La escritura y el vértigo | Mateo Bustamante

Por Mateo Bustamante

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

No alcanzo a comprender

cuántas tonterías voy a inventar

Humberto Salvador

Un discurso provocador, disparatado y rebosante de alegría

en medio de una cena desabrida y una conversación desganada

Sergio Pitol

Asume perpetuos y renovados peligros

René Char

Escribir es un rondar titubeante. El esfero tiembla ligeramente antes de asentarse sobre la hoja en blanco. Escribimos con palabras que no llegan, palabras inacabadas, balbuceos. Escribimos sin certeza, envueltos en la niebla —— frío vapor del amanecer; límpida luz de nuestra juventud. La hoja es blanca porque la niebla es blanca. No es posible, en nuestro caso, escribir con la paciencia de la vejez. Escribimos con la exasperación del tartamudo; con manotazos y pasos en blanco; con la agilidad de nuestra inexperiencia, el delirio de nuestro amor. Repitiendo cuántas veces los mismos pasos. Ninguno de nosotros escribe para llegar a algún lado, escribimos por el sencillo placer de caminar a oscuras. De tropezar, de tambalear, de resbalar, de caer. Escribir es el placer del riesgo.

*

Las palabras no son ladrillos para levantar murallas, son martillos para destruir las protecciones. Son cuchillos que rasgan las vestiduras. Escribimos para quedar indefensos, desnudos, con frío. Las palabras son el aliento de nuestra respiración. Son el sonido de nuestros pasos que se desvanece en el silencio. Se hacen seres blancos, errantes, fantasmas que bailan en la blancura. ¿Escribimos para perseguirlos? No, escribir es un delicioso extravío. Bailamos con ellos. Escribimos para señalar con un dedo imprudente por donde se han ido. Si somos lo suficientemente inteligentes, señalaremos en la dirección equivocada. Otros saldrán en su busca. Ellos, entendiendo bien el gesto, seguirán la dirección falsa porque disfrutan de seguir pistas inciertas. Los que no entienden nada que se pierdan, que se desesperen.

*

Algunos —no nosotros que escribimos nuestra inseguridad y sospecha— escriben áridas certezas. No sueltan ningún aliento, sino polvo y arena. En sus pulmones se asfixia la vida. Otros —no nosotros que caminamos ligeros— sueltan de su boca pesadas palabras como piedras. Tropiezan. Las cargan por la fascinación de la dificultad y el dolor. Hay también quienes buscan sus palabras entre la niebla. Buscar no es rondar. Nosotros, que sabemos que nada existe antes de nuestro aliento, alcanzamos la infantil magia del balbuceo. Y balbuceamos para lograr decir algo desconocido, increado, torpe y travieso. Que otros se den el gusto de ponerle un sentido a nuestra afasia; de encontrar una voz en nuestro silencio; de escuchar el ritmo que, aunque ya hemos pronunciado, aún desconocemos. Ellos sabrán aprender a balbucear como nosotros, a hacer del balbuceo un arte y una diversión. Otros —no nosotros que contra ellos escribimos para contagiarles nuestra risa, nuestra salud y nuestra magia— lloran para entristecer a los que escuchan.

*

No queremos aclarar las inquietudes, queremos adensar la niebla. La escritura es el arte de la audacia, el trabajo y el esfuerzo vendrán luego. Escribimos porque nos atrevemos. Que otros se demoren cuidando dónde pisan, afinando el paso preciso, generalmente son de los que lloran. Nosotros perfeccionaremos el paso alegre y vacilante. Escribimos por amor al error y la mentira. No nos paraliza el miedo. Nos falta, sin embargo, valor; lo que nos sobra es el atrevimiento y la imprudencia. Que otros también se estanquen en el caminar grosero, sin trabajo y sin cuidado. Nosotros nos esforzaremos en cuidar la gracia de pisar mal, en saborear y oler el delicado vértigo. Somos los artistas del andar errado. Trabajamos para embellecer el desatino, destinamos toda nuestra energía a refinar nuestros disparates. Ese es nuestro ingenio, nuestra obra y nuestra errancia. Dotamos de la mayor belleza a nuestra insensatez, le damos el mejor brillo a nuestra impertinencia.

*

El vértigo es el momento previo a la caída, la fuerza del equilibrio. El momento que, sin abrir la puerta, ponemos la mano en la cerradura. Nos detenemos a escuchar los ruidos que llegan del otro lado. Vértigo es el temblor del esfero. Incertidumbre, ambigüedad, perplejidad. No tenemos orientación ni guía. Nadie escribe con extrema confianza. No hay aplomo en la escritura. Y viendo esto aparecerán quienes exalten la angustia y el desconsuelo. A ellos no les ha deslumbrado aún el titubeo, la dichosa incertidumbre, la indecisión jubilosa. Escribir siempre es caminar tambaleando, a punto de caer, intentando mantener el equilibrio. Confiar fielmente en nuestra sospecha; sin afirmar nada con verdad; ni aclarar ni desmentir; jugar con la ambigüedad. No nos queda inocencia, tampoco culpa, tan solo la pasión de andar. Vivimos en el regocijo de la insolencia, allí no hay arrepentimiento. Precisamente eso es el vértigo. El instante que parece asomar el esclarecimiento; el tiempo que demora en llegar la certidumbre. Cuando está a punto de asaltarnos la impaciencia; segundos que se alargan antes de la decepción o la sorpresa.

*

Escribir es abocarse, nunca lanzarse, nunca penetrar, nunca internarse. Eterna caminata que rodea la entrada ¿al Infierno?, ¿al Paraíso? Apenas nos asomamos a las rendijas. Cuando la confirmación y la claridad aparecen, el vértigo se aparta para dar paso a la desilusión y al tedio. Escribimos para comprender mejor nuestra inquietud. Para dar forma a nuestras más hermosas preguntas. Escribimos con absoluta ignorancia y esplendida alegría. Escribimos para liberarnos de las soluciones, la verdad y el descubrimiento —— los grandes artificios de la vejez. Queremos alcanzar la imprecisión y la mentira que dan gloria a nuestra ingenua juventud. No hay nada por hallar ni develar. Los hallazgos son siempre tropiezos. El verdadero placer está en rondar nuestra insaciable curiosidad.

*

En la blancura de la niebla solo nos queda crear el camino y el ritmo. En eso consiste la indefensión de nuestro andar. Solo los precavidos se refugian. Detestamos las murallas que nos cortan el paso. Para nosotros no son protecciones, son obstáculos. Nuestra pasión es la aventura; el camino desconocido; el andar sin destino, inseguro y absurdo. No hacemos caso de las precauciones, nos sostiene la frialdad de nuestra desnudez y nuestra insolencia: no cerramos los ojos ante el peligro, lo encaramos, le sostenemos la mirada. Nos gusta introducir la sospecha, hacer que se filtre la inquietud y el vértigo que nos templa. No nos interesa ni el conocimiento ni la verdad. Solo la curiosidad, el titubeo, la mentira, el riesgo. Pues nunca nos darán la seguridad de las respuestas. Nos llenarán del amor necesario para abalanzarnos al camino.


Mateo Bustamante. Cuenca – Ecuador, 1995. Licenciado en Ciencias de la educación en Filosofía, Sociología y Economía por la Universidad de Cuenca. Actualmente cursa una maestría en Literatura latinoamericana por la Universidad Andina Simón Bolívar.


Foto portada tomada de: https://bit.ly/2QQlYdb

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