Una foto no es un recuerdo | L. Miguel Aucatoma

Por L. Miguel Aucatoma

Decía Perry White (el director del Daily Mirror) en Superman III que “un fotógrafo come con su cámara, duerme con su cámara” y aunque a partir de esa poco estimable cita cinematográfica no se hace ningún favor a José Genaro Kingo Nonaka, un personaje que tiene un enorme componente de leyenda, que sirva de estimación para entender el embrujo que un lente fotográfico causa entendiendo cuál es la potencia de ese hechizo de forma que logró que este hombre palpe la obcecación al punto de sacrificar nuevas oportunidades en pos de dedicarse a atrapar la realidad, sabiendo además que en esos tempranos años del siglo XX era una apuesta muy costosa. Pero creer que esa fue la única afrenta que este peculiar protagonista le hiciese al destino sería sobreestimarlo, sin embargo, considero que esta etapa necesita ser examinada, porque fue quizá la más estable en su turbulenta historia y de ahí se justificaría ampliamente que cuando tuvo su Graflex en su poder, su sueño se trataba más de su trascendencia que de su supervivencia.

Por eso la cita del inicio, porque Nonaka según las fuentes dejó un archivo considerable para la fecha y circunstancias, más de 200 piezas y muchas más extraviadas, donde su principal consideración fue encerrar el pulso de una ciudad que tenía una cara para el mundo que se bate en los nombres de perdición y vicio, pero otro lado, un haber cotidiano que buen tiempo se mantuvo oculto y solo este japonés nacionalizado mexicano pudo dar con ese tesoro debiendo dedicar mucho de su esfuerzo y tiempo a aprender a capturar la luz y con ella sus matices, siendo necesario que se proponga obviar la incandescencia de los invitados ilustres de la ciudad fronteriza prohibida y rescatar el pulso sencillo de los habitantes; por tanto no sería exagerado, entonces suponer que debió dormir a lado de su preciada cámara y los valiosos rollos, para aprender a convivir con sus aspiraciones, se entenderá su obsesión porque ni los robos o un incendio apartaron su camino de esa afición. Por eso cuando se cuenta fue obligado a abandonar su espacio en aquella ciudad que retrató, el dolor pudo haber sido el más lacerante de toda su ajetreada vida.

Pero este no pretende ser un tratado que especule más de la vida de Kingo Nonaka, de la biografía de este personaje pueden desprenderse ríos de conexiones y mezclarse con ficciones que bien pueden competir a nivel hollywoodense, porque de hacerse, contendría muy valiosas citas e impactantes secuencias cinematográficas. Pero tenemos libros magistrales como el de Daniel Salinas Basave a modo de biografía histórica y que llamó de forma acertada El Samurái de la Graflex (Fondo de Cultura Económica, 2019) cuyo resultado recomiendo muy comedidamente al lector porque de forma exquisita muestra a José Genaro Kingo Nonaka y su épica travesía. En este breve artículo quiero desprender a modo de reflexiones esas motivaciones de su etapa estable y como nos dice Daniel Salinas, en las páginas de su nombrado escrito cuando Kingo Nonaka llega a Tijuana “las sorpresas de la guerra no lo aguardan como antaño[…] pero la aleatoriedad y los ases bajo la manga están a la vuelta de la esquina en [su] vida” y eso es justo lo que pasa cuando “una tarde de 1923, cuando camina […] y [la Graflex] le sale al paso desde atrás de una vitrina e irrumpe de golpe en su vida. Es el deseo encarnado que toma por asalto al japonés. [La cámara] parece acecharlo desde su pedestal, donde yace cual reina aburrida aguardando la llegada del príncipe que rompa su prisión de cristal, la tome en sus manos y se atreva a mirar al mundo a través de sus ojos” de modo que “el encuentro posee la contundencia de un encuentro o un ciclón”, esta descripción sirve como pretexto para dar un boceto sobre la importancia que debió significar a nuestro héroe convivir en ese concepto de absorber la esencia pura del momento, elevando el sentido cultual de su obra, ese negativo que necesita ser revelado.

Para eso es válido valerse de Walter Benjamin, quien fue un filósofo y se ha convertido en uno de los más citados sobre el tema y esto debido a su artículo “La obra de arte en la era de su reproducción técnica” de 1935. En ese texto, Benjamin establece conceptos que se han convertido en populares, uno de aquellos relacionados a las cosas que están “a servicio del culto” donde escribe que “el que existan es más importante que el hecho de ser vistas”, así indica que su “valor cultual” depende de su existencia y no de su exposición. Y al revisarlo y contrastarlo es increíble que estas aseveraciones se cumplan para el trabajo fotográfico e inevitablemente relacionarlo con los hechos de la propia vida de Kingo Nonaka.

La vida de Nonaka empezó a ser notada casi a destiempo, “en 1967, a punto de cumplir 78 años, […] por primera vez es el homenajeado” como nos recuerda Salinas Basave y su obra fotográfica apenas se rescata en el nuevo siglo XXI, así lo explica Josué Beltrán Cortez en su artículo de investigación doctoral, indicando que “apenas en el año 2002 se hizo pública una colección de fotografías perteneciente a un profesor jubilado, Fernando Aguilar Robles Maldonado, y a un tijuanense descendiente de un japonés, el Sr. Genaro Nonaka García. A través del Archivo Histórico de la ciudad de Tijuana, […donde] se dio a conocer un conjunto de imágenes con una exposición que causó euforia debido a que por vez primera se representó a la Tijuana de los tijuanenses”, todo esto posiblemente fruto de la extensión de las revoluciones y las consecuencias de las grandes guerras y destierros, esa aleatoriedad que nunca abandonó a Kingo Nonaka, quien tuvo sin duda una presencia y hazañas en diferentes puntos espacio-temporales y le dan esa solidez válida para ser destacable, memorable, pero no se convierte sino en una figura de culto porque todo aquello que hizo permaneció escondido o extraviado durante largos lapsos. La figura alcanza ese ansiado estado por toda esa “manifestación irrepetible de una lejanía, por cercana que pueda estar” tal como lo expresa Benjamin.

Por otro lado, dice Byung Chul Han en La sociedad de la transparencia (Herder, 2013), también citando a Benjamin dice que “la práctica de cerrar (las cosas) en un espacio inaccesible, de sustraerlas con ello a toda posibilidad de verlas, eleva su valor cultual”. El hecho desdeñable del destierro, por sospechas, de la tierra que con afán retrató Kingo Nonaka dejando al abandono, sin intención alguna, los rollos fotográficos y placas con sus proyectos que, en su bonanza, como se presume, le significaron un alivio y hasta la esperada empresa de vida luego de su ajetreada aventura. Años más tarde Tijuana basado en ese precepto establece el reclamo de una absolución de su pasado libertino y por eso ganan aun más valor y elevan al personaje al pedestal de culto. Regresando al trabajo de Josué Beltrán Cortez “las fotografías de Kingo Nonaka, particularmente las que forman parte de la exposición “Nonaka en Tijuana…”, como la tecnología de la leyenda blanca, pues en su conjunto y en su individualidad representan lo que los tijuanenses consideran como su verdadera cotidianidad, su verdadera naturaleza, su verdadero yo. Las imágenes de Nonaka representan cómo los tijuanenses quieren que les miren los otros: aquellos que han difundido y definido su imagen a partir del discurso descalificador y estigmatizante de la leyenda negra”.

Sin embargo queda el asunto que las fotografías de Kingo Nonaka también fueron logradas por medios mecánicos siendo una Graflex un aparato fruto de alguna industrialización de su tiempo y posiblemente con modelos similares a las que se generaban postales que invitaban a acrecentar la “mirada pecadora” en la ciudad de Tijuana, pero es el modo en que fueron en manos del japonés las que cambian su alcance y su valía, el hecho de que esas fotografías, recuperadas también de modo lleno de incertidumbre, se conserven como testimonios familiares y cotidianos y en ese modo lejos de los procesos industriales, a pesar de ser fruto de los mismos, las convierte en invaluables, cada memoria física que parece cumplir con esas características de mantenerse en el borde artesanal, en el lado familiar, costumbrista y de una época lejana se convierten sin duda en artefactos preciados porque, regresando a Benjamin, “en la época de la reproducción técnica de la obra de arte lo que se atrofia es el aura de esta”, cuanto más complicado fue para Kingo Nonaka aprender de las técnicas de uso de una cámara Graflex, luego las técnicas de revelado, trasladarlas a su propio puesto de operaciones y luego reforzar su componente de búsqueda de un lado poco común para disparar sobre los preciados rollos, tanto más ganaba ese halo mágico irrepetible, único que trata Benjamin y lo denomina como esa “manifestación irrepetible de una lejanía, por cercana que pueda estar”.

Kingo Nonaka en su travesía siempre estuvo, incluso hasta el final de sus días, cerca del pueblo mexicano, presente también con su “halo mágico”, si cabe el término, entre hechos y personalidades de un tiempo convulso, pero hoy en las narraciones que ocupan su vida se convierte en alguien irrepetiblemente lejano, puesto que no se conoce quien pudo de esa forma “ubicua” ocupar posiciones históricas y resaltar en cada una de ellas.

Así como Benjamin, hubo alguien más que sin querer hacer un tratado de fotografía como arte, sino que quiso entender el desciframiento del objeto artístico, y fue Roland Barthes, quien dicho de paso también dedicó su Imperio de los signos (Seix Barral, 2007) a la tierra de origen de Kingo Nonaka y quien se hubiese fascinado de llegar a saber tan extraordinario ejemplo para ilustrar sus críticas y teorías, pero esto queda en el plano de la especulación. Barthes también define sus conceptos clave en La cámara lúcida (Paidós, 2009), y así como esa aura de Benjamin, nos dejó las claves con nombre de studium, o la parte técnica o puramente cultural de la fotografía y el punctum o ese vínculo afectivo. En la obra de Kingo Nonaka ambos conceptos bien se condensaron en el reencuentro de México y especial de Tijuana, con el archivo de ese singular fotógrafo que se apasionó de un aparato Graflex, quien marcó el compás de su studium según el entender de Barthes. Este vínculo y también el reencuentro me recuerda al caso de Vivien Maier que también estableció una atadura tan particular con una cámara, en este caso con una Rolleiflex, y cuyo trabajo también permaneció oculto durante años hasta ser descubierto en 2007.

Pero el studium queda huérfano si se quiere entender la obra fotográfica que puede ser considerada artísticamente plena, y continuando con Byung Chul Han “La fotografía de hoy, (sin el punctum) completamente llena por el valor de exposición, muestra otra temporalidad, está determinada por el presente carente de negación, sin destino, que no admite ninguna tensión narrativa, ningún dramatismo como el que aparece en una “novela”. Su expresión no es romántica”, pero en la obra de Kingo Nonaka y la punzante sensación de un tiempo que no destacaba sino en recuerdos muy raídos en el alma de la ciudad, el punctum se vuelve evidente, clama pues ser considerado, la tensión narrativa aparece desde su concepción, su transcurso y su reencuentro. Por eso el último capítulo del Samurái de la Graflex ya citado, es tan reconciliador y necesario porque toda esa aventura, toda esa leyenda no podía sino merecer su redención y una que sea de orden superior incluso a las revoluciones, algo que también sintió el propio hijo de nuestro protagonista, Genaro Nonaka García, quien no compiló con palabras esta última etapa de la vida de su padre, en el libro que tomaba las pocas notas de los diarios que dejó y dio a llamar “Andanzas Revolucionarias”, sino que con esa misma impronta, puso a modo de epílogo un testimonio gráfico apegándose a la máxima popular y haciéndolas equivalentes a las mil palabras que se puedan decir, por eso en este final de la historia, Joseph Cartaphilus erraría, ya no quedan palabras del recuerdo; solo quedan imágenes, imágenes desplazadas y mutiladas que le dejaron a Kingo Nonaka las horas y los siglos.


L. Miguel Aucatoma (Quito, 31 de octubre de 1982). Ingeniero, inquieto lector que en escapes de su cotidianidad técnica busca sin hallar, ventajosamente, y en el camino medita y a veces termina colocando escritos esporádicos de sus reflexiones, su falta de rigurosidad en esos campos pueden condenarlo o convertirlo en otro anónimo, sin embargo, aprende crudamente a no desfallecer y hacerse con servilletas que conserven la tinta bajo la lluvia.

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