El hombre sin identidad | Rubén Darío Buitrón

Por Rubén Darío Buitrón

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

Manuela nunca supo qué pasó con Miguel Ángel. Una mañana gris, que bañaba de tristeza el departamento donde vivían, sintió que se despertó, se dio cuenta de que no se bañó, de que vistió la misma ropa del día anterior y que, sin decir palabra, se marchó.

No había pasado nada entre los dos la noche anterior ni los días previos. No existía ninguna razón para que él no volviera, no llamara, no se comunicara. Ella sintió que caminaba por un desierto lúgubre y solitario, absurdo, distante de todos los demás puntos de la tierra.

Agobiada y atada a una relación extraña, estaba sin trabajo fijo. Sus únicos ingresos eran los que su hermano menor Santiago, el próspero abogado, le depositaba cada mes en su cuenta de ahorros a cambio de la ayuda que prestaba al despacho como secretaria o por los trámites que realizaba en las notarías o en los juzgados.

Santiago le depositaba en la cuenta bancaria porque no quería que su hermana gastara en drogas o en alcohol o en cigarrillos el poco dinero que le daba y tampoco quería que le entregara a Miguel Ángel. La idea era presionarlo a que trabajara, a que hiciera algo de provecho, aunque no le gustaba estudiar ni dedicarse a nada que no sea deambular por las calles de la ciudad amenazante que él conocía tan bien.

Andrajoso, descuidado, de mirada sombría en sus ojos verdes, era el único hijo del prestigioso doctor Miguel Ángel Andrade Bustamante, juez de la Corte Suprema de Justicia y uno de los más importantes expertos en derecho constitucional del país.

Vivió del dinero que le regalaba su padre hasta que un día lo agarró la Policía con cuatro paquetes de marihuana y dos con base de coca.

El doctor Andrade, herido en su reputación, llamó en secreto al juez que estuvo a cargo del proceso de su hijo y le pidió que lo enviara a la cárcel de Latacunga al menos seis meses bajo el cargo de tenencia ilícita de sustancias psicotrópicas. La idea era darle una lección que no olvidara nunca.

Manuela, desfachatada, triste y rota, se las arregló como pudo durante ese tiempo. Tenía dos hijos con Miguel Ángel: Sebastián, de diez años, y Diego, de ocho, que no iban a la escuela. El hogar, si así se lo podía llamar, era un caos, un desorden, un basurero.

Cuando recibió una llamada anónima en la que le contaban que su marido estaba en Latacunga, se derrumbó. La cárcel estaba a dos horas de Quito y ella debía trabajar, sobre todo para dar de comer a los niños. Que su padre estuviera preso era difícil explicar a los pequeños, pero también era complejo dejar de recibir el dinero de la exigua cuenta de ahorros.

El doctor Andrade, prestigioso como era, también se las arregló para que en la cárcel maltrataran a su hijo, para que lo acusaran de vender droga dentro de la prisión, lo encerraran en los calabozos subterráneos sin comida, sin un colchón dónde dormir, sin una cobija que, al menos, le protegiera del intenso frío del lugar.

El jurista, un hombre que parecía salido de un retrato de patriarca del siglo XIX, quería darle una lección al hijo y, de paso, a su nuera y a sus nietos. Así pensaba él, un hombre implacable.

Había sido educado en la secundaria del Colegio Militar Eloy Alfaro. Estaba enterado de que Miguel Ángel no trabajaba, de que consumían droga con Manuela, de que algunos días no les daban de comer ni les cuidaban a los niños porque los estupefacientes los alejaban de este mundo.

De vez en cuando, por orden del doctor Andrade, el ayudante, el licenciado Cevallos, un hombre fachoso, encorbatado y con trajes brillosos de tanto plancharlos, iba a la cárcel a preguntar cómo estaba Miguel Ángel, sin que este se enterara. Solo se cercioraba de que estuviera sufriendo. No iba preocupado por la salud del hijo de su jefe ni con la intención de protegerlo sino, por el contrario, por cerciorarse de que lo estuvieran maltratando.

El jurista también había pedido a su amigo, el licenciado Hugo Vera, director de la cárcel, que por lo menos una vez por semana dos o tres guías penitenciarios golpearan a su hijo hasta dejarlo inconsciente, siempre con la precaución de no matarlo.

El día que salió de la cárcel 24 semanas después, lo esperaban afuera los licenciados Cevallos y Vera. Por pedido del constitucionalista le advirtieron que la próxima vez lo matarían. No había sido exactamente ese el mensaje que el padre pidió que le dieran a su hijo, pero fue así como se le dijeron, además de advertirle que no vaya a hablar con nadie de todo lo que vivió durante el encierro.

Miguel Ángel fue a una tienda de abarrotes ubicada al frente de la cárcel y pidió que le prestaran un teléfono para comunicarse con Manuela, pero fue imposible que le alquilaran un aparato porque no tenía un solo centavo en sus bolsillos.

Le tocó caminar unas 20 o 25 cuadras hasta llegar a casa. Eran las 10 de la mañana cuando llegó, aplastó el timbre de la puerta, apareció Manuela con una apariencia deplorable, los niños rompieron en llanto al ver a su papá sucio, triste, como si hubiera sufrido un accidente y solo habían quedado despojos.

Manuela no sabía lo que había pasado con Miguel Ángel y este tampoco conocía que detrás de todo lo ocurrido se encontraba su padre. Miguel Ángel solo sabía que lo atraparon por cargar droga en sus bolsillos y Manuela reaccionó con rabia. Le dijo que una cosa es que les gustara fumar y esnifar y otra es que empezaran a vender, que de eso nunca habían hablado por todos los peligros que implicaba hacerlo.

Él le respondió que el día que lo cogieron andaba con esa carga porque quería traer unos dólares para la casa, para dar de comer a los niños, para compartir con ella algo de las ganancias y que no dependiera solo de lo que le depositaba Santiago.

Eran razones ingenuas, bobas, tontas. Tienes que trabajar en algo, le dijo Manuela, pero no en eso, por favor.

Hubo un largo silencio. Él no podía verla al rostro y se mantenía en silencio. Ella lo miraba para seguir reclamándolo, pero no podía: los niños veían a sus padres con miedo, con angustia, y lloraban resignados, casi en silencio.

Miguel Ángel pidió espacio en la cama y se durmió. Una, dos, ocho horas, tiempo suficiente para que Manuela analice sus magulladuras, las huellas de los golpes, la ropa raída, el olor a habitación húmeda, el pelo largo y sucio.

Dio algo de comer a los niños, los puso a ver la televisión y se dio cuenta de que su marido había sido maltratado, vejado, golpeado, torturado física y psicológicamente. Pensó, mirando por la estrecha y opresora ventana que daba hacia la calle, que la vida que habían vivido hasta entonces, con todas las dificultades, era buena si la comparaba con lo que estaba pasando ahora.

Desde entonces, Miguel Ángel despertaba a medianoche o en la madrugada y lloraba, gritaba, sudaba, pedía que ya no más, que ya basta, que no, por favor. Era como un niño asustado, un niño que no tenía ninguna posibilidad de defenderse ante los monstruos que veía en sus pesadillas o proyectadas en las sombras de las paredes de la habitación.

Manuela pensaba, meditaba, reflexionaba, pero no sabía qué hacer. En parte, se sentía culpable de acompañarlo en el vicio, de no poder dejar la droga.

Con su rostro espectral y su delgadez extrema trataba de salvar a los niños de toda la tragedia por la que estaban pasando ella y su familia.

Una mañana salió a comprar algo para el desayuno y cuando volvió ya no estaba Miguel Ángel. Era la primera vez, en semanas, que había salido desde que regresó de la cárcel.

Volvió en la noche, silencioso, melancólico y triste. Le repitió a Manuela, como si lo hubiera olvidado, como si tuviera lagunas mentales, que no podía soportar más la vida que llevaban y que fue a conseguir droga para vender y contar con algo más de dinero en relación a lo poco que a ella le pagaba el hermano abogado.

No durmió esa noche. Ella lo miraba de reojo y se daba cuenta de que él tenía la mirada fija en dirección a la ventana, como si quisiera escapar de las rejas donde hacía poco había estado. Manuela no hizo preguntas, pero tenía certezas: no quiso imaginar cómo volvieron a contactar a Miguel Ángel, no intentó explicarse por qué su marido volvía a ese mundo, no deseó pensar qué pasaría si lo volvieran a encarcelar.

Al día siguiente, él repitió la escena terrible que dio inicio a la tragedia. Se despertó, no se bañó, no desayunó y se marchó sin decir palabra.

En la noche no regresó y Manuela pensó que de nuevo lo habían atrapado y que estaría en la cárcel. De nuevo el mundo se le vino abajo y pensó que tendría que ir a buscarlo en la prisión y contarle a su hermano —lo que nunca antes había hecho— para que, como abogado, lo ayudara.

Un sábado encargó a los niños donde una vecina, tomó un autobús hacia la terminal terrestre, se embarcó en un bus destartalado y se fue a Latacunga.

El viaje no sirvió, porque, según la lista de los detenidos, Miguel Ángel no había ingresado a la cárcel ni el día anterior ni esa mañana.

Manuela volvió a Quito, destrozada. La vida se le iba deshaciendo en pedacitos. La soledad y la pobreza la aprisionaban el pecho. Las preguntas se acumulaban: ¿podía haberlo matado algún sicario? ¿Estaría secuestrado por los traficantes si no les dio el dinero de la venta? El vacío y la incertidumbre eran una tormenta helada sobre ella.

Con timidez, con miedo, llamó a su hermano y le contó todo lo que estaba pasando. Él, enfurecido y lleno de rabia, se negó a ayudarla y le cerró el teléfono. Le había advertido una decena de veces que no se metiera con Miguel Ángel y que tuviera cuidado con las drogas. Manuela no solo perdió el posible apoyo legal de su hermano Santiago sino, también, el trabajo miserable que este le había dado.

Guardando la vergüenza en un rincón de su alma desportillada, tomó de la mano a los niños y fue donde su madre, Mercedes, a pedirle que acogiera a los pequeños una semana, por lo menos, porque debía solucionar un problema con Miguel Ángel.

Durante semanas lo buscó en cárceles, hospitales, morgues, centros de rehabilitación, clínicas psiquiátricas donde trataban a los adictos. De vez en cuando llamaba a su madre para saber de los chicos. Las respuestas de Mercedes eran cada vez más hostiles.

Manuela siguió buscando.

Nada.

Su madre y su hermano, mientras tanto, y sin que ella se enterara, le siguieron un juicio para despojarle de la tenencia de sus hijos.

Manuela se quedó sola. Era un estropajo. Comía poco pidiendo en salones, restaurantes y panaderías que le regalaran algo para llevarse a la boca. Vestía con los trapos que le quedaban de años atrás. Se fue a vivir en un cuarto en el centro de Quito, en la zona más sórdida, porque ya no tenía cómo pagar un arriendo más digno.

Diez meses después, Miguel Ángel se había esfumado. Algún policía de buen corazón le dijo que era inútil buscarlo, que si estaba metido en drogas lo más probable era que un competidor lo hubiera asesinado por una disputa de territorio.

Pero el corazón de Manuela, ajado y oscuro, no se dejaba vencer. Aunque solo tenía 35 años, aunque su aspecto era el de una mujer de al menos unos 50, aunque cada día iba sintiendo el peso gris de la soledad, quería seguir buscando a Miguel Ángel porque tenía el presentimiento de que estaba vivo y de que lo habían llevado a alguna cárcel distante e inaccesible.

Su nivel de sufrimiento se evidenciaba también en la ropa desvencijada y sucia y en las arrugas que empezaban a surcar su rostro. Todo era una evidencia de un sufrimiento bobo, absurdo, pero también de su decisión de no dejarse vencer por los insomnios, por las lágrimas, por la larga e infinita espera.

Una noche, mientras luchaba contra la vigilia, se le vino una idea que podía parecer absurda, pero que no estaba demás pensarla. Conocía, por su hermano Santiago, de lo que era capaz su suegro como un ser vengativo y ruin e imaginó que Miguel Ángel había sido secuestrado por órdenes de su padre, pero no cedía en la certeza de que no estaba muerto.

Santiago y Mercedes, su madre, a quienes un día los corazones se les suavizaron cuando Manuela les contó la posibilidad de que hubiera ocurrido aquello, se reunieron, le dijeron que viajara a Guayaquil y le dieron un poco de dinero, pero le pidieron que no regresara sin Miguel Ángel, que veían cómo ella se iba deshaciendo y, sobre todo, que los niños estaban sufriendo demasiado.

Dos días después, desorientada y perdida, como si no tuviera una idea clara de lo que debía hacer, sin objetivos precisos para hacer el viaje, después de 10 horas llegó a la monstruosa, agobiante y ruidosa terminal de buses interprovinciales de Guayaquil, se dirigió a un hotel vetusto y maloliente que alguien le aconsejó al paso y fue a instalarse allí, aún sin una idea clara de lo que tendría que hacer.

Pasó seis días, casi sin comer, a punto de desmayar por el fuerte calor y la deshidratación, recorriendo todos los lugares posibles donde pudieron haber enviado a Miguel Ángel.

Le faltaban algunos sitios y al quinto día abrió los ojos muy temprano porque esa noche había soñado que su marido no estaba muerto ni en la cárcel, sino en algún centro de rehabilitación para adictos, que le habían contado que pululaban en Guayaquil.

Sin desayuno, con dos vasos de agua que le brindaron en el hotel y a punto de desfallecer, recorrió todo el día al menos diez de esos centros, la mayoría unas pocilgas asquerosas y repugnantes donde no había huella de Miguel Ángel.

Manuela empezó a alucinar. Quería tomar un bus y regresar a Quito o embarcarse, sin destino, en una maloliente buseta. A ratos pensaba que era inútil lo que estaba haciendo y el dinero se le estaba acabando.

En su trajinar por la ciudad vio, como si alguna fuerza extraña la hubiera conducido hasta allí, el edificio del hospital psiquiátrico “Lorenzo Ponce” y tuvo el pálpito de que su marido podía estar allí.

Bajó del bus y se dirigió al manicomio, rodeado de un aire enrarecido y extraño y de vetustas mansiones abandonadas al lado de un antiguo cementerio poblado de vegetación y una extraña luz solar, opaca y gris.

Después de esperar dos horas logró hablar con el doctor Manuel Ocaña, un pequeño, tosco y tenebroso psiquiatra que cumplía las funciones de director, y le contó el caso.

Manuela le rogó que le permitiera visitar los patios, las habitaciones, los salones, el comedor, los calabozos. Deseaba tener la certidumbre, como argumento final para sí misma, que Miguel Ángel estaba allí o que se había esfumado para siempre.

Ocaña, con un tono de voz que parecía salirle directamente de una garganta desgastada y a punto de desfallecer, le respondió que no era usual permitir ese tipo de visitas, pero que veía en ella a una mujer a punto de fisurarse para siempre como una frágil figura de cristal. Ella le agradeció, aunque le pareció repugnante la comparación.

Abajo, en el patio principal, en medio de una atmósfera opresiva y angustiante, Manuela vio de todo mientras el director le explicaba que había pacientes en distintas fases y niveles de locura, desde los que estaban rehabilitándose y saldrían pronto del manicomio hasta los que ya no tenían ninguna posibilidad de curarse y probablemente se quedarían allí por el resto de su vida.

Manuela, desde el ventanal de la dirección, a través de los vidrios sucios, veía uno por uno a los cientos de enfermos que daban vueltas sin cesar alrededor de una pileta sin agua, a los que estaban sentados en un asiento de hormigón y conversaban consigo mismos, a los que jugaban fútbol con una vieja pelota elaborada con periódicos y fundas de plástico sin saber qué hacer cuando les tocaba patear, a los que gritaban y callaban y gritaban y callaban profiriendo frases sin ningún sentido. “Hay esquizofrénicos, catatónicos, bipolares, depresivos, histéricos, psicópatas, hipocondríacos, obsesivos, inestables y frenéticos, entre otros”, le explicaba el director.

Luego de observarlos con atención más de media hora y con el doctor Ocaña que empezaba a perder la paciencia, Manuela vio a un hombre que no podía ser otro que Miguel Ángel.

Era un Miguel Ángel cadavérico, casi irreconocible, insustancial y pálido, sin el cabello largo y rubio que acostumbraba a usar, completamente rapada la cabeza. Era un Miguel Ángel que sonreía y se ponía serio, que gritaba y aullaba como si estos gestos se le hubieran convertido en un tic nervioso. Era un Miguel Ángel con la dentadura amarillenta y oscura. Era un Miguel Ángel totalmente delgado, casi en huesos, con la mirada perdida, como si estuviera solo, como si nadie lo rodeara.

—¿Está segura? —le dijo Ocaña y le explicó que no podrían acercarse sin que ella tuviera la certeza, pues podía dañar más la psiquis del enfermo.

Ella le respondió que estaba segura y que, además, Miguel Ángel no debía estar ahí, pues si bien era adicto a la marihuana y a la base de cocaína, no era un enfermo mental.

Ocaña llamó a dos enfermeros y les pidió que trajeran del patio al paciente cuya descripción les dio.

Mientras esperaban, en medio de un clima de dolor y ansiedad, el director explicaba a Manuela los trámites que tendría que hacer para sacar de allí a su marido, si él, en efecto, lo era. Ella, presa de la emoción y de los nervios, no sabía si llorar o reír, si gritar por la emoción o si mantenerse serena para no afectar ningún proceso.

Cuando los enfermeros le dejaron al paciente en la oficina de Ocaña, Manuela no pudo más y se acercó a abrazarlo, a besarlo, a decirle que todo estaba bien, que ella había llegado para sacarlo, que no se preocupara, que todo cambiaría y serían felices.

El hombre la miraba con sorpresa, con cierto recelo, con un dejo de miedo en la mirada No hablaba. No le respondió los abrazos ni los besos.

—¿Cómo hacemos para llevármelo, doctor? —Manuela respiraba con dificultad tratando de mostrarse tranquila y calmada.

Ocaña le hizo algunas preguntas al paciente y este no respondió ninguna, ni siquiera cuando le pidió que dijera su nombre. Llamó a la administración y pidió que le trajeran las listas de los pacientes. Una enfermera le entregó los archivos y revisaron con cuidado las listas de los pacientes internados y de los ambulatorios: en ninguna de ellas constaba Miguel Ángel Andrade.

Cuando Ocaña usaba sus trucos de psiquiatra experimentado y le decía que él era la persona que su esposa estaba buscando, él no respondía.

Manuela lo acariciaba, lloraba viéndole a los ojos, buscaba que, de alguna manera, reaccionara, pero él ni siquiera le devolvía la mirada. Era una fría estatua de cemento. El color de su uniforme de paciente se confundía con la piel cuyo color había cambiado, quizás por las largas mañanas de sol en el patio.

Ocaña fue a su escritorio, buscó algunos papeles y halló el sobre sellado que le había enviado el doctor Andrade, donde le pedía, como juez y como padre, que lo mantuviera ahí sin que nadie se enterara y que, si fuera posible, buscara una manera drástica de curarlo.

Ocaña escondió el papel mientras Manuela trataba de convencer a Miguel Ángel que, en efecto, él era él, ella era ella.

Ocaña le dijo a ella que había un problema grave: cuando él llegó era casi la medianoche, lo bajaron de un auto negro grande, sin placas y con vidrios polarizados, le dejaron en la puerta principal y lo abandonaron. No tiene nombre.

Salieron los guardias, lo vieron golpeado y asustado, le hicieron entrar y le encerraron en una pequeña sala con muebles vetustos. Le dijeron que durmiera ahí hasta la mañana, cuando llegara el personal administrativo.

Al día siguiente de la llegada de Miguel Ángel, Ocaña abrió el sobre sellado que le había enviado el juez Andrade, retiró al muchacho todos los documentos de identidad, los incineró, llamó al licenciado Cevallos, le dijo que el mensaje estaba recibido, que él, personalmente, estaba encargándose de todos los detalles y que el joven no saldría mientras no estuviera completamente desintoxicado.

Una gestión similar realizó el doctor Andrade con su amigo, Fabio Acosta, director del Registro Civil, nombrado por recomendación del juez. La misión era desaparecer la ficha de identidad de Miguel Ángel y borrar de los archivos todos sus datos.

Así lo hizo Acosta. El miedo al poder político y a las influencias de Andrade eran enormes. Había que obedecerlo para no meterse en problemas.

En el manicomio, bajo estricta reserva por orden del director, se completó el trabajo: Miguel Ángel recibió tratamientos de estimulación cerebral, terapia electroconvulsiva, estimulación magnética transcraneal repetitiva y estimulación cerebral profunda. Pero él no necesitaba estas terapias y, en lugar de curarse de algo que no sufría, desorientado, se hundió en una depresión profunda.

Con Manuela a punto de dar con la pista de dónde estaba su marido, Ocaña completó el trabajo diciéndole que sería imposible entregarle el paciente porque no respondía a ningún nombre y no contaba con ningún documento que avalara sus nombres y sus datos.

Manuela, confundida, respondía con argumentos poco sustentados y empeoraba la situación. Haciendo alarde de sus conocimientos, el director le dijo que el paciente sufría trastornos que afectaban su capacidad para pensar y razonar: “Estos problemas cognitivos adquiridos incluyen el delirio y trastornos neurocognitivos debidos a afecciones o enfermedades como lesiones cerebrales traumáticas”.

Sin entender todos los conceptos y diagnósticos de Ocaña, Manuela trataba de sostener su ánimo y sus pocas fuerzas anímicas y no dejar que la confundieran.

Pero el director comprendió que la podía enredar con su lenguaje críptico. Le explicó que la institución que dirigía estaba dedicada al diagnóstico y tratamiento de enfermedades psiquiátricas y, por tanto, aunque el señor fuera quien ella asegura, mientras no vieran una mejora en el paciente no podían dejarlo salir.

Además —le dijo como si le asestara una puñalada—, señora, él ni siquiera la conoce, por tanto, este manicomio, como institución, cometería un grave error administrativo y jurídico al dejar que se fuera un paciente que ni siquiera sabe cómo se llama y no conoce a su supuesta esposa.

—¿Cómo sé yo —concluyó el médico— que no lo está secuestrando o apropiándose de alguien que no tiene nada que ver con usted? Él debe quedarse aquí hasta que lo curemos y hasta que venga alguien que nos demuestre su parentesco y, sobre todo, su identidad.

Manuela se dio cuenta de que nunca podría demostrar que era esposa de Miguel Ángel. Como reacción a las presiones de sus familias habían decidido no casarse, por tanto, ella no llevaba el apellido de su compañero. Sus hijos tenían los dos apellidos de Mariana, la abuela, quien junto con Santiago usó leguleyadas para arrebatarle a los niños.

Con la vida cuesta arriba, en medio de un calor denso y agobiante, Manuela, perlada la frente de sudor y húmeda en todo su cuerpo, salió del manicomio como si la dirigiera una brújula enloquecida e hizo lo que se había prometido no repetir más: abrió su bolso, sacó un porro de un pequeño bolsillo, lo encendió y absorbió profundamente una, dos, tres veces mientras emprendía camino a cualquier parte, hasta donde cayera la más pesada noche, donde ocurriera cualquier cosa. Al fin y al cabo, se había quedado sin un centavo, nadie la esperaría en ningún lugar y ella tampoco esperaría a nadie en ningún lugar.


Rubén Darío Buitrón (Quito, 1966) es poeta, periodista y escritor. Es director-fundador de www.loscronistas.net


Foto portada tomada de https://bit.ly/3pjQCss

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