El fundador | Andrés de Müller

Por Andrés de Müller

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

Manolo examina con fruición, trazo a trazo, su magnífico retrato al óleo recién colgado frente al escritorio de su despacho, regalo de la universidad que él mismo fundara cincuenta años atrás. La imagen de un venerable anciano de mirada bondadosa y porte altivo le satisface hondamente por lo poco que se le parece. El pintor –¿prudente, cobarde, vendido?– se guardó mucho de mostrarlo tal como es, un hombrecillo de ojos diminutos y bizcos cuya estampa de enano queda disipada sobre un ampuloso sillón de terciopelo rojo y magnificada por un escudo de armas inventado que corona de penachos, armaduras y un par de extemporáneos dragones el margen superior derecho.

—Soy el único cuyo retrato cuelga, además de en mi casa, en el paraninfo de las cuatro universidades de la ciudad. De todas, óigalo bien, fui rector.

Repite machaconamente la misma cantinela a quien esté dispuesto a escucharlo, provocando más hastío que admiración entre sus sufridos interlocutores. Llegó al puesto más alto de aquellas instituciones siguiendo una calculada ruta en permanente ascenso, sorteando curvas peligrosas y con la regla sagrada de nunca mirar atrás. Docente auxiliar, investigador principal, coordinador pedagógico, decano y… cuatro veces rector. No hay nada que a Manolo complazca más que los parabienes y aplausos que en justicia cree merecer por haber aportado “sustancia intelectual”, como él gusta de resaltar, a la población que consideraba bárbara antes de su llegada y que él contribuyó a culturizar gracias a su tesón. Sembró, en sus palabras cargadas de falsa modestia, “una semillita” que acabaría germinando en un sistema académico con la misma lógica de una planta carnívora: boca descomunal en un ente sin ojos ni oídos cuyo estómago a prueba de bombas alimentan insectos en descomposición con birretes de doctores y que vomita, año tras año, hordas de analfabetos funcionales debidamente titulados.

Se dedicó con tanto ahínco a disfrazar sus orígenes que, con el tiempo, él mismo acabó olvidándolos. Manolo, como tantos otros españoles muertos de hambre para quienes su infancia de posguerra fue singularmente dura –y, sin embargo, en su subconsciente aún reverencia a Franco como Generalísimo y salvador de la patria–, optó por emigrar a principios de los años sesenta del siglo XX en busca de un futuro mejor. Negado para los idiomas, descartó los destinos migratorios más cercanos de Francia y Alemania –si bien muchos de sus coterráneos trabajaron allí durante décadas sin hablar, ni entender siquiera, la lengua de la nación que los acogía, del mismo modo que un mulo tira del carro con el mismo ímpetu sin importar la latitud geográfica: la fuerza bruta es el idioma universal de los descartados–. Además, con mucho sacrificio y sobreviviendo a base de arroz y latas de atún, obtuvo la licenciatura de Filosofía en la capital, una excentricidad para su familia de campesinos, y no estaba dispuesto a labrar el campo ni a ensamblar piezas en una fábrica, las alternativas más factibles para los de su clase. Una tarde lluviosa vio el cielo abierto en forma de cartel pegado con descuido en un rincón de los lúgubres atrios de la Universidad Complutense de Madrid: “Se necesitan profesores universitarios en Ecuador”.

América Latina, el inmenso territorio que había formado parte del glorioso imperio español, se le antojó el destino ideal para salir de la pobreza y, sobre todo, de su recuerdo. Él quería reinventarse del todo, no al modo del norteamericano hecho a sí mismo –el abominable self-made man– que se enorgullece de su riqueza haciendo hincapié en su procedencia humilde, sino desde una amnesia estrictamente filosófica –no en vano escogió esa rama de estudios– que básicamente le permitiera, aparte de la construcción de su futuro, la destrucción de un pasado plagado de miserias y estrecheces del que se avergüenza íntimamente. Como los primeros colonos que pisaron el Nuevo Mundo con tantas ansias de exprimirlo como de soltar lastre de su vieja condición –la mayoría eran expresidiarios y gentes de mal vivir sin nada que perder–, la máxima aspiración de Manolo cinco siglos después no era muy distinta: la fabricación de una identidad por estrenar mediante la cual, en una interpretación acrobática del Tratado de la naturaleza humana de David Hume, renacer en el “continente de la esperanza”. Pablo VI lo había bautizado así y no dudó en suscribir vehementemente la ocurrencia del Papa Montini, de cuya intensa pastoral obrera, que con tanto interés siguió en España por su pertenencia congénita al proletariado, se desentendería del todo apenas puso un pie en el tercer mundo.

Pasó de ser “Manolito” –con más determinación que luces– en su país natal a “don Manuel” –con más ambición que escrúpulos– en su país de adopción. La arbitrariedad, el caos y la corrupción que encontró en la única universidad existente en aquella pequeña población ecuatoriana con una vegetación tropical tan exuberante como su injusticia social, lejos de desanimarlo, lo entusiasmaron. Era su oportunidad de oro y no pensaba desaprovecharla. Por primera vez en su gris existencia intuyó la fuerza de una plétora de colores llamándolo a redibujarse, a emerger de las brumas entre las refulgentes pinceladas con que había resuelto presentarse ante los demás. La población local, incapaz de ubicarlo por estrato social con un océano de por medio, solo veía en él a un europeo –enano, eso sí– al que, al unísono y con gran respeto, llamaron “señor licenciado”, un tratamiento impensable para un estudiante del montón recién provisto con un título tan altisonante como inservible bajo el brazo.

Manolo, encantado con la recuperación íntegra de su nombre de pila precedido de aquella fórmula protocolaria empleada para referirse a los reyes, se puso manos a la obra en la instauración y enjaezamiento de su nuevo yo.

Un poco de Aristóteles por aquí, un poco de Sócrates y Platón por allá, alguna mención de pasada a Demócrito y Heráclito, y, ¡eureka!, ya tenía armada su primera asignatura de filosofía clásica, un batiburrillo de ideas mal concebidas y peor coordinadas que tuvo la osadía de titular “Pensamientos inmortales de la Antigüedad y su representación moderna en períodos convulsos, según don Manuel González”; así, incluyendo su propio nombre, se colaba, como quien no quiere la cosa, en aquella inmortalidad tan rimbombantemente anunciada que, en adelante, sus estudiantes no tendrían más remedio que asociar con él. La técnica surtió efecto: a sus superiores les fascinó lo extenso de la designación y dieron por supuesto que su estructura sería por lo menos igual de enjundiosa, así que ordenaron que aquella materia que Manolo se había sacado de la manga se implementase en la malla curricular como eje transversal sin ningún tipo de fiscalización.

Las clases de Manolo eran monólogos disparatados sobre el bien y el mal, la belleza y lo terrible, que sus alumnos escuchaban más hipnotizados por su acento castellano –sus zetas y ces bien diferenciadas de las eses con que ellos pronunciaban todas las anteriores– que interesados en aquellos galimatías de los que, de vez en cuando, cual chispazos, surgían términos grandilocuentes como hermenéutica, tautología o quimera. Cuanto más se extendía la fama de incomprensible de Manolo, más aumentaba su prestigio, y así, poco a poco, fue subiendo peldaños en una escalera diseñada por arribistas para arribistas en la que él se movía como pez en el agua.

“Es fundamental desarrollar un espíritu crítico”, sermoneaba con y sin oportunidad, dentro y fuera de las aulas, en tutorías informales y sesiones solemnes de claustro, en ceremonias de investidura y charlas de café, en conferencias eruditas y tertulias de sobremesa, y cuanto más insistía en aquel postulado con el que todos, naturalmente, coincidían sin reservas, más practicaba la vista gorda ante la avalancha de irregularidades y atropellos que se daban a diario en la primera universidad –la única por aquel entonces– que lo contrató, y, con la lección bien aprendida, él mismo mejoró aquel modelo de malversación, prevaricación y tráfico de influencias en las otras tres que no tardarían en edificarse, especialmente en la que fundaría, donde premió a quienes le habían dejado el camino expedito en su insaciable sed de escalar puestos encubriendo abusos, difamando a rivales, propagando virtudes inexistentes de aliados y robusteciendo un régimen basado en el nepotismo y el silenciamiento.

—¡Qué espléndidas épocas aquellas! —rememora un nostálgico Manolo tras su escritorio de caoba, reconfortado por su imponente retrato y orgulloso de sí mismo hasta el paroxismo mientras se acaricia, con no menos orgullo, la abultada tripa que con tanto empeño ha ido engrosando con los años como símbolo de opulencia y estatus.

«Ecuador me lo ha dado todo», reflexiona indulgentemente en un arranque de magnanimidad. Resuena entonces una réplica sangrante:

 —¿Y tú qué has dado a Ecuador, canalla?

Acostumbrado como está a no prestar atención a nada que contradiga el mito que ha hecho de sí mismo, hace caso omiso. Removiendo aburridamente papeles del oblongo cajón bajo la mesa, donde amontona diplomas académicos, reconocimientos institucionales, cartas de felicitación e invitaciones de homenajes para conmemorar las bodas de oro de la universidad de la que es fundador, da con una fotografía cuya textura rugosa le estremece. Sabe, antes de mirarla, que es muy antigua y la saca con manos trémulas, no tanto porque tema un rasgado fortuito de aquella reliquia como su propia rotura interior al encararse con ella tras haberla dado por perdida hacía más de sesenta años. ¿Cómo ha ido a parar allí?, ¿cómo es posible que aparezca en una ocasión tan impropia, precisamente el día en que le obsequian su honorable efigie en un aparatoso marco rococó recubierto en pan de oro, como si él mismo fuese un querubín alado de la Escuela Cuzqueña?

—No, este no soy yo.

No obstante, y a pesar de que un ejército de fantasmas se agolpa en su mente llamando estruendosamente a la puerta de la memoria que él ha cerrado con siete llaves, toma sus lentes para la presbicia y contempla con horror la revelación tabú: efectivamente es él, muchas décadas atrás. Tenía veintidós años y alguien lo inmortalizó recién llegado a Ecuador. Manolo se mira a sí mismo con desprecio, corroído por una vergüenza ingobernable que, sin moverlo de lugar, lo zarandea desde lo más profundo de su ser y lo tortura.

Deja de engañarte. Ese eres tú. Ese soy yo. Ese es quien realmente eres, quien nunca has dejado de ser, quien siempre serás.

—¡NO!

Manuel se tapa la boca como absurdo acto reflejo tras haber proferido, forzando sus pulmones hasta límites desconocidos en su carácter flemático, un grito desaforado que retumba por toda la casa. Como teme, no tarda en percibir unos pasos precipitados avanzando en su dirección.

Maruja no es capaz de quitarse los zapatos de tacón ni siquiera en la cocina, obsesionada con lucir siempre impecable. No soporta su voz chillona, su obsesión por agradar, su excesivo maquillaje en una superficie violentamente alisada que, a golpe de bisturí, parece más una abstracción cubista que un rostro humano. En realidad, no soporta a Maruja. Pertenece a una de las buenas familias del lugar y se casó con ella como parte de su plan para medrar, sin sopesar el rigor de la soga con que él mismo se ahorcó en un enlace matrimonial perfecto de puertas para afuera y que, desde la luna de miel, le lleva por la calle de la amargura.

—¿Estás bien, pichoncito?

El tono atiplado de aquel esperpento de mujer le pone los pelos de punta.

—Sí, pichoncita, estoy bien. Ha sido solo un pequeño susto.

—Muy bien, muy bien —sin preguntar nada, fiel a su máxima “ignorar es lo ideal”, Maruja se aleja mortificando el enlosado con su vacilante y sonoro taconeo, pertrechada de unos stilettos fucsia de Prada, su última adquisición en Miami. El “pequeño susto” podía deberse a una cucaracha o a un amago de infarto, a Maruja lo mismo le da. Lo importante es que no hay nada de qué preocuparse y el susto es solo una anécdota. “Manolito y sus rarezas”, suspira el remedo de momia egipcia para quien su marido constituye un absoluto misterio que no tiene el menor interés en desentrañar; su fama de prohombre la encumbra por ósmosis: “¡cuán cierto es que detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer!”, se congratula.

Manolo, de nuevo solo, repasa aquella fotografía en blanco y negro que, inmisericorde, lo congeló con veintidós años de penurias a cuestas, no como un “pensamiento de la Antigüedad”, sino más bien como una representación grotesca de “períodos convulsos” que él creía felizmente enterrados y que, por obra y gracia de esa instantánea milagrosamente conservada, emergen con furia de un pasado negado reclamando su espacio en su presente apuntalado sobre artificios. Alguien la tomó apenas descendió del barco que lo trasladó, en camarote de tercera, desde La Coruña a Guayaquil, pasando por el canal de Panamá, veintiocho días de trayecto entre vómitos y sueños de grandeza que concluirían en aquella imagen con más de lo primero que de lo segundo. Seco de carnes, con los pómulos huesudos y las cuencas hundidas, vestido con andrajos en forma de traje, cualquiera lo hubiera tomado por un mendigo aplastado por la enormidad del puerto y de los buques atracados.

Se observa a sí mismo con ira. Escudriña su atuendo de pobre con su incrédula mirada de rico, su gesto alicaído, casi femenino, el hambre y el fracaso grabados en sus facciones, y no se reconoce. Inmediatamente redirige su vista al retrato del hombre poderoso que cuelga en la pared ocre de estuco veneciano frente a él y respira aliviado. Ese es él y no aquel muchacho esmirriado que, a su vez, le escudriña desde una cronología imposible, anulada, suprimida, distinguiendo, sin velos, al viejo repugnante en que había devenido.

Manolo se estremece al sentirse interpelado por aquel fantasma pretérito que estruja entre las manos, tentado de hacerlo pedazos y, al mismo tiempo, paralizado de terror por la ocurrencia, como si la foto estuviese conectada a su corazón por un conducto invisible y destrozarla implicase la interrupción de los latidos. Evoca, contra su voluntad, El retrato de Dorian Gray, la única novela de Oscar Wilde; la leyó durante su viaje transatlántico –solo de ida– y le causó tal conmoción que, al terminarla, la tiró por la borda con el firme propósito de no nombrarla nunca más.

—Me das asco.

¡La foto habla!

—Mira en lo que te has convertido. En lo que me has convertido.

Un sudor frío le chorrea la frente, incapaz de dilucidar, ni con el concurso de todos los tomos de filosofía que ociosamente abarrotan las estanterías de su biblioteca y a los que recurre para teorizar sobre el bien, jamás para practicarlo, lo surrealista de aquella situación.

“No es verdad”, se reafirma mentalmente, “no doy asco y me he convertido en un gran hombre, ¡cuántos quisieran estar en mi lugar! Soy, probablemente, el intelectual más reputado del país”. Una vez más ojea su retrato al óleo y advierte, sobresaltado, que la mirada bondadosa de aquel anciano mejorado que supuestamente es él se ha endurecido y los ojos delatan ya, sin disimulo, su antiestético estrabismo.

—¿A quién te crees que estás engañando, imbécil? ¿A mí? Pero si yo soy tú, ¿no te das cuenta? Somos el mismo. Me has cambiado, me has traicionado, me has olvidado. Eres otro, pero seguimos siendo uno.

—¡NO! —esta vez Manolo no grita, brama su contundente negativa con voz ronca; no soportaría que Maruja irrumpiera de nuevo en su despacho, impregnándolo de perfume dulzón y de una frivolidad rayana en la subnormalidad.

—¡SÍ! —el joven de la foto, instantes antes, macilento, enrojece de indignación, una mancha de rubor en el decadente sepia—. Yo quería prosperar, claro, pero tú lo torciste todo. Te amoldaste a la degeneración y tuviste la bajeza de hacerlo en nombre de la filosofía. ¿Recuerdas cuando usaste el imperativo categórico de Kant para justificar tu nombramiento como rector aupado por camarillas y esparciendo intrigas?, ¿o cuando apelaste a la fenomenología de Hegel para justificar la creación de la universidad que fundaste –que fundamos, aunque no del todo, convendrás conmigo— como una revelación de conexiones universales con la que persuadiste de invertir al banquero más ladrón del país? ¿Y qué me dices de tus pedantes alusiones al ascetismo de Schopenhauer para frustrar las legítimas aspiraciones de tus subordinados más valiosos y así evitar que te hicieran sombra? Tú y tu maldita filosofía barata. Solo eres experto en distorsiones, en tergiversar conceptos, en prostituir la verdad.

—¿Y qué es la verdad? —Manolo se arrepiente en el acto de sus palabras, en primer lugar, por lo absurdo de estar dialogando con una fotografía, y, en segundo lugar, y no menos importante, por haber reproducido la histórica pregunta que Pilato formuló a Jesús poco antes de su crucifixión. También él hizo carrera lavándose las manos una y otra vez, también él consintió latigazos y humillaciones en forma de injurias, diatribas y contubernios. Ha perdido la cuenta de los compañeros lanzados a la cuneta en su desesperado afán por conquistar la cima. Todo menos crucificar, eso sí que no.

—La verdad es que eres un miserable.

Manolo no tiene ánimos de responder. Mira, esta vez tímidamente, su ostentoso retrato y súbitamente reconoce en aquel rostro rechoncho las arrugas que el pintor –¿prudente, cobarde, vendido?– omitió, surcándolo por momentos como un mapa de la desvergüenza, un registro fidedigno de la mezquindad corporeizada. No, no es posible. ¡El cuadro cambia a ojos vista!

—¿Te acuerdas de fray Antonio? –el joven de la fotografía no está dispuesto a parar.

—Cállate, por favor. Por lo que más quieras, cállate –suplica, desmontado, Manolo.

—¿De qué serviría que lo hiciera? Se acerca la hora en que él mismo hablará y te pedirá cuentas. Nadie de aquellos a quienes ahora tanto estimas lo presenciará, no temas, pero te aseguro que preferirías que el juicio fuese público y notorio en esta realidad que el que te espera en la otra. Allá es imposible esconder la conciencia: será ella, desprovista de las deformaciones con que la has malogrado, la que te condene.

Fray Antonio: otra extirpación del intelecto, junto a El retrato de Dorian Gray, que se reintegra sin permiso en sinapsis neuronales prohibidas trayendo a ambos de vuelta en un torbellino. Era solo dos años mayor que él, ordenado sacerdote de la Orden de los Dominicos, con un espíritu reformador y una voluntad tan férrea de ayudar a los excluidos que sus prédicas sobre igualdad incomodaban sobremanera a las clases pudientes, instaladas por inercia en la misma tribuna colonial de sus antepasados. Manolo lo conoció en una reunión literaria y, como el resto de los concurrentes, quedó prendado por su elocuencia y brillantez, cualidades que inicialmente lo amilanaron por el punzante contraste con su propia mediocridad, pero de las que muy pronto sacaría rédito.

Las aspiraciones de los dos jóvenes eran antitéticas: las del monje, puramente espirituales y con los pies en la tierra; las de Manolo, puramente terrenales y con los pies hollando el paraíso material que su imaginación estaba forjando a toda máquina. El primero creía fervorosamente en el llamado radical del Dios de Jesucristo, exigente y liberador; el segundo en el relativismo moral del dios de Spinoza, acomodaticio y caricaturesco. Fray Antonio era un convencido del poder transformador de la educación y quería canalizarlo para levantar su amado país, Ecuador, empezando, a modo de avanzadilla, por erigir una universidad de vanguardia en aquella ciudad tropical en la que recaló Manolo. Impulsaría una práctica basada estrictamente en la meritocracia al estilo anglosajón –vetaría expresamente cualquier amago de amiguismo o clientelismo–, introduciría el servicio comunal universitario para establecer vínculos entre la academia y la sociedad que resultaran beneficiosos para ambas partes, privilegiando siempre a los más desfavorecidos, tal como ordena el Evangelio. A Manolo la idea le pareció fantástica, no tanto por el fondo como por la forma, principalmente teniendo en cuenta las excelentes relaciones del religioso con el obispo, encargado en última instancia de aprobar aquella empresa y otorgarle el necesario aval episcopal para contar con fondos de la Iglesia.

Al principio, fray Antonio consideró a Manolo un apoyo providencial y no puso reparos, dada la insistencia de su nuevo amigo, en hacerlo constar como cofundador en todos los documentos legales cuya tramitación le confiaba ciegamente, pero se dio cuenta demasiado tarde de que, por detrás, Manolo iba eliminando el nombre del fraile para dejar exclusivamente el suyo. Cuando lo confrontó, el mal ya estaba hecho y no había vuelta atrás. La burocracia, máxime en América Latina, es una bestia demasiado pesada para hacerla recular una vez iniciada su farragosa marcha de tortuga.

—¿Lo recuerdas ahora, viejo repulsivo?

«¿Repulsivo yo? ¿Cómo se atreve este mequetrefe, este don nadie?» Manolo se enfurece, superado por lo dantesco de aquella conversación que nunca debió haber iniciado. Si su yo más joven lo llama repulsivo, su yo octogenario no le va a la zaga con otros insultos mucho más explícitos que, a la postre, revierten sobre él mismo. El chico de la fotografía dispara la bala más temida:

—Tú lo mataste.

—No, no, eso no es verdad, fue un accidente y tú lo sabes tan bien como yo —objeta, aturullado, Manolo.

Sin dejar de sudar, atisba el lienzo y comprueba, despavorido, que no queda ni rastro del anciano venerable que su retina se resiste en disociar de su persona: en su lugar, un ser contrahecho y encogido le devuelve la bizca mirada desde dos puntitos de antracita consumidos en su propia avaricia. El retrato de Dorian Gray y él se funden.

De acuerdo, él buscó el amparo de la aristocracia criolla para flexibilizar el estricto código de ética que había redactado fray Antonio como eje vertebrador de su universidad en ciernes adaptándolo a la realidad de una nación que no estaba preparada para aquellos cambios, más que drásticos, revolucionarios; de acuerdo, él difundió habladurías acerca de la demencia precoz de fray Antonio y se encargó de que llegaran a oídos del obispo, pero no con mala intención, claro que no, sino para que lo destinaran a otra población y así relevarlo de la ingente carga de trabajo que el dominico se había impuesto sobre sí mismo con disciplina marcial. Y lo consiguió. Su Eminencia, preocupado por la salud mental y física de tan diligente obrero de la mies del Señor, determinó enviarlo como misionero a la selva amazónica con el propósito de cristianizar a tribus no contactadas de la provincia de Orellana. Al cabo de unas semanas, los medios de todo el país se hicieron eco de la tragedia: el cadáver de fray Antonio, totalmente desnudo y con una cruz oxidada al cuello, apareció en la orilla de un río atravesado por más de treinta flechas de chonta de los huaoraníes.

En un irónico cambio de tornas, del mismo modo que el rey David envió al soldado Urías a la muerte para arrebatarle a su esposa Betsabé, el soldado Manolo había enviado al rey fray Antonio a la muerte para arrebatarle su universidad.

Fue un accidente. ¿O fue una crucifixión? En cualquier caso, el proyecto de la universidad salió adelante con apabullante éxito y durante medio siglo don Manuel fue elevado a los altares de la filantropía y la integridad. Durante medio siglo de esforzada desmemoria borró tanto a fray Antonio como El retrato de Dorian Gray, redivivos merced a una raída fotografía. Enajenado, decide destruirla y no para hasta que no puede hacer más añicos de los añicos.

No pasa nada. No se ha muerto. ¡Todo ha sido una fantasía! Manolo lo celebra con una carcajada tan estentórea que concita, de nuevo, los enervantes pasitos de Maruja.

—¿Estás bien, pichoncito? —inquiere su cónyuge, aferrada a un único interrogante que hace las veces de constante en su particular ecuación marital cuyas demás variables, de tristeza o alegría, resultan del todo irrelevantes.

—Sí, pichoncita, estoy bien. Estoy mejor que nunca.

La cara de Maruja, de puro estirada en cirugías que programa compulsivamente más por tedio que por vanidad, es incapaz de expresar emoción alguna, y, sin embargo, antes de abandonar el despacho de su marido no puede evitar fruncir el ceño al fijarse en el retrato que lo preside y que el mayordomo colgó esa misma mañana.

—Pichoncito, no había caído en lo bien que el pintor ha captado tu esencia —apunta Maruja con total ingenuidad; su sinceridad es como la de los niños: absoluta—. Cuánto realismo, es igualito a ti. Hay que organizar un cóctel para agasajar al creador de tu retrato.

Cuando Maruja cierra la puerta tras de sí, Manolo mira, por última vez, el engendro contenido en el aparatoso marco rococó recubierto en pan de oro y no puede resistir la visión infernal, un aperitivo de lo que le espera. Antes de que el infarto de miocardio lo fulmine y su cabeza se desplome en el centro exacto del escritorio de caoba, logra arrojar las trizas de la fotografía en la papelera oculta bajo sus pies.


Andrés de Müller (Barcelona) es Ph.D. en Educación con especialidad en Mediación Pedagógica (Universidad La Salle de Costa Rica), licenciado en Economía (Universidad de Barcelona y University of Southampton) y mejor graduado del Programa de Gobernabilidad, Gerencia Política y Gestión Pública (The George Washington University, Banco de Desarrollo de América Latina—CAF y Universidad de Cuenca). Asesor literario de los principales grupos editoriales de España, Grupo Planeta (Planeta, Destino, Columna) y Penguin Random House Grupo Editorial (Plaza & Janés, Lumen, Grijalbo); consultor de los premios literarios Planeta, Nadal, Azorín, Fernando Lara y Ramon Llull. Fundador y director del Proyecto Cultural y Literario Ciudad de los Niños Costa Rica (www.proyectoliterariocdn.com), reconocido internacionalmente como “Proyecto Exitoso de Alcance Global” en el XII Congreso Mundial de Mediación y Cultura de Paz (Bogotá, 2016). Docente e investigador de la Universidad Nacional de Educación de Ecuador (UNAE), coordinador del Proyecto de Difusión de la Lectura en la Provincia del Cañar, miembro del consejo editorial, articulista y corrector de estilo de la revista de divulgación de experiencias pedagógicas Mamakuna. Autor del proyecto ECUPAZ sobre la promoción de la cultura de paz en Ecuador para la Universidad de Cuenca. Miembro fundador del colectivo cultural cuencano Casa Tomada y articulista de su revista homónima. Autor del libro de relatos Sótanos a la intemperie (Libros Libres, 2003) —finalista ese mismo año del Premio de Novela Fernando Lara con la obra Vigilancia Nocturna— y de los poemarios Palabra de río (Dirección Municipal de Cultura de Cuenca, 2017) y Gozo por Efraín Jara (Dirección Municipal de Cultura de Cuenca, 2019). Articulista de opinión del principal periódico de Costa Rica, La Nación (2010—2018), jurado literario y voluntario del programa de animación de la lectura “Librotón” del Ministerio de Salud Pública para pacientes de pediatría del Hospital Vicente Corral Moscoso de Cuenca.


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3dzCoPu

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