Eso peludo | Carlos Enrique Saldívar

Por Carlos Enrique Saldívar

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Perú)

¿Por qué? Es una pregunta que solemos hacernos los seres humanos cuando hechos que no tienen explicación, y que además resultan execrables, se nos presentan; así, de improviso.

Le mentí a esa familia, nunca he cazado. No apoyo segar la vida de animales silvestres, excepto si tuviera hambre, y en mis treinta y ocho años de vida nunca la he sufrido. Trabajo en una bodega de víveres como vendedor y pocas veces he tenido problemas. Este pueblo ha sido siempre acogedor. Las únicas armas de fuego de este sitio las tengo yo, porque las colecciono, y los demás lo saben. Hay quienes creen que cazo, que salgo al bosque de vez en cuando en busca de mi comida. Dejo que lo crean. Sé disparar. Mi padre me enseñó, él tampoco cazaba, solo quería que aprendiera a defenderme, porque era limeño y en la capital la violencia era intolerable, la maldad humana lo llevó a convertirse en policía. Una noche le disparó a un delincuente que había ejecutado a dos rehenes. Mi papá no fue condecorado, lo dieron de baja, por ser un «gatillo fácil». Así lo conocían. Yo también lo soy, aunque lo hago por deporte, tiro al blanco, eso es todo, me mantiene contento, enfocado. Consigo las municiones de la región anexa. Nos vinimos a vivir a Chanchamayo junto a mamá. Era el momento de empezar de nuevo. Mis padres deben estar en casa ahorita viendo la televisión.

En tanto, yo me hallo buscando al oso, escopeta en mano, con doce cartuchos, los cuales no sé si serán suficientes. Porto además dos Berettas 92, ambas en mis piernas, bien sujetas.

Hace frío, a pesar de que estamos en verano, el viento corre y me impide perseguir mi objetivo. Desearía llamarle mi presa, pero él es el depredador, yo soy simplemente el iluso de turno que intentará poner un poco de orden en este caos. Para este instante, todos los pobladores se hallan encerrados en sus casas. El comisario del pueblo no puede actuar, sus hombres tampoco, se hallan muertos. El alcalde también lo está. Narrar ahora sus horribles decesos estaría de más. Solamente sobrevivió la esposa y el hijo mayor, de doce años, quien quiso venir conmigo, pero le dije que no, muchacho, este «cazador» trabaja solo, porque así lo hace mejor, y aún mejor en este caso sería no exponer la vida de nadie más; ya muchos destrozos ha causado el oso. Tengo pocas dudas, pero sé bien lo que haré en cuanto lo vea.

Lo he rastreado desde la casa, ubicada en el centro del poblado, manchas de sangre en el piso, en las piedras, en la tierra. Mi madre era rastreadora, me enseñó el oficio; sus padres (mis abuelos) la instruyeron en ello. Sabía que esta habilidad me serviría algún día y en esta gélida noche, donde el viento me abofetea por momentos, me interno en el bosque, lo cual me produce miedo, ya que quizá pierda las huellas. No lo sé, pero intuyo lo que pretende. El oso, lo imagino con sus pelos marrones, con esos dientes diabólicos y garras afiladas, como me lo han descrito. Nunca me gustaron los osos de niño, me parecían animales fuera de la concepción que uno puede tener de un ser amable y precioso, como los clásicos perros y gatos. Ya, en la espesura, me mareo un poco, los enormes árboles parecen ponerme freno.

El bosque se agiganta como si fuera una culebra que se va desenrollando. Me mantengo firme. Es una noche sin luna sin estrellas, avanzo con rapidez, me llevaba algo de ventaja, sin embargo, lo veo, junto a unos arbustos, entra a un espacio abierto, no dejo de apuntar, de alumbrar con la linterna. El ente gira, sonríe, lleva en su zarpa izquierda la cabeza de la niña. Eso es lo que debo recuperar. Ella solo tenía seis años. ¿Cómo? Es otra pregunta que me hago, se habló de brujería, de venganza, de un pacto demoniaco. El peluche de no más de medio metro suelta su trofeo. Se mueve hacia mí con rapidez. Un disparo, le vuelo una pierna. Cae. Le destrozo la otra. No dejo de disparar. ¿Cómo se siente, basura peluda? Eres la presa ahora. Le tiro en el pecho y se sigue moviendo. Me acerco y le destruyo un brazo, el otro, le doy en el corazón, no tiene, pues se sigue arrastrando. Le doy en la cabeza, una vez, otra vez. Esta hecho añicos, pero los restos se siguen sacudiendo sobre la tierra, como si fueran lombrices viscosas. De mi mochila saco la gasolina. Guardo allí la cabeza de la pequeña. Rocío al oso de felpa con el combustible y lo prendo. Arde en la inmensidad del bosque. Mantengo controlado el fuego colocando barreras de tierra alrededor, en realidad ocupa un espacio reducido. Cuando termina de incendiarse, deja de moverse. Es momento de enterrarlo. Cojo la pala y lo sepultó lo más profundo que puedo. Al terminar, le echo agua bendita que me facilitó el cura de la iglesia. He ganado. Es hora de regresar. No tengo pruebas de que he terminado con «eso». No tengo la certeza de que no ocurra de nuevo, lo único que me mantiene de pie es saber que cuento con un arsenal y, si un nuevo peligro se presentase, pues, estoy yo. Para enfrentarlo, venciendo al miedo. Eso sí cuando duerma en mi cama a partir de ahora, tendré cuidado de que no haya nadie cerca para lastimarme con cuchillos y machetes. Cerraré puertas y ventanas con cerrojos. El oso se ha ido, espero que para siempre. ¿Por qué sucedió? ¿Cómo? No tengo idea. Sí sé que estaré aquí, aguardando.


Carlos Enrique Saldívar (Lima, 1982). Estudió Literatura en la UNFV. Es director de la revista impresa Argonautas y del fanzine físico El Horla; es miembro del comité editorial del fanzine virtual Agujero Negro, publicaciones dedicadas a la literatura fantástica. Es director de la revista Minúsculo al Cubo, dedicada a la ficción brevísima. Es administrador de la revista Babelicus (literatura general). Finalista de los Premios Andrómeda de Ficción Especulativa 2011, en la categoría: relato. Finalista del I Concurso de Microficciones, organizado por el grupo Abducidores de Textos. Finalista del Primer concurso de cuento de terror de la Sociedad Histórica Peruana Lovecraft. Finalista del XIV Certamen Internacional de Microcuento Fantástico miNatura 2016. Finalista del Concurso Guka 2017. Mención honrosa en I Premio Literario Valle del Pillko. Publicó el relato El otro engendro (2012). Publicó los libros de cuentos Historias de ciencia ficción (2008, 2018), Horizontes de fantasía (2010) y El otro engendro y algunos cuentos oscuros (2019). Compiló las selecciones: Nido de cuervos: cuentos peruanos de terror y suspenso (2011), Ciencia Ficción Peruana 2 (2016), Tenebra: muestra de cuentos peruanos de terror (2017, 2018) y Muestra de literatura peruana (2018).


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3uaneWZ

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