Los de afuera | Adrián Grimm

Por Adrián Grimm

No podía borrarse esa imagen del Lojano con su gorro negro y extraño a lo Sherlock Holmes y los pantalones más ajustados que había visto jamás. Pero, lo que le inquietaba no era su ropa flamante, o su gorrito de hombre sagaz, sino su larga y lisa cola de caballo.

—No te puedo dar otro permiso a menos que me traigas un reemplazo, ya saliste toda la semana anterior.

—Pero jefe, Luis fue atropellado solo hace una semana y por no tener seguro tengo que cuidarlo yo, si o si. Él me estaba reemplazando cuando le chocaron, podría ser yo el herido, o usted.

—¿Yo? Yo toco madera. No me venga a malear el día. Ya con la semana anterior de permiso, tuvo suficiente para encontrar quién le ayude con su amigo.

—Bueno, gracias jefe. ¿Y lo del adelanto?

—Póngase al día con los compañeros que le reemplazaron y hablamos. Ellos tampoco pueden trabajarle de gratis, y menos por un compañero protestón. A todos nos sale caro.

Cerró la video conferencia con ganas de llorar.

Entre las mentiras piadosas y las verdades autodestructivas, Kino prefería las primeras. Luis en moto había sido atropellado, si; pero no como contaron, sino escapando del Lojano.

El negocio de las entregas en moto no era negocio, a menos que supieras captar las oportunidades. El Lojano tenía amigos a los que, por un valor superior a dos pizzas o tres pollos enteros con cola de tres litros y postre, solo esperaban unos paquetitos pequeños y otros pequeñísimos.

—¿Qué más mijo?

—Llévame estas vueltas al Condado, y estas a Monteserrín, ya sabes donde. Pero, hoy no me deposites, necesito efectivo. Y no te olvides de mantenerte la distancia, ya sabes que son más protestones que el huevo.

—¿Cómo así, vea Lojano?

—Cómo así, ¿qué?

—Nada, nada.

—Ah…bueno.

Pero el diablo es puerco, y con el dinero en mano, Luis nunca llegó a donde el Lojano en la González. Un hombre sin dinero en el banco, pero con dinero ajeno de dos meses de sueldo en el bolsillo, piensa de manera rara. Él decidió ir a apostar a los gallos en Carapungo, y perdió.

También el Lojano había perdido una “oportunidad” y estaba con ganas de desquitarse, pero antes se cobraría con la moto de Luis, una Honda Cargo 150 flamante, que aun pagaba. Lo rastreó por el celular un tiempo y cuando estuvo por la Floresta llamó a pedir una pizza sola.

Sabía que le tocaría a él, y lo esperó en una camioneta prestada.

Kino lo vio de lejos, su cola se movía dentro del auto en cámara lenta como una propaganda de shampoo gay. Se acercó despacio. Sabía lo de los gallos. Pero, antes de poder hacer nada, Luis apareció y el Lojano fue a por él.

—Por fin te encuentro, ¿Me depositaste o qué?

—Mijo, dame chance hasta el lunes, tuve un accidente. Unos chapas, mijo.

—Fírmame aquí. Es una letrita de cambio.

—¿Y… ya?

—No seas guevón, tenemos que ir al notario, y ahí sí estamos tranquilos, mijo. Además, me tienes que reconocer unos intereses y algo por hacerme salir en plena pandemia. Eso no está bien, mijo. Eso es muy mal plan.

La oficina del notario no quedaba en una notaria, sino en el subsuelo de la gallera de Carapungo. Al irse acercando se fue dando cuenta y en la esquina del Aki de Carapungo se regresó a toda máquina a Quito. El Lojano, atrás suyo, furioso. En el bypass de la Eloy, por rebasar sin cuidado lo golpearon y cayó roto la pierna y todo remellado. Todo, menos la cabeza por llevar casco. El Lojano simplemente se había desaparecido, lo cual no era ningún alivio.

—Primero me roba, luego me toca salir a buscarlo, y luego para rematar… se mata en la moto. Ahora no tengo como cobrarle, la moto quedó hecha mierda.

—O sea, hay que darle el vireff. Si no puede pagar, ya sirve de aviso a cualquier otro caremazo.

—Pero acolitame, hace tiempo que no “trabajo” y me da miedo salir.

—¿Miedo vos?

—El virus, mijo.

—Simón.

Kino recordaba sus clases de derecho constitucional abandonados años atrás. “El estado garantista…” resonaba en su cabeza la voz del Doctor Oyarte cada vez que visitaba a Luis en el hospital de Carapungo.

El primer día quiso llevarle flores, luego tabacos, luego ropa, pero en el hospital pedían suero fisiológico, gasas, paracetamol, ivermectina, ibuprofeno… todo en cajas. La medicina para un ser amado vale más que mil flores, y mil flores valen muchísimo menos que la flor correcta. Le llevaba siempre unas tupirrosas secas en el bolsillo, a Luis le gustaba el olor de la resina.

Trabajar en una oficina sonaba mejor ahora que entonces.

Entonces tenía opciones, horarios, amigos, estatus. Decidió cambiar de carrera, pero antes descansar del asco un par de años. Así conoció a Luis, y con él, en el mismo pack, al Lojano.

Y entonces, en lo mejor de su amor y aventura, el mundo se detuvo; hallaron la oportunidad de comprar las motos y aparentar cierta normalidad…aunque afuera.


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3g0mNsw

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