensando la tristeza de los días que ignoran sus pesares. De pronto, al crear imaginando mundos subjetivos con ansias de libertad, provoca un escape del tiempo que le tocó vivir, en una sociedad patriarcal (oscura realidad). Ofrece un mundo que debe ser comunicado; responde a su imaginación, fantasía, ensueño. Pone en cuestión el pasado, que ha coartado las invenciones poemáticas que han permanecido quietas, en silencio, sin ser valoradas, a la espera de que alguien con inquietudes sobre la teoría histórica desempolve su nombre y lo entregue a la ciudad que la vio nacer. Es una mujer de palabra sencillamente poética que recién comienza a gobernar el corazón de lectores, poetas e historiadores, termina con sus antiguos sepultureros, al ser restituido su nombre, con lo que se ha descubierto a la mujer poeta que no ha sido vinculada a la poética lojana. Ahora lo hacemos como un homenaje a los cien años de su muerte.

Referencias

Archivo de la Curia del Sagrario de Loja.

Archivo Histórico del Municipio de Loja.

Revista Mujer (1905). Guayaquil, Ecuador.

Biblioteca Nacional Eugenio Espejo. Flacso, Quito.

Biblioteca Aurelio Espinoza Pólit. Quito.

Bianchi de Cortina, Edith. Gramática Estructural. Tomo IV

Bousoño, Carlos. Teoría de la Expresión Poética. Tomo II.

Fuente primaria oral de herencia familiar: por parte de la escritora cuencana Susana Moreno Ortiz, hija de Eugenio Moreno Heredia (Grupo ELAN) y de la bisnieta de Rosario Carrión Burneo.

Mariscal, Enrique. El poder de lo simple.


Martha Susana Álvarez Galarza. Nació en Ambato, sus estudios primarios y secundarios los realizó en su natal ciudad; en tanto que para la Educación Superior se trasladó a Quito para estudiar y graduarse en la Universidad Central del Ecuador. Educadora, escritora y gestora cultural, en este último campo ha desarrollado eventos nacionales e internacionales en el ámbito de la literatura. Vive en Loja por más de treinta años en los que ha demostrado sus dotes de poeta, activista y conductora de eventos culturales y proyectos bibliográficos. Recopiló biografías de mujeres lojanas, azuayas y ambateñas que se han destacado en sus actividades profesionales, con incidencia en el ámbito social, en los libros Buril de la Memoria 1 – 2 y 3, a más del libro nacional sobre mujeres titulado Mujeres del péndulo. En poesía tiene Memorial de los días, Celosía del alba, Fiorella de agua y, Travesía del viento en el jazmín disperso, títulos que avalan su tarea poética. Además de otros muchos títulos sobre otras disciplinas como ensayos: Ellos son y están aquí… Encuentros; Palabra en plenitud silenciosa de vida. Incursiona en este año en la narrativa de género negro. Como ella lo señala: “Cada mujer forja su propia grandeza en la dimensión que atrapa sus sueños”.

Un comentario en “Sombra de los laberintos del olvido y el tiempo: Rosario Carrión Burneo, poeta-mujer (1843 – 1920) | Martha Susana Álvarez Galarza

  1. Me gustó mucho y más que nada por enterarme de la relación familiar de la poetisa con mi madre Rosalía Ortiz de Moreno me alegro saber que heredó su vena poética, pensaba que había adquirido por ósmosis o por la convivencia con el poeta Eugenio Moreno Heredia, que de alguna manera influenció, pero mas directamente por los genes de esa excelsa escritora.

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