Una rosa azul | Carlos Santiago Quizhpe Silva

Por Carlos Santiago Quizhpe Silva

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

En cada gota de lluvia retoña la primavera y en cada lágrima anida una flébil mariposa.

Dicen que a veces un corazón herido encuentra alivio en una tímida sonrisa, en las alas de una gaviota o en el eco de una caracola…

Cierto día un ermitaño escritor sembró una rosa en su jardín, era especial según la gitana que había leído su mano, pues únicamente brotaría la flor cuando logré sanar sus heridas. «No existen los ángeles» —musitó con cierto escepticismo—.

Las horas pasaron disfrazadas de monotonía, cubiertas por la escarcha de la melancolía, hilvanando palabras baladíes, sumergidas en los cristales de la luna. Aquella rosa creció despacio, sin prisa, apenas bebiendo las lágrimas que resbalaban por las mejillas del escritor, mientras contemplaba una estrella dormida en una telaraña. «Se equivocó la gitana», pensó ingenuamente.

El sol es una naranja alrededor del cual giran las ilusiones, pero el escritor había perdido el color de sus días y divagaba entre la poesía de Wilde y los trazos de Frida Kahlo; entre la Sinfónica de golondrinas y el teatro de lo absurdo. Salía al jardín a contemplar su rosa, lánguida y exangüe; enjuta como su rostro; sombría como el zafiro que guardaba en su bolsillo; histriónica como los versos que escondía bajo la almohada; temeroso de la que la gélida viajera los hallara.

Septiembre tenía jaqueca y las hojas caían de bruces sobre su delirio, la lluvia tocaba a Beethoven mientras bailaban las azucenas, aquel escritor veía morir en sus versos la rosa que le obsequió la pitonisa y salió a caminar, confundiéndose sus lágrimas con la brisa. A veces el mar y el cielo se unen en medio de la bruma y dos corazones palpitan cuando revive la última brasa de la alegría, que no logró apagar el llanto de las mariposas. Y se encontró con la dulce mirada de una bella princesa, piel de alba y labios carmesí, en cuyas manos reposaba un libro y en cuyo rostro se adormía un niño; tenía aroma de magnolias y la sonrisa de camelias…

Aquel escritor de mirada marchita y palabras umbrías sintió en su corazón un leve vahído, le dio la impresión de que llevaba un reloj atado a sus venas y que la sangre empezaba a fluir como agua de mar en un desierto de quimeras.

De repente la rosa matizó su nostalgia de clorofila, contempló las estrellas y encontró en una de ellas su melodía, le robó su influjo luminoso y lo guardó en un cofre, esperando que las golondrinas anuncien la primavera.

Los días son alcatraces, que a veces naufragan al perder el faro que les guía, pero en medio de la bruma siempre hay un tímido rayo de sol que los ilumina.

El escritor empezó a tejer versos con los hilos de grana que les robaba a las nubes, con las hojas que algún saltamontes llevaba entre sus alas, con las gotas escarlatas que caían de la luna y las últimas mariposas que empezaban a huir por la ventana. Había olvidado por completo la premonición de la gitana, que había advertido la paz a su dolida alma.

Sonreía al recordar a aquella princesa mientras acariciaba su cabello en el perfil perfecto de un violín caoba y brotó música de su corazón de cuerdas y aquella melodía rompió la coraza que tenía su espíritu cautivo y sintió el toque de un ángel cubriendo de violetas sus trémulas manos. La rosa de su jardín ya no bebía sus lágrimas añiles más bien le daba la impresión que reía como ríen los maniquíes.

Aquella princesa de perfil arábigo contemplaba a lo lejos un tropel de niños que jugaban entre los álamos y apoyaba su rostro en sus níveas manos con la maternal dulzura de una tarde de sábado. Y entre las efigies de clorofila encontró la silueta de un escritor que tallaba ilusiones, que sujetaba el hilo de una cometa y que había huido sin que él lo notara. «¡Qué raro!» —musitó extrañada— y volcó su mirada al libro que no hablaba ni de duendes ni de hadas, pero por una extraña razón siguió contemplando a los niños, a las aves y al escritor que había perdido su cometa.

Las horas son ilusiones de papel crepé, cicatrices de otoño, manantiales de verano, en cuya soledad se refugia la esperanza con la certeza de que el último barco se detenga al ver sus manos extendidas, su velo de novia, sus delfines, sus alelíes…

El poeta de los ojos tristes contempló aquel bajel que se acercaba silente a su puerto, con aquel repique de campanas que ahuyentan los albatros. Y empezó a delinear poemas sobre unicornios y a coser botones de girasoles en el arcoíris; a pintar riachuelos en la luna y flamencos celestes junto a la lluvia.

En el parque, cuando doblan las campanas de la catedral y anuncian la misa de las cinco: niños, mendigos y ancianos en largas hileras esperan un anémico pan y un frugal vaso de leche, que las Hermanitas de la Caridad con un beso en las manos les convidan. En medio de la multitud y las palomas que esperan el Sermón de la Montaña, una hermosa gitana mira con desdén morir el alba, esperando unas hirsutas monedas a cambio de leer famélicas manos.

Aquel escritor errante le regaló una moneda cromada en lágrimas, un jazz de mantis religiosas y una pluma de alguna ilusión que migró antes de morir febrero. La gitana le sonrió apenas, tomó sus manos, colocó en ellas un beso y las semillas de una flor que arrancó del cielo. «Pronto tu corazón hallará consuelo» —musitó aquella mujer de ojos esmeraldas—, «cuando sientas alivio en el resplandecer de una mirada».

Los días son ángeles peregrinos. Aquella princesa de sonrisa lapislázuli cruzó su mirada con aquel raudo poeta y sintió temblar su corazón, despacio, cual si fuera un pétalo que levemente sacude la brisa y sonrió, mientras empezaba a brotar un hermoso capullo en la cornisa.

El tímido escritor sintió que no era más un muñeco de guiñol de las comedias de Shakespeare, ni el celaje de noches furtivas, ni el osario de recuerdos noctívagos. Por primera vez sintió una leve caricia en su alma como cuando los colibríes revolotean sus alas y despertó en sus labios aquella sonrisa que cambió por unos lápices cuando entró en agonía.

Dicen que el destino junta a dos corazones en el tiempo exacto, cuando el conjuro del sol y la luna detiene en un canto armónico el afluente de los mares y las manecillas del reloj giran en dirección contraria a Saturno. El escritor y la princesa se quedaron largo tiempo contemplando bajo un hermoso eclipse lunar, mientras brotaba de la rosa un botón azul como las mariposas, que dejaron sus lágrimas para siempre en una urna de cristal.


Carlos Santiago Quizhpe Silva. Nacido en Loja (abril de 1982), en el 2009 alcanzó el Primer Lugar en la Bienal Nacional de Relato, Juegos Florales en Ambato, además de quedar finalista en el Primer Premio de Relato de la revista literaria Poesía + Letras de las Islas Canarias (España). La Fundación CAJE le otorgó la condecoración al Mérito Cultural y Literario en la gala de jóvenes más sobresalientes de 2009, y ha sido invitado a varios encuentros nacionales de relato y poesía. Obras Publicadas: Réquiem por los pájaros (cuentos, 2008), Cristales rotos (relatos, 2010), Y serás poesía (2014). carlos_quizhpesilva@yahoo.com


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3t4bRi8

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