La escucha | Martín Torres

Por Martín Torres

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

Para quienes escucharon

el doblaje en Latinoamérica

de Los Simpsons.

La oscuridad del bosque siempre parece más húmeda que la de una ciudad o la de un desierto. Parece esconder musgo, agua encharcada, esporas. El olor de la oscuridad es como cerrar los ojos después de que ha acabado de llover. Es más abierto, incluso en cuartos repletos de personas, animales, ropa de lana y piso de tierra. Nos alejamos de lo que tenemos más enfrente, estamos condenados a divagar, por siempre, entre el sedimento de los recuerdos y la neblina del futuro. Siempre divagando; incluso ante la muerte.

Los años se acumulan y la ilusión de los días sigue su inevitable rumbo. Nos vuelve humanos, nos hace humildes, nos desplaza de un estado mental a otro, de una certeza a otra, de una idea a la siguiente. Incluso cuando estamos frente a las brillantes fauces de nuestro propio silencio eterno, no podemos advertir el susurro del último aliento. En medio de una cama, la anciana balbucea nombres como si estuviera soñando con los ojos abiertos.

Sus manos se aferran a las cobijas, sus brazos arrugados y venosos tratan de enderezar su cuerpo. El desconcierto se deja ver entre los miles de mundos que ve al mismo tiempo. Su confusión es evidente, dolorosamente usual. Las uñas de sus pies rozan la sábana amarilla. Recuerda el olor de la oscuridad y encuentra un extraño consuelo.

Entre el arroyo débil pero constante de su memoria, recuerda las penas de quienes le confiaron sus problemas, las alegrías que la gente le contaba día a día. Siente todas las voces, las escucha cambiar, se vuelven más gruesas, se desgastan, pero nunca se callan. La escucha lo supo todo. Supo lo que nadie podía saber. Supo lo que se calló por pena, culpa o maldad. Supo lo que se susurraba por una bocina, lo que se asentó en el papel, lo que flotaba entre las paredes.

Mira pasar las miles de letras en cartas, libros, periódicos, notas, frases, paredes, etiquetas, pizarrones y carteles como si fueran peces de escamas negras y brillantes. Las ve cortar el hilo del espacio y atravesar la densa capa de sensaciones que le recorren los nervios oxidados. ¿Quiénes están detrás de todas esas puertas? ¿Qué significan para ella ahora? Recuerda haberlos leído; recuerda haberlos conocido a través de sus huellas, de la tinta, de la fuente, del tipo de papel; sus voces acarician su cabeza como las puntas de su cabello. Cada punto de electricidad se enciende, cada pelillo se estremece y la vibración se acentúa en el contorno de su oreja.

Las presencias se vuelven a retratar, se pierden y así aparecen: quien no está en un lugar está en otro. Todo se mueve entre las pupilas y la película babosa que la cubre; cada parpadeo, desde el primero. Los ojos se cierran por primera vez cuando ya no se vuelven a abrir. La señora que escucha recuerda el sótano desde el que escuchó a tantas almas. Hay algo en las iglesias que imita a la vida: más adentro, más frío; la piedra, la madera que no agarra sol; lo silencioso del movimiento que se trama a ciegas, sin ojos, igual que en el bosque.

Mira a sus confidentes, están todos en esa diminuta habitación. Todos se sueltan de a poco, se dejan caer en el hechizo de su propia voz. Se cuentan verdades, se ventilan igual que en el sótano mohoso, igual que en los arbustos y las ramas. Toda la vida se llena de historias, las historias caminan y se abrazan, se pelean, se pierden en sí mismas y cambian constantemente. Las cortinas permanecen impávidas frente a los roces de sus recuerdos. El espacio está lleno, pero no se ocupa. Todas las hojas del bosque caen, todas cubren el piso, se cubren unas a otras. Las flores se secan y marchitan el suelo de la habitación. El color pardo se vuelve verde nuevamente: una historia se muere cuando nace en otra boca, en otro adentro.

La escucha revive su propia historia. Sus registros reposaban en cajones sin llave, en canceles bulliciosos y sin engrasar. Varios dedos se los llevaron, varios ojos los leyeron; fueron reproducidos y arrojados desde la torre de la misma iglesia en donde fueron revelados. Algunos se salvaron, pero perecieron luego entre las llamas: lo que termina también empieza algo más. Al terminar, es algo irreconocible y distinto, como ella en esa habitación. La señora sigue escuchando, sigue viviendo, sigue recordando.

Su historia no puede concluir hasta que concluya, por fin y para empezar. Se repite dentro de la oscuridad, se desentiende de la forma. Detrás de las cortinas, más allá del cristal, las voces nunca se silencian. Siempre hablan, siempre se asientan en papel. Las letras se vuelven números, los números se vuelven tinta y la tinta se vuelve imagen. Más allá de las fachadas, más allá de los edificios o las casas, yace el silencio ensordecedor de la calma; más allá de las pieles de las vacas, más allá de los cercos, los alambres y la playa, la distancia se choca con su propia cola. Nunca salimos del bosque, nunca dejamos la oscuridad; la señora que escucha, tampoco.


Martín Torres. (Quito, 1991). Músico, escritor e investigador. Licenciado en Comunicación por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y Maestro en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana de México. Ha publicado El síndrome de mi entropía (2010) y Ciudad de concreto (2015) con editorial El Conejo. Ganador del XX Concurso Nacional de Literatura Luis Félix López, género Cuento, con Pequeña enciclopedia de seres incompletos (2019). Ha participado en varias antologías como El despertar de la Hydra (2017) y Ritornello Vol. 1 (2019); Miembro de La Cofradía.


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3xbDxnX

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