La paradoja del algodón | Juan David Cruz Duarte

Por Juan David Cruz Duarte

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Colombia)

(Columbia, Carolina del Sur, Estados Unidos, 2018)

Para mi madre, que me regaló La máquina del tiempo de H.G. Wells

Everybody knows the deal was rotten:

Old black Joe is still picking cotton

for your ribbons and bows.

Everybody knows.

Leonard Cohen, “Everybody Knows”

Me llamo Augusto Castañeda. Nací en Bogotá, Colombia, en octubre de 1976. Durante varios meses, me he estado preguntando si realmente debo compartir la historia que estoy a punto de escribir. Es posible que nadie crea lo que estoy a punto de contar. Eso me tiene sin cuidado. No obstante, debo escribir sobre el mundo en el que crecí, debo dar fe de ese mundo que se ha perdido para siempre. Aquel mundo, tan diferente de este, era también nuestro mundo. Pero ahora todo es diferente. Quizás las cosas cambiaron para bien. Y, no obstante, tras haber crecido en un mundo diferente, no puedo evitar sentirme como un extraño, como un turista en mi propio pueblo, como un viajero cuyo hogar ha desaparecido. Ya no pertenezco a ningún lugar. Sí, definitivamente las han cambiado para bien, pero esos cambios me han convertido en un ser extraño, en un viajero extraviado, en una criatura tan anacrónica como un pterodáctilo, un triceratops, un estegosaurio, un tiranosaurio-rex o un tigre dientes de sable. O tal vez mi condición es incluso más extraña; quizás soy más como un dragón, como un unicornio, como un basilisco: soy como una criatura que ni existe, ni ha existido nunca. Soy un imposible. Mi vida en sí misma es una contradicción, una paradoja. Por estas razones, con frecuencia me siento perdido, confundido, fuera de lugar. Esta es mi historia.

Todo comenzó en enero de 2017. Estaba enseñando tres clases de filosofía en la Universidad de Carolina del Sur, donde trabajo como profesor adjunto. Tengo una licenciatura de la Universidad de los Andes, una maestría de Stony Brook y un doctorado de la University of Pennsylvania. Soy filósofo; podría decirse que tengo una formación en “filosofía clásica”. No obstante, creo que este término no abarca todos mis intereses intelectuales y académicos. Estoy particularmente interesado en explorar las complejas conexiones que existen entre la ética y las tecnologías emergentes. Mi investigación actual se enfoca principalmente en las intersecciones entre la ética y la tecnología de la información; en particular, el desarrollo de formas avanzadas de inteligencia artificial. Naturalmente, me he hecho amigo de algunos de los muchos científicos que trabajan para la universidad; de hecho, he colaborado con un par de ellos en varios artículos académicos y capítulos de libros acerca de ciencia y filosofía. Uno de mis mejores amigos es Néstor Cabezas, profesor del departamento de física. Obtuvo su doctorado en la University of Southern California. Al igual que yo, Néstor también obtuvo un título de pregrado de la Universidad de los Andes; sin embargo, él es casi diez años mayor que yo. Conocí a Néstor cuando me mudé a Carolina del Sur y me uní al Departamento de Filosofía. Creo que él es un hombre verdaderamente brillante. Al igual que yo, Néstor también está bastante interesado en las intersecciones entre la filosofía y la física. Muy a menudo, este era nuestro principal tema de conversación.

Néstor y yo solíamos hablar mucho sobre el tiempo, sobre su naturaleza extraña e inaprensible. Yo solía decir que el tiempo no existe, mientras que Néstor no dejaba de hablar de todas las cosas que se podrían lograr si aprendiéramos a manipularlo, a doblarlo y estirarlo a voluntad. Me hablaba de la teoría de la relatividad general de Einstein; trataba de explicarme cómo los objetos de masa considerable pueden doblar el espacio-tiempo, cómo la luz actúa como una onda y como partícula, cómo el tiempo es relativo, etc. El tema del tiempo era nuestro tema de conversación favorito. Pero las cosas han cambiado, ya no hablamos de ese tipo de cosas. Créanme, tenemos buenas razones para esto.

Antes del incidente, yo solía argumentar que nuestra percepción del tiempo es tan solo una consecuencia del movimiento y el cambio (el movimiento, después de todo, no es más que un cambio de posición o ubicación). A veces le pedía a Néstor que imaginara un universo estático, un universo sin vida. Sin movimiento, y sin organismos vivos para experimentar el tiempo —la ilusión del tiempo— dicha ilusión se deshace y desaparece. Por estas razones consideraba que la existencia del tiempo era, por lo menos, improbable. Pero Néstor siempre me contestaba: “El tiempo es muy real, hombre. De hecho, es tan real que puede ser doblado, comprimido, estirado, ensanchado, o enrollado. Incluso se puede viajar a través del tiempo”. Después de decirme este tipo de cosas, Néstor me contaba cómo los físicos ya han logrado realizar viajes en el tiempo. Según él, en varios experimentos se han logrado enviar átomos individuales en breves viajes a través del tiempo. Sin embargo, estos átomos solo pueden viajar unos cuantos milisegundos hacia el pasado o hacia el futuro. Por supuesto, la idea de viajar en el tiempo me parecía absolutamente absurda. ¿Cómo podía existir el tiempo —le preguntaba a mi colega— si el pasado ya no existe, si el futuro siempre está por venir, y por lo tanto aún no existe, y si el presente siempre está desapareciendo en el pasado, que es la nada, porque ya ha dejado de existir? ¿Cómo puede existir el tiempo, si tenemos en cuenta la naturaleza indescifrable, inmaterial y pasajera del pasado, el presente y el futuro? Este argumento, por supuesto, no es mío. En realidad, está inspirado en las preguntas que Aristóteles y Santo Tomás se habían formulado con respecto a este tema. Los dos disfrutábamos de estas casuales conversaciones, sin embargo, nunca me las tomé demasiado en serio. Ahora, prefiero no pensar en estas cosas.

Todo cambió cuando conocimos a Ashley Brown. Ella era una estudiante de veinte años, su familia vivía en Charleston. Era una joven inteligente, alegre, adinerada y atractiva. Estoy seguro de que se estaba divirtiendo bastante en la universidad. Ella solía tener un tatuaje con la palabra “Imagine” en su muñeca izquierda; le gustaba la música de John Lennon y los Beatles. La conocí cuando se inscribió en una de mis clases de pregrado: “La filosofía de la guerra”. Ella se estaba especializando en estudios de la diáspora africana, y estaba considerando la posibilidad de estudiar para ser profesora de historia en el futuro. Le sugerí que considerara algunos programas de maestría en el Norte. A ella siempre le había gustado Nueva York, y por eso estaba pensando en postularse al programa de historia de NYU.

El semestre terminó y yo creí que nunca vería a Ashley de nuevo, pero poco después me tope con ella en una cena en la casa de una colega. Mi colega, Mary Mabrey, era profesora titular en el departamento de literatura comparada. Su esposo era un chef español. Éramos buenos amigos. Mary había invitado a cenar a algunos de sus estudiantes de posgrado, y uno de ellos estaba saliendo con Ashley. Todos resultamos sentados en la misma mesa, Mary y su esposo, Néstor, Ashley, su novio y yo. Nos divertimos mucho esa noche. Néstor se pasó de copas y comenzó a hablar, como era usual, sobre el potencial infinito de los viajes en el tiempo. Yo estaba bastante apenado; la situación me parecía muy vergonzosa. Mary y su esposo no paraban de hacer bromas al respecto. Ashley, por otra parte, parecía estar completamente intrigada por las teorías de mi viejo amigo. Unos días después, Néstor me dijo que Ashley quería verlo durante sus horas de oficina. La situación, como es natural, me pareció bastante inusual. Le sugerí a mi amigo que actuara con cautela. Temía que la joven estuviera experimentando sentimientos románticos por mi amigo. Néstor dijo que eso era completamente absurdo, y tenía razón: Ashley no estaba interesada en él. Las cosas eran mucho más complicadas que eso. Poco después, todo cambió de repente, y nuestras vidas se volvieron extremadamente raras.

Ashley quería ver a Néstor ese día porque estaba fascinada con sus teorías acerca de los viajes en el tiempo. Este interés por las teorías de mi amigo estaba relacionado al profundo interés de Ashley por la historia estadounidense. Néstor me dijo que la joven le había confesado algo bastante impactante: su pasión por la historia de su país estaba relacionada a su interés por la historia de su familia. Ashley Brown era descendiente de una familia de terratenientes que habían tenido varias plantaciones y cientos de esclavos en la región. Sus ancestros, la mayoría de ellos ingleses, habían acumulado tierra y dinero durante el siglo XIX. Esta riqueza provenía del trabajo duro (inhumanamente duro) de hombres y mujeres negros que habían sido esclavizados o que habían nacido en cautiverio.

La esclavitud es el “pecado original” de los Estados Unidos. La segregación, el racismo sistémico, la práctica conocida como “red lining”, la persecución y asesinato de los líderes del movimiento por los derechos civiles, el abuso policial a las minorías, todos estos fenómenos están trágicamente vinculados a los horrores de la esclavitud. Ashley era muy consciente de este hecho. Sentía vergüenza y culpa. La torturaba pensar que su privilegio social y económico era el resultado de la explotación inhumana de los negros en el Sur de los Estados Unidos. El horror de las familias separadas, la crueldad de los cuerpos azotados, las ramas de los árboles de donde habían colgado los cadáveres de hombres y mujeres inocentes; para Ashley era difícil aceptar que su propia familia había jugado un papel en toda esta infamia. Ellos habían sido parte de un sistema cruel e inhumano, y se habían beneficiado del mismo.

Néstor me dijo que Ashley lloró varias veces contándole su historia. Para él, la conversación fue completamente desgarradora. Y yo lo entiendo. En todos mis años viviendo en el Sur, nunca había conocido a nadie que reconociera tener antepasados ​​esclavistas o que hubiesen sido dueños de plantaciones y esclavos. Por supuesto, durante el siglo XIX, solo una pequeña minoría de la población blanca poseía plantaciones o esclavos; pero es probable que yo haya conocido al menos a algunos descendientes de esta élite terrateniente durante estos últimos años. Ashley fue la primera persona que conocí que reconocía y condenaba este perturbador aspecto de su historia familiar. En cierto modo, creo que Néstor y yo admirábamos su honestidad. Era una mujer valiente.

En una de sus clases de historia, Ashley había oído hablar de Eli Whitney, el inventor de la desmotadora de algodón moderna. Whitney no inventó la primera desmotadora de algodón; esta máquina apareció por primera vez en la India durante la Edad Media. Pero la versión de Whitney de esta máquina era más adecuada para el tipo de algodón de fibra corta que crecía en algunas partes del Sur de los Estados Unidos. Whitney desarrolló por primera vez su desmotadora de algodón en 1793. Patentó su invento, pero nunca logró ganar mucho dinero con él. Su invención, sin embargo, tuvo enormes consecuencias históricas. La desmontadora de algodón de Whitney facilitó mucho la limpieza de cantidades considerables de algodón en un período de tiempo relativamente corto. Cuando la máquina se popularizó en los Estados Unidos, las plantaciones de algodón en el Sur se hicieron aún más importantes para la economía de la región. Esto causó un crecimiento considerable en la industria del algodón, lo que creó una mayor demanda de esclavos. La demanda de esclavos en los Estados Unidos estaba disminuyendo en ese momento, ya que las plantaciones de añil y tabaco no eran muy rentables. La desmotadora de algodón moderna cambió drásticamente esta tendencia.

La gente habla del capitalismo y la globalización como si fueran fenómenos recientes. Esto no es cierto. La globalización comenzó con la colonización de América. El crecimiento de la industria del algodón en el Sur de los Estados Unidos durante el siglo XIX es un ejemplo perfecto de los aspectos más oscuros del capitalismo y la globalización. Gran Bretaña importaba un porcentaje considerable del algodón producido en los Estados Unidos. Los traficantes de esclavos comenzaron a vender más y más personas en los Estados Unidos; la mayoría de estos hombres y mujeres esclavizados fueron traídos, contra su voluntad, de África Occidental. La interacción de estas dos industrias, la trata de esclavos y las plantaciones de algodón en los Estados Unidos, perpetuaba el horrible ciclo de crueldad, explotación y opresión inherente a la institución de la esclavitud. En Latinoamérica hubo un crecimiento exponencial de la industria de la esclavitud a principios del siglo XIX, cuando hubo un crecimiento considerable en las plantaciones de azúcar de Puerto Rico y Cuba. Todo esto, por supuesto, tuvo terribles consecuencias sociales e históricas para las víctimas de esta práctica criminal; estas consecuencias siguen siendo visibles en nuestros días.

Ashley, que sabía que la institución de la esclavitud en los Estados Unidos se estaba acercando a su fin cuando Whitney diseñó la desmotadora de algodón moderna, creía que eliminar esta máquina de la historia tendría un efecto positivo en el presente. Ella pensaba que, si la desmotadora de algodón moderna era una de las causas del crecimiento de la trata de esclavos en el siglo XIX, deshacerse de la máquina disminuiría significativamente la duración de la trata de esclavos—y de la institución de la esclavitud como tal—en los Estados Unidos.

Néstor me pidió que fuera a verlo en su oficina un sábado en la tarde. Esto me pareció bastante inusual, pero acepté de todos modos. Fue allí, en su antigua oficina, donde Néstor finalmente me habló sobre su proyecto: había enviado a Ashley a los últimos años del siglo XVIII con el fin de boicotear el desarrollo de la desmotadora de algodón de Eli Whitney. Cuando expresé mi incredulidad, mi colega me pidió que lo acompañara a su laboratorio. Una vez allí, me mostró, no sin cierto orgullo, una extraña caja extraña de metal. La caja era un poco más grande que un refrigerador de tamaño mediano. La misteriosa máquina descansaba sobre una gran placa de cobre. Néstor me dijo que había estado trabajando en este proyecto por casi dos décadas: era una máquina del tiempo. Naturalmente, pensé que se trataba de una broma. Pero cuando mi amigo pasó más de veinte minutos tratando de explicarme cómo funcionaba la máquina, y cuáles habían sido sus razones para mantener tan extraño proyecto en secreto, llegué a la conclusión de que todo aquello no era, después de todo, una broma. Yo solo podía encontrar una explicación racional para todo esto: Néstor había sufrido una crisis, había perdido la razón y ahora estaba completamente loco, loco de remate.

Si era cierto, como Néstor decía, que Ashley había entrado en la caja, entonces era posible que la joven estuviera herida. Néstor trató de tranquilizarme, y me dijo que ella debía estar perfectamente bien. De hecho, abrió la caja y me mostró que estaba vacía. El interior de la máquina no era particularmente extraño. Parecía una gran máquina centrífuga, pero el interior tenía ciertas partes cubiertas en cuero; era un aparato inusual, pero no terriblemente raro o extravagante. Después de enseñarme la máquina, Néstor me dijo que necesitaba ayuda. Me contó que había realizado experimentos con pequeños objetos, e incluso con pequeños mamíferos como ratones y conejos, pero que nunca había enviado a una persona en un viaje en el tiempo. Sugirió que era posible que este procedimiento presentara complicaciones, y dijo que necesitaba a alguien que lo ayudara en caso de que se presentara una emergencia. No había forma de contactar a Ashley desde el laboratorio (yo no sabía su número de teléfono). Llamar a la policía, por otra parte, me parecía una idea exagerada. Al fin y al cabo, no había evidencia de que Néstor le hubiera hecho algo a la joven. Quizás ella se encontraba cenando en su casa o viendo una película con su novio. Lo único que yo podía hacer era quedarme con Néstor, vigilar su comportamiento, y esperar a que saliera del extraño trance en el que se encontraba.

Mientras hablaba con Néstor en el laboratorio decidí hacerle algunas preguntas para determinar si realmente había perdido la razón. Le pregunté si Ashley estaba usando ropa moderna en su aventura. Me dijo que no, que ella llevaba un vestido “de época” que había robado de los camerinos del teatro Long Street. Le pregunté también si su plan consistía en asesinar a Eli Whitney. Él dijo que no, que nunca habría enviado a Ashley al pasado con el fin de cometer actos violentos, y mucho menos un asesinato. “¡Somos académicos! No asesinos”. Según Néstor, el plan era relativamente simple: Ashley se reuniría con Whitney en Georgia y lo convencería de no comercializar su desmotadora de algodón. Cuando le pregunté a Néstor cómo había logrado enviar a Ashley a Georgia desde Carolina del Sur, si la suya era una “máquina del tiempo”, y por ende no estaba diseñada para viajar en el espacio, mi colega simplemente me respondió que, “una vez superadas las dificultades inherentes al viaje en el tiempo, lograr el milagro de la teletransportación había sido pan comido”. Cuando le pregunté cómo se suponía que Ashley volvería al presente, él simplemente señaló a un rincón vacío en la oficina. Había una gran placa de cobre que cubría parte del piso. Era similar a la placa debajo de la primera máquina que me había mostrado. Néstor sonrió y me dijo: “No pierdas de vista ese rincón del laboratorio. Pronto vas a ver con tus propios ojos que te estoy diciendo la verdad”.

Yo estaba terriblemente confundido. Néstor me explicó que la caja vacía que estábamos viendo era la primera versión de su máquina del tiempo. Ahora, según él, debíamos esperar la llegada de una segunda máquina, que pronto se materializaría en el laboratorio. La idea de que la segunda máquina se hallaba en Georgia, a finales del siglo XVIII, me resultaba algo cómica. No obstante, seguía preocupado por la salud mental de mi viejo amigo. Naturalmente, no creía nada de lo que Néstor me había dicho. Estaba absolutamente seguro de que la existencia de una máquina del tiempo era imposible. Por otra parte, cada vez me iba convenciendo más y más de que Ashley estaba perfectamente a salvo de las fantasías y alucinaciones del viejo profesor de física. Aunque estaba preocupado por él, todo lo que podía hacer en ese momento era hacerle compañía, asegurarme de que no se exaltara demasiado, y tratar de hacerlo entrar en razón. Me preguntaba cómo lograría despertarlo de aquella extraña pesadilla que él había creado para sí mismo. Yo tenía la intención de contactar a su familia más tarde esa noche y asegurarme de que recibiera la ayuda médica y el tratamiento psiquiátrico que claramente necesitaba.

Ya habíamos pasado un par de horas en el laboratorio. La situación, por extraña que fuera, comenzaba a aburrirme. De repente, sucedió algo increíble. Vimos un destello poderoso de luz que venía de la esquina del laboratorio. Fue una chaspa azul y blanca, como una especie de explosión eléctrica. Creí que me iba a dar un infarto. Me temblaban las manos y las rodillas. Me di la vuelta y vi que había una máquina muy extraña en el laboratorio. Se hallaba sobre la placa metálica en la esquina más alejada del salón. Era de cobre y tenía forma de huevo. Tenía unos dos metros de altura. Había humo saliendo de la máquina. Néstor se levantó y gritó: “¡Ayúdenme a abrir la puerta!” Yo estaba en estado de shock. Mi amigo me agarró de la chaqueta y me sacudió de manera brusca. Cuando pude sobreponerme a la sorpresa corrí hacia la máquina y ayudé a Néstor a abrir la pequeña compuerta. El metal estaba caliente, y podía escuchar a Ashley adentro, estaba gritando algo, pero yo no lograba descifrar sus palabras. Temí por su vida. Después de forcejear con la compuerta durante dos o tres minutos, que me parecieron eternos, Néstor y yo logramos abrir la maldita máquina. Ashley estaba arrodillada adentro; ya no gritaba, pero estaba llorando en silencio. Ashley tenía algunas quemaduras menores en sus manos y pequeños moretones en sus brazos, pero aparte de eso parecía estar bien.

Ashley nos contó lo que había pasado. Había conocido a Eli Whitney en una plantación en Georgia. Ella fue sincera con él y trató de hacerle entender las terribles consecuencias que tendría la comercialización de su desmotadora de algodón para millones de hombres y mujeres. Le pidió que pensara en las familias que serían separadas, en las vidas que serían destruidas, en los hombres y mujeres que serían esclavizados, azotados y esclavizados. Naturalmente, Whitney pensó que la joven estaba loca. Entonces Ashley comprendió que tenía que actuar rápido; no le quedaba mucho tiempo, ya que debía regresar a la máquina del tiempo antes de que esta volviera al Siglo XXI. Después de una acalorada discusión, Ashley le disparó a Whitney con el revolver de su abuelo. Néstor estaba completamente escandalizado; según él, habían acordado con antelación que no habría lugar para el uso de la violencia en su arriesgado proyecto. Néstor estaba furioso, no paraba de gritar. Insultó a Ashley con todo tipo de improperios. Yo me puse de pie y me interpuse entre ellos, temiendo que mi alterado amigo intentara golpearla. Néstor, poco a poco, se fue tranquilizando. Ashley, por su parte, dejó de temblar, y se secó las lágrimas con el dorso de su mano. Los tres nos quedamos en el laboratorio durante poco más de una hora. Ashley nos contó los detalles de su extraña aventura, y los tres tratamos de imaginar cuáles podrían ser las consecuencias históricas de su extravagante misión. No sé en qué momento exacto me di cuenta de que el tatuaje en la muñeca izquierda de Ashley había desaparecido.

Estaba exhausto. Cuando regresé a mi casa me dolían los brazos y la espalda. Solo entonces noté que llevaba puesta una extraña camisa hecha con un tipo de tela que no logré identificar. Me senté en el sofá con la cabeza entre las manos. Tenía demasiadas preguntas, había muchas cosas que no acababa de entender. Incluso hoy, después de tanto tiempo, hay muchas cosas acerca de ese día que no he logrado comprender: desde el mediocre plan de Néstor y Ashley hasta los principios científicos que hicieron posible su extraña aventura. Incluso hoy, todo esto me parece imposible y absurdo.

El mundo en el que ahora que vivimos es diferente de aquel en donde crecí. Para ustedes, que están leyendo esta historia, Barack Obama no fue el primer presidente afroamericano de los Estados Unidos. De hecho, ustedes saben que Obama fue el noveno hombre negro en ser elegido como presidente de la nación. Ustedes nunca han oído hablar de Jim Crow, para ustedes, la segregación solo existió hasta la década de 1850. Ustedes asocian la práctica discriminatoria conocida como “red-lining” a la historia de minorías como los latinos y los chinos en los Estados Unidos. Por razones que no me puedo explicar, el sistema métrico es usado en todo el país. Lamentablemente, hay cosas que no han cambiado del todo. Todos sabemos lo que es el racismo, y lo que la institución de la esclavitud le hizo a innumerables hombres y mujeres de color durante la colonización del continente americano. En este sentido, este mundo sigue siendo similar al mundo en el que nací. Sin embargo, en este mundo, el mundo en el que vivimos, la esclavitud en los Estados Unidos fue abolida a principios de la década de 1820. Aunque la Guerra Civil también sucedió en esta realidad, aquí dicho conflicto armado tuvo lugar décadas antes. Por otra parte, en este mundo la guerra fue mucho más breve. De hecho, en esta realidad que hoy habitamos, la Guerra Civil cobró la vida de menos de cinco mil hombres y mujeres. La Guerra Civil Americana del mundo en el que yo crecí dejó entre seiscientos mil y un millón de muertos. La violencia armada en los Estados Unidos es ahora un problema menor. Los tiroteos masivos, por ejemplo, son fenómenos extremadamente raros. A pesar de todo esto, este nuevo mundo está muy lejos de ser perfecto. La desigualdad social sigue siendo extremadamente alta, Estados Unidos nunca ha tenido una presidenta, la contaminación sigue siendo un problema ambiental supremamente grave, y las fuentes alternativas de energías renovables todavía se hallan bajo la sombra de la gigantesca industria de los combustibles fósiles. Y, sin embargo, este nuevo mundo es mucho mejor que el mío. Tal vez se podría afirmar que vivimos en el mejor de todos los mundos posibles, especialmente ahora que Néstor ha destruido ambas máquinas del tiempo, cerrando así las puertas a otros mundos, a otras realidades alternativas. Néstor nunca pudo perdonarse por permitir que Ashley matara a otro ser humano. Todavía se culpa a sí mismo por esto. Quizás se recrimina por no haber notado que ella llevaba un arma de fuego escondida en su vestido. Varias veces me pidió perdón por haber sido tan irresponsable. Pero las cosas han cambiado para bien. No estoy de acuerdo con lo que hizo Ashley, pero las consecuencias de sus acciones beneficiaron a miles, a millones de personas. Cuando Néstor se pasa de copas, y se culpa por el asesinato de Whitney, solo puedo ponerle la mano en el hombre y decirle que deje de pensar en eso. ¿Qué otra cosa puedo hacer?

Solamente Néstor, Ashley y yo sabemos cómo era el mundo antes de que Ashley viajara al pasado. Parece que estar en la habitación en donde se hallaban las máquinas del tiempo nos permitió conservar nuestros recuerdos del mundo como como solía ser. Estoy seguro de que ni el mismo Néstor podría darle una explicación lógica a este extraño hecho. Aunque después de la aventura de Ashley la realidad cambió de manera drástica, todavía me sorprendo al ver lo poco que cambió mi vida. Sigo siendo profesor de filosofía, todavía vivo en Carolina del Sur, en el mismo apartamento en Columbia, cerca de Five Points. Néstor todavía enseña física teórica en la universidad. Por supuesto, Ashley ya no es rica, y no está cursando estudios de la diáspora africana (esta especialización ha desaparecido de la mayoría de las universidades de los Estados Unidos); sin embargo, todavía está inscrita en USC, aunque ahora es una estudiante en el Departamento de Historia. Néstor me dijo que la vio caminando de la mano del mismo estudiante graduado que conocimos en aquella cena en la casa de Mary. El director del departamento de filosofía es ahora un profesor afroamericano, y también lo es el gobernador de Carolina del Sur. Supongo que Ashley, como la mayoría de sus compañeros, ha acumulado una deuda estudiantil considerable. Pero este es el pequeño precio que debe pagar por todo el bien que ha causado. Ashley no solo ha limpiado el nombre de su familia, también ha salvado las vidas de innumerables seres humanos, y mejorado las condiciones de vida de millones de personas.

Como pueden ver, mi mundo ha cambiado radicalmente. A menudo me siento fuera de lugar, desorientado y perdido. Pero son Néstor y Ashley los que tienen que vivir, día tras día, sabiendo lo que han hecho. Mi amigo permitió que una joven matara a un hombre a sangre fría, mi antigua alumna debe vivir sabiendo que asesinó a un hombre cuyo único pecado fue inventar y comercializar una máquina para limpiar la fibra del algodón de manera más eficiente. Aunque Ashley se ha distanciado de nosotros (algo que entiendo perfectamente) Néstor y yo nos hemos hecho todavía más cercanos después del incidente. Néstor le dio un nombre a nuestra extraña aventura, la llama “la paradoja del algodón”. Aunque de vez en cuando hablamos de nuestra extraña condición de “forasteros” en esta nueva realidad, la verdad es que nunca más volvimos a debatir acerca de la temática del tiempo. Ahora hablamos de fútbol, de ​​libros, de mujeres, de películas, y de otros asuntos comunes de los que, supongo yo, habla la mayoría de la gente. Sin embargo, de vez en cuando le digo a mi viejo amigo que las camisas que todos usan ahora, hechas de telas sintéticas y polímeros elásticos, no son tan cómodas como nuestras viejas camisas de algodón. Tal vez esto es lo único que en realidad extraño de nuestro viejo mundo.


Juan David Cruz Duarte nació en Bogotá, Colombia. En el 2018 obtuvo su doctorado en literatura comparada en la University of South Carolina. Sus cuentos y poemas han aparecido en Máquina Combinatoria, Five:2: OneBurningwordJasperBlue Collar Reviewthe Dead Mule School of Southern LiteratureFall Lines, Escarabeo, etc. Sus ensayos han sido publicados en Variaciones Borges, Divergencias, y La raza Cómica. Varios de sus artículos y caricaturas políticas han aparecido en Las2Orillas. Su trabajo académico se ha enfocado en el estudio de la ciencia ficción latinoamericana de los siglos XX y XXI. Cruz Duarte es el autor de la colección de relatos Dream a Little dream of me: cuentos siniestros (2011), la novela breve La noche del fin del mundo (2012), y la colección de poemas Léase después de mi muerte (Poemas 2005-2017). Actualmente Cruz Duarte vive en Bogotá.


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3uMevK1

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