Tu nombre y el mío | María Dolores Cabrera

Por María Dolores Cabrera

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

Mis pies descalzos. La arena fresca. El sol todavía no la ha calentado en exceso. Son las siete de la mañana y camino por una playa vacía, sin gente. Las olas del mar emiten un sonido envolvente, majestuoso. La brisa me envuelve con delicadeza. Susurra en el oído algo parecido a una melodía que escucho distante y ajena. Etérea y sagrada. Bailo. Las gaviotas festejan mi danza. Soy libre. Inhalo y exhalo para sentir que estoy viva, sana, completa. El aire puro llega a mis pulmones, se desliza por mis venas, se esparce placentero por mi sangre. Avanzo. La espuma que dejan las olas al reventarse me roza los pies, los besa con respeto y se va. Cierro los ojos y los abro de nuevo con placer. La arena compactada por la humedad me ayuda a sentir firmeza. Soy un ser estable en materia y espíritu. Continúo con pasos lentos y reconozco una sonrisa de gozo en mis labios. Camino hacia el norte, hacia adelante, hacia el después. Me complace que el viento mueva mi vestido delgado y vaporoso. Largo. Colorido. Me gusta que lo inquiete y que este palpe travieso mis pechos, mis muslos, mi vientre. La juventud aún burbujea en mi alma, en la mitad del corazón. Me acaricio los brazos con las manos. Mi piel es tersa y me agrada la manilla que llevo en la muñeca. El aire levanta mi pelo largo, abundante. Los pendientes que luzco en las orejas se tambalean vanidosos. El celeste tenue del cielo me augura venturas.

Martina —me digo— ¡Qué hermoso es vivir! La plenitud se desborda de mis sentidos, de mi energía, de mi vigor. El horizonte se define. Continúo con pasos lentos, seguros. Recuerdo a mis pequeños niños esperándome en casa. Al amor.

De pronto, diviso a lo lejos una mancha oscura. Parece pequeña por la distancia. Me sorprende. Me inquieta. Apenas se mueve sobre sí misma. Pienso que quizás se trata de algún animal que la marea arrojó en la playa. Siento curiosidad de saber si aún tiene vida y a qué especie pertenece. Acelero un poco el andar y el bulto se agranda mientras se acorta el espacio entre los dos. Se impulsa por la playa, cerca de la orilla. Intenta avanzar. Parece un ser vivo que agoniza. Mientras más cerca me encuentro, más incertidumbre me produce. Ahora entre aquello y yo, hay apenas unos metros de distancia.

La cercanía me permite reconocer un cuerpo humano. Un cuerpo que intenta incorporarse. Levanta su cabeza y en esa mirada hay terror. Es una persona. Una mujer madura que me muestra un rostro lacerado. Me apresuro a auxiliarla y me agacho. Tomo sus manos, le duelen. Me observa y veo en su expresión un pánico atroz. Suda. Tiembla. Los ojos húmedos y enrojecidos me suplican ayuda. Intenta hablar, pero no puede. Se angustia por explicar algo. Es una mujer golpeada, maltratada, desvalida. Tiene moretones en la cara, en los brazos, en sus piernas. Los párpados hinchados. La ayudo a ponerse de pie, pero sus extremidades no poseen la fuerza para sostenerla. Parece que sus huesos estuvieran rotos. Le pregunto su nombre, pero no responde, no consigue hablar. El aliento se ahoga en su garganta. Su pelo corto y algo canoso, está sucio. Una mezcla de agua salada, de arena y de sangre endurecida se entreteje en el cabello como una costra que lo enmaraña. Un vestido negro en harapos la cubre a medias. Sus pies están descalzos como los míos, pero tienen lesiones en carne viva, sucias, infectadas. Quiere vomitar. Trato de sostenerla, pero su peso es superior al mío y se desploma. La sujeto, pero no consigo ayudarla a caminar. Alzo su brazo y lo coloco alrededor de mi cuello para que pueda apoyarse. No sé de dónde ha salido. Desde qué lugar ha conseguido arrastrarse hasta aquí. Si la trajo el mar o si alguien la abandonó moribunda. La playa sigue desierta. Miro hacia todos lados, pero no encuentro quién pueda ayudarme, ni un pescador, ni un turista, nadie.

Insisto en averiguar su nombre, pero solo emite sonidos guturales que me muestran angustia y dolor. Sin embargo, le pregunto:

—¿Quién te ha hecho esto, mujer? ¿Qué te ha pasado?

Consigue balbucear y entre palabras entrecortadas, derrama una saliva sanguinolenta y me dice:

—La vida.

Creo que desvaría dentro de su infierno y que está en un estado demencial en el que no logra coordinar ideas.

—¿Tuviste un accidente? ¿Alguien te atacó? ¿Te han asaltado?

—La vida —repite mientras se queja de dolor y con sílabas mal pronunciadas, continúa— La vida infame me pisoteó sin piedad. Me castigó. Hurgó con saña sobre mis heridas. Me arrastró, me pateó y no pude defenderme. Mis entrañas averiadas, mis órganos. Me he quedado completamente sola. Tengo todo el cuerpo lastimado y me duele.

—Voy a ayudarte. Apóyate en mí. Regresaré contigo al lugar de donde yo vengo. Ahí está mi gente. Pediré ayuda. Iremos a un hospital. Pronto estarás bien ¿Ahora puedes decirme tu nombre?

—Martina —me dice mientras gime.

—¿Martina? No puede ser. Así me llamo yo ¡Qué coincidencia! ¿Cuántos años tienes?

—Cerca de sesenta. ¿Y tú?

—Treinta.

—No avances antes de cambiar el futuro. No lo hagas. Esquiva a los demonios, a los avernos, a la perversidad…

—No entiendo, pero por ahora solo deseo curar tus heridas. Voy a darte un baño. Limpiaré tu piel. Voy a desinfectar esas llagas. Te sanaré. Todo va a estar bien. Quiero salvarte. Verte sonreír con tus labios sanos, limpios. Debo mirarte erguida. Firme. Necesito que vuelvas a ser yo.

***

Después de unos momentos, abro los ojos. Tomo un pañuelo desechable de los que están sobre la mesa lateral y me seco el rostro. A un lado está un vaso con agua, la bebo y me refresco. He llorado demasiado. Tengo las mejillas calientes, enrojecidas. Abro la cartera. Saco un espejo pequeño, me disculpo por ello y me miro. Ahí están reflejados mis casi sesenta años. Me acomodo un poco el pelo con la mano y toco mis párpados. Observo el reloj amenazante que mide el desafío del paso del tiempo y guardo el espejo. Estoy sentada frente a mi terapeuta en medio de un consultorio de paredes altas. Dirijo la mirada hacia su mandil blanco para evitar la suya y sonrío un poco para disimular la pena.

—El ejercicio de hoy ha terminado —me dice— Es todo por ahora. Nos vemos en una semana. Recuerda que la Martina de antes, amante del mar y de la vida, ha prometido sanar con su amor las horrendas heridas de la Martina de hoy. No lo olvides.

Se levanta y me acompaña gentil hasta la puerta.


María Dolores Cabrera (Quito, 1962). Estudia en su ciudad natal y en 1984, egresa de la carrera de Psicología Clínica. Posteriormente, ingresa como miembro del Taller Literario conducido por Abdón Ubidia, destacado escritor ecuatoriano. Luego, años más tarde en 1998, publica su primer libro de 12 cuentos titulado: Mas allá de la piel. En el año 2010, un segundo libro, también de 12 cuentos: De nuevo tus ojos. En 2012, presenta su primera novela: Te regalo mi cordura. En el año 2016, una nueva novela con el título: Cuando duermen los Jilgueros, y su más reciente libro, en el año 2018, la novela: Pinceladas (Bosquejo de un trastorno).


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3aPRhMb

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