Érase una vez un político honesto… | Alexander Angamarca

Por Alexander Angamarca

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

El blanco se acercó a mi hamaca, sudando por el calor, huyendo de los mosquitos que le chupaban la sangre como si de un festín se tratase, ansioso de hablar una vez más, si bien su español apenas le valía para entender, menos para comunicarse. Aún así, el blanco quería hablar y cuando el blanco quería hablar, hablaba hasta por los codos.

—Míster Zambranou —saludó con su pésimo español—. Yo tener una pregunta.

«Claro que sí, gringo gil», sonreí.

—¿Qué quieres ahora?

—He visto noticias. Ustedes, the ecuadorians, son… ¿cómou lo dicen? Algou tontos.

Las palabras del gringo me hicieron sonreír y molestarme al mismo tiempo. ¿Así que algo tontos? ¿Por qué lo decía? Tras su afirmación se quedó de pie, concentrado, esperando que yo le preguntase el por qué de sus declaraciones. Claro que quería hacerlo, pero esperaría un poco más.

El viento marino sopló trayéndome historias de otros lugares y vivencias de mil personas. Yo, un hombre del mar, lo disfruté como nunca. En mi juventud pesqué cuanto pez había, viajé por los parajes más extraños, cortejé las más bellas mujeres y disfruté de cuantos placeres este mundo tiene para dar. Ahora que soy un viejo. Me gusta acostarme acá, en mi casa de caña cercana al mar, a ver cómo los turistas vienen cada año a llenar de basura las playas, para después mirar embobados el agua salada. Turistas como el gringo, el blanco, el colorado, que acababa de afirmar que los ecuatorianos éramos tontos.

—¿Por qué? —acerté a decir—. ¿Por qué somos tontos?

—He vistou noticias —repitió el gringo, en un intento de explicarse—. Los corruptous les gobiernan. Viven en una democracia, perou siempre votan por el más corruptou de todous. I dont know why you do it.

Aunque en primer momento quise reírme, pronto mi expresión pasó a una más sombría. Los moscos bandidos volaron, por lo que maté algunos con mi sombrero. Sobre mí las palmeras se movían; debajo, la arena estaba fresca. El gringo, vestido con sus ropas deportivas, estaba quemado por el sol y llevaba un sombrero como el mío, al menos una burda copia. Aunque ya le tenía aprecio al colorado, de tanto tiempo que le veía diario, a veces salía con sus notas, como ahora mismo.

—¿Por qué usted no votar para alguien mejour? —continuó, al ver que yo no respondía—. Sean inteligentes e ir a votar pour un buen políticou.

Armado de paciencia, resistiendo las ganas de pegarle la hablada del año, procedí a explicarle algo más de mi querido país, que este forastero con su piel blanca y su acento raro no entendía.

—Tssssss. No hay, Gringuito, políticos honestos. Todos son… como la… Quieren plata y el pueblo, su pueblo, no les importa. En tu idioma… sería: fuck políticos.

Reticente, necio y caprichudo como solo lo pueden ser los que siempre tuvieron todo lo que querían, él insistió:

—Tú ser ignorante. En algún lugar haber, ecuatoriano honesto, político honesto.

Tentado estuve de replicar enseguida, tentado estuve de mandar a volar a ese colorado que nada entendía de la vida. Sin embargo, una pena grande llenó mi corazón. «Políticos honestos». Casi sonaba a fantasía. Mientras el país se hunde en la miseria, la deuda aumenta y la gente muere de hambre, algún cínico en Carondelet se llena los bolsillos con plata y más plata, plata del pueblo.

Muchos aniñados, al más puro estilo de esos gringuitos, nos llaman a veces ignorantes porque seguimos votando por los de siempre. Es gracioso. Ellos, a los que no les falta nada, cuestionando a un pueblo que ni siquiera puede pensar bien porque tiene que preocuparse por llevar pan a la mesa, comida a sus bocas. «No es que votemos como borregos —me dije a mí mismo, repitiendo las palabras que ya dije en muchas ocasiones—, es que ya no hay nadie por quién votar». Como dice el ecuatoriano: Mejor mal conocido, que mal por conocer.

Melancólico, decidí ser amable con el gringo.

—Érase una vez un político honesto —conté—. Quería el bien del pueblo, quería sacar el país adelante —al escucharme y ver confirmada su suposición, sonrió con suficiencia—. Quería muchas cosas buenas para la gente, por eso mismo la gente le agarró cariño. Lo siguieron por todos lados, le dieron su confianza, permitieron que bendijese a sus hijos. Luchó el tiempo que pudo… Se puso la camiseta. Pero después dio un discurso… Y entonces decidieron que era tiempo de que se retirase.

—Fue presidente. Comou yo te dije —soltó, satisfecho—. Un politicou honestou.

—Lo fue. Presidente. Hace no muchos años —reafirmé, triste.

—Where is he? ¿Dónde esta él? Yo conocerlo, yo querer conocer a un politicou honestou de Ecuador, para demostrar que tú ignorante.

Sin ganas de hablar ya, solo respondí escueto.

—En Guayaquil, en la Ruta de los Próceres y los Presidentes. Puedes Gringuito, visitarle, cuando tú prefieras.

Feliz, sonriente, satisfecho, el colorado se retiró de mi presencia, dejándome por fin tranquilo con mi sueño y mi hamaca. Ansioso, el pelado se marchó en busca de su político honesto mientras yo me dormía, soñando con políticos y corruptos, dos palabras que no pueden separarse hoy en día…

Algún tiempo después me enteré de que el gringo pasó una semana entera buscando la avenida de los Próceres y los Presidentes. No tuvo éxito hasta que algún buen samaritano le dirigió al Cementerio Municipal, donde por fin encontró su meta y en un hueco a su político honesto, descansando en una tumba bien ornamentada, descansando ahí precisamente por ser como fue en vida, alguien distinto, alguien honesto.

Supe entonces que una pena inmensa invadió el corazón del gringo, quién desilusionado se dio cuenta de que en efecto no existía el político que él buscaba, y en su lugar solo estaban, en palabras mías, una sarta de inútiles.

Luego me enteré de que él volvió a sus tierras, lejanas, donde si bien los políticos también son corruptos, por lo menos no joden tanto al pueblo.


Alexander Angamarca, joven escritor ecuatoriano. Lleva cuatro años escribiendo desde poemas hasta libros enteros. Hasta el momento ha logrado con éxito escribir su primera novela de ciencia ficción, Daosled: El Último Heredero, y la segunda, La Maldición del Inca, ambas haciendo énfasis en la cultura ecuatoriana y latinoamericana. Buscando aportar a la cultura de su país y ensalzando sus valores patrios, continúa con su incesante labor a día de hoy.


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3gTApb7

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