Mariposas | Rubén Darío Buitrón

Por Rubén Darío Buitrón

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

Solo la casualidad nos ayudaría a dar con nosotros, a entender quiénes somos, a saber, dónde estamos, a conocer cómo estamos, a tener alguna certeza acerca de ti, a tener alguna certeza acerca de mí.

Solo la casualidad, pero la casualidad no existe. Nada que parezca coincidencia lo es. Nada que parezca imprevisto lo es. Nada que parezca sorprendente lo es.

Por eso pasaron tantos años sin que nos halláramos. Tantos años pasaron sin que yo diera contigo o tú dieras conmigo. Pero estábamos ahí, esperándonos.

Y fue por eso que un día nos encontramos, fue por eso que nos hallamos, fue por eso que un día empezamos a dialogar por las redes sociales y fue por eso que ese diálogo se materializó y convirtió en un largo, exploratorio y fecundo beso cuando decidimos que había llegado el momento de derribar nuestros muros.

Pero todo lo sencillo y simple puede convertirse en un problema. Y así fue. ¿Qué más debía pasar después de ese beso clandestino, abrazados contra una pared ubicada detrás del counter de un hotel donde habíamos ido a comer y por donde no pasaba nadie, ni meseros, ni botones, ni huéspedes ni empleados?

Lo que debía pasar era que el beso de los labios se convirtiera en el beso de los cuerpos. Y esto ya fue más complicado. ¿Cómo haríamos para concretar ese deseo si yo vivía en Guayaquil y tú en Quito? ¿Cómo superaríamos los 400 kilómetros de distancia que separan las dos ciudades? ¿Cómo inventaríamos alguna manera de encontrarnos por lo menos una vez al mes, una vez cada quince días, una vez cada semana?

Un día me llamaste y me dijiste que pronto estarías en Guayaquil, que te contrataron para dictar un seminario de marketing y que pasarías dos días y dos noches en mi ciudad.

Esa llamada me hizo feliz. Me puse a planificar lo que haríamos las dos noches que estarías aquí. Busqué un hotel acogedor y discreto que ni siquiera los organizadores supieran su dirección, aunque ellos te habían ofrecido no solo pagar por las charlas sino el hotel, la comida y el viaje en avión.

Había que tener el máximo cuidado porque tu marido no debía enterarse de nuestros planes, no debería enterarse ni siquiera que yo existía o que éramos amigos, peor que éramos amantes, aunque nunca supe si los besos furtivos te convertían en pareja clandestina, aunque nunca supe si tú estar casada y yo soltero nos ponía en el grupo de inmorales, falsos o antiéticos.

Nunca lo supe porque solo alcanzamos a decir palabras hermosas y a intercambiar besos ansiosos. Nunca lo supe porque era muy difícil comunicarnos, a pesar de que inventamos un lenguaje de señas en las teclas y solo tú y yo sabíamos que esos signos querían decir “te deseo” o “te amo” o “te extraño”.

Lo único que me dijiste fue que el amor es una diáspora de bellas mariposas silentes que vuelan y se dispersan para siempre, bellas mariposas silentes que no se juntan. Y no entendí por qué lo mencionaste.

Faltaban todavía dos semanas para que vinieras y yo estaba tan agitado, tan impaciente que decidí escribirte una carta por cada día que no llegabas, 14 cartas que te entregaría después de que por primera vez hiciéramos el amor y que el orgasmo no fuera solo físico sino espiritual porque mi idea era que tuvieras un orgasmo del alma cuando te entregara las cartas y te pusieras a leer.

Imaginaba tus emociones, tus sonrisas, tu mirada fija en los textos, tus lágrimas de estremecimiento y dicha, tu certeza de que, en realidad, yo estaba enamorado de ti y de que tú estabas enamorada de mí.

Cada mañana, cuando salía a trabajar, cerraba la puerta de mi casa y miraba al cielo, a ese cielo que muy pronto te traería, y me conmovía reflexionar en que vendrías en un avión igual al que estaba pasando ese momento y me llenaba de luz saber que te esperaría en el hotel casi con desesperación, casi con ansiedad, casi con una suerte de vértigo luego de que los directivos de la empresa que te habían contratado te dejarían para que descansaras y la charla empezara puntual a la mañana siguiente.

Fueron 14 noches que te imaginé desnuda, que imaginé tus muslos abiertos para que entrara la vida, que pensé en decenas de formas de tener sexo contigo, que inventaba alguna manera de sorprenderte, quizás con un ramo de orquídeas en la habitación y una tarjeta que dijera “te amo” como preámbulo de lo que sucedería con las cartas después de que hiciéramos el amor.

Y llegó la noche anterior al día de tu venida, llegó la víspera me decía yo, y te escribí al celular decenas de mensajes con los signos que habíamos creado, pero tú no respondías y yo me paseaba por la habitación del hotel, que había contratado un día antes para que no fallara nada, y miraba la ventana que daba a la calle Escobedo, a una cuadra de la avenida Nueve de Octubre.

Y la gente pasaba y gritaba y reía y caminaba con alguna prisa y alguien vendía periódicos y alguien vendía papel higiénico y alguien vendía relojes seguramente robados y alguien vendía helados y alguien en la puerta de un café invitaba a los transeúntes a pasar y alguien conducía un auto en dirección al malecón y alguien conducía una camioneta en dirección contraria.

Y todo eso pasaba mientras yo me sentaba en una silla, encendía el televisor, lo apagaba, me aferraba a uno de los bordes de la cama de dos plazas y media con un tendido impecable de las sábanas y las cobijas y bajé al restaurante y pedí un café aunque sabía que me haría mal, que no podría dormir, que la angustia sí podía medirse en cucharadas de azúcar, que por qué no me respondías, que quizás tu marido descubrió el plan, no sé, que quizás te arranchó el teléfono y vio los signos y te preguntó qué es esto, que quizás no le convencieron tus explicaciones, que por primera vez sonó el teléfono y vi que era el tuyo pero era imposible porque habíamos hecho el juramento de que pasara lo que pasara nunca nos llamaríamos.

Para completar la clandestinidad de nuestra relación convenimos en ponernos nombres cambiados, perfiles que no tuvieran nada que ver con nuestra realidad y fotografías con los rostros de personas que aparecían en alguna imagen de Google.

Era imposible que nos descubrieran, pero, quién sabe, algo podía fallar, si no era tu marido podían ser tus hijas que como te querían tanto era de prever que se pondrías celosas si sospechaban algo.

El teléfono timbraba y timbraba y no se me ocurrió otra cosa que pedirle a la mesera, Fanny se llamaba, Fanny con un rostro hermoso pero con un cuerpo deformado por la edad, decirle mi nombre(un nombre falso) a Fanny, darle un billete de diez dólares y pedirle que por favor respondiera la llamada y solo escuchara quién estaba del otro lado de la línea, si era una voz de hombre o de chica y que me dijera por quién preguntaban y que respondiera que el número estaba equivocado.

Fanny respondió y alzo las cejas, se ruborizó mientras decía aló y escuchaba, escuchaba algo, escuchaba con rostro de interés y sorpresa y yo no sabía qué oía hasta que aplastó el botón que cortaba la llamada y, temblorosa, me entregó el celular.

Pregunté a Fanny a quién buscaban y qué voz escuchó y me contó que no hubo ninguna voz, que escuchó gemidos, respiraciones agitadas, susurros de hombre y de mujer, palabras amorosas, expresiones de satisfacción, gritos de placer.

Fanny me preguntó si me serviría algo más, me entregó la carta de tragos y le pedí un mojito cubano sin conocer a qué sabía esa bebida, sin recordar que yo no tomaba alcohol, pero la confusión que ese momento llenaba mi cabeza me impidió pensar en otra cosa que lo que me contó la mesera e hizo que tratara de poner en orden las ideas.

Hubiera dado lo que me pidieras para que me explicases qué era lo que sucedía al otro lado del teléfono, pero no había manera. Podía ser una trampa para que yo devolviera la llamada y tu marido descubriera que había otro hombre en tu vida o tus hijas, con esa capacidad de percepción que tienen las mujeres, comprobaran sus sospechas.

Mientras tomaba el mojito cubano, que me pareció una bebida extraña, traté de entender que quizás estabas despidiéndote de tu marido por los dos días que estarías en Guayaquil, pero no, era absurdo, ¿un apasionado adiós por dos noches que no estarías con él? No. Era inverosímil. Exagerado.

A la mañana siguiente, a pesar de que mi corazón estaba en escombros, te esperé en el hotel a la hora convenida. Por segundo día consecutivo no recibí ninguna respuesta a nuestras señales de humo. Mi celular estaba lleno con mensajes de WhatsApp que no tenían respuesta. Traté de convencerme de que yo había magnificado las cosas, de que unos simples besos detrás de una pared no significaban más que eso, de que entre tú y yo no existía amor ni deseo, de que todo ese tiempo habías estado jugando conmigo.

Tocaron la puerta una, dos veces justo cuando iba a ducharme. No supe qué hacer. Podías ser tú, pero también podían ser tú y tu marido. O podía ser solo él. Pero había una probabilidad de que fuera alguien que equivocó el número del cuarto. No pregunté quién golpeaba. No lo quise saber. Esperaba, al menos, que me dijeras que eras tú y que me llamaras por mi nombre, lo que nunca habías hecho porque era parte de nuestro secreto. Hubo un cuarto y quinto golpeteo de la puerta y escuché pasos que se hacían lejanos. Luego se produjo un silencio que se rompió minutos después, cuando timbró el teléfono de la recepción. Tampoco respondí, aunque moría de ganas de hacerlo, aunque moría de ganas de tener un indicio que me dijera lo que estaba pasando.

Después de unos 15 minutos escuché que, bajo la puerta, alguien pasaba un papel doblado, seguramente con un mensaje de quien o quienes vinieron a golpear. Era la oportunidad de saber algo más, de unir cabos sueltos y tener una certeza. Lo pensé un momento. Tomé el papel, pero no lo abrí, crucé la habitación, hice pedacitos el mensaje y arrojé por la ventana los retazos.

Los observé en el aire. Vi alguno que tenía rasgos de esferográfico, pero yo no conocía tu letra manuscrita. Desde el río Guayas vino una brisa que impulsó los pedazos del papel hacia un lado y otro, en forma de remolino. Eran como bellas mariposas silentes que volaban y se dispersaban para siempre, bellas mariposas silentes que nunca más se juntarían.


Rubén Darío Buitrón (Quito, 1966) es poeta, periodista y escritor. Es director-fundador de www.loscronistas.net


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3dycA6a

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