“La aventura de un lector” de Calvino o lecciones para leer en el último minuto | Guillermo Gómezjurado Q.

Por Guillermo Gómezjurado Q.

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

En “La aventura de un lector”, relato que Ítalo Calvino incluyera en Los amores difíciles en 1970, un joven planifica un verano de lecturas en la costa. Para ello, selecciona los volúmenes que le harán compañía y organiza su espacio y su tiempo a partir de una serie de determinaciones personales y caprichosas que le ayudan a hacerse un espacio de lectura a su medida. Para leer, Amedeo Oliva pedalea hasta el punto más alto del carretero que bordea al cabo, se interna entre los escollos y se echa con una novela entre las piedras. En esta postura, de hecho, Oliva puede permanecer durante horas, haciendo de vez en cuando una pausa en su lectura para saltar al mar y dar unas cuantas braceadas.

Como puede verse, los pasos que da el joven Oliva para proteger y administrar el tiempo y el espacio de su lectura son, cuando menos, singulares; puestos al lado de un lector metódico, solemne y productivo parecerían incluso algo desatinados. Pero Oliva, no hay que olvidarlo, es un lector común y un nadador amateur; es decir, alguien que se acerca con un interés personal a los libros y se sumerge al agua por gusto, estableciendo relaciones muy cotidianas y placenteras con el mar y la lectura. En ese sentido, bien podría decirse que Amedeo anticipa con su ética de lector un modo de acercarse a los textos literarios que, hoy en día, acaso por los excesos de los promotores de la lectura, puede sonarnos a lugar común; esto es: leer para ser en la aventura de otro; leer para buscar un sentido, de forma vicaria.

Por ventaja, la amable ironía de Calvino salva al cuento de usos simplificadores, meramente modélicos. Hay, así, no poca guasa en la mirada que el narrador le dirige a Oliva, sobre todo en momentos en que este, acaso por una falsa voluntad de autoafirmación (cumplir, ante todo, con su programa de lectura) o por incapacidad de atención a los detalles que le rodean, se pone rígido y miope, y hace poco o nada por aprovechar el milagroso vaivén entre literatura y vida que se le presenta en su delante, esa tarde, cuando en su horizonte aparece una mujer madura, con la que acabará teniendo un affaire y a la que no termina de ver bien por torpeza o temor de perder el hilo de su lectura.

La mujer como escollo o señuelo o amenaza, entonces. Al respecto, quizá no esté demás recodar que hay una larga tradición de lectores que han insistido en asimilar a la mujer con la interrupción; en verla como un elemento distractor y acaparador que irrumpe en el espacio íntimo de lectura. No en vano Ricardo Piglia ha sentado en torno a esa actitud defensiva del lector una de las tensiones más interesantes de esa «historia imaginaria de los lectores» que intenta en El último lector (2005). Contrapone con habilidad, Piglia: Kafka versus Felice, Marlowe versus Linda Loring, y constata persuasivamente que la dinámica del lector que se repliega y corta cualquier acceso a su espacio de lectura, se repite con sus productivas variaciones en varios momentos de la literatura.

Ahora bien, si Piglia siente simpatía por estos constantes “gestos de valor” con que sus hombres sin mujeres se reafirman en su integridad de solitarios, no se puede decir lo mismo del narrador del cuento de Calvino, que, como decíamos, en este punto toma más bien sus distancias e ironiza el ensimismamiento y la actitud ladina que Amedeo Oliva adquiere en relación con la mujer que lo merodea.

Pese a ello, es notorio que tanto la aventura general del joven lector como las relaciones que este genera con las novelas que frecuenta, no dejan de sernos simpáticas. Hay un vitalismo liviano y divertido que recorre el texto, que nos interpela y que, curiosamente, nos compromete con el desencuentro final que se marca en el cuento. Si hay una lección de lectura en el cuento de Calvino, por ende, esta será desenfadada e irónica y, como tal, múltiple, difícil de direccionar.

En todo caso, si he de elegir, como lector –así sea de modo provisional–, me gustaría vincular la escena de lectura del joven Oliva con las infinitas posibilidades de desenfoque y redimensionamiento que trae consigo el suceso imprevisto, y que, para nuestra suerte o desdicha, pocas veces estamos en la capacidad de asimilar a tiempo. No en vano, Amedeo Oliva es un lector de novelas-río, de largo aliento, que prefigura lo que ve a partir de desarrollos complicados, dilatados en el tiempo, propios de las obras que frecuenta; mientras que la mujer que lo ronda e interpela requiere otro tipo de lector, un equilibrista, quizá, que sepa aprovechar los prodigios del último minuto; es en ese desencuentro de posturas que Calvino, con amable ironía, resuelve el cuento.

Fuentes de consulta

Calvino, I. 1989. Los amores difíciles. Barcelona: Círculo de Lectores.

Piglia, R. 2005. El ultimo lector. Barcelona: Anagrama.


Guillermo Gomezjurado Quezada. Nació en Cuenca, en 1993. Estudió Lengua y Literatura en la Universidad de Cuenca y Literatura Comparada en la Universidad Autónoma de Barcelona. Le interesa la crítica literaria.

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