“El almuerzo desnudo” de William S. Burroughs | Fabricio Guerra Salgado

Por Fabricio Guerra Salgado

Según Burroughs, el lenguaje es un virus de naturaleza tóxica que nos ha infectado, condicionando la totalidad de nuestros actos. Las palabras, tal y como las conocemos, disciplinan, restringen, limitan. Se hace entonces imprescindible la búsqueda de una prosa disruptiva y liberadora, que pueda describir las ideas y las percepciones con inusual espontaneidad, aun cuando pueda resultar cacofónica y demencial.

Partiendo de esa premisa, y desde las alucinaciones provocadas por los opioides, el gurú de la Generación Beat se fija en la sociedad norteamericana de posguerra, regida por el dinero, la coerción, la doble moral. En medio de los controles ejercidos por un estado policial que condena disidencias y criminaliza cosmovisiones alternativas, sobreviene un instante helado en el que, se observa lo que hay en la punta del tenedor, descubriéndose que el almuerzo está desnudo, que casi todo es un timo, y que es forzoso exponerlo con total crudeza. 

Las drogas instauran el álgebra de la necesidad, fórmula básica que determina las leyes del mundo de la adicción: el adicto depende de manera absoluta de la droga, que lo ha poseído por completo. Necesita otra dosis, y para alcanzarla es capaz de lo que sea. Además, los estupefacientes constituyen una gran industria que apuntala la economía. Pero tal modelo algebraico, trasciende la figura estigmatizada del toxicómano, poniendo igual énfasis en las adicciones al poder, el sexo o la violencia.

Islam S.A. es la poderosa corporación que impone unos intereses y sabotea otros, dictando muchas de las normas que rigen en la Interzona, que es el no-lugar en donde transcurren las anti-tramas. En este distópico espacio, deambulan yonkis, chulos, pornógrafos, traficantes y arribistas de distinta laya, configurando una purulenta atmósfera. Coexisten Licuefaccionistas, Divisionistas, Factualistas y Emisores, es decir, los partidos políticos, que conspiran entre sí, niegan la neutralidad y se entremezclan en todas las combinaciones posibles.     

En el caos, surgen inquietantes personajes como el doctor Benway, director del Centro de Reacondicionamiento de la República de Libertonia y especialista en lavado de cerebros con técnicas infalibles. En tanto, Hassan regenta una desquiciada sala de juegos en la que cada cosa parece estar untada de líquido seminal. Mientras que A. J, importante financista, bromista empedernido y reconocido playboy internacional, acostumbra acudir a fiestas del jet set, disfrazado de falo andante. Ni hablar de William Lee, trasunto del autor, que sobrevive pugnando por un chute de droga, con la policía pisándole los talones.

El almuerzo desnudo deslumbra por su impacto visual, no obstante, su lectura se torna inviable desde cualquier exégesis convencional. Para leerlo, es necesario establecer un nuevo y delirante pacto con las palabras y lo que estas representan. La mejor forma de no quedarse al margen del relato es sumirse en la catatonia, el síndrome de abstinencia y el delirium tremens, estados que propician la demolición de las lógicas al uso. Quien esté dispuesto a tomar tan singular reto, saldrá irremediablemente salpicado de toda clase de excreciones e inmundicias, que habrán de quedar adheridas como estigmas y recordatorios de nuestra propia fetidez.

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