Mi frío, protegiendo su frío | Julio Miguel García V.

Por Julio Miguel García V.

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

Durante toda mi vida, he sido un buscador de hielo. En las cumbres nubosas de las cordilleras se han marcado las huellas de mis pasos, y las de mis hermanos, cuando subimos a buscar el talismán que ralentiza la putrefacción de los cuerpos.

Los cazadores de recias lanzas, en la pradera, nos esperan. La sangre derramada en sus aventuras correría en vano de no ser por nosotros. Densas nieblas abrimos, abismos de vértigo sorteamos para ir a su encuentro, rastreándolos entre tundras y hostiles eriales. Allí, lejos de las atalayas y de los caminos, les damos encuentro. Ya pueden ellos amarrar los cadáveres de sus bisontes a la piel de nuestros bloques y llevarlas a sus campamentos sobre bestias de carga.

Entonces saldrán en su búsqueda las manitos entusiasmadas de sus niños, el abrazo lacrimoso de sus esposas ansiosas por el incierto retorno. Prepararán un festín de jugosa carne, y el olor de la sabrosa chamusquina, horizonte tras horizonte, se expandirá. Llegará otra vez la noche y dormirán bajo el abrigo de sábanas de lana; lejos del frío, lejos de la intemperie. La carne de las presas vencidas se revolverá en sus entrañas. El cuerpo muerto alimentará al cuerpo vivo, una vez más, y luego una parte de ambos volverá a caer sobre el tapiz de la hierba, donde entonces sí lo invadirán las moscas y las alimañas. La putrefacción.

Al festín solemos ser invitados; a dormir más de una noche en los campamentos, jamás. Debemos partir otra vez hacia los nevados, allá donde la respiración falla, y el golpe de las ventiscas congela los sentidos. Yo nunca me cuestioné el motivo de su menosprecio. Tal vez temen que el frío de las montañas paralice sus vidas, de por sí ya frágiles en la enormidad de las praderas: ‘La enfermedad del frío’, la llaman. Se mete entre los poros y aquieta la sangre en las venas. Todos la temen, y por eso mantienen sus distancias al vernos llegar.

El caso es que, en uno de los ascensos, contraje la enfermedad del frío. Subimos a los nevados durante el verano, cuando las ventiscas eran más benevolentes, pero se necesitaba escalar más alto para llegar al lugar donde los bloques tenían la consistencia ideal. Algunos insistimos sin éxito en retrasar unos cuantos días el viaje; los cazadores estarían a la espera de nuestro hielo, dijeron otros, y el saberlos ahí tan desprotegidos, a merced de los coyotes, nos hizo aceptar.

Así que ahí estábamos de nuevo, hundiendo nuestras pisadas en la profunda nieve. Incluso mis hermanos hieleros, con quienes partí, me despreciaban por mi demacrado aspecto. La crueldad flota en todas partes, comprobaría después. Nos atraparon de nuevo las ventiscas, y cuando mis piernas y mi razón flaquearon, nadie retrocedió sus pasos para ayudarme. Me ovillé contra una solitaria roca que apenas me protegió de la helada, una densa niebla que ya no pude sortear. Ninguna tejedora había inventado un abrigo lo suficientemente grueso para impermeabilizarme del abrazo de Arammara, menos aún ahí, donde ella reinaba. Resultaba muy cómodo el cobijo de sus alas. Quizá incluso más cómodo que el de las sábanas con que los cazadores se arropan. Seguro no era el primer hielero en consolarse con ese pensamiento: seguro sus sonrisas intactas, bajo la nieve, lo podrían confirmar.

Pero no pude unirme a ellos. Me desperté ya sin ninguna borrasca, con un sol tibio arañándome la cara. Estaba solo. Llegué hasta el lugar donde yacían los bloques, partí uno muy grande y pesado, lo amarré con las cuerdas de paja, y bajé. Caminé directo hacia donde la gente prepara los festines y duerme al calor de sábanas y de infusiones. Pensé que quizá habría por ahí alguien con necesidad de mi bloque, pero me equivoqué. Las manitas de los niños buscaron refugio en el aterrorizado abrazo de sus madres, quienes al verme bloquearon mi paso con el presto socorro de los guerreros. Recuerdo que una de aquellas madres derramó una tinaja de agua al notarme. El líquido se me aproximó como una culebra y tocó mis pies transformado en un pequeño charco. Su reflejo, antes de disolverse, me devolvió la imagen de un rostro blanco, más blanco que la nieve. ¡Ahora comprendía! Un aciago destino le espera a quien permite que las criaturas de la pradera mueran en vano, y la escarcha, acusadora, brotaba de mí.

No hace falta decir que desde entonces ningún campamento me dio cobijo. Vagabundeé por la pradera con el bloque, que se negaba a derretirse, pegado a mi espalda. Ya no quiero saber nada de ventiscas ni de montañas. Prefiero irme a la región de los lagos, donde el clima es cálido y soleado. Me lavo la cara en el agua y al retirarla veo junto a la orilla otro fantasma. No, un espejismo, una aparición encantada. La sacudo despacio y no despierta. Ella también está pálida y fría, pero el aliento de Lautaga se agita en sus pulmones aún.

Un moscardón de abdomen verdoso se atreve a importunarla. Yo lo espanto, estrecho la entrenzada cabeza contra mi pecho y me pongo a llorar. Estoy conmovido. Jamás pensé encontrar a alguien vivo que necesitara semejante frialdad.


Julio Miguel García (Quito, 1989). Estudió sociología en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y una maestría en Ciencia Tecnología y Sociedad en Viena, Austria. Ganador del XI Concurso Terminemos el cuento (2006). Se dedica a la escritura de ficción, al testing digital y al entrenamiento físico. Le interesa la literatura y el cine. Suele asistir al club de lectura Bibliogatos.


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3yTwrG0

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