La curandera | María Dolores Cabrera

Por María Dolores Cabrera

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

El fuerte olor del emplasto preparado con caléndula, la agradable fragancia de las infusiones de manzanilla. El aroma de los ungüentos de aloe vera y del aceite de abedul. Un anaquel de madera rústica con morteros de piedra en donde se muelen las hojas de Ruda, de Lavanda y de Llantén para preparar las cataplasmas. Sahumerios y ramas de canela. Gemas de cuarzo y amuletos. Sal en grano y cabezas de ajos. Recipientes con Jengibre. Inciensos que despiden esencias y las velas que se encienden según la dolencia a tratar. La de color naranja para ayudar a mejorar el sueño, la amarilla para enfermedades nerviosas y del corazón, la verde para el páncreas y la azul para la piel. La vela blanca para purificar la mente. A un lado del mueble, dos hamacas. Al otro extremo, una cama agreste con cobijas coloridas.

Es el escenario a media luz del interior de un chozón usado como un espacio sanador. Ahí se percibe, impregnado en los rincones, la fuerza de los inciensos y el poder del Palo Santo.

Es donde pasa la mayor parte de su tiempo, Mama Hilda, la curandera como le dicen todos en el pueblo. Una mujer anciana y sabia, que fuma tabaco por las noches. Sus vestidos son ancestrales, largos, livianos y casi siempre blancos. De voz gruesa y ronca pero poderosa. Pelo blanco y rizado. Tez morena.

En la cama, bajo una ventana que se asemeja más a un agujero con una cortina de cabuya, reposa Martha. La Luna observa por una hendija como una cómplice que lo entiende todo, colabora y participa del propósito. La joven es una mujer con afecciones del alma, cicatrices invisibles, el espíritu incinerado por el fuego de su infierno. La encontró Camilo, el nieto de Mama Hilda, un muchacho inquieto pero alegre. Ágil. Habituado a desenvolverse libre en medio de la naturaleza. Corretea por la selva. Salta entre las piedras. Nada en el río y trepa descalzo por las ramas de los árboles, a veces solo y en ocasiones con otros niños de su edad. Muy cerca del chozón hay otro más grande donde habita en realidad la anciana, dos de sus hijas y el niño. Circundan más viviendas de vecinos y del resto de la familia de Mama Hilda. Hace un par de horas, el muchacho llamó a gritos a su abuela para alertarla de su hallazgo poco común:

—¡Hay una mujer muerta! ¡Rápido! ¡Rápido! ¡Hay una mujer muerta! ¡Aquí junto al río! Mamaaaa Hildaaa…

La anciana rescató el cuerpo de la mujer que aún tenía pulso y la cargó hasta el chozón. Pesaba más de lo normal y tenía calentura. La colocó despacio en la cama. Boca abajo, giró su cabeza y levantó sus caderas. De inmediato, Martha botó toda el agua que tenía en los pulmones. La anciana le dio vuelta y se apresuró a encender la lumbre para calentar sus emplastos y entibiar agua. Dio indicaciones al niño para que le ayudara a conseguir lo que hacía falta. Procedió con rapidez a despojarla de la ropa que la acaloraba. Retiró el saco grueso que la joven llevaba puesto y advirtió que el peso de este era excesivo. Revisó los bolsillos y se percató de que había piedras macizas en su interior.

Ahora, después de casi un día completo en el que la muchacha ha pasado dormida, Mama Hilda alza un cuenco con un brebaje. Lo eleva como si lo mostrara al cielo, como si invocara a la luz de la luna y al mismo tiempo a la fuerza del sol. Al poder del cosmos y a la potestad del viento. Al dominio de las estrellas y a la sabiduría de la tierra. Al imperio bendito de toda la naturaleza, del agua, de la lluvia y emite sonidos guturales parecidos a cánticos o alabanzas. Repite palabras en un idioma inentendible. Luego, levanta con la mano la cabeza de la chica y le da de beber.

Martha es trigueña, delgada y de mediana juventud. No entiende qué pasa. Abre a medias, sus ojos pequeños. Se siente cansada, adormecida y aletargada. Parpadea, mira a la anciana con dificultad y le pregunta asustada:

 —¿Dónde estoy? ¿Qué hago aquí?

—Tranquila. Mi nieto Camilo te encontró junto al río. Yo te traje. No tengas miedo, voy a ayudarte.

Martha se inquieta al escuchar. Recuerda algo que la altera. Se da vuelta. Quiere levantarse. Gime con angustia y llora. Mama Hilda la sostiene del hombro con una mano y con la otra le acaricia el cabello negro y la apacigua.

—Quiero irme, señora. Por favor.

—Te irás. Claro que te irás. Pero tu yo interior está herido. Hay sombras alrededor de tu espíritu que lo devastan. Lo oscurecen. Son fuerzas sombrías y malignas que te dañan por dentro y por fuera. Demonios a los que has permitido entrar en tu ser. Déjame espantarlos y curarte. Tu organismo está lánguido, débil y averiado por el esfuerzo que has hecho al luchar contra ellos. Descansa y dame un poco de tiempo para poder ayudarte.

—Solo deseo morir. Todo ha salido mal. Todo.

—Vas a desear vivir, ya lo verás. Tengo las herramientas para ayudarte. Confía en mí.

La voz de Martha se quiebra mientras con palabras cortadas le cuenta sobre su depresión, sobre su ansiedad.

—Vivir con una enfermedad así, me extingue desde adentro. Siempre estoy al final del camino, nunca hay más sendero para continuar. Cuando abro mis ojos en las mañanas solo tengo frente a mí, cristales azules que me impiden ver al otro lado. No puedo cruzar. Solo hay barreras. Muros oscuros que detienen el paso. Quiero salir del cuerpo y flotar libre. Diluirme en el agua sin memoria, sin recuerdos. Quiero olvidar el olvido de los demás, anular la muerte de quienes se han ido. Destruir a los monstruos de mis tinieblas, a los entes de las pesadillas. Detestar al odio y amar solo el amor sublime. No quiero más desventuras ni desamores que rompan mi ser. No ver más al miedo que me triza por dentro. No más traiciones ni más desencuentros. No más injusticia, ni más soledad.

Mientras habla, la joven se adormece de nuevo. Se queda dormida por el efecto de la infusión.

Mamá Hilda prepara ungüentos y bálsamos. Esa vez usa hojas de menta para bajar la temperatura de Martha. Coloca una pasta espesa, de color claro en la frente de la muchacha y otra sobre el vientre descubierto. La chica parece no advertirlo y continúa dentro de un sueño profundo. La sabia anciana reza en voz alta y pide a los espíritus de luz que la liberen de las siniestras negruras que la envuelven.

Cuando Martha despierta está aliviada. Ya no tiene fiebre. La anciana le pide que acepte un baño tibio con el agua en la que ha hervido un aromático menjurje de hierbas terapéuticas y mientras la limpia, entona un cántico sanador.

Martha ya no siente miedo. La anciana le explica que las heridas del alma también están en su piel, aunque no se las vea. Están en sus órganos y en sus ojos a pesar de ser lesiones intangibles. En su boca y en su garganta. En su pecho y en sus caderas. En sus piernas, en sus brazos y hasta en sus pies y que son llagas invisibles que sangran, que todas están abiertas y que pueden matarla como casi ocurre cuando Camilo la encontró a la orilla del río. Por eso existen las enfermedades, las dolencias físicas, le dice, y le explica que necesita ser curada.

Martha acepta y por primera vez, sonríe. Pasan los días y Mama Hilda ya ha equilibrado los chakras de la joven, ha canalizado su energía. Ha secado y desinfectado con pomadas y mixturas, sus etéreas e impalpables heridas profundas. Ahora empieza una rehabilitación con más bebidas calientes, con respiraciones profundas y conscientes, con sesiones de relajamiento en medio de los rezos, de los rituales, de las evocaciones y de las alabanzas de la anciana.

Las velas que la vieja mujer enciende actúan según la función de la energía de cada color.

La muchacha descansa en una de las hamacas en posición fetal. Así siente que está a salvo, acunada, protegida y que puede abrazarse a sí misma. Merma el dolor y le agrada.

Después de algunos días, llega el momento de marcharse. Martha agradece. Siente que ya está preparada y Mama Hilda sabe que la joven desea decirle algo más.

—Se lo que te inquieta. No tienes que hablar si no quieres.

—Intenté quitarme la vida, Mama Hilda.

—Lo sé, hija. Pero tus llagas cicatrizan cada día un poco más, ve tranquila y cuando quieras, vuelve.

Martha abraza a la anciana y sale del chozón. La curandera entona uno de sus cánticos mientras la joven camina y se aleja. Ahora tiene un sendero por delante. Se detiene junto al río de donde no pensó salir nunca más. Mira el movimiento del agua y sonríe, las comisuras de los labios ya no le duelen como antes cuando intentaba hacerlo. Se ve a sí misma mirándose de frente como en un espejo. Vuelve a sonreír y voltea. Mama Hilda y Camilo alzan su mano y la despiden mientras ella ve como las figuras del niño y de la abuela se evaporan en medio de una neblina que se difumina en el aire como el humo del incienso. Sin embargo, mientras más se distancia Martha, la canción que la anciana entona se intensifica cada vez más y más en sus oídos y dentro de su cabeza.


María Dolores Cabrera (Quito, 1962). Estudia en su ciudad natal y en 1984, egresa de la carrera de Psicología Clínica. Posteriormente, ingresa como miembro del Taller Literario conducido por Abdón Ubidia, destacado escritor ecuatoriano. Luego, años más tarde en 1998, publica su primer libro de 12 cuentos titulado: Mas allá de la piel. En el año 2010, un segundo libro, también de 12 cuentos: De nuevo tus ojos. En 2012, presenta su primera novela: Te regalo mi cordura. En el año 2016, una nueva novela con el título: Cuando duermen los Jilgueros, y su más reciente libro, en el año 2018, la novela: Pinceladas (Bosquejo de un trastorno).


Foto portada tomada de: https://bit.ly/365rYD5

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