El ritual | Henry Bäx

Por Henry Bäx

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

Jacinto, Ana, Raúl, Josefina y Ramiro estaban reunidos en casa de Lucía. Ellos departían una pizza. Esa noche había pactado ver una película de terror aprovechando el fin de semana. La mamá de Lucía había dispuesto la sala del hogar para que los muchachos estuvieran cómodos y pudieran disfrutar de ese momento de descanso. Todo estaba dispuesto, un gran aparato televisor conectado a un reproductor de video les anunciaba que no sería un simple filme, sino, una experiencia aterradora. Se acomodaron en unos cómodos muebles, y empezaron a ver la cinta que prometía más de un susto. El tiempo pasó, pero a los muchachos nos les llenó las expectativas. Jacinto dijo.

—A mí me pareció más una comedia que una película de terror. La idea de que un vampiro te ataque en la noche ya no asusta a nadie.

Ana repuso.

—Es verdad, ya nadie teme a los vampiros, qué fiasco.

Josefina aclaró, mientras reía.

—Bueno, pero nadie me va a negar que la escena en donde el vampiro sale de la nada, y ataca al héroe, asustó a Raúl, eso fue genial.

Los otros aprobaron esa burla y rieron también.

Raúl se defendió también riéndose.

—No es verdad yo salté a propósito para que Lucía se asustara.

El salón se llenó de carcajadas, pero Ramiro se mantenía serio. Habló en tono serio.

—Vamos muchachos, lo que acabamos de ver no fue sino, un cuento para niños.

Los demás le regresaron a ver.

—Tampoco fue para tanto Ramiro, hubo una escena en donde me parece que sí nos dio un poco de susto. Admítelo —acabó diciendo Lucía.

Ramiro, mientras comía su último pedazo de pizza, añadió.

—Me parece que todos ustedes necesitan experimentar algo nuevo, y que de verdad los asuste.

—Susto, ¿qué más temor podemos sentir Ramiro? No te olvides que el lunes tenemos prueba de matemáticas con el profe Ricardo, de eso dependerá nuestro futuro para aprobar el bachillerato, la verdad es que yo si tengo mucho miedo.

Todos volvieron a reírse de buen agrado. Pero Ramiro no festejó la charada. Acabó diciendo.

—Hablo en serio amigos. Si ustedes desean sentir verdadero miedo, les propongo que hagamos un ritual.

Los demás jóvenes le pusieron atención a las palabras que el chico acababa de decir.

Josefina, extrañada inquirió:

—Vamos Ramiro, todo no es más que una broma, yo no deseo participar en algo desagradable. Me parece que hay cosas más importantes que sentir miedo, ¿no lo crees?

El mozo quería medir el valor de los demás, los miraba con desafío. Insistió.

—No, el asunto no es que se sientan miedo, lo que deseo saber es quién tendrá el valor de hacerlo.

En eso llegó la madre de Lucía. Con una amplia sonrisa les dijo.

—Chicos, me parece que ya es hora de que se vayan a casa, son las 11:00 h. y mañana tenemos una actividad familiar en la escuela de Joaquín. Ana y Josefina dormirán aquí esta noche. Lo siento muchachos, tendrán que marcharse.

Jacinto le respondió.

—Mis padres están al llegar para llevarme.

En tanto que Ramiro contestó.

—No se preocupen que Raúl y yo tomaremos un taxi para volver a casa.

Se despidieron con cordialidad el grupo de jóvenes antes de salir.

En la calle, Ramiro y Raúl hablaban.

—Oye Ramiro, me has dicho que íbamos a tomar un taxi para el regreso, pero yo no cuento con dinero para eso.

—No te alarmes Raúl, que caminaremos, yo tampoco tengo un solo centavo. Estamos a pocas cuadras de mi domicilio, el lugar no es peligroso, cuando lleguemos a mi vivienda, llamarás a tus padres para que pases la noche conmigo.

Los muchachos caminaban por las oscuras calles, conversando. Raúl preguntó.

—¿Es cierto eso que dijiste en casa de Lucía sobre un ritual?

Ramiro lanzó una leve sonrisa de malicia.

—Desde luego que es verdad, amigo.

—¿Y se puede saber de qué se trata?

Los pasos huecos de los chicos se podían escuchar a la distancia. La oscuridad reinaba.

—Escucha bien lo que te voy a decir Raúl. Uno de mis primos me contó que uno de sus amigos hizo ese ritual y que fue algo aterrador. Yo le propuse que lo hagamos, pero el muy medroso no quiso ni siquiera intentarlo.

—¿Y por qué no lo has hecho tú?

—Porque el ritual hay que hacerlo entre dos.

Raúl emocionado pidió.

—Te parece que lo intentemos los dos, creo que será ameno y a la vez, emocionante.

—Me has leído el pensamiento amigo, verás que nos divertiremos. Además, yo no le temo a nada.

—Pues yo tampoco.

En casa de Ramiro no había nadie, esa noche sus padres junto a su hermana mayor habían asistido a un compromiso y llegarían muy tarde. Ya en la vivienda, los jóvenes se dirigieron al cuarto. La habitación tenía mucho desorden; él buscaba con desespero un papel. Registraba entre su ropa que estaba tirada sobre la cama. Hurgó en los cajones de su cómoda y de su escritorio, debajo de unos libros.

—Estoy seguro de que los puse por aquí —decía con cierta impaciencia.

Se dirigió hasta su consola de videojuegos. Había un cartucho vacío de un videojuego que decía: Silent Hill. Un papel arrugado estaba atrapado entre la caja.

—Esto, esto es lo que buscaba.

Regresó a ver a su amigo.

—Listo Raúl, tenemos el ritual.

—Y podrías explicarme de qué se trata, ya que aún no me has dicho cómo hay que realizarlo.

—Tranquilo, que muy pronto empezaremos. El momento para iniciarlo es a la 01:00 h., ya casi es la hora.

Ramiro, sostenía la hoja mientras la iba leyendo.

—Haber, empecemos: vela roja, ¿dónde hay una? —corrió hasta la cocina, en sus manos traía una, continuó—: esquela mortuoria…me parece que mi papá tiene una en su escritorio —de nuevo el mozuelo salió y regresó casi enseguida—. Es vieja, pero sirve. Ya. Un espejo roto, listo, tengo uno en mi baño que era de mi hermana, qué más, qué más… un alfiler desinfectado. Ya, eso lo tengo en mi cajón, mmm, una hoja limpia y una punta para escribir. Creo que es todo.

Raúl intrigado, miraba como su amigo amontonaba todo eso en un rincón. Preguntó:

—¿Puedo saber qué estás haciendo Ramiro?

El mozuelo estaba como distraído, ocupado en ver si tenía todo lo necesario.

—Ah, disculpa, pero ahora mismo te explico y empezamos. Mira amigo, este ritual es para traer las almas de los muertos del más allá. Se dice que ellos te ayudan en cosas que tú deseas, a lo mejor nos ayudan con las preguntas de los exámenes, no sé, hay tantas posibilidades, y que además te cuidan.

—¿Y cómo puedes estar seguro de eso Ramiro?

—Pues la única manera de saberlo es que practiquemos el ritual.

Los dos se pusieron en ello.

Ramiro bajó la luminiscencia luz de su lámpara, cubriéndola con una franela. Se pusieron frente a frente, sentados sobre el suelo con las piernas entrecruzadas. Encendió la vela roja. Un tímido hilo de luz empezó a brillar lentamente. Raúl observaba con ciega curiosidad todo. Ramiro tenía sobre su rodilla izquierda el arrugado papel leyendo cada paso que debía dar. Después, tomó la esquela mortuoria y la posó entre ambos, sobre el piso. Sus rodillas flexionadas y que se topaban mutuamente, formaban una figura geométrica. Un rombo. Cogió el alfiler desinfectado; lo punzó en el dedo índice de cada uno. Con la punta para escribir tomó unas pocas gotas y luego, en la inmaculada hoja, escribió en el reverso Ramiro, y en el anverso, Raúl. De nuevo depositó la hoja sobre la esquela mortuoria. Finalizó el ritual tomando el espejo roto con base giratoria. Los cristales del objeto estaban trizados, haciendo que las imágenes que reflejaba se distorsionaran. Golpeó el piso seis veces, en lapsos de tres tiempos. Raúl, perplejo inquirió:

—¿Se puede saber qué rayos haces?

—Es parte del ritual. Ahora te explico. La esquela mortuoria es para invocar a alguna alma que esté deambulando por este mundo ahora mismo. La hoja de papel escrito con nuestros nombres y con unas gotas de sangre, es para que sepa esa ánima que debe obedecernos y cuidarnos a nosotros. Y los golpes que di sobre el suelo, es para que se presente. Bueno, eso fue lo que me dijo que haga mi primo, y esto es precisamente lo que tengo anotado en este papel.

Raúl, insistió.

—Todo no es más que una tontería, te lo puedo asegurar.

—Pues no estés tan seguro.

—¿Pero es que este ritual ya ha funcionado antes?

Ramiro titubeó.

—La única forma de saberlo es ver si funciona o no. Ya he hecho todo lo que se me ha dicho.

El muchacho recordó algo de súbito, aclaró.

—Espera, espera, hay algo que he olvidado por completo y que es muy importante. Dame unos minutos.

El chico se levantó apresurado.

—¿Qué haces Ramiro, la verdad ya tengo sueño, te parece si lo hacemos otro día?

Desde un lugar lejano contestó.

—Es un detalle para que el ritual funcione, espera.

Raúl se quedó solo, mirando hacia el piso. Meditaba y pensaba que Ramiro en realidad era a veces extravagante y ocurrente. Dio un largo suspiro, y se levantó, dejando todas esas cosas del ritual regadas. Se fijó que aquel dormitorio era un caos. La cama estaba llena de ropa sucia, de objetos, de cartuchos de videojuegos y de restos de comida. “No sé cómo dormiré esta noche en este desorden, como me gustaría ir a casa” se dijo. Se atrevió a levantar unas prendas de vestir que estaba regadas, pero al hacerlo, le vino como si fuera un golpe violento, un olor nauseabundo. Hizo una arcada en señal de asco y una agria mueca se dibujó en su rostro.

—Rayos, ¿qué diablos es ese olor y de dónde viene?

Mientras se tapaba la nariz con su mano, levantó con sigilo el bulto de ropajes. Debía haber algo descompuesto en esa montaña de desorden, pero no halló nada. Siguió oliendo. Quería saber de dónde provenía tal desagradable olor. Finalmente ubicó ese efluvio debajo de la cama. Se agachó a ver…Unas luces verdosas que se semejaban a ojos, lo observaban. El camastro que estaba pegada contra la pared no le permitía ver bien, ya que estaba oscuro. Esas luces parpadeaban. Raúl se asustó y con temor retrocedió. Alguien lo miraba desde debajo del mueble. Quiso huir, pero su amigo que en ese momento regresaba, lo detuvo. Le dijo:

—Oye amigo, no te asustes, tranquilo, que no es para tanto.

Pero Ramiro también se extrañó con esa fetidez.

—¿Qué ese olor?

El muchacho, solo atinó a señalar con su dedo hacia la litera.

—Hay algo allá debajo, te lo juro, hay algo…

Ramiro se agazapó para ver de qué se trataba. Los dos chicos no supieron de dónde vino un cruel fogonazo de una luz opaca, pero sintieron un golpe violento, tan violento como una pedrada. La puerta se cerró con tal violencia, que las paredes se estremecieron con el choque.

La solitaria casa fue envuelta en una densa neblina, y que, debido a las horas, nadie advirtió. Los dos muchachos estaban tirados sobre el piso. Yacentes, sus rostros dibujaban muecas de terror. En sus ojos aún estaba dibujada la siniestra imagen de una maligna sombra que les había atacado.

Ramiro sostenía en su mano, un crucifijo partido en dos, y que supuestamente les protegería al practicar el ritual.


Henry Bäx (seudónimo de Galo Silva Barreno), escritor ecuatoriano (n. 1966), publicista. De vasta producción literaria, cultiva los géneros de la ciencia ficción, literatura policial, de terror, la poesía, etc. Sus obras, entre otras: El pergamino perdidoEl psíquicoEl libro circularEl último siloítaHungarian Rhapsody, etc.


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3h71Z4q

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