Un mendigo | Victoria Vásconez Cuvi

Por Victoria Vásconez Cuvi

(Publicado originalmente en el libro Ensayos literarios, Quito: s.e., 1922, pp. 45-41)

En aquella opulenta casa había una habitación correctísima: altas y nítidas vidrieras la bañaban de claridad, la cual se descomponía en mil colores al atravesar los prismas de arañas y candelabros relucientes. Magníficos tapices se descolgaban desde el techo y rozaban una rica alfombra; muebles selectos, cuadros y muchos libros, daban los últimos toques al adorno de la pieza.

Parecía, por lo elegante, la habitación de una dama; pero no hay tal, conozcamos al dueño: entró un joven alto y simpático, acompañado de un hombre extraño, el cual por su mísero aspecto era un mendigo. Malo su traje, desteñido y manchoso, los zapatos rotos dejaban ver los pies, la barba y el cabello en desorden, polvoriento el sombrero.

—Descanse, Gabriel —dijo el joven—, mientras ordeno a mis criados que le arreglen un vestido.

—¡Oh!, señor Gerardo, ¿de qué país afortunado es usted? ¿Quiénes son sus padres y sus maestros?

—Soy Gabriel, del país de la soledad; mis padres son cristianos, mis maestros, mírelos usted, son mis libros.

Dicho esto, se levantó y salió. Regresó luego y le dijo:

—Vámonos para que se vista y se arregle como debe arreglarse un hombre; en esta casa no pida usted, ordene, y cuando se halle presentable como todos, vuélvase y beberemos vino.

—Estoy asombrado, señor Gerardo. ¿Quién puede tratar así a un mendigo?

—Asómbrese, no de mí, sino de quienes ultrajan la dignidad humana cuando la ven caída, de quienes hacen relucir su oro en la sombra negra de la miseria, de aquellos que ostentan su hartura junto a rostros famélicos; de aquellos que llevan perlas y diamantes junto a seres harapientos que tiemblan de frío.

Le replicó el mendigo:

—Estos hechos dolientes de la vida, tantas veces contemplados y sentidos por mí, han dejado en mi alma no la envidia y el odio, sino otro sentimiento: el tedio. Pero, dígame, ¿por qué ese invisible roedor se introduce en el corazón de la humanidad toda? ¿Baña con lágrimas el ropaje inmaculado de la adolescencia y obscurece la azul nubecilla de la juventud, y envuelve en crespones las cadenas de ese espectro que llamamos vejez? El tedio es gota de acíbar vertida en la copa del placer y pan amargo arrojado a la abrumadora ancianidad. Anhelo de lo infinito, mezquindad en la acción y egoísmo insano nutren esa espantosa angustia del espíritu.

Gerardo contestó:

—En usted, Gabriel es explicable el tedio, como fruto acedo de tantas desesperanzas y tristezas; pero, en el adolescente que ríe y juega, en el joven que trabaja y ama, en el viejo que descansa y espera; ¿cómo puede explicarse? Cuando no se embellece en la adolescencia la imaginación sonámbula, ni se dirigen sus inclinaciones incipientes; cuando a la juventud no se le impulsa al heroísmo, a donde puede llegar por constantes afanes con sus impetuosas energías, surge el tedio, como resultado de una educación perniciosa y de un esfuerzo estéril. Y si en aquellas edades no ha habido una preparación fecunda para la vida, ¿por qué va a descansar el viejo, ni a qué puede aspirar en ultratumba? Muy contradictorio parece sentir el peso de la existencia, rica de impulsos, cuando la miseria de tantos seres débiles nos invita a servirles con aquella plenitud de energías, que dando levedad a su carga les restauren el vigor y el contento.

En estas pláticas llegaron a la puerta de un cuarto, donde se veía un elegante lavabo. Gabriel entró. Gerardo mandó a un criado:

—Sírvele.

Cuando se iba alejando de aquel cuarto, el joven exclamó:

—¡Bah! un hombre que va a gozar, y tan barato, pues a mí no me ha costado sino mandarlo; pero, cuando se trata de un mendigo, no se da una orden, no se le alarga un pan, si no se le ofrece una gota de amor. Y el corazón del pobre goza y ama tanto como el nuestro, aun más que el nuestro, porque tiene en su fondo la necesidad, mientras que muchos sufren el hastío de sus riquezas.

Al poco rato se presentó a Gerardo el mendigo vestido con pulcritud y decencia.

—¡Oh, señor —dijo—, delante de usted me siento otro hombre, qué transformación se opera en mí!

—¿Qué siente usted, Gabriel?

—Inmensa gratitud, dignidad, fuerza y perdón para todos los hombres.

—El alma de un mendigo —murmuró el joven—, atesora sentimientos que honrarían a pechos realzados con perlas y oro. Mas, ¿qué valen estos sentimientos si anidan en un corazón que palpita debajo de harapos? Bebamos un vaso de vino —dijo Gerardo—, y bebámoslo por todos los mendigos que tienen una razón que discurre y un corazón que sufre.

Se levantó con dignidad el mendigo, y alzando su copa exclamó:

—Joven, escucha: es un pobre el que te habla, un pobre que va a impetrar para ti las bendiciones del cielo, en cuyo nombre llamó a las puertas de tu caridad. ¿Alcanzaría mi mezquina gratitud a pagar la largueza de tu dádiva; podrían ser correspondidos tus favores con mis ineficaces palabras? No, por cierto. Que el Dios Omnipotente, que se ha dignado llamarse Padre de los pobres, con su pródiga mano, que dora los campos, que derrama en la arena de los ríos menudos granos de oro, que esconde en l as entrañas de la tierra diamantes, que siembra el mar de perlas te conceda, no el bien del cuerpo solamente, sino la generosa riqueza del espíritu. Que Él te dé paz, gloria y amor, descubra a tus ojos las sabias leyes con que gobierna el Universo, ponga en tus manos llave de bondad para abrir los corazones y en tus labios palabras de luz que guíen almas. Que Él, en el postrero día de tu vida, conceda a tu alma inmortal el premio de tu misericordia. Gerardo, ¡salud!


Victoria Vásconez Cuvi (Latacunga-Ecuador, 1891-1939). Escritora radicada en Quito. Integró el grupo literario de Zoila Ugarte de Landívar y Morayma Ofyr Carvajal. Miembro de la Sociedad Bolivariana, del Grupo Alas y de la Comisión Internacional del Segundo Congreso Panamericano, además fue Secretaria de la Sección Ecuatoriana de dicho congreso celebrado en Washington. Ha publicado: Ensayos literarios (1922), Actividades sociales y domésticas de la mujer (1925), Problemas educativos (1936), Vida de Mariana de Jesús (póstumamente en 1940). (Fuente: http://www.enciclopediadelecuador.com/personajes-historicos/victoria-vasconez-cuvi/)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s