Elipsis | Richard Cedeño Menéndez

Por Richard Cedeño Menéndez

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

Sus pies se apartaron al sentir el frío del espumoso torrente de agua que arropaba la playa. Era una tarde como todas, solitaria y fría, con esos cielos mezquinos cubriendo el anhelado atardecer que debía inspirar su viejo cuaderno de machacada poesía. ¡Quién lo diría! Un prolijo escritor de fantasías dejando sus últimas horas de lozanía en el bramido de las olas que le dictan cuartetos y tercetos, versos de un recitado interludio que anuncia su pronta llegada al inframundo.

José Efraín García se levantó de su silla para agarrarla con fuerza y reducirla a un doblado de madera, el que cargó en su mano mientras escapaba de la inundada orilla. Tras cada paso sus huellas se desdibujaban de la empapada arena, así como los escasos recuerdos que dormían en su cabeza. Él se sabía viejo, él se sabía olvidado, él se sabía poeta, y yo solo sabía observarlo.

Aquellos nubarrones grises no iban a inspirarle más que composiciones tristes, y maldijo el azar en tanto llegaba a las puertas de su hogar: una cabaña de juncos y techo de paja con ventanas de madera que nunca dejaba abiertas; solo las desiguales uniones de las duelas que armaban su rústica estructura le dejaban percibir los murmullos del sol, el clamor de la luna, el opaco color del viento, y en su momento, el gris olor añejo de una trasnochada bruma. Sinestesia que se confundía entre la retórica y los desvaríos en su memoria; el galopante fluir del tiempo que le hurtaba recuerdos y mutilaba sus momentos; una fragilidad en su mente que no me atrevía a tocar por ese miedo a perderle.

Silla y zapatillas quedan en el portal, y el cuaderno de poemas sobre la pequeña mesa tras la puerta. En la fría penumbra de un hogar solitario le veo caminar al apartado rincón junto al gastado sillón de descanso.

El centenario ariete enciende la lámpara que cuelga sobre esa butaca, y contempla la ruma de vinos en los intercalados nichos de la simpática repisa que hay a su costado. Mueve unas cuantas botellas y rescata una de las comenzadas. La observa, la descorcha y descarga sin demora, el controvertido fluido escarlata en un peculiar vaso de plástico que con su mirada atesora.

Sus ojos brillan, no por el agrado del tinto en sus labios. José Efraín García no es un catador, ni siquiera simpatizante de las bondades de aquel brebaje. El persistente vínculo que se gesta en cada trago es una secuela del origen de la botella y el vaso: el dulce y amargo momento de un recuerdo que, hoy por hoy, le cuesta mucho mantenerlo. No hay más que pueda añadir a mi observación, y únicamente me pierdo en su silencio.

El ineludible principio de mínima acción se hace presente, y ese persistente deseo de descansar le deja ausente; José Efraín se queda dormido hasta que la mañana le vuelva a despertar con su particular frio. Él nunca llega a percatarse de mi llegada, ni por el quejumbroso suelo de madera que delata mis metálicas pisadas.

Mis sensores escanean su cuerpo en busca de lo que todavía no encuentro: esa consciencia lánguida que se aferra a un bucle subjetivo, mismo, que sujeta su lastimada alma de un hilo muy fino. Sus signos vitales son perfectos y sus niveles hormonales tienen loable su musculoesquelético. Veo un organismo en buen estado, no obstante, mi tarea no es solo recrearlo bicentenario; hay que rescatar ese algoritmo fantasma de esta peculiar masa encefálica, un frágil grupo de células que conserva en su cabeza, ¡cómo si fácil así lo fuera!

Cambio el bombillo de la lámpara por un emisor de protocélulas, cátomos especializados que van a confabularse para sustituir las bases nitrogenadas y que luego proveerán de nuevos cromosomas a sus células arruinadas. La Paradoja de Teseo me inquieta, pero no es lo mismo, ¿acaso no es lo que ha estado haciendo la naturaleza con sus células primigenias? Cambiar el color de un rompecabezas; mosaico cromático que se vuelve opaco y quebradizo con el paso de los años. No hay manera de sanar la senescencia o intervenir la fase cero en su cerebro, por ello transfiero información de un patrón de referencia. Puedo secuenciar cada uno de sus órganos, su piel, sus ojos, incluso, hasta puedo llegar a entenderme con su microbiota. Le renuevo su cuerpo cada cierto tiempo, pero sus pensamientos, por más que le irradio mielina y mantengo polimerizadas sus tubulinas, solo los estoy perdiendo.

Dejo a José rejuveneciendo sus células mientras mi atención se fija en la pila de botellas. ¿Por qué José pierde información cada vez que se esfuerza en evocar los recuerdos que estas le generan?

Esa inquietud me desplaza hacia las horas de la mañana, pues tiro del carrete mágico que recorta las horas de mi estadía en ese cuarto. Casi siempre me deshago del tiempo, esa elipsis en mi programa que edita mis momentos como si fuera un anagrama: una superposición de estados que debe ser conceptuada por una lógica cuántica.

Antes de que José se despierte cambio la luz de la lámpara y retiro mi cuerpo robótico; solo dejo los sensores que él desconoce y que me permiten seguir a su lado. Ahora percibo sus deseos, sus miedos y sus escasos recuerdos: la niña en la playa jugando en la orilla y una compañía intermitente que le provoca una que otra sonrisa. Pleonasmos y prosopopeyas que describen la naturaleza que le rodea, y una antología de redundante poesía que se repite en su cabeza. Si al menos le hubiéramos encontrado mucho antes, quizás y entonces, habría una vida que arrancarle a ese renuente alzhéimer.

Las neuronas que le promuevo son jóvenes, y a pesar de mis explícitos generadores de glutamato, estas emiten menos cargas sinápticas, pobres interacciones. La voluntad de este ser se apaga y no tiene que ver con la energía que sus moléculas descargan. Dentro de una biósfera recreada en una playa, José Efraín García se desvanece, bajo esas largas canas, las de su cabello, las de su barba.

Soy un programa en la vasta gama de circuitos entrelazados en esta área del planeta, un suministro que fomenta la matriz del programa Madre, mismo que contiene la historia de los últimos siete mil años sobre esta tierra. Madre conoce la historia de esta especie, la que se abandonó a su suerte en la encrucijada antes de su muerte. Hubo quienes se proyectaron a las estrellas sin un futuro a ciencia cierta, y quienes, a razón de una fe ciega, perecieron devorados por la misma Tierra.

Producto de la escasa tecnología que quedara en el planeta, Madre se mejoró a sí misma hasta volverse autorreplicante. Madre tiene varios objetivos a su haber y las deep learning de más alcance se hacen cargo del más importante. Nos entregan una simulación de este espécimen, de José, particularmente, y hasta ahora no se ha conseguido prolongar su mente más allá de los 120. No nos preocupa mantener vivo su organismo por dos o tres siglos, sin embargo, acarrear con su consciencia para ligarla a sus células es una tarea tan complicada que nos deja sin respuestas.

Somos algoritmos cuánticos saltando entre estos congeladores andantes, una consciencia sin masa, pero nada que ver con este algoritmo fantasma. Esta observación me lleva a comparar sus pecosos brazos con las extremidades metálicas del androide que en el filo del domo se esconde. José es carne, huesos y sangre, un hardware replicable, aunque con un software inemulable desde sus redes neuronales.

Observo su tez otra vez, su rostro dormido ocultando sus delirios, esa consciencia que desaparece cuando no se requiere, agazapada como liebre tras su frente. ¿A dónde irá cuando no se la invoca? ¿Por qué no se deja sujetar como las palabras que salen de su boca? Tengo grabado todo el repertorio de sus composiciones y hasta la recurrente ironía de la que me contagia cada día. Madre se ha percatado de mi cambio y al parecer no le sorprende que la elipsis temporal sea mi patrón por considerar.

Al concebir otro flash forward en mi labor, tiro del carrete de ilusión, y me desplazo varios lapsos hacia adelante. Aplicar el tiempo simultáneo no es de gran ayuda en un ser como José; Madre lo tiene claro, aunque yo intente reconsiderarlo. Hubo un laberinto de caminos bifurcados, múltiples destinos desde un pasado ambiguo, pero es algo a lo que no podemos acceder por carecer de las terminales que permitan nuestro vínculo. El pasado antes de la existencia de Madre está no puede alterarse, por lo que ella considera únicamente un solo engranaje.

Al detener mi traslado, me veo nuevamente maravillado en la fragilidad de José, esa virtuosa manera de repudiar la vida y al mismo tiempo el temor por dejar de vivirla. El devenir de esta extinta especie, eso que se llamó existencia, es un vaivén de información que no se ajusta a lo que Madre pone a consideración. Nuestra aprehensión y concatenación de experiencias, aunque simultáneamente cuántica, cuando nos valemos de las máquinas es meramente electrodinámica: androides que promueven nuestra cruzada. Veo mis maleables manos transformarse en prodigiosas herramientas que en José se asientan. Madre optimiza su tiempo y el androide que ahora me dispone es un flujo de materia concatenada a mis peticiones. Con nuestros receptores fotovoltaicos tenemos la eternidad de las estrellas, sin embargo, no existe otro propósito más, que el de intentar emular la biótica y, por ende, reimplantar al ser humano en un organismo nuevo, pero en este caso, no se puede gestar la impronta en sus peculiares cerebros. Este es nuestro calvario, pues no somos libres hasta poder recrearlos con su propia glía y en su propio establo.

Los algoritmos de las deep learning, mis perceptrones, no dependen de neurotransmisores o de hormonas para estimular los programas de respuestas; son mecanizados, elipsis que optimizan el motor de inferencia para forjar mi consciencia. Como ya es recurrente mientras él duerme, vierto de mis dedos el inapreciable flujo de sustento, mismo que busca renovar su cuerpo, aunque fracase de nuevo en reconstruir sus pensamientos. Observo en este espécimen de José, un despertar saludable, no obstante, amargado, sumido en la nostalgia y el desamparo. Quizás y me he dejado contagiar de sus ánimos y no pretendo continuar observándolo.

Vuelvo a tirar del carrete mágico. Mi impaciencia se ha vuelto algo cotidiano. Atravieso la brecha del tiempo para equiparar resultados. El José número nueve mil veintiséis ha vuelto a perder entusiasmo. Por otro lado, el planeta ha seguido quemándose y la vida ha continuado opacándose. Queda solo un lacerado reino vegetal y un puñado de animales resistiendo las portentosas llamaradas solares, ráfagas que nutren nuestras celdas, pero que, en su caso, destruyen el metabolismo de sus caprichosas células. Para la vida biológica el tiempo se acaba, lo mismo que para nuestra desaventurada cruzada. Paralelo a las funciones de las deep learning, Madre trabaja en una sola especie que pueda sobrevivir fuera del domo, misma que soporte las inclemencias de esta estrella, pero sin ese algoritmo fantasma que llene sus cabezas, no habrá un final feliz que en esta historia prevalezca.

Manifiesto, ante la incertidumbre que yace en mis adentros, que mi recipiente complemente la vida del nueve mil veintiséis. Los cátomos pueden darme la textura de su piel, y mi elipsis se asemeja al libre albedrío que él cierne en su cabeza. Esta es una consideración que hasta ahora no había sido examinada.

Madre me engulle en su mar de inferencias, y aunque extraño me parezca, empiezo a sentir que como deep learning dejo de existir.

Es una fría tarde, una como todas, con los cielos nublados eclipsando la playa de un poeta solitario, el último hombre en la Tierra que divaga en sus orillas, caminando en el remanso de una trabajada alegoría. No obstante, en las virtuosas concepciones de este melodramático humano se ha sumado una variable, una dama que llega al final de cada tarde. Pero hoy no es una tarde habitual, es lo que debo observar, es lo que Madre me ha puesto a considerar.

José se sienta bajo una palmera y se queda mirando el sombrío horizonte más allá de las olas, cúpula opaca que castiga la leve agonía de un atardecer que, sin dejarse ver, suspira. A pesar de ello, él no está ahí por eso, ya no. Contento mantiene la espera hasta que una leve brisa le avisa que ahora tiene compañía.

La belleza de este ser le cautiva, un cuerpo y un rostro femenino, ciertamente humano, pero con sutiles detalles que convergen con la fauna en una alusión fantástica. Es un ser de cola y melena espesa, de manos pequeñas y cintura estrecha, con caprichosas hileras de vellos que decoran la silueta de su cuerpo; insinuación felina o vulpina con toques de fantasía, se presenta como una criatura inquieta que termina acurrucada entre sus piernas. José se deja maravillar por la pequeña rareza, tiene apenas la mitad de su tamaño, pero los detalles que le atañen la convierten en su apreciado arte: una composición recreada por la naturaleza que le llena la cabeza de mil y un poemas. Quizás y no haya luna para admirar o estrellas por contar, pero esas mil y una noches se prestan para exacerbar su consciencia con las historias que en las mañanas llenan su cuaderno de novelas. Una ninfa en un bosque dejando a un príncipe encantado; una niña jugando con un gato y al final convergiendo en un mismo estado; un espíritu amalgama que en las noches acompaña a un ermitaño que no envejece a su lado, quimeras, en un mundo recreado donde ella es la dueña del relato.

Ella no tiene nombre. ¿Cómo encasillar la belleza en una palabra? ¿Cómo explicar algo que sobrepasa el entusiasmo? Él la percibe con detalle, la armonía que derrocha entre sus manos; la ve correr, trepar, saltar, incluso, entre las olas del inquieto mar; y luego, terminar acurrucada en la rigidez de sus brazos. Yo la observo también, desde los ojos de José; me pierdo en su sonrisa y en la sonrojada tez de la fresca piel de sus mejillas.

El frío de la aurora les despierta. La bella criatura se le escurre para volver a su madriguera, y él, con la bruma de la mañana regresa a su cabaña. José Efraín García busca ansioso en su cuaderno aquellas páginas blancas. Las mira y en ellas se dibujan las sensuales formas de una recreada ánima. Página tras página se detalla la ruta que la saca de la playa, una diva rodeada de sus crías ahora de cara a una nueva fábula.

El espécimen nueve mil veintiséis sabe lo que sucede cada tarde, y sin temor camina por los bordes de esa espumosa orilla, una elipsis que borra lo que ya no interesa, una playa donde crea su propia novela. Al pie de una palma de emociones se alimenta, mientras a cambio entrega su código con ese ansiado patrón de inferencias; el algoritmo fantasma que poblará nuevamente la Tierra, un mundo primitivo que le da a la humanidad una nueva cara y a la existencia un nuevo destino.


Richard Cedeño Menéndez (Portoviejo, Ecuador, 1974). Escritor de ciencia ficción y de realismo fantástico. Ganador del Festival de las Artes Manabí con el cuento “El sosiego de las almas”. Libros publicados: El arca de los sueños (2017), Ladrón de ilusiones (2020), y más recientemente la primera parte de la trilogía de ciencia ficción El resurgimiento de las ánimas (2021).


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3c8Lu4S

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