Miradas sobre las relaciones de pareja: sobre “La casa está muy grande” de Rendón | Iván Rodrigo Mendizábal

Por Iván Rodrigo Mendizábal

Julia Rendón es una joven escritora quiteña. Estudió y vivió en Estados Unidos, y pronto fue a radicarse a Argentina, a la cosmopolita Buenos Aires. En esta ciudad terminó un segundo posgrado y publicó el volumen de cuentos La casa está muy grande (Linda y fatal ediciones, 2015), su primer trabajo de corte intimista y personal, demostrando que con la escritura se puede hacer imágenes fuertes y hermosas: especie de retratos de la cotidianidad de la mujer, de la pareja, de la vida misma. Conocemos que ahora termina un tercer posgrado en Ecuador, además que ha ganado una beca en España de escritura creativa. Digamos, según lo dicho, que descubrimos a una escritora que tenazmente busca nuevos aprendizajes, nuevos retos y los plasma en su obra literaria. De hecho, uno de los recientes retos es su incursión en la literatura infantil con su libro La mano de Malena (Loqueleo, 2020).

Detengámonos, sin embargo, en La casa está muy grande, libro de unas 70 páginas. Reúne cuentos cortos, muy precisos, en los que se aprecia trazos acaso pictóricos, acaso simbólicos. Las historias se refieren a la cotidianidad de las parejas, de las relaciones humanas, de las relaciones sociales, y lo que importa de ellas es cómo se presentan: hay un mundo de imágenes, como recuerdos, como sueños vivos, como presencias que no se pueden olvidar; ese mundo de imágenes, en ciertos cuentos, se desatan de otras imágenes, de dispositivos que desatan a la reminiscencia. Una primera impresión de la lectura de los cuentos de Rendón es que estos transmiten, usando singularmente las palabras, poéticamente lo que ellas pueden evocar, figuraciones que conectan tal cotidianidad con el sentir, con la vivencia misma que suscitan los recuerdos.

Quisiera reunir de otro modo el contenido de La casa está muy grande. Desde ya su título lleva a pensar y, más aún, el diseño de su portada. Dejemos, para más adelante lo que estos sugieren. El orden por el que trataré de analizar es más bien con relación a los temas o los recursos que Rendón emplea para entramar su libro. Uno de ellos, el más inmediato, creo yo, el más logrado, es el relacionado con la imagen.

Respecto a este asunto, el cuento “Ojos de perro”, el que abre La casa está muy grande, es sugerente. Hay allá dos aspectos: una fotografía desata el recuerdo de un momento ya lejano que la narradora trata de reconstruir a partir de las personas que posan y lo que ellas suscitan en la memoria; y dentro de tal fotografía, una mujer que curiosamente tiene “ojos de perro”, enigmática, desconocida, que aparece, como si fuera una forma fantasmática. No es un cuento de terror, cabe decirlo, pero Rendón bordea en la sospecha, porque ahora, por fin se da cuenta de una presencia que en su momento pudo estar oscurecida, pese a la familiaridad de los rostros, de la hacienda, del enamorado momentáneo. La foto sirve para conectar con una época: es un momento que vuelve a “presentificarse”, por el cual nos trasladamos, como si fuera una máquina del tiempo a conectarnos esta vez no con lo ya conocido, sino con lo que se ha olvidado o quizá desdeñado. Un tono sicológico resuena en este cuento y nos hace vibrar, además de inquietarnos. Y la inquietud está precisamente en ese juego de imágenes y reflejos: si los ojos de la mujer que se ha ignorado en un momento de una vida, cuyo rostro está ahí en la foto, nos devuelven la mirada, se podría decir que también son simbólicas, porque en realidad, nos restituirían el reconocimiento. El problema es que las imágenes son mundos que ya son distantes, pese a que siempre se actualicen con la mirada.

Otro cuento que se relaciona con la cuestión de las imágenes es “Brown Eyed Girl”. Y quizá el mismo título también encierra lo que el anterior cuento nos propusiera: los ojos son dispositivos en cuyo reflejo, en cuya “memoria”, se concentra un mundo, quizá el del momento de su exposición. Este tema es pictórico desde antaño y nos pone ante el hecho de quién mira a quién. O quizá, quién narra realmente. En principio presuponemos que hay un narrador personal, emotivo. Pero la estrategia de Rendón parecería es querer jugar a la duplicación, al reflejo, pero también al fulgor. En el referido cuento, es la imagen “encuadrada” momentáneamente por la ventana de un bus, que además encierra a alguien que se va. Rendón ya de antemano nos pone ante el escenario de la fugacidad. Es una ventana de un bus por el que vemos a quien se va y el cuento va recordando ese momento que, por otro lado, se desvanece, curiosamente por la velocidad del bus que hace desaparecer ese momento que se ha detenido en la mente. Y el problema es que la narradora nos pone en un conflicto, porque además quien se ve que se va, la ignora, quizá de forma premeditada o quizá no intencionalmente. Desde allá suponemos que es un simple final, la terminación de una relación. Sin embargo, el motivo le da un giro: quien se va, una mujer que abandona a otra es por un hombre, un “monstruo” –según las palabras de aquella– al cual no se ha renunciado. No importa acá redundar sobre la conflictividad de las relaciones humanas o de pareja, sino, como sugerí antes, la dimensión simbólica: las parejas son dobles de sí, como las imágenes respecto con el referente; qué tal pensar que en las imágenes –en el otro– hay otros referentes. La narradora se da cuenta de pronto que ha sido abandonada por ese otro: Rendón sugiere que lo que podría ser una relación entre mujeres, esta puede fracasar porque aún parecería prevalecer la imagen fantasmática del hombre en la conducta de una mujer.

Si de recuerdos se trata, “Suelta” parte de mirar a través de la ventana de un avión; el hecho es que ahora la narradora nos hace mirar una imagen vacía –aunque realmente se miren solo las nubes–, pero la cuestión es llenarla de recuerdos. Y es acá donde inmediatamente se nos conecta con la infancia de la narradora y la relación con su hermano, relación que a veces parece ser algo peligrosa, aunque pronto nos demos cuenta de que es algo que no tiene la malicia que tal vez nos hayamos imaginado. El recuerdo, sin embargo, nos conecta con el vacío también de una relación ya madura entre la narradora y su compañero de vida, un viajero más en el contexto de su vida.

En el mismo sentido que el cuento anterior, “Olor a nardos” narra la historia de una mujer que recuerda el momento en el que su pareja le abandona; en este otro caso, el problema es hacernos concienciar que aún no se asume el vacío. Y ese se trata de llenar con un retrato en el velador. El relato es singular para comprender hasta qué punto cuando un hijo se va de la casa, la madre sola intenta recordarlo, aunque sea pegada a las fotografías.

Como se constata, los cuentos parten de la mención de las imágenes. Tratar de evocar poética o literariamente lo que suscitan las imágenes, conectándolas con las mentales que todo relato puede suscitar es, como se ha sugerido, el aporte singular de este libro. Empero, más allá de ello está otra cuestión, en realidad la que define a La casa está muy grande: las relaciones de pareja, esas que más bien han sufrido el deterioro, se han desvanecido con el paso del tiempo, e incluso se las que se ven más bien como inestables, no duraderas, y también imágenes del abandono de la idea del amor. Todo esto en realidad va a permear todo el libro y va a tener otras perspectivas tal como veremos a continuación.

Habría que apuntar que si los anteriores cuentos parten del recuerdo que evocan los objetos, hay otros que aluden a los sentimientos, a las sensaciones emplazadas cuando en efecto se ha vivido frenéticamente el amor o cuando se ha sido abandonado o abandonada.

En este contexto, “Buaya Darat” es un cuento además con un título enigmático. Puede tener un tono intimista, de un encuentro de una pareja acaso ocasional, pero que, en el momento, en el sosiego del disfrute amoroso, el sentido de la relación puede ser significativa. Y he aquí lo interesante: el encuentro amoroso acaso también puede ser un encuentro en el que uno devore al otro. La autora inicia su cuento con una frase sobre la infidelidad y las consecuencias, no tanto morales, sino las derivadas si la pareja es descubierta por la esposa del amante. Pero la figuración tiene como representación el dragón de Komodo. Quizá Buaya Darat tenga que ver con ello. Una rápida revisión en internet de su significado –la verdad es que me inquietó el desafío que Rendón pone en el título– de pronto nos lleva a relacionar “buaya” con los saurópsidos o reptiles, pero también con los seres humanos traicioneros y rapaces; en algún caso, en otro plano, la denominación “buaya darat” nos conecta con el libertino o el “play-boy”. ¿Son las relaciones de pareja, fortuitas, de amantes, juegos de espejos, de desafíos, de apuestas y de peligros? De cierta manera, se respira en este cuento un aire también vampírico.

Otro cuento sobre relaciones de pareja y de amantes es “Viaje al fondo”; la tensión se forja en el deseo de volver a los brazos de esa amante asiática mientras se tiene al lado a quien es compañera de vida. Rendón relata con sutileza el enigma del tiempo. A su vez, el cuento “Momentos” nos sitúa en una habitación con una mujer la cual rememora la partida de quien alguna vez amó. Quizá es el cuento más personal, el más íntimo de los cuentos de este libro. Y también el que tiene un trazado poético que provoca al lector. En el mismo sentido, otro cuento que evoca la pérdida, pero a la vez, el deseo del reencuentro es “Rutina”. Esta vez la cuestión es ver en los rostros de los transeúntes al ser amado perdido, al ser que se ha ido pero que se desea aún. ¿No es acaso la imagen real de quien, en el dolor de la desesperación, trata de ubicar lo familiar en lo que acaso es completamente extraño? Podríamos conectar este cuento con el tema de las imágenes, solo que ahora están vivas en la calle, pero vacías de amor.

Y si queremos percibir la sensación de destrozo interno, habría que leer “El cubo”, un cuento sencillo. Allá se narra el dolor de la partida de alguien querido. La imagen del abandono es como la de estar encerrado en un cubo. Tal vez se pueda emparentar con dicho relato, “Lo que corta”. En este, basta saber que hay algo que corta, que lleva al límite del suicidio. Sin embargo, ¿no hay también en ese cuento la metáfora del pintor/pintora que rasga el lienzo? La analogía puede ser sugestiva: el filo de algo desgarra la piel. ¿Y por qué ser desgarrado? La mujer de la que se cuenta está en su habitación, como en un cubo.

Un tercer grupo de cuentos nos pone en el escenario de las relaciones humanas entre personas adultas, e incluso lo que estas representan en la vida de las personas o familias.

De este modo, “Allá en Sangolquí” tiene un perfil distinto, y quizá nos conecta con algo que ya estaba presente en el cuento “Brown Eyed Girl”: las relaciones entre mujeres. Es la historia de una hacendada con su carácter dominante, con su manera de ser “patriarcal”, que supedita, en cierto modo, la relación con otra mujer habitante en la hacienda, acaso quien la sirve y le ayuda en sus menesteres. Es particular la figuración que hace Rendón de un par de mujeres que se ayudan y que se quieren; pero ese querer es un amor entre personas que ya nada tienen que perder, pese a las circunstancias que les rodean, incluida la decadente casa en donde viven o el abandono que ha sufrido la hacendada. El retrato es de un mundo que se ha detenido en el tiempo.

Podríamos hacer un parangón del cuento reseñado con “La bendición de la abuela”. Puede ser una historia anodina, del momento del matrimonio de una muchacha judía. La cuestión se refiere a un precepto consuetudinario: “La esposa tiene el poder de controlar la conducta de su marido, Jana. Puede moldearlo, siempre que no sea un goy. A ellos nunca se les puede moldear”. La trama gira alrededor de este asunto, sobre cómo una mujer puede “moldear” la conducta de quien es su compañero de vida. La sugerencia parece ser que, a la final, la mujer tiene más poder sobre el hombre en la cultura judía, cosa que es llamativa sobre todo cuando se piensa que la mujer está sometida a la tradición y al dictamen del mundo masculino en el mundo oriental. Pese a la presunción de libertad que insinúa el precepto que repite la abuela a la nieta antes del matrimonio, pronto nos damos cuenta, y este es un giro singular del cuento, que el matriarcado a la final se sostiene sobre la base del patriarcado: se moldea al hombre según los patrones de la cultura donde la mujer es un vehículo.

Cabría añadir una imagen de la vejez que está reflejada en otro cuento sugestivo: “Los pies”. La cuestión del recuerdo enlaza el pasado, cuando se tiene la vitalidad necesaria y el presente, cuando se está postrado.

Un cuarto grupo de cuentos se relacionan con lo social, aunque de antemano ya presuponemos que los cuentos del libro en sí mismos tienen que ver con lo social íntimo o privado. Pero Rendón, sabe con tino no desconectarnos, es decir, hacernos sentir que lo que narra no está alejado de la realidad. Una es la realidad cotidiana de las personas por amor o por desamor, y otra, quizá adicionalmente, es la realidad cotidiana de las personas que se encuentran desamparadas. No se trata solo de que la cuestión del amor, del afecto sea algo que se relacione con las parejas, sino también mostrar, y esa es mi lectura, que, en el mundo, cuando hay falta de amor, hay desigualdad.

De acuerdo con lo dicho, un cuento que parece ajeno al libro pero que tiene la impronta señalada es “Sin nadie que te consuele”. Acá no hay relación amorosa, intimismo, recuerdos perdidos… Aunque sí la evocación de algo que no debía darse, quizá un asesinato, quizá una desaparición, de los cuales el personaje siente una vaga o sensación de culpa. Lo interesante de este cuento es el contraste de formaciones sociales en juego, de la diferencia entre formas de ver la vida. La autora de pronto nos pone ante el juego de lo social y sus determinaciones acaso oscuras: ¿Se desea lo que no se tiene a costa de eliminar al otro? ¿Por qué querer ser el otro que a la final no se desea?

En otro caso, gente pobre, gente de condiciones miserables, acaso sometidas por el capital y la productividad de la riqueza detentada por otros, es lo que trasunta el breve cuento “La otra cara del oriente”.

Digamos que La casa está muy grande, según lo analizado, es un rico retrato sobre la sociedad actual, posmoderna, ahuecada de contenidos, ahuecada de afectos, relativista, donde el peso de las tradiciones pareciera que no existen, pero subsisten entre los corazones, entre los pensamientos, entre las nervaduras corporales y afectivas más ignotas. Decía que el título del libro es harto curioso. Y lo es, cuando nos damos cuenta de que, gracias a las tramas de los cuentos, que la casa, en efecto, se ha quedado grande: porque las relaciones de pareja se desvanecen, porque las personas se abandonan entre ellas, porque no hay consecuencias de sus disimulos, porque a la final hay una sensación de vacío. Rendón parece jugar con nosotros incluso entregándonos la llave de la casa –de su casa afectiva–, a sabiendas que ella es chiquita y la hendidura es gigante –tal el sentido del diseño de la portada–. Con ello digamos que, La casa está muy grande, siendo el libro primero de esta autora ecuatoriana, es potente: expone la sensibilidad del artista –sabemos además que Rendón en pintora, es artista plástica–, y en este caso, la sensibilidad de quien empieza a dominar la palabra para suscitar paradojas internas.


Iván Fernando Rodrigo Mendizábal. Doctor en Literatura Latinoamericana por la UASB-Ec. Magíster en Estudios de la Cultura por la UASB-Ec. Licenciado en Ciencias de la Comunicación Social por la Universidad Católica Boliviana San Pablo. Profesor de la UASB-Ec. Escritor de artículos científicos en diversas revistas ecuatorianas e internacionales. Columnista de El Telégrafo (Ecuador), Suridea (Ecuador) y Amazing Stories (EE.UU.). Autor (entre otros) de: Análisis del discurso social y político (junto con Teun van Dijk, 2000); Cartografías de la comunicación (2002); Máquinas de pensar: videojuegos, representaciones y simulaciones del poder (2004); Imaginando a Verne (2018); Imágenes de nómadas transnacionales: análisis crítico del discurso del cine ecuatoriano (2018), Imaginaciones científico-tecnológico letradas (2019) y Historias desde el futuro: ciencia ficción andina como antropología especulativa (2021). Capítulos de libros, entre otros: “El monstruo es del sur: más allá de la biopolítica” en Marginalia III, relecturas del canon literario (Carlos Alberto Castrillón y Juan Manuel Acevedo, comps., 2013); “YouTube y el documentalismo global: ecuatorianos en el proyecto Life in a Day” en El documental en la era de la complejidad (Christian León, ed., 2014); “Ciencia ficción ecuatoriana: las exploraciones del futuro de las nuevas generaciones” en El pez solo puede salvarse en el relámpago (Augusto Rodríguez, comp., 2020); “Análisis del discurso de lo político: notas para una metodología aplicada a Twitter” en Comunicación Política: Debates, estrategias y modelos emergentes (Sergio Rivera Magos y Bruno Carriço Reis, eds., México, 2020); “La ciencia ficción ecuatoriana (1839-1948)” en Historia de la ciencia ficción latinoamericana I. Desde los orígenes hasta la modernidad (Teresa López-Pellisa y Silvia G. Kurlat Ares, eds., España, 2020); “Political Dimension of Latin American Science Fiction” en Peter Lang Companion to Latin American Science Fiction (Silvia G. Kurlat Ares y Ezequiel De Rosso, eds. USA, 2021).

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